TALLER DE ORACIÓN

LA RECONCILIACIÓN: TAREA PRIMORDIAL PARA EL SACERDOTE

Por Julia Merodio

En este año Sacerdotal, me parecía que no podía ignorarse el tema del Sacramento de la Reconciliación. Sé bien que no se habla demasiado de él, que es una tarea ardua el intentar profundizar en su realidad, pero me he puesto ante el Señor y le he pedido que me ayude. Por eso -aunque no me consideré la persona apropiada para ofrecerlo-, voy a compartir con vosotros la importancia tan grande que tiene para mí, y la vida que da a cuantos lo recibimos.

“Somos embajadores de Cristo y es, como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. Por eso, en nombre de Cristo os exhortamos: ¡Dejaos reconciliar por Dios!” (2 Corintios 5, 20)

Si el Papa ha escogido, la enseñanza del Santo Cura de Ars, para que aumente la santidad de los sacerdotes, no podemos dejar de lado, una de las facetas más importantes de San Juan María Vianney: la importancia y el tiempo que le dedico a la confesión.

En palabras de su biógrafo podemos leer: “Tenía un gran afán de ayudar a los demás: No me encuentro bien, decía con buen humor, sino cuando ruego por los pecadores... Si ya tuviese un pie en el Cielo y me dijesen que volviese a la tierra para trabajar en la conversión de un pecador, con gusto volvería. Y si para esto fuera menester estar aquí hasta el fin del mundo, levantarme a media noche y sufrir lo que ahora sufro, aceptaría de todo corazón”

Si ya he apuntado semanas anterior, la dificultad que encerraba para mí tratar los temas, refiriéndome a los sacerdotes, al ponerme ante el tema de la reconciliación enmudezco por lo que, como ya os he dicho, me pongo en manos del Señor y que Él me ayude a plasmar, lo que quiera decir a través mió.

Como todos sabéis, hace ya bastantes años el papa Pablo VI, señalaba que: “El peor pecado de nuestro mundo consistía, en haber perdido la conciencia de pecado” Quizá, los que entonces lo oyeran dirían ¡Qué nos va a decir el Papa!

Sin embargo hemos llegado a un momento de la historia, donde se ve esta premonición descaradamente. Con un simple cambio de palabras, convertimos una incorrección en una virtud y un crimen horrendo en un decreto ley. Lo tenemos de actualidad: Aborto = interrupción del embarazo. ¿Dónde queda el pecado? Y claro si no pecamos, para qué vamos a confesar. Sé bien que hay poca gente que confiesa, pero también observo, con pena, que hay muy pocos sacerdotes confesando

¿A qué se debe este fenómeno? Ciertamente yo no soy la persona más idónea para responder a ello, pero a mi me parece que una de las causas está, en que no se habla de pecado; no se explica lo que es el sacramente de la Reconciliación; no se habla del amor del Padre; no se catequiza sobre este “importantísimo” Sacramento…

Sin embargo, aquí tenemos al Santo Cura de Ars, que sí hablaba de ello y nos lo deja plasmado, con estas preclaras palabras: “La confesión es el don inimaginable que Dios saca por sorpresa para salvar a sus hijos en peligro: Hijos míos, no se puede comprender la bondad que ha tenido Dios para instituir este gran sacramento. Si hubiéramos tenido una gracia que pedir a Nuestro Señor, nunca se nos habría ocurrido pedirle esta. Pero él ha previsto nuestra fragilidad y nuestra inconstancia en el bien y, su amor, le ha llevado a hacer lo que nosotros no nos habríamos atrevido a pedirle nunca”

Pero hay alguien, mucho más santo y mucho más relevante que el Santo Cura de Ars, ¡qué ya es decir!, que tampoco se avergonzó de hablar de pecado, ni de perdón. Fue Jesús de Nazaret. Él lo deja reflejado a través de toda su trayectoria en la tierra y, no escrito en un pergamino de sumo valor, sino hecho testimonio, en la normalidad de su vida.

Porque Jesús denuncia el pecado, mientras acoge al pecador. Él no se avergüenza de decir: “Tus pecados te son perdonados”, Él no se esconde ante la pecadora: “¿Nadie te ha condenado?, Yo tampoco; anda y no peques más”. Él sale en defensa de la pecadora, en casa de Simón: ¡Mirad, a quien mucho ama, mucho se le perdona!” Podríamos llenar el artículo de pasajes, pero no es necesario, todos los conocéis.

Sin embargo, también vemos que, aquellos que lo acompañaban, a pesar de comprobar en primera persona el modo de perdonar de Jesús, no acababan de entender; de ahí que, un día, les hablara del corazón del Padre.

LOS DOS HIJOS

Los predilectos de Jesús, como tantas veces nos ha repetido Él mismo, son los que lejos de seguir obstinados en su error deciden volver; esos a los que, el Padre, recibe con los brazos abiertos: el pródigo, la mujer de Samaría, Zaqueo, los de Emaús… De ahí que Jesús decida centrarnos, en dos momentos de la vida por los que todos, en más o menos medida, vamos a pasar. Por lo que resulta claro que, si se trata de volver, antes habrá que haberse ido.

En un primer momento nos muestra: a uno de los hijos: al pródigo que decide abandonar y marcharse; con ello, se esta dirigiendo a nosotros, que ¡nos hemos ido tantas veces! Para presentárnoslo, después, arrepentido, desandando sus malos pasos.

Pero falta, el otro: su hermano, el hijo mayor. Este pertenece a esos otros hijos que, no pueden entender la generosidad del Padre y son incapaces de pensar en el perdón.

Ante nosotros, dos situaciones por las que pasa todo ser humano, una y otra vez. En esta segunda, el hijo no se ha ido, se ha quedado en casa… pero viviendo una fría honradez y teniendo una conducta virtuosa, tan estrecha, que lo va separando de todos. Reduce la vida en la casa del Padre, a una cuestión de reglas y prohibiciones; pero se queda sentado cómodamente, sin ser capaz de salir a buscar a su hermano.

Dos situaciones que desfilarán con frecuencia por la vida del sacerdote y que tantas veces lo desinstalarán; pero él ha de ser en la tierra: ese Padre que no juzga, ni condena; que espera, a cada hijo que llega, con los brazos abiertos; y que tiene la valentía de decir: ¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco pero: vete y no peques más.

No es fácil el tema de la reconciliación para el sacerdote. Él mismo tiene muchas carencias, que acompañan su humanidad; pero, con su realidad a cuestas, tiene que ser capaz de interrogar, de cuestionar,… tiene que ser capaz de preguntar: ¿Quién creéis que está más lejos de la casa: el que la abandonó, o el que sigue en ella sin amor? Pues esta es una cuestión que deberíamos tener muy clara los que nos decimos cristianos.

ESOS CUENTOS

Sé bien que, actualmente, las personas no quieren que les pregunten estas cosas. Esto no va para la gente de nuestro tiempo; nosotros somos modernos -se dicen- ¿cómo pueden venir ahora con estos cuentos?

Mezclados con ellos estamos nosotros, los que si vamos a la iglesia, “los buenos”; pero, que también nos decimos, a veces, aunque sea de forma muy bajita para que nadie se entere: esto tampoco va con nosotros, nosotros “cumplimos”

Quizá sea este un momento idóneo para afirmar: ¡Claro que esto va para nosotros! Cuántas veces no entendemos que, en la casa del Padre, haya sitio para todos. Incluso nos permitimos criticar, que haya un puesto privilegiado, para el que vuelve arrepentido. Cuántas veces nuestra falsa honradez nos hace vivir un cristianismo ajustado al “cumplo y miento”

Por eso necesitamos tanto al sacerdote. Él ha de enseñarnos, que el amor del Padre está por encima de nuestra miserable conducta, hasta el punto de que es capaz de preparar un suntuoso banquete para celebrar la vuelta a casa.

De qué manera acogería la gente, el Sacramento de la Reconciliación, si fuésemos capaces de decirles que, antes de que el hijo pruebe el cordero cebado y los manjares suculentos, experimentará el abrazo del Padre, su perdón, su acogida, sus signos: sandalias nuevas, anillo, el mejor traje… porque antes de saciar el hambre, el Padre se encarga de: hacernos recuperar la dignidad perdida y la condición de hijos. Antes de gozar de los alimentos, el Padre quiere que gocemos de la música y la fiesta.

Yo creo que, a tanta gente desinstalada y sola, con fardos pesados a su espalda, experimentando el frío y el tedio del camino, esta actitud del Padre, los sobrecogería, les resultaría sumamente atractiva. Ellos necesitan saber que, este hecho no es algo que se quedó inserto en aquella parábola, se repite en el día a día, y nuestro modo de comportarnos tendría que hacerlo ver y experimentar a todos.

También para nosotros, debería repetirse en cada Eucaristía celebrada. Por eso, es necesario que cada sacerdote nos ayude a percibir los signos que en ella se ofrecen. Cuántas eucaristías celebradas sin haber dejado que el Padre nos calzase las sandalias y nos pusiese el anillo. Cuántas eucaristías en que, la prisa por salir, nos ha privado de recibir el abrazo del Padre… y lo que es peor, cuántas eucaristías, tristes y sombrías, sin gozar de la música y la fiesta que da, al corazón, el contacto con la auténtica Vida.

LA NECESIDAD DE PONERSE EN PIE

Hoy día la gente no necesita ponerse en pie; estamos demasiado elevados como para subir más alto. Hoy solamente nos interesa, aprovechar cualquier oportunidad para buscar sensaciones fuertes que nos hagan salir de nuestro letargo.

¿Cómo se puede pretender que alguien con un horario inhumano y un montón de letras por pagar saque tiempo para que, además de cumplir con sus obligaciones de padre, esposo, “cuerpo perfecto”, “deportes al día” “espectáculos en estreno”, vacaciones al extranjero… pueda hacer silencio para verse por dentro? ¡Eso es imposible! Los días sólo tienen veinticuatro horas.

Sin embargo, el joven de la parábola, necesitó entrar en su desierto y ver lo que le deshumanizaba. Llegó a ese momento clave en que el corazón da un vuelco y la persona es capaz de percibirlo. El instante en que tomas la opción de ponerte en pie y salir al camino para retornar. Es el momento de la conversión profunda; porque la conversión empieza en el mismo instante en que sentimos nostalgia de libertad y decidimos abandonar la esclavitud que nos corteja.

¡Cómo necesitamos esa mano fuerte, que nos saque de nuestra indiferencia y nos conduzca a la verdadera libertad! ¡Qué papel tan trascendental tiene que jugar el sacerdote, inmerso en esta realidad tan devastadora!

Pero no es necesario que se preocupe en buscar soluciones. El mismo Jesús se las ha dejado plasmadas. ¡Qué bien sabía Él, atar los cabos, para que no quedase ninguno suelto! Nos sigue diciendo en la parábola que, mientras los criados se ocupaban de los preparativos, el Padre, personalmente, se ocupa de lo más difícil: de arrancar de la mente del hijo esa condición de esclavo, que lo taladraba; para injertarle la mentalidad de hijo. De hijo amado y querido.

El Padre que, cada día salía al camino, no salía por si alguien volvía, salía para esperarlo a él; a él personalmente y salía para hacerle descubrir la alegría de sentirse esperado y querido.

CORAZONES ENDURECIDOS

Yo creo que por muy endurecidos, que estén hoy los corazones, se fundirían ante estas palabras de Jesús. Mientras el hijo durante el camino, iba pensando que el Padre no querría saber nada de él, al llegar a su presencia se encuentra con un Padre que no ha sido capaz de superar su ausencia.

No podemos callar durante más tiempo. Tenemos que salir y gritar que, ese Padre es el que espera hoy y siempre a cada hijo; a cada uno personalmente, porque no es capaz de soportar nuestra ausencia: Y nos espera, no para reprocharnos lo que hemos hecho mal, sino para recibirnos en su abrazo de amor.

Porque, el Padre, se siente de verdad Padre, no cuando da certificados de “Buena conducta” sino cuando recobra al hijo perdido, cuando concede, el perdón solicitado.

Me resulta imposible pensar que, si el sacerdote muestra esta realidad, a quien se acerque a él, esa persona no le pida el sacramento de la Reconciliación. Porque, no basta con predicar la conversión; es necesario preparar el retorno, asegurarse de que la casa resulta acogedora y sobre todo, de que en la mesa haya frutos de: cariño, confianza, ternura y respeto, capaces de saciar el hambre de quien está a punto de morir, por haber ingerido alimentos equivocados.

Es entonces cuando, aparecen las palabras que dan paso a la verdadera conversión ¡me muero de hambre!

Porque convertirse es: tener hambre y sed de ser justos, sobre todo cuando nos movemos, en una gran abundancia de cosas por las que hay que optar.

Este es el modo que tenemos de arrepentirnos. Nos arrepentiremos de corazón cuando:

• Tengamos el coraje de confesar nuestro desamor.

• Cuando seamos capaces de, llegar a nuestro fondo, para encontrarnos con nosotros mismos.

• Cuando vislumbremos, que nos falta algo esencial, en este mundo, en que tenemos de todo.

• Cuando nos demos cuanta de que, eso que escondemos, es lo que nos permitirá vivir, lo que nos realizará como: personas, como cristianos y como seres libres.

• Será entonces, cuando llegue hasta nuestro ser, el diagnóstico del Padre: “Este hijo mío estaba muerto y ha resucitado…”