LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO


Como ya anunciábamos, el padre Antonio Pavía ha terminado sus comentarios sobre el Libro de la Sabiduría y tiene previsto comenzar otra serie referida al Libro del Éxodo. Pero va a descansar un tiempo antes de comenzar su nueva serie. Mientras tanto, iremos dando, de manera aleatoria, algunos de los comentarios que hizo sobre los 150 Salmos. Aquellos comentarios que se convirtieron en un libro que ha editado Ediciones San Pablo.


SALMO 64. BAJO EL CUIDADO DE DIOS

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

He aquí un poema que pone en evidencia a aquellos hombres cuya fuerza está en la calumnia. No tienen el menor reparo en utilizar la mentira a su antojo con el fin de lograr sus propósitos: “Los que afilan su lengua como espada, su flecha apunta palabra envenenada, para tirar a escondidas contra el íntegro, le tiran de improviso y nada temen”.

La gravedad de las acciones de estos hombres viene expresada en dos vertientes; no sólo practican la agresión sistemática contra cualquiera que se interpone en su camino, sino que, al mismo tiempo, manifiestan un descarado desprecio a Dios. Envalentonados por el buen resultado de sus actos perversos, encumbrados sobre sí mismos, es tal la necedad que se ha apoderado de ellos que llegan a autoconvencerse de que Dios pasa por alto su maldad; más aún, es que ni siquiera se enteran del mal que están haciendo a los demás: “se envalentonan en su acción malvada, calculan para tender lazos ocultos, dicen: ¿quién lo observará y escrutará nuestros secretos?”. Así es todo hombre que hace alianza con el mal; llega un momento en que su corazón se agiganta tanto, está tan encumbrado por la ambición, que lo que Dios juzgue sobre él le es totalmente indiferente.

Dios, que hace justicia a todo hombre, que cuida con solicitud a todo aquel que, sin devolver mal por mal, ha puesto su confianza en Él, provoca la alegría del justo: “El justo se alegrará en Yahvé, en Él tendrá cobijo; y se gloriarán todos los de recto corazón.”.

Jesucristo, a quien vemos prefigurado en este salmo, se somete a la injusticia del hombre; injusticia que le llevará hasta la muerte y muerte de cruz. La sumisión de Jesucristo al mal puede parecer, a la luz de nuestra sabiduría, hasta un acto de cobardía, de derrotismo; sobre todo, teniendo en cuenta que ni siquiera se defendió, que no esgrimió ningún derecho de inocencia.

Isaías, que anuncia proféticamente, casi al detalle, el juicio y muerte del Mesías, compara su actitud con la de un cordero mudo y manso que es llevado al sacrificio: “Fue oprimido, y Él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que, ante los que la trasquilan, está muda, tampoco Él abrió la boca”. (Is. 53, 7).

¿Por qué Jesucristo va hacia la muerte tal y como lo había profetizado Isaías?¿Qué sentido tiene su “pasividad”?¿Acaso estamos hablando de un hombre que se ha cansado de vivir?¿Tan poco valor a la vida manifiesta Jesús para aceptar su muerte “impasiblemente”?¿No será que los ojos de Jesús ven más allá que nuestros horizontes?¿No nos está diciendo que su punto de atención es la vida eterna que viene del Padre y que nadie, por muy poderoso que sea, puede arrebatarle lo que Dios le tiene preparado?

Jesucristo no es ningún ser pasivo o indolente acerca de sus derechos. Sólo que sus derechos y su justicia están preservados por su Padre. De hecho, cuando promete el envío del Espíritu Santo, dirá que éste iluminará a los hombres acerca de su inocencia, y que le hará justicia porque vuelve al Padre: “Cuando venga el Espíritu Santo convencerá al mundo en lo referente a la justicia porque me voy al Padre” (Jn, 16,10).

Dios Padre le ha hecho justicia; y recordemos que lo que movió a los judíos a dar muerte a Jesús fue la terrible blasfemia de llamar a Dios su propio Padre, haciéndose igual a Él. Así lo vemos después de haber curado Jesús al paralítico de la piscina de Bethesda: “Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn 5, 18).

La actitud sumisa de Jesucristo no quiere decir en absoluto falta de sensibilidad por su parte. También Él conoció en su alma el agotamiento, el grito y las lágrimas que suponen el rechazo circundante. Sólo que sus gritos y sus lágrimas eran dirigidos a Aquél, el Único que podía escucharle y salvarle de la muerte, como así aconteció, tal y como nos lo expresa el autor de la carta a los hebreos: “El cual –Jesús- , habiendo ofrecido, en los días de su vida mortal, ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente...” (Hb, 5,7).

La primera predicación apostólica tenía conciencia clara de la visión trascendente de los discípulos de Jesucristo. Ante una situación de odio, calumnia e incluso persecución, los apóstoles exhortaban a los cristianos a fijar sus ojos en Aquél que les había abierto la puerta para encontrarse con la justicia salvadora de Dios. “Él, -Jesús-, que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquél que juzga con justicia” (1P, 2, 23). El que hizo justicia a Jesús la hace también a sus discípulos: los apasionados por el Evangelio.