EL PADRE AMANTE Y EL HIJO ENVIDIOSO Por Ángel Gómez Escorial La parábola del hijo pródigo tiene un reflejo claro en el mundo de hoy. Hay, en estos tiempos, muchos jóvenes que malgastan su vida emulando la peripecia del muchacho que protagoniza la parábola de Jesús. Pero mi referencia de hoy es que todos estamos reflejados en la parábola. Sería una injusticia creer que solo los jóvenes son culpables. Es verdad, por supuesto, que se han hecho muchas interpretaciones de los otros protagonistas. Un buen ejemplo estaría definido en nuestro título: “El Padre Amante y el Hijo Envidioso”. Es decir, junto al hijo que se va, está un padre bueno y otro hijo corroído por la envidia, por el agravio comparativo. Y todo ello es, obviamente, un reflejo maravilloso del buen conocimiento que Jesús de Nazaret tenia de la psicología humana. Algo hablo ya de todo esto en la homilía correspondiente al Cuarto Domingo de Cuaresma. PERIPLOS INCONVENIENTES Pero la idea que me lanza a escribir es que todos, hombres y mujeres, clérigos y laicos, jóvenes y viejos, no terminamos de quedarnos en la Casa del Padre y, en muchos momentos de nuestra vida, iniciamos periplos inconvenientes que nos llevan a sentirnos alejados, dañados y doloridos. Y, desde luego añorando ese domicilio paternal donde no nos faltaba de nada. Y es que el pecado --todos los pecados-- es duro, fuerte y demoledor. Lo peor, no obstante, es que nos seamos capaces de reconocer la verdadera dimensión de nuestro pecado y lo peor, también, es que nos inmunicemos a las llamadas del Padre, quedando insertados en una vida mediocre, y muchas veces de gran sufrimiento. La soberbia es uno de los mayores males y el autoengaño también. Y es que en esto del pecado es casi mejor –sin llegar a situaciones de locos escrúpulos— sentirse peor de lo que uno es, que aceptar las situaciones creadas por la costumbre del mal. Desconfiar de nosotros mismos lo justo es bueno. Sabemos que estamos inclinados al mal y que nuestra debilidad es más que manifiesta. La cuaresma se iniciaba con el episodio evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto. Y es, asimismo, un relato enormemente bien trazado. Todo que el demonio propone a Jesús atacaba directamente la continuidad de su misión. Ahí lo que se planteaba era o seguir en sintonía con el Padre u obedecer al Maligno. Y no nos engañemos: la tentación existe. Es verdad que muchos deseos llegan por causa de nuestra propia vida, de las circunstancias que rodean nuestra existencia. Pero hay otros momentos –y eso nadie que sea honrado puede negarlo—que el engaño “viene de fuera”. Lo terrible –y aunque esto parezca muy cínico—es que el demonio nunca da nada, siempre engaña. O sea que se cae por nada. EL ATAQUE POR EL LADO MÁS DÉBIL Lo que a veces desespera es que siempre estemos en el mismo sitio, embarrados en el mismo lodazal. Casi siempre un pecado o defecto –como decía Ignacio de Loyola—habitual es lo que marca nuestras vidas. Dice también Ignacio que el Malo ataca por donde la fortaleza está más débil. Y de ahí su pedagogía sobre el seguimiento del “defecto principal”. Será, entonces, donde hemos de amplificar nuestra atención en torno a todo aquello que nos lleva al defecto un millón de veces repetido. Trabajar con inteligencia para no merodear por los aledaños de donde está nuestro mal, aquel que siempre nos derrota. Pero lo importante es saber que el Padre permanece en el altozano de nuestras vidas esperando nuestra vuelta. Solo un gesto, solo una decisión tenue de volver nos llevará a su regazo. Y, aunque es necesario que resolvamos nuestros pecados recurrentes, hemos de saber que Él, el Padre Amante, nos está esperando. Volvamos una vez más. A él no le importa. Ya nos conoce. Y nos espera siempre. Solamente hemos de dar el primer paso e iniciar el camino de vuelta. No dejemos pasar el influjo de esta parábola maravillosa del Hijo de Dios. Aprendamos a confiar en el Padre y aceptar que Él siempre es cariñoso y tierno con sus criaturas. Sería absurdo que nos empecináramos en estar lejos de Él.
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