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TALLER DE ORACIÓN NUESTRAS SERVIDUMBRES Por Julia Merodio La vida humana siempre está acompañada de servidumbres. Todos ansiamos el placer de que nos sirvan. En buscar “el ser servido” se basaron las tentaciones, en querer ser dioses se apoyó la tentación que nos presenta el Génesis y en querer vivir bien y tenerlo todo, se plasma la tentación velada, de los apóstoles en el Monte de la Transfiguración: “¡Qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas!” Pero llega el tercer domingo de cuaresma y, la Palabra de Dios, nos presenta una higuera inservible a la que el dueño quiere anular ¡Para qué la quiero si no sirve para nada! Sin embargo, el evangelista presenta a su lado, un corazón misericordioso, un corazón que aboga por ella, que súplica, que intercede… y el dueño, lleno de piedad, se compadece y le concede una tregua. “YO SOY” ME ENVÍA A VOSOTROS Dios en su apuesta, por el ser humano, es consciente de nuestras complacencias y sabe que tendrá que actuar, una y mil veces a favor nuestro si quiere que sirvamos para algo. Conoce bien que, nosotros al contrario que Jesús, somos muy proclives a la comodidad y sucumbimos a la tentación con demasiada frecuencia. Por eso, se acompaña el evangelio con el pasaje del Éxodo, donde Moisés descubre la zarza ardiendo, para recordarnos que, lo mismo que entonces, el Ángel del Señor tiene que aparecer hoy en medio de nuestra espinosa vida, dando grandes llamaradas que nos alerten de lo auténtico y esencial. Y ante tal privilegio tenemos dos exigencias: -Pararnos a observar. -Ver lo que pasa. -Prestar atención. -Y descalzarnos. -Quitarse las sandalias. - Saber que el sitio que pisamos es terreno sagrado. Dios siempre sobrepasa la mente humana, así ha sido en todos los tiempos. En el pasaje de Moisés vemos que, al percibir tal prodigio –Moisés- se tapa la cara, temeroso de ver el rostro de Dios. Nosotros al contrario que Él, ante los prodigios que cada día nos acompañan, en lugar de taparnos el rostro, miramos a Dios de frente. Él es nuestro Padre, por eso le miramos con ojos sorprendidos. Fue el mismo Jesús, el que nos enseñó a hacerlo así, cuando decidió tomar nuestra condición humana. Este será el primer punto de nuestra oración para esta semana.- Mirar a Dios con ojos fascinados. Mirar y acoger: **Su bondad. **Su misericordia. **Su ternura. **Su clemencia. **Su compasión. **Su fidelidad. **Su humanidad… EL GRAN MODELO DE COMPASIÓN “Hazme sentir tu amor cada mañana, que yo confío en Ti: indícame el camino a seguir, pues todo mi ser te añora. Líbrame de los enemigos, Señor, que yo confío en Ti” (Salmo 143, 8 – 10) Si tenemos que buscar una persona que llevó la compasión hasta las últimas consecuencias, la encontramos en: Jesús. El Corazón de Jesús era enormemente compasivo. ¡Es grandioso un corazón compasivo! Pero la mayor dignidad de Jesús consistió en que, no se guardó la compasión para Él, si no que la derramó, a manos llenas, a cuantos se le acercaban. Ciertamente es una actitud que dista bastante de la nuestra. Jesús sentía compasión al ver a tanta gente, como lo rodeaba, sin rumbo; sin criterio, sin valores… pero, lejos de compadecerse y dejarlos con su situación, Jesús decide padecer con ellos, estar a su lado. Así, en un acto de sublime valentía, sale de su cómodo refugio para llevar el mensaje de salvación a cuantos quisieran escucharlo. Jesús, conocía bien la realidad de su tiempo. Él, como nos dice la carta a los Hebreos “era igual a sus hermanos, había tenido todos sus padecimientos y por eso estaba en condiciones de compadecerse de ellos” Pero Jesús va mucho más allá. En un acto de coraje sorprendente padece con ellos y, en un acto de heroicidad y santidad, padece por ellos y por nosotros, siendo capaz de soportar nuestros sufrimientos hasta, llegar a morir por salvarnos de ellos. No nos sorprenderá, por tanto, que en un momento de su predicación, Jesús dijese: “estaban como ovejas sin pastor” y que se compadeciese hasta –padecer, los tormentos más horrendos, por nosotros-. Y esto se debía a que, el Corazón de Cristo, estaba marcado por la: • Acogida. Jesús había venido a salvar, a sanar, a enjugar lágrimas… “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré…” Pero esto no nos garantiza un camino libre de dificultades, no nos dice que se nos acabarán los problemas. Nos dice que es necesario pasar dificultades para entrar en el Reino, que llegar supone franquear un camino incómodo cargado de perseverancia y fidelidad. Bien sé que muchos dirán que estamos locos, que somos unos ingenuos, que es una utopía…Pero nosotros no nos quedamos con las etiquetas, nos basta afirmar que tenemos un refugio seguro, que tenemos un lugar donde saciar la sed, que tenemos donde aumentar nuestra fuerza, que hemos conocido el corazón compasivo de Cristo. • La Verdad. En medio de una vida cargada de mentira y desamor, aparece el corazón compasivo de Jesús como testigo de la verdad. “para eso he venido al mundo, dice Jesús, para ser testigo de la verdad” Jesús es el testigo fiel del Padre, en el que se encuentra toda la compasión, y viene a revelárnosla desde la verdad: verdad de Dios y verdad del ser humano. Por tanto, solamente desde el don de la fe, que nace en lo profundo de cada corazón, podremos conocer la Compasión: valorarla, vivirla y ofrecerla. • La Vida. Jesús es el dador de vida. No tenemos nada más que abrir el evangelio para comprobarlo. “El que venga a Mí tendrá vida y la tendrá en abundancia” La compasión produce vida. Jesús, porque se ha compadecido, ha devuelto la vida a un gran número de personas, que estaban muertas. Y ha devuelto la vida, del alma, a tantos como se estaban alejando y muriendo por inanición. ¡Qué cosas tan sorprendentes puede hacer un corazón compasivo! -Jesús, se compadece de su amigo Lázaro y le devuelve la vida. -Jesús devuelve la vida a la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, porque siente compasión. Y no sólo les devuelve la vida, les devuelve la fe, el amor, la integridad… y las hace personas compasivas. ¡Como impactó, ese Jesús compasivo, en el alma de los que estaban a su lado! Pero Jesús, también se compadece hoy de nosotros y quiere devolvernos esa vida de creyentes que tanto languidece, esa vida de fe, esa renovación interior de búsqueda, de hacernos caer en la cuenta de que en nuestro interior, también habita esa compasión. • El Don. Si preguntásemos a nuestros conocidos su opinión sobre la Compasión de Jesús, seguro que nos responderían que no tenía los pies en la tierra, que la vida tiene otros objetivos más sugerentes, que los de ir compadeciéndose de la gente. Y sin embargo, una y otra vez, oímos “Si conocieras el Don de Dios” Pero nos tragamos las palabras y la homilía y lo que nos echen… sin inmutarnos, sin inquietarnos, sin conmovernos… Sin tener la valentía de, darnos cuenta que, elegir vivir el estilo del Evangelio de Jesús, es encontrarse una realidad distinta a la que nos brindan nuestros puntos de vista efímeros y limitados, donde la compasión tiene un sitio de privilegio. Y acercarnos al Don supone tomar la decisión de acercarnos a los más desfavorecidos de la tierra y compartir su dolor. ¿SOMOS PERSONAS COMPASIVAS? “Si amáis a los que os aman ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen, también eso los publícanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos ¿Qué hacéis de más? ¿No hacen lo mismo los paganos? Vosotros sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo 5, 46 – 48) De nuevo nos encontramos ante una situación con dos vertientes: • Ser compasivos con los demás. • Y, aceptar la compasión de los otros. Al entrar de lleno en este entorno veía que, el ser compasivo es algo que está en desuso y, el dejar que se compadezcan de nosotros se ha terminado. ¿Quién ve con bueno ojos que lo compadezcan? Así, la gente, sufre por mostrar una situación distinta a la real, sale a la calle a exhibir lo bien que le va la vida, los bienes que posee, el puesto que ha conseguido en el trabajo, el súper-sueldo que gana, los trajes que viste, las joyas que posee… y no le importa, vivir en un auténtico infierno, debido a que no le llega el sueldo para pagar todos los plazos en los que se ha metido. Lo que, realmente, le interesa es: que nadie la compadezca. Y yo me pregunto ¿Acaso esas personas se han parado a interiorizar lo que es la Compasión? Compasión es: Padecer- con. Y ¿A quién no le gusta, cuando esta pasando un momento amargo, encontrar a alguien dispuesto a padecer con él? Pero claro, ahora llega la segunda parte: Cada día encontramos menos personas compasivas. ¡Bastantes problemas da la vida –oímos con frecuencia- como para cargar con los males de los demás! De nuevo recurro a otras dos afirmaciones que oímos con frecuencia: --Señor, ¿Qué he hecho yo para merecer eso? --¡Él se lo ha buscado! Ahora que no se lamente. ¡Si hubiera hecho lo que le dije…, Si se hubiera rodeado de gente bien, si hubiera buscado en el sitio apropiado…! Y ahí estamos todos tratando de echar a otros, las interpelaciones que reclaman nuestra atención. No nos damos cuenta de que, sin quererlo, nos vamos alejando, cada vez más, de los valores que nos llevan a la compasión. • Vemos amenazada la paz y nos conformamos con lamentarnos de ello. • Perdemos la paciencia y creemos que un signo de autoafirmación. • Procuramos no hablar de humildad, porque nos parece un signo degradante. • Y perdemos la alegría y la generosidad, a la vez que observamos que la gente se siente desdichada y en muchos casos desequilibrada. Pero nuestra compasión está a cero y creemos que eso no va con nosotros. Me parece, que este sería un buen momento, para empezar a buscar el equilibrio. Si todos hemos oído decir que “es más feliz el que da que el que recibe” podríamos ir pensando que la compasión y el altruismo podrían tener efectos positivos en nuestra vida. Pero la compasión no se practica diciendo palabras bonitas sobre ella. La compasión se hace realidad con obras. De ahí que os invite a hacer una contemplación ante el Señor: -Vamos a traer a nuestra mente a alguien que esté sufriendo, que se encuentre en una situación delicada, que tenga una complicación difícil de resolver. -En nuestra mente observemos su situación, veamos el gran dolor que lo envuelve, la falta de interés que tiene por lo que le rodea. -Ahora vamos a ponernos en su lugar. La persona que sufre tiene la misma capacidad de sentir que nosotros. Puede experimentar: dolor, alegría, sufrimiento, felicidad… -Ahora que ya nos hemos acercado a su sufrimiento, vamos a ir observando los efectos de compasión que van naciendo en nuestro interior. -Después pidamos al Señor su ayuda para que pueda salir de esa situación que lo angustia y ofrezcámonos nosotros a socorrerlo en todo lo que necesite. -Y por último, pasemos un rato largo junto al Señor, dándonos cuenta de cómo la compasión se va grabando en nuestro interior y nos va llevando a vivir con más amor las realidades de nuestra vida.
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