TALLER DE ORACIÓN

AL QUE ME AMA, MI PADRE LO AMARÁ

Por Julia Merodio

“El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14, 23 – 25)

En toda vocación lo más esencial es el amor, pero el amor ofrecido desde la libertad, ya que la vocación es una ofrenda, de sí mismo a otro, y en el caso del sacerdote, ofrecido a Dios.

¡Se necesita, un corazón grande, para amar hasta entregar una vida!

Y, todos sabemos que, esto no es frecuente en el tiempo y el entorno en que nos toca vivir. Por eso resulta sorprendente la promesa de, una fidelidad para siempre, en un mundo donde, precisamente, no se lleva eso de compromisos largos.

Sin embargo, el sacerdote aunque no nos demos cuenta, lo hace realidad sabiendo que, para llevarlo a cabo será necesario: creer en Alguien, fiarse de Él y adherirse a Él, haciendo de su vida una ofrenda.

Una ofrenda cargada de:

• Amor.

• Desprendimiento.

• Entrega.

• Y servicio.

Para que, esa vida recién estrenada, llena de fuerza y vigor, opte por servir a Dios en su totalidad, es necesario haber recibido una gracia especial, una llamada desde dentro a la santidad y un inmenso don para responder afirmativamente. Ya que desde el momento en que pronuncie el Sí, la santidad será, para el sacerdote, su estilo de vida.

Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, lo dejó plasmado en el Sermón de la Cena, al pronunciar la oración sacerdotal, como recordábamos el día de jueves Santo; y Jesús lo vuelve a repetir cuando dice a los suyos que vendrá a ellos y hará morada en ellos.

Sería bueno que nos detuviésemos a interiorizar estas palabras en las se condensa una hondura de tal calado que no deja a nadie indiferente.

“Yo ya no estaré más en el mundo, pero quedan ellos; no te pido Padre que los saques del mundo, sino que los libres de él”

Sé que mucha gente me dirá que esto lo dijo para todos sus seguidores y es cierto; pero no es menos cierto que, cuando pronunció esas palabras, los que estaban delante de él eran los apóstoles “futuros sacerdotes” encargados de llevar a todos la Buena Noticia.

Por tanto, el sacerdote es el que, ha de vivir en el mundo con la finura de Dios. Él ha de ser sobrio, en medio de tanto consumismo; ha de ser estricto y correcto, en esta sociedad del todo vale; ha de ser delicado en su trato y delicado con sus palabras, en medio de las frases malsonantes que tanto “prestigio” parecen dar; y ha de vivir la exigencia del evangelio, en un ambiente donde se recibe como caduco y pasado de moda.

Solamente el servicio, la discreción y la caridad harán que el sacerdote luzca y sale, como pide Jesús en su evangelio, cuando nos requiere para ser: Sal y Luz en medio del mundo.

¡Qué tacto tendrá que tener, el sacerdote, a la hora de comunicarse con los demás! ¡Qué compasivo ha de ser en su familiaridad con las personas! ¡Qué generoso, en su escucha! ¡Qué fuerte, en su silencio!

Porque así el sacerdote, al hacerse uno con Cristo, podrá vivir para los hermanos, orar con los hermanos y ser el camino que los lleva al Padre; pues yo estoy segura de que, el Padre ama al mundo a través de sus sacerdotes. Personas como nosotros, pero tan libres que, rechazan el plan del mundo y eligen vivir el plan de Dios en su sacerdocio.

EL RIESGO DE LA FE

Estoy segura de que, alguna de las palabras que de los sacerdotes oirán de los labios de Cristo, serán estas:

“Dichosos vosotros los que elegisteis ser pobres” Porque, solamente los que eligen ser pobres aman tanto y son tan libres que se despojan de todas sus seguridades para que actúe Jesús a través suyo. Ellos viven profundamente el riesgo de la fe. “Me fío de Ti”, le dijeron, un día, al Señor, en un profundo silencio, desde dentro de su corazón. Y esto sólo puede afirmarse cuando se vive desde el desprendimiento; sabiendo que ser pobre comporta salir de uno mismo para tener la seguridad en los otros y, todos juntos, en Dios.

El sacerdote es el que elige vivir el camino de las Bienaventuranzas, sabiendo que son el núcleo del Evangelio de Jesús y que a través de ellas puede llegar a realizar la opción que libremente ha elegido. Por eso ha de encarnarlas en la vida para crecer como persona y para regalar esa vida a los que se le acerquen; teniendo en cuenta que, cuando Jesús dijo estas palabras a la gente de su tiempo, ante Él se encontraban personas marginadas, despreciadas, arrinconadas… personas que no contaban en la sociedad. Ellos mismos creían que Dios los rechazaba porque su indigencia era signo de maldición, estaban metidos en una situación sin salida. Pero desde entonces ¡han pasado tantos años!

¿Cómo creer que puede haber, en el momento actual, gente viviendo esa situación? ¿Cómo imaginar que, detrás de tanto progreso, se esconde esa inmensa pobreza? Pues aunque la realidad se escape de nuestra mente, hoy existen penurias no sólo de ese calibre, sino mucho más profundas, penosas y ocultas que precisarán la cercanía del sacerdote para escuchar de sus labios: “Dichosos vosotros los que sufrís, los que no contáis, los que sois despreciados...” Que bueno sería que su mensaje resonara, en la gente que los oye, con la misma fuerza con que sonaron las palabras de Jesús; que bueno sería que fuera capaz de hacerles experimentar, que Dios está con ellos, como lo sintieron los destinatarios de las Bienaventuranzas; hasta el punto de salir, como renovados y llenos de ilusión.

Esto me lleva a plasmar otra situación que mucha gente ignora, ya que se habla de ello pocas veces. Tan importante como la pobreza, será la obediencia para el sacerdote. La obediencia significa entregarse tanto, a Dios, que le pertenezca totalmente; cumpliendo su deber, como signo de entrega y fidelidad; demostrando que para él, la obediencia, es un sencillo deber. Un deber que sólo podrá realizarse si su motor: Cristo.

Pero, como en cualquier vocación, no todo es fácil. El paso de los años, la rutina en el mismo sitio, la exigencia de las personas, el desgaste de la soledad... tal vez le lleven a ver más duros, los sacrificios, que antes no parecían costosos. Empieza: a calcular todos sus esfuerzos; la falta de satisfacciones;... aparece la tristeza, el cansancio; empieza a escatimar la disponibilidad y se van midiendo los agradecimientos a la labor encomendada.

Esto no tiene nada de extraño; todos los que se acercaron a Jesús pasaron por estas situaciones, de una u otra forma y el sacerdote no puede librarse de ellas. También él tendrá que afrontarlas para demostrarnos que es una persona como las demás; con los mismos interrogantes, las mismas necesidades y las mismas limitaciones. Y como los que han seguido a Jesús antes que él, tendrá que escuchar en el silencio de su corazón:

“El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el reino de Dios” (Lucas 9, 62 –63)

UNA VIDA COLMADA DE ADHESIÓN

Sé bien lo duro que debe de ser vivir desde esta situación, por eso la vida del sacerdote tiene que ser una vida colmada de adhesión y amor, una vida de la que los demás podamos decir “verdaderamente dicen lo que viven y viven lo que dicen” (Con que facilidad se plasman en un papel, exigencias a otros y que difíciles nos resultan, cuando se trata de hacerlas personales)

Pero seguiré aunque me cueste tanto plasmar estas cosas. El sacerdote ha de ser, la Buena Noticia que Jesús nos había anunciado, siendo a la vez: Mensaje y mensajero. Él es, el que un día preguntó a Jesús, ¿dónde vives? Y escuchó de su boca ¡ven y lo verás! Allí lo vio, junto a Él escuchó el mensaje y desde Él se convirtió en mensajero.

Y, ese día en que fue y vio, me imagino que en su intimidad, empezaron a surgir, una serie de preguntas: ¿Qué hago aquí? ¿Qué quiere Dios de mí? ¿A qué soy llamado?...

Por eso, lo primero, en el sacerdote, será: descubrirse como imagen de Dios, salir de sus condicionamientos y lanzarse con valentía a vivir el proyecto que Él le va brindando. Pero hablamos de una vida y la vida es larga; con sus días y sus noches; sus momentos buenos y otros que no lo son tanto; con un trozo de camino llano y su tramo pedregoso; con piedras y piedrecillas que aparecerán lo mismo que surgen en la vida de cada persona.

Al principio, de dar el Sí, todo estaba recién estrenado, todo era fácil y bonito, pero el tiempo va minando. Las circunstancias que nos rodean hace que empiece a salir lo negativo: tanto del sacerdote, como de las personas que tiene alrededor y que tanto exigen de él. Cuando menos se espera aparece esta pregunta ¿Habías olvidado que, como sacerdote, estás llamado a ser reflejo de Dios en el mundo?

Todos somos muy severos con los demás y muy dados a juzgar a los otros; pero es muy importante saber, que Dios está al lado de cada sacerdote para ayudarle, para enseñarle a ver con sus ojos, para animarle a perseverar. Lo que pasa es que, un proceso no se hace en un tiempo determinado; es una tarea que requiere mucho esfuerzo y dura toda la vida.

Tampoco esto es nada nuevo. Los mismos apóstoles necesitaron alguien que les hiciese perseverar. ¿Por qué, Jesús, desde la Cruz pone a Juan en las manos de su Madre? Porque solos no habrían hecho nada; la misma Iglesia no existiría; se habrían dispersado y huido ante la primera dificultad, lo mismo que nosotros. Pero Jesús sabe atar bien todos los cabos. Él no deja la misión a medias. El Padre se sentirá orgulloso de la manera de proceder de su Hijo amado.

Sus palabras lo confirman. ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? En el evangelio encontramos la respuesta “El que hace mi voluntad, el que agrada al Padre”

DE NUEVO MARÍA EN LA VIDA DEL SACERDOTE

Y ¿Quién puede agradar más al Padre que un sacerdote? Aquí está María, la primera y única mujer, que como cualquier sacerdote, pudo decir al concebir a Jesús en su seno: “este es mi cuerpo”, este es el fruto de mis entrañas. Sin embargo María no fue sacerdote, fue, simplemente: La esclava del Señor.

Pero la esclava del Señor, también, tenía una misión en la tierra; la misma que el sacerdote: establecer la Iglesia, cuidarla, engrandecerla..., para eso se quedó para fortalecer el sacerdocio de cada sacerdote y para ser la Madre de todos ellos.

María ayudó a la Iglesia naciente a crecer en su comienzo como ayudó a Jesús a crecer cuando era niño y como ayuda, hoy, a cada sacerdote, protegiéndolo y formándolo... porque en ellos está configurado su Hijo: Cristo.

María ve en cada sacerdote ese hijo y siente por él una ternura especial y un amor profundo. Y lo mira con esa mirada, con la que sólo es capaz de mirar una Madre tan especial, con sus ojos misericordiosos.

Por eso no puedo terminar este punto sin hacer una oración, silenciosa, a esa Madre que nos regaló lo más preciado de su corazón.

--María tú eras pobre, pero estabas llena de las riquezas de Dios. Por eso, en este momento, nos ponemos junto a ti con sencillez, sin rodeos, desde la verdad de nuestro corazón. Y le decimos al Señor, lo que de ti hemos aprendido ¡Henos aquí!

--Haz que el Espíritu Santo descienda hoy sobre cada sacerdote para que los guíe; porque el mundo necesita entrar en el Reino de las Bienaventuranzas, con más urgencia que nunca.

--Hazlos, como ella, disponibles para que el Espíritu Santo pueda obrar también en todos, maravillas.

Escuchemos, de nuevo, la llamada de Dios y entreguémonos a Él sin reservas en un acto de amor. Para poder repetir con la Madre: ¡Todo es posible para Dios! Y en esta actitud dejémonos inundar por su grandeza.

Perdonad que antes de terminar os recuerde algo, aunque sé que todos los que habéis entrado en el taller de Oración lo sabéis tan bien como yo. El tema no es para ver si es bonito a no lo es, si está más acertado o menos… ¡no! El tema es para orar. Para preguntarnos delante de Dios que resonancia tienen estas palabras en nuestro corazón y en nuestra vida. Es para hacer silencio y escuchar y, sobre todo es para sentir la necesidad de pedir al Señor, que sea Él mismo el que nos hable de cada sacerdote, ya que lo que Él nos diga dejará deslumbrado cualquier resquicio de realidad.