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TALLER DE ORACIÓN ORAMOS CON EL SALMO 29 Por Julia Merodio Hace ya un tiempo que no oramos con un salmo y hoy podría ser un momento especial para hacerlo. Llevamos dos semanas pidiendo, al Señor, que nos ayude a resucitar con Él y en esta tercera podríamos, hacer un alto, para alabarlo y glorificarlo. Para ello me he acercado a la liturgia, de este tercer domingo de Pascua, en el que encuentro el salmo 29 con el que, la Iglesia conecta las dos lecturas de la eucaristía, pienso que él podría ser la base de nuestra oración y tomándolo como referencia os invito a hacer silencio y orar. EN PRESENCIA DEL SEÑOR Aunque lo he hecho en reiteradas ocasiones, de nuevo os invito a silenciaros, a tranquilizaros, a dejar a un lado las ocupaciones y preocupaciones para conectar con el Dios de la Vida-Jesús Resucitado. Y ya, en este clima oracional, decimos desde lo profundo de nuestro ser: Estamos reunidos en tu presencia Señor. Somos un grupo numeroso, aunque no nos vemos unos a otros. Somos un gran número de labios alabando tu nombre. --Queremos que, en esta Pascua, nuestra oración tenga un sentido nuevo, renovado. --Queremos que tenga una profundidad mayor; porque, cuando somos muchas las personas que nos juntamos para alabarte y rezar ante ti, la oración toma una fuerza diferente. --Sabemos que simplemente, el estar en tu presencia reunidos es oración, pero el sentirnos cercanos hace que el silencio hable, que nuestro sentir interceda por los demás, que nuestra petición callada: suplique, pida, clame. --Y queremos que además, que nuestras palabras te glorifiquen al unísono diciéndote: “Te ensalzare, Señor, porque me has librado”. COMENTARIO DEL SALMO Me ha parecido tan impresionante el comentario exegético - devocional de este salmo que quiero compartir este apunte con vosotros. Parece que, posiblemente David, compusiera este salmo con ocasión de una tempestad de truenos, relámpagos y lluvia. Es como si quisiera gritar a los grandes del mundo que el poder y la fuerzan vienen de Dios. Lo vemos en los primeros versículos, que nos convocan a dar gloria, a ese Dios grande y poderoso, seguido del versículo, en el que trata de convencernos de la gran bondad del Señor a quien debemos adorar. El salmista quiere mostrar a todos, el dominio soberano del Señor sobre el universo expresado en las bendiciones especiales que otorga a su pueblo. Por eso cada palabra recogida de este Salmo alegra nuestro corazón. ¡Cómo nos gusta orar con los Salmos, Señor! Las palabras del salmo siempre unen, enseñan, hacen vivir la experiencia de los siglos en un presente. Queremos darte gracias por este salmo Señor, porque nos hace llegar más allá de nuestra propia historia y nos hace unirnos a todos los hermanos pasados y presentes, hijos tuyos como nosotros. A ellos y a nosotros nos has librado de los males que nos acechaban y nos has sacado del abismo devolviéndonos la vida. Porque solamente Tú puedes cambiar el llanto en risa, el luto en alegría, la muerte en resurrección... David demanda abiertamente a los grandes de la tierra en este Salmo, para que rindan homenaje al gran Dios, en los primeros versículos los invita a que le den sus coronas, a que las arrojen a sus pies, a que las pongan en sus manos, con una recomendación: “cuando vosotros las uséis hacedlo en alabanza de mi nombre. “El Señor ha sacado mi vida del abismo me ha hecho revivir cuando bajaba a la fosa” Cuando pronunciamos estas palabras del Salmo, sólo podemos decir: ¡Qué bien conoces la fragilidad humana Señor! ¡Qué bien conoces esos problemas, que antes o después, llaman con fuerza a nuestra puerta! Tú estas al tanto, Señor, de nuestra debilidad y nuestra falta de constancia. Por eso has venido a salvarnos, a sacarnos de esa fosa donde vivíamos sepultados, de ese sepulcro donde había momentos en los que nos costaba respirar. No has permitido que nos hundiésemos en el abismo de tantas trampas que, con palabras halagadoras y cubiertas de promesas, llamaban cada día a nuestra puerta. Y sin dudarlo has convertido nuestras muertes en vida y resurrección. Nosotros esperábamos en ti, Señor, porque sabíamos bien, que contigo nuestros problemas tenían salida. Sabíamos que Tú nunca nos dejas solos. Sabíamos que Tú nos hablas al corazón para decirnos: ánimo, tened valor, sed firmes en vuestra fe. • Yo creo en ti, mi Dios. • Yo sé que a tu lado estoy tranquilo. • Enséñame el camino de la vida, el que conduce a Ti. • Enséñame el camino de la paz y del bien, porque es el que me hace caminar al lado de los hermanos. • Enséñame el camino de la verdad porque en él mi corazón está seguro. • Enséñame que por duro y difícil que sea el sendero, al final siempre me esperas para resucitarme.
“La bondad del Señor dura toda la vida. Al atardecer nos visita el llanto, por la mañana el júbilo” Las palabras del salmo, escritas tanto tiempo antes de que apareciera Jesús, siguen precisando con nitidez, lo que sería la norma de su vida. Parece que estuvieran gritando que, su corazón siempre estaría presidido por la vida. Y es que, Jesús, es el dador de vida. No tenemos nada más que abrir el evangelio para comprobarlo. Él ha devuelto la vida a un gran número de personas que estaban muertas. El ha devuelto la vida a una gran muchedumbre de personas que se habían alejado del camino y estaban muriendo por inanición. Nos sorprende recordar la resurrección de su amigo Lázaro. Nos sorprende cuando resucita a la hija de Jairo, jefe de la Sinagoga. Nos sorprende cada resurrección narrada en el evangelio. Todavía no nos creemos del todo que Jesús es el Señor de la vida; pero ahí lo tenemos: Él ha pasado de la muerte a la vida, Él ha resucitado. Ha resucitado para que nosotros resucitemos con Él. Nos lo muestra con claridad su forma de comportarse. Cuando realiza una resurrección, no resucita el alma y el cuerpo por separado. Él resucita al ser humano entero. No en vano antes de devolver la vida, ha devuelto ya la fe, ha devuelto el amor, ha devuelto la integridad. Porque Jesús primero sana el corazón, luego la enfermedad.¡Cómo impactó este procedimiento a los que estaban junto a Él! También hoy nos devuelve la vida a ti, y a mí, esa vida de creyentes que tanto languidece. Esa vida de fe, esa renovación interior de búsqueda, de hacernos caer en la cuenta, que habita en nuestro interior. Y de que el amor de Dios ha sido derramado en el corazón de cada persona por medio del hecho más sorprendente que ha conocido la humanidad: Que todo un Dios muriese crucificado para devolver la Vida a cuantos la habíamos perdido. “Cambiaste mi llanto en danzas, Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre” Cuando Jesús se presenta en el Cenáculo, todos quedan desconcertados al ver que es capaz de desafiar, no sólo el mal sino también, a la misma muerte. Donde se preparaba el luto, la tristeza, el recelo... Jesús introduce la vida, la fiesta, el despertar: Soy Yo. ¡Alegraos! Hoy Jesús nos sigue diciendo en cada momento, lo mismo que les dijo a los discípulos: “No temáis, basta con que tengáis fe” Jesús efectivamente cambia el luto por danzas y el llanto por cantares, por eso, en este momento queremos decirle agradecidos: • Gracias por tu resurrección y entrega. • Gracias porque siempre nos levantas del polvo y nos afianzas sobre roca firme. • Gracias porque constantemente nos llama a Resucitar con contigo. SEGUIMOS EN ORACIÓN Ahora tomamos unos minutos para recitar el salmo. ¡Despacio! Si hay en él unas palabras que me llenan, sigamos en ellas. Con una frase que repitamos basta. El Señor no necesitas nuestras “bellas” palabras, Él las tiene todas. El Señor necesita un corazón que sienta al unísono con el suyo. R. TE ENSALZARÉ, SEÑOR, PORQUE ME HAS LIBRADO.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.
Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante, su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto, por la mañana, el júbilo.
Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor socórreme. Cambiaste mi luto en danzas, Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.
Después de este rato junto al Señor, nuestro corazón se ha llenado de júbilo. Por eso canta y entra en fiesta al saborear la grandeza de su amor. Porque sabemos, Señor, que Tú cuidas nuestra vida, nos regalas tu amor y lealtad. Nos ayudas a llevar las cargas de cada día. Y nos sostienes cuando llegan los momentos duros. Por eso hoy, es un día de fiesta para nosotros y nos gozamos de que seas nuestro Dios. • Concédenos, Señor, el don de la alegría para ser presencia tuya, sacramento de la grandeza de tu corazón. • Haznos capaces de regalar una sonrisa a todos los que se crucen en nuestro camino. • Danos ese gesto sincero y resplandeciente, que responda a lo que de verdad somos: personas resucitadas y salvadas por Ti. • Llena de gozo a todos los que te servimos para que, al mundo, empiece a llegar, un poco, de felicidad. • Y Tú que eres el Señor de la alegría, danos la gracia de que la expresemos en cada vivencia que nos depare nuestro existir. UN RECUERDO PARA MARÍA ¿Cómo olvidarnos de la Madre en un tiempo tan especial? - Aquí está. Siempre sensible y alegre, con ese corazón grande capaz de albergar en él, el silencio y la Palabra de Dios. - Aquí la tenéis con el corazón cargado de paz. Inundado por la comprensión y la fidelidad. - Aquí la tenéis llena de juventud y alegría, buscando siempre la novedad de Dios, llegada de su resurrección. - Aquí la tenéis, es la Madre, con la puerta abierta, de su corazón, para albergar a cada hijo que llegue buscando calor y ternura.
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