1.- JESÚS NOS REVELA EL AMOR DEL PADRE

La Resurrección marca el triunfo glorioso de la Encarnación. Dios se hace hombre para lograr, mediante el sacrificio ritual de sí mismo, la reconciliación con su criatura. Es cierto que la presencia de Cristo con Victima y Sacerdote es a veces difícil de entender. Y asimismo cada Viernes Santo estremece la muerte del Hombre Dios en medio de un suplico atroz a manos de los hombres. Tiende a resultar incomprensible e inadmisible, pero así fue. De lo que, no obstante, podemos estar seguros es de que toda esa dureza argumental representa un ejercicio sublime de amor. Y que Jesús vino a decir a sus hermanos los Hombres que Dios era Padre –Abba, papaíto—y que ejercía su ternura de manera continuada con sus criaturas.

IMAGEN LEJANA

El judaísmo oficial de tiempos de Jesús había olvidado las continuas intervenciones de Dios para salvar a su pueblo, que no eran otra cosa que muestras de amor. Y se presentaba una imagen de lejanía y poder absoluto que no responde la realidad de nuestro Dios. Judíos y musulmanes siguen alimentado esa idea del Dios poderoso, lejano y justiciero, frente al dios Padre, amante y que es capaz de morir por sus hijos. Tal vez, sea más fácil de comprender la idea del Dios lejano porque explica mejor la presencia en el mundo del mal, del sufrimiento, del dolor. Pero es que esa idea del Dios sólo poderoso tampoco contempla la total y absoluta libertad que disfruta el hombre. La cual, incluso, permite que pueda oponerse a Dios, serle contrario y ofenderle. Esa libertad es un gran don, pero es también camino de decisiones justas e injustas y por tanto general el pecado, y ese pecado de los hombres contra Dios, es agente directo de muchos de los males que sufre la humanidad.

DIOS ES AMOR

San Juan lo expresó sin rodeos: “Dios es amor” y Jesús dice este domingo que nos da un mandamiento nuevo: que nos amemos los unos a los otros y que la señal de identificación de los cristianos será ese amor. Pero ahí tampoco llegamos. Parece que el amor es un ingrediente difícil, escaso. Parece como si hubiera en el mundo, y entre hombres y mujeres, mas odio que amor, más egoísmo que ternura, más guerra que paz. Y ello es más grave entre los cristianos que tenemos además un mandamiento expreso –y claramente definido— de nuestro Maestro y Pastor. Han pasado dos mil años y los cristianos seguimos, en mayoría, sin amarnos y siendo protagonistas y participes de grandes pecados de violencia, opresión y explotación. ¿Nunca va a cambiar? ¿No va a florecer el amor y la concordia en nuestras sociedades y en nuestras familias? Pues no parece. Lo que impera en el mundo es lo contrario. ¡Qué Dios Padre nos ilumine para que seamos, todos, en compañía de Jesús, portadores de amor y de paz!

 

2.- CUESTIÓN DE AMOR

Hemos de reflexionar honestamente sobre nuestra falta de amor. En el Evangelio de San Juan de este Quinto Domingo de Pascua Jesús nos pide que no amemos como Él nos ama. Y, en fin, todos los autores de homilías, aquí en Betania, glosan perfectamente la valoración e importancia de estas palabras. Y este editorial quiere ser complemento y resumen. Lo básico de la condición de cristiano es el amor. Dios es amor. Jesús nos pide que nos amemos como Él lo hizo, entregándose voluntariamente a la muerte por nosotros. La realidad es que, sin llegar al heroísmo de entregar la vida, con un poco más de amor, nuestra sociedad cambiaría, tanto a nivel familiar, de barrio, de ciudad, de país, de continente, del mundo entero. Una tenue brisa de amor que circulara constantemente por la Tierra cambiaría todo. Pero, no. Lo “menos malo” que hay es el egoísmo. Y eso produce desamor y el desamor es semilla de injusticia, de muerte, de horror.

FRACASO GENERILIZADO

El mayor fracaso de los cristianos sea el del amor. Algunos habrán acertado en temas como la pureza, las devociones, el reforzamiento de la Iglesia y sus diferentes instancias para mejor ejercitar su misión. Pero el éxito en amor, pocos, muy pocos. Por eso nos sobrecogen vidas como las de la Madre Teresa o la de San Francisco de Asís, porque estamos muy lejos de poder hacer el amor lo principal de nuestras vidas. Si una chispa de amor viviera en nosotros las cosas serían muy distintas. Pero no. No hay amor. O si lo hay es la excepción a la regla.

Estamos en los primeros años del tercer milenio. Han pasado más de dos mil años de vida del cristianismo. Un repaso a la historia nos hace ver que de amor nada. O muy poco. Solo unos cuantos bienaventurados y bienaventuradas han vivido con el amor como eje central de sus vidas. Es cierto –y también necesario—que la Iglesia suele canonizar a estos portadores de amor. Pero su proclamación demuestra la excepcionalidad de sus vidas, cuando, en realidad, si todos nos consideramos seguidores de Jesús de Nazaret, deberíamos vivir de amor, entre el amor y para el amor.

¿AMAMOS A DIOS?

¿Amamos a Dios? O sólo le tememos, o le soportamos. O, lo que es peor, nos hemos creado un dios a la medida en el que, por supuesto, no aparece ni un brizna de amor. ¿Amamos a los hermanos? Pues no. Porque ahí están las pruebas: pobreza, soledad, marginación, Y si no amamos ni a Dios, ni a los hermanos, ¿qué hacemos llamándonos cristianos? No es cuestión de dramatizar en exceso, pero hemos de reflexionar y aceptar con todas las consecuencias que amamos muy poco y que entonces somos unos cristianos raquíticos, mal desarrollados. Hemos de esforzarnos por descubrir y aplicar el amor que es sustancia divina. Por eso no podemos decir que amamos a Dios si no amamos a los hermanos. Y, desde luego, si no amamos a los hermanos, no amamos a Dios.