SOBRE ASISTIR A MISA Por David Llena Leí la otra semana, aquí en Betania, un correo de Carmen, una lectora de Tordesillas, donde abordaba el siempre eterno problema del aburrimiento en Misa. También yo estuve preocupado un tiempo, pues me resultaba pesado y aburrido ir a misa, cuando desapareció el coro infantil-juvenil, que animaba las Eucaristías. Cayó en mis manos un libro, que en un día fue libro de la semana aquí en Betania, y cuyo sugerente título era: “Me aburro en Misa” de Javier María Suescun. El libro es bastante interesante, y la conclusión a la que llegué tras acabar su lectura es que la susodicha frase no está correctamente construida, le sobra el “me”. Me explico, lo esencial para no aburrirse en Misa es la actitud con la que yo vaya, si voy con la certeza de que me voy a aburrir, lo conseguiré fijo y aburriré a todo el que se siente a mi lado con mi continuo mirar el reloj. Pero, ¿cómo conseguir acercarme a Misa si o la entiendo, si siempre es igual? Lo comparé, entonces con un espectáculo: un concierto por ejemplo. Entendí, entonces, como antes de asistir a un concierto, intento aprender las canciones, compro el disco y lo escucho, y las canciones me recuerdan emociones que viví, o me aventuran otras nuevas, y conforme lo escucho, más me gusta. ¿Cuánto tiempo dedicaba yo a prepararme para ir a Misa? Fue entonces cuando empecé a conseguir y meditar las lecturas de cada domingo. Pero no era completo mi hacer, una gran parte de la Misa aún escapaba a mi entendimiento; y ahí mi segundo descubrimiento. Por aquellas fechas se jugaba la Super bowl, todo un acontecimiento en América que a mi no me decía nada. “No se ama lo que no se conoce” decía el santo, y yo añado no se disfruta con pasión aquello que no se ama. Más adelante, descubrí que ir a Misa, no es ir al circo, dicho con todo el respeto. Es decir, no vamos Misa a pasar un rato agradable, vamos a celebrar la Eucaristía. También vamos al médico, y no es agradable, o recuerdo las largas y aburridas colas en rebajas para comprar la ropa que luego disfrutaríamos o las colas para conseguir las entradas del concierto; la Eucaristía es un anticipo del cielo. A veces, al salir de Misa salimos igual que entramos, lo que no sabemos es que salimos mejor que si no hubiéramos entrado. Y por último, los amigos. Es con ellos con los que mejores ratos pasamos, y así me pregunté ¿es Cristo, tu amigo? Y allí fue cuando me apareció el pasaje de Juan 15, 13 “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” y ahí entendí la Eucaristía.
EL CRISTO DE BENITO PRIETO Por Pedrojosé Ynaraja Era en mis tiempos de seminarista, allá por la década de los cincuenta. Andábamos discutiendo sobre arte abstracto, Tapies y Tarrats, o figurativo, Togores y Pruna. En escultura admirábamos el sensualismo mediterráneo de Clará y descubrimos el étnico de Guayasamin, en la bienal de Barcelona. Por mi parte quedé deslumbrado por la Inmaculada, de Tomas Bel. (He mencionado artistas muy próximos a nosotros) En esta situación de apasionamiento estético, cayó en mis manos un número de la revista “Razón y Fe” donde se incluía un estudio y comentario, acompañado de fotografías, de una pintura de Cristo en la cruz muy singular. El autor se llamaba B. Prieto. Pese a lo precario de las ilustraciones, me impactó mucho. Pasaron los años. No sé de qué manera, pude conseguir una reproducción de esta pintura, que ampliada presidió muchas oraciones de juventud, durante Cuaresma y Semana Santa. Allá por los años 90, gracias a aquel programa de TV ¿Quién sabe donde? entré en contacto con una persona interesada, discípulo y admirador de Benito Prieto, que estaba escribiendo su tesis doctoral, precisamente sobre el pintor al que me he referido. Voy a hacer un breve planteamiento. La primera representación de Jesús Crucificado, (s. II o III) si es que se le puede llamar así, es un graffiti blasfemo, se trata de un muchacho romano que se mofa de un compañero, porque adora a un burro crucificado. El original está en el museo Capitolino de Roma y es conocido como el de Alexamenos. En Siria se dan las reverentes representaciones primerizas, según demuestra mi amigo Fra I. Peña ofm, que fue buen arqueólogo en aquel país. En occidente el primer ejemplo está en la puerta de la basílica romana de santa Sabina, siglo V y parece es único de esta época. Se atreve el románico con sus “majestades” serenas, ataviadas de túnica real, y coronadas. El gótico es más audaz y se acerca ya al patetismo de la muerte del Redentor. Un maravilloso ejemplo es el “Devot Crist” de la catedral de Perpignan. Vendrá después la representación de la agonía, generalmente suavizada, para no herir sensibilidades, un buen ejemplo es el famoso de Limpias o, ya muerto, el serenísimo de Velázquez. Mi piedad cristiana se vio influida desde mi niñez por dos imágenes de este estilo y buena calidad, muy apreciadas y visitadas por mi padre, que ante ellas rezaba con fervor, ambas en Burgos: en la catedral una, en San Gil la otra. Añádase a la experiencia estética, las pláticas y meditaciones que había escuchado durante mis épocas de bachillerato y seminario, para comprender con que satisfacción contemplé esta pintura de Benito Prieto, que representaba a Cristo en el supremo momento de su muerte. Satisfacción, porque la sola mirada me decía mucho más de lo que había escuchado. Asombro impresionado por la elocuencia de su plasmado silencio. Ante ella, uno recuerda el soneto anónimo tan apreciado de Unamuno: “no me mueve mi Dios, para quererte… Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte”. Por más que al estilo se le llame realismo, o hiperrealismo, no es fotografía realizada con pincel. Si imagináramos que se pudo sacar una instantánea de aquel momento sublime, con seguridad el resultado carecería de la solemnidad que trasmite el Cristo de Prieto. Recomiendo al lector, muy especialmente al catequista, buscar en Internet Benito Prieto e imprimir la imagen para utilizarla en Viernes Santo. (Continuaré).
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