1.- EL TERREMOTO DE CHILE

Digamos antes de nada que Chile es uno de los países en donde más lectores de Betania hay. Podría decirse que, en proporción, a su número de habitantes la cifra es muy alta. Y que Santiago de Chile, tras Madrid, es la segunda ciudad que más lectores tiene. Por eso el terremoto en tierras chilenas nos ha llenado de una muy especial consternación. Si, siempre, una desgracia como esta nos llena de tristeza y de piedad, pues tratándose de Chile nos ha producido un pesar muy especial. Ni que decir tiene que pedimos a los lectores de todo el mundo, que tengan presente a Chile en estos momentos tan duros y terribles.

La naturaleza nos recuerda la poquedad y debilidad del ser humano. Añadamos, asimismo, que unas alteraciones climatológicas no habituales en Europa han producido en el pasado fin de semana muchas victimas. España no sufrió en exceso, sólo tres victimas, dichas perturbaciones, pero no así Francia donde se contabilizaron medio centenar de muertos. También hubo víctimas en Alemania.

No son castigos de Dios. En el evangelio del Tercer Domingo de Cuaresma Jesús explica a sus discípulos la tragedia suscitada por el gobernador romano, Pilato, al ajusticiar –y mezclar su sangre con la de los sacrificios—a un grupo de galileos. Jesús niega que el pecado produzca muerte y que las desgracias sean la venganza de Dios.

Es cierto que en tiempos de grandes cataclismos el pensamiento puede discurrir por sendas disparatadas. Pero siempre debe imperar la idea de que Dios es compasivo y misericordioso; y que, en definitiva, la muerte es un paso a la Vida. Comprendemos, no obstante, que todas estas palabras suelen ser muy difíciles de admitir por aquellos que está viviendo una gran desgracia, pero jamás hay que perder la esperanza. Y Dios está siempre en lo mejor de nuestra existencia. Recemos pues por quienes sufren y por el eterno descanso de los que han fallecido. Dios Padre lleno de Amor los recogerá en su Casa, en la que un día estaremos todos juntos.

 

2.- DÍA DE HISPANOAMERICA

La Conferencia Episcopal Española (CEE) tiene establecido la celebración, en este domingo 7 de marzo, del Día de Hispanoamérica. Están previstas colectas para obras y programas de apoyo en aquellos países. La jornada es optativa, pero cada día se celebra con un cierto contenido interior: Es decir para dar la oportunidad a que se sumen a la misma los muchos ciudadanos hispanoamericanos que viven España. En cada parroquia se elije un tipo de celebración, además de las partes que se incluyen en la liturgia de la misa y que no son otras que moniciones informativas sobre la jornada y la colecta.

La presencia de ciudadanos iberoamericanos en el seno la Iglesia española ha sido un buen refuerzo. Y esos grupos de personas han traído a España sus devociones, llevadas a cabo junto con las costumbres desplegadas en sus países. Este editorial quiere, sobre todo, movilizar a las parroquias españolas a que celebren la jornada, sin olvidar, por supuesto, la presencia de nuestros hermanos de América, que recibieron la fe de nosotros, y que, tal vez, hoy la ejerciten más y mejor que nosotros los españoles, atenazados por un fenómeno severo de lejanía e increencia.

 

3.- LA CUARESMA DE CADA UNO

Es necesario, a nivel personal e intimo, tener una disponibilidad sincera y consciente hacia lo que es la cuaresma. Ocurre que las ocupaciones de cada día y un mundo de relaciones no siempre basado en la religiosidad bien entendida traen que se debilite el espíritu cuaresmal y que pasen las horas, los días y las semanas sin que entremos de manera decidida en lo que es la cuaresma.

¿Pero, qué es la cuaresma? Está claro que es un tiempo de preparación para mejor insertarse en los días grandes de nuestra fe como lo son las conmemoraciones de la Muerte y Resurrección del Señor y, también, la cena pascual del Jueves Santo donde el Señor instauró la Eucaristía. Esta definición es sencilla y conocida. Además, siempre se ha dicho que el mejor comportamiento de cuaresma es incrementar la oración, aceptar la austeridad que nos pide la Iglesia y, por supuesto, la limosna. ¿Qué esto es ya muy sabido? Sí, sí, claro… ¿Pero se cumple? Pues a veces, si; a veces, no.

Betania no es una web para alejados. Ya nos gustaría. Realmente “salir” a evangelizar a quien no es asiduo en nuestros templos es una asignatura pendiente de está página. ¿Y quienes son nuestros lectores? Pues, por lo que sabemos, hay muchas personas de las que, en las parroquias, forman los equipos de liturgia y de otros trabajos pastorales. Y sabemos también que hay muchos sacerdotes, muchos. Los equipos de liturgia, por ejemplo, precisan de los formularios para organizar las mismas dominicales y las correspondientes a las solemnidades. Los sacerdotes ojean la página de homilías para conseguir material para elaborar sus comentarios homiléticos. Bien, entonces, nuestras recomendaciones y recordatorios sobre la cuaresma va dirigidos a estos lectores tan habituales.

Una pregunta, por tanto, que quedaría en el aire sería: ¿es qué los sacerdotes lectores de Betania no tienen su compromiso personal e íntimo con la cuaresma, con lo que podría ser la cuaresma personal e íntima, la cuaresma de cada uno? Lo lógico es que sí. El sacerdote ha de estar empeñado en un ciclo constante de mejora de su formación y de, también, autenticidad de su espiritualidad, siendo la cuaresma un tiempo bueno para ello. Y así será en la mayoría de ellos. Pero ¿no habrá alguno que acosado por sus muchas obligaciones, profesionalizado por la repetición de unos esquemas y muy ocupado por ayudar a los demás, olvide su propio corazón? El exceso de trabajo, la dificultad de esa compleja labor, la repetición de muchas cuestiones y un cierto desánimo por la falta de frutos, puede llevar a, en efecto, a que su cuaresma no sea todo lo fundamental para su vida de sacerdocio como, en realidad, debiera ser. Y ahí, como suele estar solo, pues nadie se lo dice, nadie le advierte que está flojeando. Es verdad, y hay que decirlo, que hay medios para evitar la rutina y la desesperanza. Incluso están institucionalizados. Pero, tal vez, lo peor es que no se advierta esa rutina o sólo parezca un cansancio razonable.

Esta cuestión referida a los sacerdotes es aplicable también a otras personas que, sin duda, prestan importantes servicios a la comunidad parroquial y, entre ellos, los que trabajan en liturgia, los catequistas, la gente, estupenda, que trabaja en las Cáritas parroquiales y muchos mas... ¿El esfuerzo por cuidar a los demás lleva incluido el descuido de la “propia casa”? Pues, tal vez, no. Pero, tal vez, sí. Y no es malo llamar la atención.

No se trata –por supuesto—de enmendar la plana a nadie. A veces –y es sólo un ejemplo—cuando se está pidiendo machaconamente, y en público, por la santidad de los sacerdotes, puede parecer que se señala con el dedo a algunos sacerdotes que, según los peticionarios, no son lo suficientemente santos. Con esos procederes a veces se busca una uniformidad, que no es, precisamente, santidad. No es eso lo que está en la voluntad de servicio de este editorial de Betania. Lo que se pretende es que se interiorice la idea de que, a pesar del mucho esfuerzo, alguien se está abandonando. O, también, que lo urgente mata a lo fundamental.

Todos los cristianos desde el Santo Padre hasta el más pequeño de los hermanos, hasta ese niño o niña que hizo el año la primera comunión o que está preparando para recibirla en breve, deberán de meditar, en la medida de sus sinceras fuerzas y de su conocimiento exacto, sobre como va a ser su cuaresma. La personal, la intransferible, la que vive en su corazón, y que no está reñida –por supuesto—con las celebraciones comunitarias, con el aliento de los hermanos próximos.

La cuestión es que podamos vivir la entrega de Jesús en el Gólgota con el alma dispuesta, el corazón abierto. Y que ni el despiste, ni el peso de la excesiva responsabilidad, ni el cansancio, ni el “profesionalismo” haga que la cuaresma pase en nosotros sin dar fruto. Sería, por supuesto, una gran pérdida.