1.- ¡VIVE, LA PASCUA, SACERDOTALMENTE! Por Javier Leoz (**) 1.- Demos razón y signos de la alegría que sostiene nuestro sacerdocio: la Resurrección de Cristo. Que no pase, ni un solo día, sin que en nuestras parroquias resuene por los cuatro costados el aleluya o un canto pascual 2.- Que, contemplando la luz que nos ha brindado la mañana de Pascua, hagamos lo posible por apartarnos de todo aquello que oscurece nuestro sacerdocio, que empaña nuestra vocación, que nos distancia de Dios: releamos con pausa la oración sacerdotal de Cristo: “Padre te ruego por ellos” (Jn17) 3.- Que la pasión, la radical entrega y la muerte del Señor, nos anime como sacerdotes a desvivirnos todavía más para que, nuestras comunidades, recuperen el don de la fe o la caridad que debe ser distintivo de nuestro seguimiento a Jesús: potenciemos en nuestras comunidades las cáritas parroquiales 4.- Muchas personas que nos rodean están resquebrajadas. No conocen o, tal vez, no han vivido con intensidad la Pascua. Como sacerdotes, “cristos pequeños”, estamos llamados a realizar pequeños milagros. A procurar que la gente sonría y sea feliz. Ante tanto drama, los sacerdotes, tendríamos que tener un poco más de humor. 5.- Alguien, con cierta razón, afirmó que “el sacerdote lleva una gran orquesta en su corazón.” Y es verdad. Tenemos lo que más queremos (a Jesús) y por lo tanto tenemos que llevar una vida armonizada y, a la vez, propagar esa música con sabor a cielo que nos hizo dejar a un lado tantas cosas: LA MELODIA DELA RESURRECCION DE CRISTO 6.- Miremos a nuestras manos sacerdotales ¿Presentan señales de haber trabajado abundantemente por el Reino? Inclinemos los ojos a nuestros pies ¿Acompañamos a los que necesitan nuestra ayuda y nuestro consejo, nuestro auxilio o nuestra cercanía? Observemos nuestro costado ¿Brota de él sacrificio, pasión, comprensión, o perdón? 7.- No nos quejemos tanto de cómo está el mundo; de que la Iglesia no vive sus mejores horas. Cristo, desde su descenso a este mundo en Navidad, no lo tuvo tampoco fácil. Pocos se percataron de su presencia. Pocos se arrodillaron ante El. Pero, en la mañana de la Pascua, fue apareciéndose a aquellos pocos que, como tú o como yo, le amamos y esperamos su retorno. 8.- “Un sacerdote indiferente lleva a su comunidad a la indiferencia”. Comprometamos toda nuestra existencia al servicio de aquello que, nuestro Obispo, nos ha enviado. La pereza, la desilusión, el desencanto o las excusas no son buenos remos para mover la barca de Cristo. “Yo estará con vosotros hasta el fin del mundo.” 9.- Demos gracias a Dios por nuestra vocación. Un don inmenso y, a veces, sumergido o teñido por algunas deficiencias de nosotros los curas. Agrademos a Dios aunque, en ese intento, desagrademos a un mundo que nos quisiera más como marionetas que como servidores de Jesús. 10.- Transmitamos, con convencimiento, tiempo, testimonio y constancia aquello por lo que, un día, nos hicimos sacerdotes: CRISTO VIVE EN NOSOTROS. Que nada; ninguna tribulación, complicaciones, dudas o contradicciones paralicen aquel motor por el que nos movemos y nos existimos: EL DESEO DE EVANGELIZAR HOY Y AQUÍ. ¡FELIZ PASCUA, SACERDOTE! (**) Javier Leoz, es Delegado Episcopal Religiosidad Popular. Pamplona
2.- EN UNA TARDE DE CAMPO (Comentario al Capítulo 21 del Evangelio de S. Juan) Por David Llena Era una tarde de primavera como las de ahora, cuando ya declina el sol, y Pedro casi como saliendo del letargo dice: “Me voy a pescar” y los otros que estaban con él, quizá sin otra opción mejor se animaron a ir con él. Mala decisión; estuvieron toda la noche bregando y todo aquel esfuerzo fue en vano. Comenzaba a amanecer y las redes estaban vacías, el cansancio y la fatiga se adueñaron de ellos. La desazón hizo mella también en ellos, ¿ha merecido la pena tanto esfuerzo? Se sentían derrotados. Hicieron lo que tenían que hacer, pero ahí aparecía la tentación, ¡mejor hubiese sido quedarnos en casa! ¿Cuántas veces no se siente así mi alma? Ante los trabajos, las fatigas, a veces te preguntas ¿no estaré haciendo el tonto? Perdiendo noches de sueño para nada. Pero entonces, cuando nuestras fuerzas están al límite, es cuando acaba la prueba y se nos hace presente el Señor y se hace el día, es entonces cuando la semilla de nuestra labor da fruto, cuando el Señor quiere, cuando nosotros ya estamos extenuados. El Señor nos prueba para que sepamos todo lo que somos capaces de dar. Es el momento de aquellos pescadores y les ha encontrado subidos en la barca, ahora el esfuerzo es para coger ese ciento por uno que nos había prometido el Señor. Y es entonces cuando reconocemos su mano junto a nosotros. Alguien se da cuenta que ese golpe de fortuna tiene un hacedor que es el Señor, dentro de la algarabía alguien capta que lo importante es Él. El que hace y deshace, a través nuestro sí, pero el mérito es de Él. Estos momentos son los más importantes en nuestro caminar hacia la Casa del Padre. Jesús que es Camino se hace presente, nos toca a nosotros hacer como hizo Pedro saltar al agua, lanzarnos tras Él. -“¡No tengáis miedo!” Nos repetía Juan Pablo II, -“¡Abrid las puertas a Cristo!”. Dejarlo todo e ir en pos de Cristo. ¡Pero ojo! ¡Esto no puede llevarnos a dejar de hacer nuestro trabajo! Fijémonos como Pedro, en cuanto llega la barca a la orilla sube a ella para descargar la red. Se trata pues de hacer nuestro trabajo, pero con los ojos puestos en Dios. Ahora carga es más ligera, y el yugo es llevadero. Todos reconocen al Señor, no hacen falta presentaciones, el alma reconoce a su Creador, no hay duda, es Cristo. El alma de los discípulos palpa la Paz del Tabor ¡qué a gusto se está aquí!, la criatura descansando junto al Creador, en esos valles de fresca y verde hierba, junto a esas fuentes tranquilas. Sólo aquí podemos encontrar la Paz. Y en esa tranquilidad de la sobremesa, en un tranquilo conversar con Jesús, viene la gran apuesta de Jesús por Pedro, como pastor de la Iglesia. Le lleva de nuevo a la realidad, Pedro tiene una deuda que saldar, ya la lloró amargamente al escuchar el gallo, pero ahora delante del Señor tiene que reconocer que lo ama. Que sus palabras de seguirlo hasta la muerte eran ciertas, que lo de Getsemaní fue un error, que Pedro estaba dispuesto a darlo todo por el Maestro. Jesucristo ya lo sabía, era Pedro el que aún no lo tenía claro, tres martillazos sobre su conciencia lo dejaron todo bien remachado. Pedro había confirmado lo que hace un tiempo le confesó Jesús: “Tú serás Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.
3.- INTELIGENCIA EMOCIONAL Por Pedrojosé Ynaraja Es un concepto un poco etéreo, que hoy se valora mucho en la promoción de ejecutivos de empresa. Pensaba el otro día yo que algo así deberíamos tener en cuenta en la formación, dirección y animación de nuestras comunidades cristianas. Se me ocurrió precisamente el Viernes Santo y en circunstancias chuscas. Iba yo a la iglesia parroquial a celebrar la liturgia propia del día. Estaba imbuido del sentido del acto. No se trataba de asistir a un entierro, la muerte de Jesús, por muy cruel que fuese, por muy unido que uno esté con Él, no es como la muerte de un ser querido, es diferente. Preparábamos el himno triunfal “Victoria, tu reinarás…”. Estrenaba yo una estola roja, de procedencia copta… Pues bien, a pocos metros de la puerta de la iglesia, dos señoras que conducían y ocupaban un buen coche, me dicen: ¿verdad que usted es el párroco? Sí, les contesté. Oiga – continuaron- ¿por aquí hay esparragueras? Hice un esfuerzo y pude contenerme. Con corrección, les dije que no me ocupaba en estas cosas… Se fueron tan tranquilas. Hubiera querido gritar: ¿pero no se han enterado de que hoy es Viernes Santo y que el Señor ha muerto por nosotros? ¿Si Ustedes saben lo que es un párroco, como han dado a entender, y si saben que día es hoy, cómo vamos a ocuparnos en estas frivolidades? Vuelvo al inicio. Muchos padres cristianos, se sienten angustiados por los peligros que acosan a sus hijos y además no quieren que pasen por las dificultades y penas que ellos pasaron. De aquí que se preocupen de escoger bien los colegios, que les proporcionen clases adicionales de lenguas y deportes. Todo para que no les salgan drogadictos o terroristas. No hay domingo que puedan disfrutar de convivencia familiar, pues, uno tiene partido de básquet y el otro de tenis. Y hay que llevarlos y volverlos a casa y de inmediato cenar y dormir. Por el camino, ni han hablado, ni mirado el paisaje, absortos como estaban con su juego electrónico o su MP3. La jornada de un domingo, para algunos padres, es cambiar la oficina, por la ocupación de taxista. Tal vez por herencia espiritual o por sinceras convicciones, sintiéndose cristianos, les acompañarán a misa. Si hay reproche, les dirán que cuando lleguen a la mayoría de edad, decidirán por su cuenta, pero ahora debe ajustarse a las normas familiares. El correspondiente sacerdote, si algún trato personal tiene, será con los progenitores, tal vez conocidos. A los chiquillos, si algo les dice, es en función de que son hijos de sus padres, son niños y algo más les cansaría y dirían que este cura se enrolla más que una persiana. Estos padres se sentirán satisfechos de haber educado trasmitiendo convicciones y practicas religiosas. Sí, muy correcto, pero les falta “inteligencia emocional”. Se extrañarán más tarde de que han dejado de ir a misa, de que en sus decisiones, llámese de pareja o de botellón, para nada cuentan los criterios cristianos. Ahora bien lo que no habrán olvidado es ir a esquiar, organizar fiestas o adquirir el último aparato electrónico que aparezca en el mercado. Es lo que les trasmitieron con inteligencia emocional. Pero para dirigirse felizmente a la Eternidad no son precisos equipos ni medallas deportivas. . Vocación y ministerio. Con más o menos agresividad, con más morbosidad que sincero análisis, los medios estos días van repletos de comentarios sobre pederastia clerical. Confieso que nunca he tenido nada que ver con estas prácticas y que no me considero héroe por ello. Se afirma, por parte de algunos, que es por culpa del celibato que se exige al que libremente solicita el sacerdocio en la Iglesia latina, por lo que algunos caen en estos pecados. La realidad sacerdotal es compleja. Me atrevo a dar mi opinión, volviendo a lo de la inteligencia emocional de la que hablaba. La vocación sacerdotal puede ser consecuencia de una llamada de Dios, o de dejarse cautivar por el atractivo que suscite su figura. En épocas pasadas, el boato de unos ornamentos episcopales llamaba la atención. Ni hoy los lucen, ni nadie los admiraría. Las actividades ministeriales de los curas deslumbraban. Reuniones y nombramientos conservan todavía su atractivo. Recibir el encargo una parroquia o ser nombrado, todavía tiene un cierto encanto. Y no ignoremos la posibilidad de mandar y prohibir. Supone gozar de la confianza del superior. Estas cosas satisfacen. En otras épocas era suficiente, hoy no y a la larga, dejan insatisfecho, si no decepcionado, y se puede caer en la tentación de compensarse en otros terrenos. Si se trata de obtener beneficios económicos, a la gente le puede parecer mal, pero se tolera, pese a que todo enriquecimiento ilícito, suponga el empobrecimiento o la muerte de contemporáneos nuestros. Seamos sinceros: al sacerdote ricachón le falta morbo y somos tolerantes con él. En otro terreno, en el de la sexualidad, donde abunda el morbo, aquí si que la armamos. Parece que la cosa es nueva, olvidando que las amenazas de Jesús para el depravado que corrompa a un pequeño, son las más duras que pronunció. Si Jesús habló de ello es porque ya entonces existía. La cosa ha continuado y no ha sido ignorado. Estoy pensando en el mito de Lolita, del escritor V. Nabokov, basado, aunque se ignore a menudo, en un abuso de menores. El precioso relato de Colette El trigo en la hierba, algo semejante, aunque el protagonista sea un jovencito, pero no exento de inocencia, de la que se aprovecha la señora. No quiero con todo ello justificar conductas delictivas. Ahora bien, me siento pecador por poseer tantos cacharritos, sean PCS o cámaras digitales, etc. Vivo en una casa y no tengo ni frío ni calor. Temo, pues, yo encontrarme el día del juicio, con tanto chiquillo hambriento que me cuente que murió de caquexia, que le esclavizaron obligándole a sacar mineral del que fabricarían los mini condensadores de Tántalo, de los teléfonos móviles, los MP3 o los GPS. Aquel día, en aquel encuentro, me avergonzaré ante Dios y ante mí mismo. Pero ahora mi pecado no tiene morbo. ¿La solución está en que los sacerdotes se casen? ¿Y la solución para los monitores o enseñantes insatisfechos, que algunos también caen en la pederastia, cual será? Creo yo que los sacerdotes debemos enfocar nuestra vida por las sendas de la vocación apostólica. No he gozado de la suficiente confianza de ninguno de mis obispos para que me concediera cargos en los que pudiera mandar o prohibir, pero he gozado de la confianza de Dios, que me ha dado la posibilidad, y me la continúa dando, de evangelizar a la juventud, aquella vocación que empecé a sentir en Burgos hace muchos años y que ha llenado de felicidad mi vida.
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