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TALLER DE ORACIÓN BRILLAR EN LA TINIEBLA Por Julia Merodio Si hay un momento en que la Palabra de Dios nos muestra la grandeza de la luz, es el que nos muestra en el monte de la Transfiguración, cuyo relato nos ofrece el evangelio del domingo segundo de cuaresma, por eso me ha parecido oportuno elegir este salmo para la oración. Un salmo en el que la luz tiene un protagonismo especial. Para la oración.- Una vez más, llegamos a tu presencia Señor, nos sentimos felices y dichosos al poder compartir juntos este tiempo de oración y de gracia que tu generosidad ha puesto en nuestras manos. Envíanos, Señor, tu Espíritu de ciencia y de discernimiento para que tu enseñanza no la guardemos para nosotros solos, sino que seamos capaces de divulgarla a cuantos se van cruzando en nuestro camino. También hacemos un sitio, muy especial, a María, la Madre, para que, como los apóstoles, nos enseñe a orar y a seguirte. A su lado haremos que Tú seas el centro de nuestras vidas, acogiendo como ella la acción de Dios a través de nuestra pequeñez, para poder ofrecer a todas las personas razones sólidas para vivir y testimonio de vida que los anime a esperar y a creer. Con tu ayuda, Señor, podremos trasmitir la Buena Noticia del evangelio con paz y alegría, aunque a veces, nuestra vida esté marcada por el sufrimiento, y seremos instrumentos de Dios llamados a abrir nuevos caminos para acercar a Cristo a tantos hermanos como buscan en la oscuridad. Y seremos hombres disponibles, capaces de acoger los compromisos concretos que nos vaya presentando la vida, y cantaremos con el salmista: “El justo brilla en la tiniebla como una luz” DIOS AL LADO DEL SER HUMANO Aunque, para compartir la riqueza religiosa de los salmos, hacen falta pocas palabras; los sacerdotes se hacen imprescindibles a la hora de compartírnoslas. Porque Dios, durante todos los tiempos, eligió personas mediadoras entre Él y los seres humanos. Y fue a ellas, a los que inspiró las oraciones del Antiguo Testamento, para que el pueblo pudiese dirigirse a Él. Sin embargo lo que más puede seducirnos es que, a pesar del tiempo pasado, los salmos sigan siendo oraciones acogidas con respeto y alegría por todos nosotros. Plegarias que, la liturgia nos ofrece para ser recitadas, en cada momento de nuestra vida cada, pero de forma especial en cada Eucaristía. Los Salmos son gritos: de alabanza, de súplica, de acción de gracias… arrancados del corazón de las personas de aquella época, marcados por la experiencia personal del encuentro con su Dios. Pero no sólo ellos se encontraron con Él, Dios está siempre al lado de los seres humanos, aunque nosotros lo ignoremos. A ti y a mí nos llama hoy para subir con Él al monte de la Transfiguración. Quiere mostrarnos su gloria y quiere hacernos ver que la persona también se va transfigurando a medida que se acerca al Señor. Mas lo importante es la actitud que tengamos ante un privilegio tan especial y único. • Podemos tomar la actitud: de quedarnos anclados ante tanta grandeza, como los apóstoles cuando quieren hacer “tres tiendas”, para instalarse en la comodidad de pasar la vida mirando al cielo, sin importarles nada lo que está pasando en la tierra. • Existe una segunda actitud, que es la que prevalece en el mundo de hoy, mirar sólo a la tierra, dejarnos aplastar por las ocupaciones y preocupaciones para obtener una vida más confortable con mayor valor adquisitivo; sumergidos en el bienestar, en el poseer, en el aparentar… aunque a veces busquemos pretextos para justificar nuestra actitud ante los demás, dejando entrever que lo hacemos por el bien de los otros. Pero la actitud: de mirar al cielo, de encuentro con Dios, de escuchar su Palabra, de compromiso evangélico… nada de nada. Definitivamente lo nuestro no es el compromiso. • Por fin está la tercera actitud: la de volver a la tierra pero iluminados por la luz de la Transfiguración. Sin embargo, es sorprendente que Jesús nos diga que no podemos quedarnos en la cumbre del monte, que hay que bajar a la tierra a los pueblos y caminos donde hay muchos hombres que sufren y trabajan. Que es necesario llevarles a ellos un poco, de la luz y el consuelo que en el monte hemos recibido. No se enciende una luz para guardarla, ni se puede almacenar la dicha para uno sólo, porque pronto o tarde terminara podrida. Nadie tiene derecho a ser feliz a solas. La felicidad se multiplica al repartirla. Más, no tengamos prisa. Maduremos todo esto en la oración y en el silencio. Las cosas importantes hay que interiorizarlas en la espera y la paciencia. Porque, hay cosas que, solamente se engrandecen, cuando han pasado por la prueba del sufrimiento. ¡Luz y tiniebla unidas en ardua convivencia! Realidad que nos plantearemos, en oración, ante el Señor. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta y administra rectamente sus asuntos. ¡Definitivamente hemos quitado de nuestro vocabulario la palabra justo! Nos parecía poca cosa. ¿Cuántas veces al día oyes que un hombre es justo? creo que ninguna. Oímos quienes son los poderosos, como crecen sus empresas, el dinero que han acumulado, sus bienes, sus propiedades, su bienestar… No importa la forma como lo haya conseguido, importa tenerlo, o al menos dar esa impresión. Y sin embargo en este mundo de boato y apariencia, la Palabra de Dios sale a nuestro encuentro para recordarnos las características de un hombre justo, y nos dice así: “El justo teme al Señor, ama de corazón sus mandatos, es clemente, compasivo, reparte limosna a los pobres y su caridad es constante”. Palabras un tanto extrañas para nuestro entorno. Produce alegría observar que todavía hay gente que busca a Dios y que se ha dado cuenta, que está búsqueda está al alcance de todos. Porque así va observando, que practicar la compasión, la justicia, la sencillez, la acogida, la paciencia… son generosidades que anidan en el corazón del ser humano y que puede repartir a cuantos le rodean; empezando por los más cercanos: los de casa, los amigos, los allegados, pero también a aquellos que le cuesta un poco más acogerlos, y veremos, que para ello no hace falta complicarnos la vida, que el corazón conoce bien lo que supone repartir generosidades y que el único secreto consiste en seguirlo con naturalidad dejándote acompañar por Cristo. Así en este silencio que nos hace sentirlo cerca vamos a decirle: • Quiero que cuentes conmigo Señor. • Quiero ofrecerte mis manos, mi corazón, mi ser. • Quiero encontrarme contigo para descubrirme por dentro. • Porque quiero dejar de vivir desde la superficialidad y la rutina. • Quiero descubrir mi barro, mis miedos y mis conflictos. • Quiero descubrir mis sombras y mis luces, lo que soy y lo que no soy. • Quiero dejarme hacer por Ti para encontrar en mi vida razones profundas que me hagan vivir. • Quiero ser hombre nuevo capaz de llevar a cabo el proyecto de vida que Tú me has marcado y así darte gloria de todo corazón. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo. No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor. Este es el distintivo de la persona que es capaz de subir al monte con Jesús, de la persona que se alimenta de su Palabra y es capaz de enseñar a cuantos se le acercan que la religión no se basa en una serie de prácticas piadosas sino en buscar la justicia para los pobres. Una tarea costosa y difícil pero por medio de la cual será luz de Dios en el mundo, aunque él ni siquiera se dé cuenta, y será esa luz que con su colaboración hará resplandecer la obra creadora que Dios nos regaló para que disfrutásemos de ella. Qué bien lo entendió Jesús cuando nos dijo: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida”. Él mismo repite hoy esas palabras a cada uno de nosotros y nos invita de nuevo a subir al monte para dejarnos irradiar con su luz, a fin de que seamos, también nosotros, luz subida en el candelero donde todos puedan verla, pero no una luz de exhibición ni de espectáculo, sino la luz evangélica, esa luz discreta, humilde, servicial, esa luz que ilumine, que ayude a ver con nitidez, que te haga descubrir eso que, a veces, resulta difícil verlo, esa luz sobria que no disminuye un ápice la fuerza al compartir su resplandor con otras, sino que al contrario toma fuerza en su intensidad y en su eficacia. Estamos ante una realidad de suma importancia para nuestra vida, sigamos a Jesús, aceptemos con valentía el subir al monte, miremos su resplandor sin bajar los ojos, escuchemos la voz del Padre… y luego bajemos al mundo a compartirlo con los demás.
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