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TALLER DE ORACIÓN EL SACERDOTE Y MARÍA Por Julia Merodio Llevo varias semanas sin hacer, en los artículos que adjunto, una mención explícita al sacerdote, pero como veis no se me ha olvidado el compromiso que hice de tener un recuerdo especial para ellos en este año Sacerdotal. Por eso al llegar Mayo he pensado volver a reincidir sobre el tema, e invitaros a orar por las vocaciones y por nuestros sacerdotes, ya que: --Si el sacerdote quiere vivir cerca del Señor, tendrá que acercarse a la Madre. Ella le enseñará a tener el corazón tan lleno de Dios, a gustarlo tanto en el silencio… que, desde la sencillez y la pobreza, vaya desbordando vida por doquier. --Imposible hablar del sacerdote sin que aparezca María; pues, si todos sabemos lo importante que es para él la madre de la tierra, ¡cuánto más habrá de ser la del cielo! --Yo creo que, a Jesús, le gustaría presentar personalmente a su madre, a cada sacerdote; le gustaría que la conociesen a fondo, que empezase entre ellos una amistad que llegase a la intimidad, para que así se hiciesen participes, de cuánto los ama. Le gustaría situarlos en ese momento crucial de la historia en que, desde la libertad más absoluta, su Madre pronunció ese SI incondicional a Dios, como regalo a cada uno de ellos. Estoy segura de que Jesús se la presentaría con sencillez y orgullo; y les diría: No sólo quiero que la conozcáis bien; quiero, además, que la tengáis como modelo y como madre, que tratéis de imitarla; porque ya veis que la opción por el Señor es algo humilde y grandioso a la vez, pero que llena el alma de felicidad. El corazón de mi madre, estaba tan lleno de fe y esperanza, que rebosaba gozo por doquier, pero nadie sospechaba que la mirada de Dios se había fijado en ella, nadie podía intuir, lo que de un momento a otro, estaba a punto de suceder. Esta es, la misma realidad, que va inserta la vida del sacerdote. Dios se ha fijado en cada uno de ellos y, aunque nadie lo sospeche, realizará obras grandes por su mediación. Pero, como a María, nada de ello ha de importarle, con ponerse en manos de Dios le basta, para poder repetir con la madre: Haz conmigo lo que quieras, porque sea lo que sea estaré contento. Esta vida de unión con el Señor, llevó a María a vivir en perpetua “comunión” con Jesús. Pues ¿quién puede estar en “común-unión” con un hijo, mejor que una madre? Cada gesto, cada detalle, cada actuación, cada situación… vivida por Jesús, llegaban al corazón de la madre, lo mismo que debería llegar al de cada sacerdote. Jesús siempre estuvo alentado por la fuerza y el amor de su madre, de tal manera que si a la vida de Jesús le quitásemos su madre, ciertamente, quedaría muy mermada ¡Qué fantástico sería poder decir lo mismo cuando se trata del sacerdote! Si la vida del sacerdote no está alentada por la fuerza y el amor de Cristo ¿Cómo podrá servir y amar a los demás? Por eso es tan importante que el sacerdote aprenda a vivir en comunión con María, pues yo creo que a Jesús le gustará demasiado el que, como Él, aprendan de su madre la manera de comportarse. MARÍA SABÍA ESTAR En la vida de María destacó sobre manera “su saber estar” Nosotros nos movemos para que los demás digan, para que los demás piensen, para que los demás opinen... Sin embargo María vivió: con naturalidad, abiertamente, sin segundas intenciones. Ella no tenía nada que esconder. Ella era íntegra, era fuerte, era la SEÑORA. Su porte era regio porque se había vaciado por dentro para que habitase Dios. Qué lección, para tantos sacerdotes y tantas personas, de nuestro tiempo cargado de pesadumbre, incertidumbre y desasosiego. Cómo necesita cada sacerdote vaciarse por dentro y dejar que lo habite Dios, para desempeñar ese abanico de situaciones que se le presentarán cada día. Lo mismo estará predicando en un funeral, que celebrando una boda; en un momento determinado estará bautizando a un niño y al siguiente se encontrará administrando el sacramento de la unción a un moribundo. ¡No es fácil la vida de un sacerdote! Todos los ojos estarán clavados en él, lo mismo cuando esté en una fiesta, que en una adversidad; lo mismo cuando le inviten a una destacada mansión, que cuando visite una chavola… ¡Qué necesidad tiene el sacerdote de acercarse a la Madre para aprender cómo debe de comportarse, en cada momento! En el entorno donde se va a encontrar, todo se mide y se compra, todo tiene un precio y, si además tiene marca, eso se vende a precio de oro. De ahí la necesidad de conocer que, la marca de María era la disponibilidad; su certeza, el Señor; su sosiego, la aceptación de la voluntad de Dios. ¡Qué grande era María! ¡Y qué grande ha de ser el sacerdote! Mas, María, no era grande porque todo se lo daban resuelto. Era grande porque ella lo resolvía junto a Cristo, haciéndose pequeña para que creciera Él. Por eso era la transparencia de Dios. ¡Se necesita limpiar con esmero un cristal para que se vea sin mancha lo que esconde! Pues esa misma limpieza ha te tener el alma del sacerdote si quiere mostrar nítidamente a Dios. El sacerdote ha de ser, como María: • Portador de la luz, para un mundo que camina en tinieblas. • Tiene que ver a cada persona, con una mirada nueva. • Ha de comprender, las carencias y debilidades de sus hermanos. • Ha de vivir abierto al amor y a la ternura. • Ha de caminar, en alegría y esperanza. • Ha de convertirse, en mensajero de paz. • Ha de sentirse acogido, en las manos abiertas del Padre. • Y tendrá que descubrir y descubrirnos, el rostro materno de Dios, que llena nuestra vida, de amor entregado y ternura infinita. A DIOS SE LE ACEPTA GRATUITAMENTE ¡Qué rápido había sido todo! María, acaba de aprender, por propia experiencia, lo que es la aceptación libre, voluntaria y gratuita. Ella, sabe bien, de quién se ha fiado y no habrá nada que pueda detenerla. Después de todo lo que ha pasado, conoce en, carne propia, lo que es la oscuridad de la fe. Esa oscuridad que, el conocimiento humano, no puede descifrar. Ella sabe ir, más allá de las cosas, con la seguridad de que, Dios lo puede todo. Gran lección para el sacerdote. Él, también tendrá que aprender a mirar más allá de las cosas; pero para ello, tendrá que aprender de María, a confiar en que para Dios no hay imposibles ¡Qué unido a María deberá estar el sacerdote, para adquirir la capacidad de ver a Dios en todos los acontecimientos de su vida! Yo creo que si, el sacerdote, escucha a Dios y le responde con generosidad, descubrirá en su interior un resplandor capaz de disipar las oscuridades que puedan envolverle. Empezará a notar que esa tiniebla de angustia, miedo y ansiedad, que puede surgir cuando menos lo esperamos, se va aclarando poco a poco… Será como si, de pronto, hubiera encontrado esa estrella que rige su vida y alumbra su caminar. Sin darse cuenta sabrá dónde ir. Quizá no sepa, ni el cómo, ni el cuándo… pero no importa; porque estará seguro de que hay Alguien que lo espera, que le habla y se quedará asombrado de haber sido capaz de escuchar. Entonces tomará conciencia de que hay momentos en la vida que quedan marcados en el interior y no se pueden olvidar jamás. En la fe, sentirá la certeza de que es Dios el que lo busca, el que lo acoge, el que te lleva a un camino de felicidad. Su única misión consistirá en no poner obstáculos y renovar, cada día, su confianza en el Señor; como lo hizo la Madre, como lo hicieron: los profetas, los apóstoles; como lo hicieron tantos discípulos de Cristo que vinieron después y que incluso viven entre nosotros; y dejará, como ellos dejaron, todo lo que le impide salir: de su comodidad, su rutina, su inercia… para seguir la llamada. No podrá parar; caminará sin cesar tras los pasos del Señor; y, aunque la monotonía y la pereza quieran apoderarse de esa opción que tomó de seguir al Señor, desde la libertad más absoluta, ellas, no tendrán cabida en su empeño. DICHOSA TÚ PORQUE HAS CREÍDO No es fácil creer, es más fácil razonar. No es fácil aceptar el misterio que te supera y va desenmascarando tu pobreza. Por eso ¡cómo necesitamos agarrarnos a la fe cuando parece que Dios calla! Pero la fe no es algo trivial y pasajero, la fe es un misterio, es una opción madura capaz de pasar por encima de todo. Lo que ocurre es que nosotros creemos, con la boca pequeña; nosotros no somos capaces de correr todos los riesgos; nosotros nos limitamos a cumplir y a ser vistos. Medimos nuestro peligro y dejamos siempre señalado el camino de retorno, por si acaso la cosa se pone difícil. El tema de la fe es una tarea difícil para el sacerdote. Él, no solamente habrá de hacer crecer su fe sino que, además tendrá que ayudar a los hermanos en sus distintas fases; por lo que, en esta tarea, necesitará de nuevo acercarse a la Madre para llevar a cabo su misión. El sacerdote conoce bien que es fácil decir que creemos cuando no hemos conocido, en lo profundo de nuestro ser, la debilidad humana; cuando todavía no nos han llegado esas pruebas duras, capaces de meternos en la oscuridad de la noche. Pero también sabe y, por experiencia propia, que la vida no se compone solamente de triunfos; tiene sus momentos de abatimiento, de enfermedad, de soledad, de dolor... aunque nosotros pasemos el mayor tiempo posible tratando de evitarlos. Sabe que, tanto a nosotros como a él, nos asusta demasiado el sufrimiento y queremos taparlo cueste lo que cueste; mas no nos damos cuenta de que si Jesús pasó por la prueba, nosotros no podemos pasar por encima de ella. Como humanos que somos, todos hemos pensado alguna vez que, quizá una prueba sería soportable si pudiéramos elegirla; pero la experiencia nos está enseñando que la prueba llega, donde y cuando menos la esperamos, como un precipicio difícil de esquivar. Y sólo los bien entrenados pueden dar el salto con más confianza. ¡Cuánto sufrimiento, tanto físico como síquico, tiene que ver un sacerdote a lo largo de su vida! Pero él sabe que, el sufrimiento ayuda a crecer. Que la fe sólo será posible si somos capaces de seguir, aunque no veamos con claridad. Que la fe, será posible si de verdad empezamos a confiar en los demás, sin medir las consecuencias que pueda traernos; sin medir los resultados que puedan causarnos, las respuestas de aceptación, de rechazo, de acercamiento, de indiferencia… sabiendo que no habrá crecimiento si no somos capaz de asumir la oscuridad, el no ver claro, el no conocer los resultados. ¿Qué hubiera pasado, si María, se hubiera llenado de miedo y no hubiese querido seguir? El sacerdote, como nosotros sabe que, la incertidumbre, va siempre seguida de sufrimiento. Por eso tendrá que ayudarnos a salir de nosotros mismos, como lo hizo María; a liberarnos de ese caparazón que nos impide, no sólo acoger nuestra realidad, sino compartir también el sufrimiento de los hermanos. Y para hacerlo posible, tendrá que llevarnos hasta la Madre, para que ella: nos enseñe a confiar en la bondad de Dios, en su misericordia, en su amor; porque esta entrega sólo podremos realizarla si no tratamos de buscar seguridades, ni apoyos. Nadie le ha dicho al sacerdote que sea fácil entrar en el misterio de la Fe. Nadie podrá: creer, esperar y amar por él, tampoco él podrá hacerlo por nosotros. La fe es personal e intransferible, por eso Isabel, cuyo corazón estaba impregnado de fe, cuando recibe la visita de su prima es capaz de exclamar: “Dichosa tú, porque has creído” Y dichosa: - Porque nos ayudas a creer. - Porque tuviste la fuerza de aceptar. - Por tu generosidad sin límite. - Por no temblar, ante una petición tan sorprendente. - Porque, fuiste capaz, de permanecer firme, ante lo imposible. - Porque, admitiste en silencio, el misterio de la Encarnación. - Y… porque, fuiste capaz, de prestar tu cuerpo para que tomase carne en él, el mismo Dios.
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