PESAR POR EL TERREMOTO DE CHILE Por Ángel Gómez Escorial El terremoto de Chile me ha llenado de consternación. Tal como se dice en el editorial de esta semana, Chile es uno de los países que más lectores aporta a Betania, aunque su población total no sea muy elevada. Y Santiago es la segunda ciudad del mundo en entradas a la web, después de Madrid. Cuando apenas estaban acallados los ecos terribles del movimiento sísmico de Haití nos llega esta perturbación terrible en un país hermano como lo es Chile. IDEA DE FRAGILIDAD Todo ello da idea de la fragilidad del ser humano y de la superioridad ingente de la naturaleza sobre la civilización creada por nosotros. He citado alguna vez la frase de un anciano sacerdote, radicado en Alicante, don Vicente Sánchez Gómez, que una vez me dijo: “Dios perdona siempre; el hombre, a veces; y la naturaleza, nunca. Y aunque no sea muy fácil de comprender, ocurre muchas veces que algunas de las tragedias, sobre todo en inundaciones, se producen porque las casas han invadido los cauces naturales de los ríos. Es obvio que, a veces, se producen terremotos en Japón que a pesar de su fuerza apenas producen víctimas. Por el contrario, ahí está el ejemplo de Haití donde la debilidad de las construcciones ha llevado la cifra de víctimas a las trescientas mil. En Chile, el posterior tsunami ha segado más vidas que el terremoto en sí. Nosotros en España tuvimos una amenaza en el norte del país de lo que se llama una tormenta perfecta. Y, obviamente, produjo miedo y muchas medidas de prevención, así como constantes llamadas a la población para que se expusiera al peligro. Y, sin embargo, esa misma tormenta, o algo parecido, produjo medio centenar de muertos en Francia, donde, al parecer, no se tenía idea clara de su llegada. No se puede negar que las grandes tragedias siempre producen la pregunta sobre si Dios lo quiso, o si no pudo evitarlo. Ciertamente, ante cualquier tragedia todos alzamos –tal vez airados—la mirada hacia Dios para preguntarle por las causas de tanto desastre. Los niños preguntan a sus padres sobre muchas cosas que quedan fuera del control de sus progenitores. Los pequeños no tienen otra referencia superior. ¿Y nosotros? Es el gran misterio de nuestra existencia. La fe es lo que trae. Tal vez, los ateos no tienen ese problema, tal vez, sí; aunque nunca se sabe. EXPLICACIÓN CIENTÍFICA Hay una explicación racional y científica para los terremotos. No es posible, por ahora, su detección, pero no responden a cambios de una fuerza superior y externa. Las placas tectónicas se mueven y en su ajuste producen tanto mal. Habría que crear políticas preventivas contra los terremotos sobre todo en aquellas zonas donde son muy posibles. No sólo harían falta edificios bien preparados para resistir los temblores. Sería necesario, en la medida de lo posible, evitar aglomeraciones de población. Aunque si ni siquiera se respetan los cauces naturales de los ríos, malo se van a aflojar en la instalación de personas sólo porque en un determinado lugar puede haber terremotos. Ahí está la megaciudad de San Francisco, en California, aunque, obviamente, se construya allí pensando en los seísmos. Pensemos, por ejemplo, en los rayos. En la antigüedad era autentico “fuego bajado del cielo”. Hoy sabemos que nos podemos defender de ellos, evitando la conectividad eléctrica. Los pararrayos son un instrumento adecuado, así como buscar situaciones en las que si la chispa mortal no sea atraída. Y si es así, no pasa nada. Pero su efecto letal existe. La idea de que la “naturaleza” nunca perdona”, puede estar en esa cuestión de lo evitable o lo inevitable. LA MUERTE, UN PASO Por otro lado, para el cristiano la muerte siempre es un paso a una vida mejor, a la existencia en la proximidad real de Dios. La muerte, por tanto, no debe inquietarnos. Pero nos inquieta a nosotros mismos, y nos arrebata seres queridos fundamentales para nosotros. Los momentos más duros para un sacerdote que oficia un funeral es siempre encontrar las palabras justas para llevar el consuelo a los familiares que acaban de sufrir una gran pérdida. Y ahí, generalmente, todo el mundo presente en la celebración litúrgica tiene fe, pero la realidad a veces machaca. Es cuando ha de surgir la verdadera fe, la de la confianza total y humilde en Dios. POST SCRIPTUM Me entero cuando regreso a Madrid, tras un viaje de varios días, del fallecimiento repentino del padre Jesús Manrique, agustino, que ha trabajado muchos años a la parroquia madrileña a la que pertenezco: Santa María de la Esperanza. Y profesor del Colegio Valdeluz, también de la orden de San Agustín. Muchas charlas he mantenido con él. Y su ejemplo era revelador y contagioso. Fe fuerte y sencilla, que, además, explicaba muy bien. A mi siempre me llamaba la atención --e, incluso, yo lo utilizo alguna vez—la necesaria complementariedad entre forma y fondo. Es decir lo de dentro ayuda a lo de fuera. Y cuando esa complementariedad se rompe pues hay desequilibrio. El padre Manrique, a esta hora, le estará explicando al Señor lo de la forma y lo del fondo. Seguro
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