Aunque la celebración del San José corresponde al próximo número de Betania, que será doble junto con el Quinto Domino de Cuaresma, hemos querido adelantar este completo texto de nuestro colaborador decano, don Jesús Martín Ballester, para que dé tiempo a la preparación de la Solemnidad del Esposo de la Virgen María. Consta el reportaje de varios textos y, entre ellos, unos recuerdos personales de don Jesús Martí. Conservamos en esta misma página la reflexión cuaresmal que el mismo padre Martí Ballester nos ofreció la semana pasada. EN SU FESTIVIDAD, EL 19 DE MARZO El Patriarca San José, Custodio del Redentor Por Jesús Martí Ballester
DOCTRINA DE SANTO TOMAS Es doctrina del Angélico que cuanto más una cosa se aproxima a la causa que la ha producido más participa de su influencia. Ninguna criatura, excepto Jesús y María, se ha aproximado más a Dios que san José, pues, en la cuestión 29 de la 3ª parte de la suma teológica sostiene que, por su predestinación a esposo de María, entre María y José hubo verdadero matrimonio, siguiendo a san Juan Crisóstomo, San Jerónimo, San Agustín y a san Ambrosio, y como padre virginal de Jesús, por cuyo derecho será él quien le imponga el nombre designado por el ángel, la santidad de san José excede a la de todas las criaturas humanas y angélicas. En efecto, como esposo de María y padre virginal de Jesús, su intimidad con María y con Jesús, le hace vivir envuelto en sacramento permanente de Dios. Conviviendo pues, con el autor de la gracia y con la llena de gracia, ¿hasta dónde alcanzará la gracia, al que, habiendo sido elegido para esposo y padre de las dos criaturas más amadas del Padre celeste, debe también haber recibido los dones que eran requeridos por esa misión delicada y excelsa? “HAGASE TU VOLUNTAD” La de José queda hecha añicos. Sí, mucha alegría, pero también mucho miedo y desconcierto. «Vértigo». Va descubriendo que todos sus planes han sido cambiados. El humilde carpintero, el muchacho simple que hasta entonces había sido, ha muerto. Nace un nuevo hombre con un destino hondísimo. Como antes María, descubre ahora José que embarcarse en la barca de Dios es adentrarse en su llamarada. Tuvo miedo y debió de pensar que hubiera sido más sencillo si todo esto hubiera ocurrido en la casa de enfrente.
¿Por qué hube de ser yo? Como un torrente de cielo roto, Dios se me caía encima: gloria dura, enorme, haciéndome mi mundo ajeno y cruel: mi prometida blanca y callada, de repente oscura vuelta hacia su secreto, hasta que el ángel en nívea pesadilla de relámpagos, me lo vino a anunciar: el gran destino que tan bello sería haber mirado venir por otra calle de la aldea...
¿Y quién no preferiría un pequeño destino hermoso a ese terrible que pone la vida en carne viva? Todos los viejos sueños de José quedaban rotos e inservibles.
Nunca soñé con tanto. Me bastaban mis días de martillo, y los olores de madera y serrín, y mi María tintineando al fondo en sus cacharros. Y si un día el Mesías levantaba como un viento el país, yo habría estado entre todos los suyos, para lucha oscura o para súbdito. Y en cambio como un trozo de monte desprendido el Señor por mi casa, y aplastada en demasiada dicha mi pequeña calma, mi otra manera de aguardarse. J. M. Valverde Pero aún había más: la venida del Dios tonante ni siquiera era tonante en lo exterior. Dios estaba ya en el seno de María y fuera no se notaba nada. Solamente más sobre María, más lejano el fondo de sus ojos. Sólo eso, ni truenos en el aire, ni ángeles en la altura. El trabajo seguía siendo escaso, los callos crecían en las manos, el tiempo rodaba lentamente. Sólo su alma percibía el peso de aquel Dios grande y oscuro a la vez. COOPERACIÓN DE SAN JOSÉ AL ORDEN HIPÓSTATICO
LA "REDEMPTORIS CUSTOS" DE JUAN PABLO II La doctrina más reciente sobre san José es la de Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica "Redemptoris Custos" de 15 de agosto 1989, que hace derivar toda la grandeza de san José del evangelio de Mt 1, 20: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". En estas palabras se halla el núcleo central de la verdad bíblica sobre san José. Admirables debieron de ser las virtudes escondidas del padre de Jesús, la humildad y la obediencia, testificada en las palabras del evangelio: "José hizo lo que el ángel le había mandado y tomó consigo a su mujer" (ib 24). La tomó con todo el misterio de su maternidad; la tomó junto con el hijo, que llegaría al mundo por obra del Espíritu Santo. Admirable disponibilidad, y entrega absoluta al designio divino, que pide el servicio de su paternidad, para que, como en el principio de la humanidad, exista, ante la humanidad nueva, también una pareja, que constituya el vértice desde el cual se difunda la santidad a toda la tierra. INTIMIDAD DE SAN JOSÉ CON MARÍA Y CON JESÚS "Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José el amor correspondiente, aquel amor que tiene su fuente en el Padre, "de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra" (Ef 3,15) (Rm 8). Indescriptible nos resulta a los humanos la manifestación del amor y la ternura, la atención y la constante solicitud afectuosa de José con aquellas criaturas inefablemente amadas. misterios de la circuncisión, con José cumpliendo su derecho y su deber de padre, "le pondrás por nombre Jesús"; de la presentación en el templo: "Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de el" (Lc 2,30); de la huida a Egipto: "toma al niño y a su madre y huye a Egipto"; de Jesús en el templo: "Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando" (Lc 2,48). "Jesús era, según se creía, hijo de José" (Lc 3,23). En realidad así se pensaba en su entorno social. El misterio de la vida oculta de Nazaret, donde José ve crecer al niño en edad, en sabiduría y en gracia. El misterio del cuidado de Jesús, criarle, alimentarle, trabajar para él, vestirle y educarle. Y viendo cómo ese niño, que es su hijo, que es su Dios, y cómo su esposa, más santa que él, le obedecen a él y se le confían, y oran juntos, y juntos van a la sinagoga, y juntos pasean y se distraen y juntos trabajan. y juntos aman, y juntos viven y juntos redimen al mundo. ¡Qué maravilla y cuánto amor! MARÍA ELEGIDA MADRE DEL REDENTOR, JOSÉ COMO ELLA Como María fue elegida madre del Redentor, José lo fue para ser su esposo y padre legal de Jesús. Jesús es hijo de David, porque José, su padre legal y María, su madre, son descendientes del rey David: “Ve y dile a mi siervo David: estableceré después de ti a un descendiente tuyo, un hijo de tus entrañas y consolidaré tu reino” (2 Sam 7,4). Como María recibió una anunciación por la cual se le notificaba que iba a ser Madre de Dios, José también tuvo su anunciación en la que se le anunciaba que iba a ser el padre legal del hijo de Dios, e hijo de María, su esposa, a quienes tendrá que cuidar, alimentar, proteger, defender, con quienes convivirá y acompañará. En el momento más amargo de su vida, cuando está dispuesto a dejar a María al verla encinta, le dice el Ángel: "José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre, Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados" (Mt 1,16). Al ser la imposición del nombre derecho del padre, el Ángel está afirmando la paternidad de José. Sin esperarlo, se ve inmerso en la familia trinitaria. Como Abraham, a quien se le pidió el sacrificio de su hijo, José estaba dispuesto a dejar a su esposa María, que era como morir en vida: “Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos, y llama a la existencia lo que no existe, Abraham creyó” (Rom 4,13). JOSÉ, UN HOMBRE JOVEN Aunque la imaginería se empeñó equivocadamente en representarnos a un hombre anciano para dejar a salvo la virginidad de María, la realidad fue más hermosa, porque José era un joven fuerte y lleno de vida, que amaba profundamente a su novia María. Con una gran delicadeza y ternura, y con gran sentido de responsabilidad, acató por la fe los caminos de Dios. El anuncio de su vocación le causó una alegría inmensa. Y comprendió la gran confianza que depositaba el padre al elegirlo padre de su hijo, asociándolo al orden hipostático, y se entregó totalmente a la misión que le confiaba y pondrá todas sus fuerzas al servicio de Jesús y de María. Trabajará y sufrirá, pero también gozará. Recibirá las humillaciones de Belén, cuando no le quieran dar posada, y sufrirá más por María y el niño que viene, que por él. buscará la gruta para que María pueda dar a luz. La limpiará, buscará la comida, leña para el fuego y luz para iluminar la cueva oscura. DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ Él será el primero en ver al hijo de Dios, niño recién nacido; en oír sus llantos. Su noble y sensible corazón se sobrecogerá contemplando la pobreza con que viene al mundo el Hijo de Dios y su hijo. Jesús, como todos los niños, tiene que aprender a caminar, a hablar, a leer, a recitar los textos de la Escritura, el “Schema, Israel”, fijándose en los ojos de su padre. y después, Egipto. Como Abraham: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre”. Huída rápida para salvar al niño. Tiene que exiliarse. País desconocido, lengua extraña, tierra idólatra, sin medios, buscando el modo de ganar la vida. Muere Herodes. Y el ángel le anuncia que ha muerto el que quería matar al niño. Y vuelta a su tierra. Pero al enterarse que en Judea reinaba Arquelao, hijo de Herodes, creyó que estaría más seguro en Galilea, y se encaminó a Nazaret. Siempre peregrinando y sin ninguna comodidad. Ve crecer al niño. Ya se lo lleva al taller. Le enseña a manejar las herramientas. A cortar los troncos, a trabajar la madera. A coger el martillo. Hace puertas, ensambla yugos y arados, pule taburetes y encaja ventanas. También trabaja la huerta, y está al servicio de todos, y a veces tiene que discutir su jornal. Es pobre, pero justo. Se suda en el pequeño taller. JOSÉ, EDUCADOR DE JESÚS
Con deferencia respetuosa, con sencillez y docilidad. Jesús ama a su padre. ¡y cómo ama José a Jesús! "Por el paterno amor con que abrazasteis al niño Jesús", escribió el papa León XIII, expresando el inmenso cariño y ternura de José por su hijo Jesús. Jesús va a la sinagoga cogido de la mano de su padre. Jesús ora en familia con José y María. Dice de su padre santa Teresa del Niño Jesús, que bastaba verle rezar para saber cómo rezan los santos. ¡qué sería ver rezar a José, el más santo de los santos! La vida de José es una vida de oración y de trabajo, de hogar y de amor, de austeridad y de pobreza, pero de alegría inmensa como consecuencia de la profundidad de su vida interior y de saberse entregado por completo al primer hogar cristiano, semilla de la Iglesia, de la cual es también Patrono. "Proteged a la Iglesia santa de Dios, la preciosa herencia de Jesucristo". El papa Sixto IV decretó en 1480 la fiesta de san José. ¡OH JERUSALEN! "Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús tuvo doce años, subieron a la fiesta según la costumbre" (Lc 2,41). La caravana ha partido de la fuente de Nazaret y su alma de niño ha comenzado a estremecerse al comenzar el viaje. Un muchacho en Oriente, a su edad, es tan maduro como uno de 16 ó 20 en occidente. Los caminos de Jerusalén estaban atestados de gente, que caminaba a pie, o a caballo de asnos y de camellos. El polvo subía al aire y se esparcía por los campos, por los olivos verdes, por las alquerías cúbicas. La gente cantaba salmos. Al borde de los caminos los comerciantes vendían frutas y pan. En las alforjas sonaban los timbales y los platillos. En una de esas caravanas va Jesús de 12 años. A los 13 quedará constituido miembro de pleno derecho del pueblo sacerdotal. nunca un niño se ha parecido tanto a su madre. Cuanto más iba creciendo, más se le parecía. Cuando sea un adulto, toda su naturaleza humana reflejada en su cuerpo, en actitudes, biológicas y espirituales, será el puro espejo de su Madre. Sólo su cuerpo, sus cromosomas y genes, son los que han formado aquella naturaleza bella y armoniosa que le hacía el propio retrato de su madre. Sus mismos ojos profundos, sus mismas manos. Sus gestos idénticos. Jesús observa con mirada penetrante. Jerusalén es una ciudad en fiestas. Cuando entra en el templo y ve que la sangre de los corderos viene corriendo desde el altar de los holocaustos, experimenta una inmensa emoción. Aquellos miles de corderos degollados, le representan a él... ¡qué momento más intenso! Nunca en la historia un muchacho ha sentido una conmoción como la suya. María, que conocía como nadie la intimidad de su hijo, le observaba, extasiado en Dios, su Padre, su vida, su amor. A las tres de la tarde comenzó el sacrificio vespertino. A Jesús le saltaba el corazón en el pecho adorable. Contemplaba por primera vez el cortejo de los oficiantes dispuestos a sacrificar los corderos. Vio al sacerdote con el cuchillo en la mano, hundirlo en el cuello del cordero. Vio correr la sangre y derramarla los sacerdotes sobre el altar. El amor le subía en oleadas por su ser entero. No se queda en el templo por casualidad, sino que su alma hambrienta lo necesitaba. Ni sus padres habían descubierto el terremoto espiritual producido en la conciencia humana de su hijo. EL REGRESO. NO SE HA PERDIDO, SE HA QUEDADO
¿A dónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?... como el ciervo huiste habiéndome herido salí tras ti clamando y eras ido... Después de tres días de busca y de agonía, lo encontraron por fin, en el templo. Los rabinos que comentaban las Escrituras los días festivos, ofrecían la oportunidad a los forasteros de que les escucharan en estas ocasiones. Era como un cursillo o unos ejercicios espirituales. "Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados" (Lc 2,41). La palabra padre en labios de María, tiene una significación plena en el orden espiritual, moral y afectivo. María le da la preferencia a José. Le honra, le pone delante. Ni en el orden ontológico ni el de la santidad le corresponde esa preferencia, pero sí en el orden jurídico familiar y social. la frase "nos has tratado así", indica la unión de corazones; José es verdadero esposo de María y está unido a ella en el dolor. Como hay unión de corazones, sufren juntos por la pérdida y separación de Jesús. LA PÉRDIDA DE JESÚS Cuando perdemos a Jesús, sufrimos. Me diréis que hay muchas personas que están apartadas de Dios y no sufren por ello. Sí que sufren, aunque no se dan cuenta. puede uno no darse cuenta de que está tragando veneno, pero se envenena sin darse cuenta. Dicen que el sida puede estar latente en un organismo durante años. Cuando se quebrantan los mandamientos se produce un desequilibrio, un desquiciamiento de la persona. se da la esquizofrenia, que consiste en la disociación del deber y del hacer. Los mandatos de Dios no son arbitrarios. El sabe lo que nos conviene y lo que nos daña. Por eso manda lo que nos conviene y prohíbe lo que nos daña. La ausencia, la pérdida de Jesús causa dolor, angustia: "te buscábamos angustiados". El amor espiritual es más fuerte que el natural. "Los amores de la tierra le tienen usurpado el nombre" al amor, dice santa Teresa. "El que ama con amor espiritual, dice san Juan de Ávila, necesitaría dos corazones: uno de carne para amar; otro de hierro para recibir los golpes por la pérdida de los hijos espirituales”. El corazón de María estaba ya desbordado de amargura cuando prorrumpe en estas palabras de queja, reprensión cariñosa y respetuosa. ¿Por qué nos has tratado así, a los dos? unidos en la misma duda. Y unidos en la misma acción: "te buscábamos angustiados". José y María, como Abraham, tienen que recibir la herida dolorosísima de la separación del hijo: "¿por qué me buscabais? ¿no sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?". -¿qué dice? ¿qué lenguaje es éste?- este Jesús no es el Jesús que ellos conocían. Jesús ha marcado una línea clara de separación. Se les exige el desprendimiento total. La noche del espíritu, que María vivirá en el Calvario, se le adelanta a José en este momento. La colaboración de José a la redención alcanza ahora mismo un nuevo dolor. Y así fue en toda su vida. En el viaje a Belén, en la noche del nacimiento, en el día de la presentación en el templo, en la huída a Egipto, ante la profecía de Simeón, en Nazaret, en el templo con los doctores. JOSÉ, PADRE DE FAMILIA, LLORADO POR SU HIJO JESÚS. La paternidad de José va más allá de la de todos los padres terrenales, aún sin ser su filiación carnal, ya que en él se refleja la paternidad de Dios mismo constituyéndolo en cabeza de la familia con un corazón a la medida del hijo de Dios y de su madre María. Así pues, Dios dio a María a José por esposo no sólo para su apoyo en la vida sino para hacerlo participar del sagrado vínculo del matrimonio. la familia santa de Nazaret trabaja, cumpliendo el mandato del creador: "comerás del fruto de tu trabajo"; allí la fecundidad es mirada y valorada como bendición del señor: "tu mujer como parra fecunda; tus hijos como brotes de olivo, alrededor de tu mesa. donde Dios derrama su bendición: "que el Señor te bendiga y veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida" (sal 127). Cuando ya no era tan necesario, por ser Jesús adulto y capaz de proteger a su madre, José, se sintió cansado con un cansancio que hasta entonces no conocía, agotada su vida en el taller, sintió frío y Jesús y María, alarmados y llenos de pena, corrieron a su lado y asistido por ellos cuidadosamente y con inmenso cariño, murió en la paz de Dios. Jesús, que lloró con tanta emoción ante el sepulcro de Lázaro, ¿cómo lloraría al morir su padre, a quien tanto amaba? Y las lágrimas de su esposa María, se unieron a las de su Hijo, porque se les iba el esposo y el padre, compañero de la peregrinación. Por eso, por el consuelo que tuvo al morir en brazos de su hijo y de su esposa, es el patrono de los agonizantes. Jesús, José y María, asistidnos en nuestra última agonía. Vio la siembra y supo que se acercaba la cosecha, que no pudo ver.
EFICACIA DE LA INTERCESION DE JOSÉ Santa teresa promotora de la devoción a San José
DIOS NO NECESITA NUESTRAS OBRAS SINO NUESTRO AMOR San José nos enseña que lo importante no es realizar grandes cosas, sino hacer bien la tarea que corresponde a cada uno. "Dios no necesita nuestras obras, sino nuestro amor" dice Santa Teresa del Niño Jesús. La grandeza de san José reside en la sencillez de su vida: la vida de un obrero manual de una pequeña aldea de Galilea que gana el sustento para sí y los suyos con el esfuerzo de cada día; la vida de un hombre que, con su ejemplaridad y su amor abnegado, presidió una familia en la que el Mesías crecía en edad, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres (Lc 2,52). No consta que san José hiciera nada extraordinario, pero sí sabemos que fue un eslabón fundamental en la historia de la salvación de la humanidad. La realización del plan divino de salvación discurre por el cauce de la historia humana a través, a veces, de figuras señeras como Abraham, Moisés, David, Isaías, Pablo; o de hombres sencillos como el humilde carpintero de Nazaret. Lo que importa ante Dios es la fe y el amor con que cada cual teje el tapiz de su vida en la urdimbre de sus ocupaciones normales y corrientes. Dios no nos preguntará si hicimos grandes obras, sino si hicimos bien y con amor la tarea que debíamos hacer. El evangelio apenas si nos dice nada de san José. Poquísimo nos dice de su vida, y nada de su muerte, que debió de ocurrir en Nazaret poco antes de la vida pública de Jesús. Sólo Mateo escribe de José una lacónica frase que resume su santidad: “Era un hombre justo”. Acostumbrados a tanto superlativo, esta palabra tan corta nos dice muy poco a nosotros, tan barrocos. Pero a un israelita decía mucho. La palabra "justo” ciñe como una aureola el nombre de José como los nombres de Abel (He 11,4), de Noé (Gn 6,9), de Tobías (Tb 7,6), de Zacarías e Isabel (Lc 1,6), de Juan Bautista (Mc 6,20), y del mismo Jesús (Lc 23,47). “Justo”, en lenguaje bíblico, designa al hombre bueno en quien Dios se complace. El Salmo 91,13 dice que “El justo florece como la palmera”. La esbelta y elegante palmera, tan común en oriente, es una bella imagen de la misión de san José. Así como la palmera ofrece al beduino su sombra protectora y sus dátiles, así se alza san José en la santa casa de Nazaret ofreciendo amparo y sustento a sus dos amores: Jesús y María. EL TRABAJO ORDINARIO La santidad de José consiste en la heroicidad del monótono quehacer diario. Sin llamar la atención, cumplió el programa de quien es "justo” con Dios mediante el fiel cumplimiento de las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad; y con el prójimo por medio de su apertura constante al servicio de los demás. Como se construye la casa ladrillo a ladrillo, el edificio de la santidad se va realizando minuto a minuto, haciendo lo que Dios quiere. “San José es la prueba de que, para ser bueno y auténtico seguidor de Cristo, no es necesario hacer "grandes cosas", sino practicar las virtudes humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas” (Pablo VI). EL SANTO DEL SILENCIO José es el santo del silencio. Hay un silencio de apocamiento, de complejo, de timidez. hay también un silencio despectivo, de orgullo resentido. El silencio de José es el silencio respetuoso y asombrado, que escucha a los demás, que mide prudentemente sus palabras. Es el silencio necesario para encauzar la vida hacia dentro, para meditar y conocer la voluntad de Dios. José es el santo que trabaja y ora. Trabajar bajo la mirada de Dios no estorba la tarea, sino que ayuda a hacerla con mayor perfección. Mientras manejaba la garlopa y la sierra, su corazón estaba unido a Dios, que tan cerca tenía en su mismo taller. Una mujer santa decía a sus compañeras de fábrica: "Las manos en el trabajo, y el corazón en Dios”. El humilde carpintero de Nazaret fue proclamado por Pío IX Patrono de la Iglesia Universal, y Custodio del Redentor por Juan Pablo II. Es muy coherente que el cabeza de la Sagrada Familia sea el protector y el Custodio de la Iglesia, la gran familia de Dios extendida por toda la tierra.
REFLEXIÓN CUARESMAL La locura de la Trinidad Por Jesús Martí Ballester
ERRORES RECIDIVOS Diletantes modernos, con el señuelo y la novedad del progresismo, de la innovación y de la singularidad, resultan más camaleónicos de lo que se creen. Les parece que están inventando la historia y produciendo novedades cuando sólo están renovando viejísimos errores en nombre de la nueva cultura. Y junto a la consecuencia directa de la ignorancia, incoherencia y entronización de la carencia de rigor, llegan al pensamiento débil y a las ideas heréticas. Salvarnos sin cruz, o con cruces deleitables, es un revivir el epicureismo y el hedonismo pagano. Algunos cristianos tratan de desvirtuar la cruz, rebajando el vino del evangelio con el agua de la mediocridad, como "Monseñor Echagualvino", o pagando tributo al relativismo, o con la escasa formación acomodaticia, según aquello de San Pablo: "Los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos, en cambio para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y sabiduría de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más potente que los hombres" (1 Cor 22). No puede la teología dejar de enseñar, tanto los antiguos como los modernos y aún los actualísimos, uno de los mayores y Padre del Concilio Vaticano II, Hans Urs Von Balthasar, creado Cardenal por Juan Pablo II, las distintas opciones de Dios ante el pecado: Santo Tomás comienza la tercera parte de la Suma con el tratado del Verbo encarnado y estudia la conveniencia, la necesidad y el motivo de la encarnación. EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN El misterio de la Encarnación consiste en la unión de la naturaleza humana, cuerpo y alma, con la divina en la Persona del Verbo de Dios. Dios formó un cuerpo y un alma humanos en las entrañas de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo y la hizo subsistir en la persona divina del Verbo. Es la unión hipostática, término griego que significa persona. Por esta unión hipostática de la persona divina del Verbo con la naturaleza humana, Cristo, que es verdadero Dios, es también verdadero hombre. Pudo dejar al género humano sufriendo la consecuencia de sus pecados. Pudo haberse conformado con una satisfacción congrua. Pudo exigir una satisfacción condigna, término teológico que significa proporcionalidad entre lo que se debe y lo que se paga. Dicho de otro modo: El pecado es una ofensa infinita, por el término ad quem, que es Dios infinito. En el primer caso, Dios no es misericordioso y abandona al hombre, lo cual es imposible. En el segundo Dios perdona al hombre sin exigirle reparación justa, lo que es reparación congrua que atenta contra la justicia. Dios elije y determina la satisfacción condigna, que es la más digna según su justicia, sabiduría y misericordia. Esta satisfacción exige pagar la deuda de la ofensa infinita, pero, como el hombre no es capaz de pagar de esta manera, pagará él ofreciendo una satisfacción vicaria. El Verbo se hará hombre y reparará la ofensa y las demás consecuencias del pecado. Esta será la reparación condigna ESTA REPARACIÓN SERÁ MUY CONVENIENTE La Encarnación del Verbo fue convenientísima, porque siendo Dios el Bien sumo es propio de El difundirse en grado sumo, lo que consigue asumiendo una naturaleza creada y humana y elevándola a la unión personal con El. Al encarnarse Dios, se hace patente su bondad infinita, que no despreció la humana naturaleza; su misericordia, que remediaba nuestra miseria; su justicia, que exigió la sangre de Cristo para redimir a la humanidad pecadora; su sabiduría, que supo unir la misericordia con la justicia; su poder infinito, porque es imposible realizar gesta mayor que la Encarnación del Verbo, al juntar en ella lo finito con lo infinito. Dicho con más claridad, aun a costa de repetirnos: Dios, Juez Supremo, pudo haber perdonado el pecado gratuitamente, o pudo haber exigido una reparación congrua, con lo cual, según Santo Tomás, no hubiera obrado contra la justicia porque El no tiene superior, y cuando obra con misericordia hace algo que está por encima de la justicia. Quiso unir la justicia con la misericordia. Santo Tomás de Villanueva, lo expresa así: "Muchos medios he intentado y buscado para que los hombres dejen la vanidad y me sigan, y ninguno sirve de nada; uno sólo resta para convencerlos, que es darles a entender cómo infinitamente los amo, haciéndome hombre". En tiempos modernos, después de Paray Le Monial, diríamos; “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y de los que no recibe más que ofensas y pecados”- LA REPARACION NO FUE ABSOLUTAMENTE NECESARIA La Encarnación del Verbo no fue absolutamente necesaria para reparar el pecado de la humanidad. Pero sí fue absolutamente necesaria la Encarnación del Verbo, o de cualquiera de las tres personas divinas, para reparar el pecado con satisfacción condigna, es decir, con estricta justicia, porque la humanidad no podía pagar la deuda infinita del pecado, pues los actos de un ser finito no son infinitos y, por tanto no hay igualdad entre lo que se paga y lo que se debe. Sólo Dios podía pagar una deuda infinita, con satisfacción condigna y vicaria, siendo a la vez hombre. Con la Encarnación del Verbo, se acrecienta nuestra fe, esperanza y caridad, y nos impulsa a obrar rectamente ejemplarizados por sus virtudes: "El Verbo se encarnó, dice el Catecismo de la IC, 459, para ser nuestro modelo de santidad: "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí..." (Mt 11,29). "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí" (Jn 14,6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: "Escuchadle". El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado". (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (Mc 8,34). PARA HACERNOS DIOSES Dios nos ha hecho partícipes de la divinidad por la gracia santificante. "Dios se hizo hombre para hacer al hombre Dios", dice San Agustín. Y, por la Encarnación del Verbo es vencido el diablo, y dignificada la humana naturaleza, "reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, y, hecho partícipe de la divina naturaleza, no quieras volver a la vileza de tu antigua condición", como nos amonesta el Papa san León Magno; nos libra de la presunción y de la soberbia al ver a Cristo anonadado y nos borra el pecado con su sacrificio. "El se manifestó para quitar los pecados. El Padre lo envió como propiciación por los pecados" (Jn 4, 10). Santo Tomás comienza la tercera parte de la Suma con el tratado del Verbo encarnado y estudia la conveniencia, la necesidad y el motivo de la Encarnación. EL DOLOR MAYOR
Se eclipsó en el Hombre Dios. Cortinas espesas de sangre oscurecieron la faz del Padre... El Hombre tirita despavorido... Debilidad de un enfermo que, con la fiebre agarrotada a sus débiles miembros, tiembla de frío y de miedo ante un dragón que lo engulle. Lámpara torturada de sangre que amanece como rocío de gotas redondas que forman ríos desolados y dolorosos de un planeta hundido en la soledad sideral.
Desolación inmensa de un océano de torturas diabólicas de campos de exterminio.
Presencia mística de todo el pecado en la imaginación cinematográfica del Hombre que ve lúcidamente resquebrajarse horrorosamente los cimientos del cosmos.
La negra traición disfrazada, los matorrales espinados del odio, la cínica hipocresía, el fariseísmo de todas las inmensas injusticias.
Soledad, silencio, angustia... Abandono, desolación, sequedades...
Llamada a participar en el trago amargo del Maestro, hasta que te haga feliz ser latido en su estertor. J. M. B.
1) Por las causas de los dolores: A) el dolor corporal fue acerbísimo, tanto por la generalidad de sus sufrimientos, como por la muerte en la cruz. B) El dolor interno fue intensísimo, pues lo causaban todos los pecados de los hombres, el abandono de sus discípulos, la ruina de los que causaban su muerte y, por último, la pérdida de la vida corporal, que naturalmente es horrible para la vida humana natural. 2) Por causa de la sensibilidad del paciente: el cuerpo de Cristo era perfecto, muy sensible, como conviene al cuerpo formado por obra del Espíritu Santo para sufrir. De ahí que, al tener finísimo sentido del tacto, era mayor el dolor. Lo mismo puede decirse de su alma: al ser perfecta comprendía muy eficazmente todas las causas de la tristeza. 3) Por la pureza misma del dolor: porque otros que sufren pueden mitigar la tristeza interior y también el dolor exterior, con alguna consideración de la mente, Cristo en cambio no quiso hacerlo, como tampoco quiso beber la posca, el narcótico que le ofrecieron en la cruz. Porque el dolor asumido era voluntario. Y así, por desear liberar de todos los pecados, quiso sufrir el dolor en proporción al fruto. Y de ahí se sigue que el dolor de Cristo ha sido el mayor de cuantos dolores ha habido (Suma III; q 46, a 6). ¿QUIEN NO AMARA AL QUE TANTO NOS HA AMADO? "¿Quién no amará al que nos amó de tal manera? Nos lavó de nuestros pecados con su sangre" (Ap ,5). Pagó la pena debida por ellos. "Llevó la pena de todos nuestros pecados sobre su cuerpo en el madero de la Cruz" (1Pe 2, 24). La satisfacción de Cristo fue voluntaria, completa, condigna y superabundante. "Fue ofrecido porque él mismo lo quiso", (Is 53,7). "Nadie me arranca la vida, sino que la doy por propia voluntad" (Jn 10,18). Completa, porque tiene la virtud suficiente para reconciliarnos con Dios y borrar nuestros pecados. "La sangre de Cristo nos purifica de todo pecado" (1 Jn 1,7). Condigna y superabundante porque hay proporción entre lo que se debe y lo que se restituye. El acreedor que perdona una parte de la deuda al deudor, no recibe satisfacción o pago condigno, sino deficiente. La satisfacción de Cristo fue condigna, porque guardó proporción con la ofensa. Si la ofensa causada a Dios con el pecado es en cierta manera infinita, también la satisfacción de Cristo fue de infinito valor. La magnitud de una ofensa se mide por la dignidad de la persona ofendida. Es mucho más grave la ofensa a un Jefe de Estado, que a un soldado raso. Siendo Dios de majestad infinita, la ofensa hecha a El con el pecado, era en este sentido infinita. La satisfacción de Cristo fue superabundante; pagó más de lo que debíamos. "Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia" (Rom 5,20). Cualquier acto del Hijo de Dios era infinito, porque procedía de la persona del Verbo. Su satisfacción es superabundante y "su redención copiosa " (Sal 20, 7). No sólo nos perdonó el pecado y la pena debida, sino que nos mereció la gracia y el derecho al cielo.
FRUTO DE LA CRUZ “¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento y entregar su vida como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él cargó con el pecado de muchos e intercedió por los pecadores. Alégrate, estéril, que no dabas a luz, rompe a cantar con júbilo la que no tenías dolores; porque la abandonada tendrá más hijos que la casada. Ensancha el espacio de tu tienda, despliega sin miedo tus lonas, alarga tus cuerdas, hinca bien tus estacas; porque te extenderás a izquierda y derecha. Tu estirpe heredará las naciones y poblará ciudades desiertas” (Is 53-54). NUESTRA RESPUESTA. LA MEDIOCRIDAD ¿Dónde encontraremos la causa de que no veamos cumplidos todavía los presagios proféticos de Isaías? Cristo cumplió la voluntad del Padre, también los Apóstoles y todos los Santos, pero ¿y nosotros, llamados a extender los frutos de su sangre y a difundir los ríos de su amor, que tanto nos ha amado, hasta los confines de la tierra y hasta el fin del mundo?; ¿no será que abundan entre los cristianos de hoy excesivos “echagualvino”?.
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