Tal como se informó en nuestro número anterior –que fuimos añadiendo noticias relacionadas, según fueron llegando—respecto al viaje del Papa Benedicto a Portugal damos en este número transcripciones, en texto íntegro, de algunas de las intervenciones del Pontífice en tierras lusas. Asimismo, publicamos un Editorial al respecto del citado viaje.


EL PAPA HA ENSEÑADO A LEER EL SUFRIMIENTO DE LA IGLESIA A LUZ DE FÁTIMA

PALABRAS DE DESPEDIDA DEL PAPA DE PORTUGAL

HOMILÍA DEL PAPA EN LA MISA MULTITUDINARIA PRESIDIDA EN OPORTO

BENEDICTO XVI EN FÁTIMA: “¡QUE NUESTRA ESPERANZA ECHE RAÍCES!”

FÁTIMA: CONFIDENCIAS DEL PAPA A LOS OBISPOS


ESTADOS UNIDOS: LO QUE LOS OBISPOS APRENDIERON DE LAS VÍCTIMAS DE ABUSOS

SONDEO EN POLONIA SOBRE EL PONTIFICADO DE JUAN PABLO II

BENEDICTO XVI RECIBE EN AUDIENCIA AL PRESIDENTE DE BOLIVIA

EL LIENZO DE MANOPPELLO: EL ROSTRO MARAVILLOSAMENTE HUMANO DE DIOS


EL PAPA HA ENSEÑADO A LEER EL SUFRIMIENTO DE LA IGLESIA A LUZ DE FÁTIMA

Balance del portavoz vaticano de su viaje a Portugal

CIUDAD DEL VATICANO (ZENIT.org).- Con su viaje a Portugal, Benedicto XVI ha enseñado a la Iglesia a analizar las dificultades actuales a luz del mensaje de la Virgen María en Fátima, es decir, con los ojos de Dios, considera el portavoz de la Santa Sede. Al hacer un balance de la visita apostólica a Portugal, realizada del 11 al 14 de mayo, el padre Federico Lombardi S.I., director de la oficina de Información de la Santa Sede, ha explicado lo que el pontífice quería decir cuando afirmaba que che la profecía de Fátima no ha concluido.

El Papa quiere decir "que no tenemos que esperarnos de Fátima, de lo que dijeron los pastorcillos, los videntes, profecías que anuncien eventos concretos para los próximos años o el próximo siglo. Esto no está en cuestión", confirma el padre Lombardi.

LA HISTORIA CON LOS OJOS DE DIOS

"La profecía de Fátima, en la perspectiva del Papa, que debe ser nuestra perspectiva --añade Lombardi--, significa haber aprendido a leer los acontecimientos de nuestra historia, el camino de la Iglesia con sus dificultades y sus esperanzas a la luz de la fe, es decir, bajo la mirada de Dios, que sigue a la Iglesia y a la humanidad en camino, que actúa con su gracia para acompañar a quienes se dirigen a Él, y nos invita a comprometernos en esta historia, comenzando con nuestra conversión para actuar según los criterios del Evangelio".

"La profecía, entendida como lectura de la realidad humana y de la historia humana, característica de Fátima, nos ha enseñado a mirar no sólo nuestra vida personal, sino también la vida de la Iglesia y de la humanidad bajo la luz de Dios, de su amor, y con el compromiso de convertirnos, de hacernos testigos cada vez más fieles del amor de Dios en el mundo en el que vivimos y en nuestra historia".

"Es un mensaje profético que sigue siendo de gran actualidad y lo será en el futuro", opina el portavoz vaticano.

LA PEOR PERSECUCIÓN PROCEDE DEL PECADO

Una de las frases del Papa por las que se recordará este viaje es la declaración que dirigió a los periodistas, en vuelo hacia Lisboa, cuando aseguró che la gran persecución de la Iglesia no viene de los enemigos externos, sino del pecado del interior de la Iglesia. "Ha permitido comprender que los sufrimientos, las dificultades que encuentra la Iglesia, incluso las que se refieren a la situación de los meses recientes o de estos años, en los que la Iglesia experimenta tantas dificultades como consecuencia de los pecados de sus miembros --los abusos sexuales-- son algo con lo que la Iglesia carga: por desgracia carga incluso la realidad del pecado. Y por este motivo el mensaje de Fátima es sumamente actual e importante, pues nos habla de conversión, nos habla de penitencia, para renovarnos de manera que nuestro testimonio sea coherente".

"Por tanto, en el contexto de una lectura amplia del significado del acontecimiento de Fátima, desde un punto de vista espiritual, no sólo hay que pensar en las persecuciones que proceden del exterior, que ciertamente han tenido un gran papel en los sufrimientos y en las dificultades de la Iglesia, por ejemplo, en el siglo pasado, y que incluso ahora siguen y seguirán existiendo. Ahora bien, el Papa ha observado que los sufrimientos y las dificultades de la Iglesia vienen también de nuestro interior, es decir, del hecho de ser pecadores, y por este motivo, el mensaje de conversión y de penitencia tiene particular actualidad e importancia".

"Esto me ha parecido verdaderamente muy hermoso, muy importante: ver cómo el Papa ha sido capaz de introducir el tema que nos aflige en estos últimos meses, los abusos sexuales, en una perspectiva espiritual muy amplia. Por tanto, reconociendo su gravedad, pero integrándola en la condición de la Iglesia en el mundo, de la Iglesia ante Dios y de su camino, que tiene que ser siempre de purificación, de renovación".

"Y lo ha hecho con mucha naturalidad, en la condición de Iglesia peregrina, dando por tanto la ocasión a todos los que se encontraban en Fátima, y a toda la Iglesia, de rezar intensamente, de cultivar un espíritu de renovación y de conversión precisamente para que la Iglesia sea testigo más límpido y eficaz para el mundo de hoy y de mañana".

"SUPERIOR A LAS EXPECTATIVAS"

Para el padre Lombardi el balance del decimoquinto viaje apostólico internacional, el primero a Portugal, es "superior a las expectativas"

"Podemos decir que ha sido un viaje maravilloso. La acogida ha sido enorme, cálida, ha sido incluso superior a las expectativas de los organizadores. El Papa ha quedado muy impresionado, muy contento y se ha sentido muy apoyado".


PALABRAS DE DESPEDIDA DEL PAPA DE PORTUGAL

En el aeropuerto de Oporto

OPORTO (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI este viernes al despedirse de Portugal en el aeropuerto internacional de Oporto, al concluir su visita apostólica que había comenzado el 11 de mayo.

TEXTO ÍNTEGRO

Señor presidente de la República,

ilustrísimas autoridades,

queridos hermanos en el episcopado,

queridos amigos:

Al llegar el final de mi visita, vuelvo a sentir en mi espíritu la intensidad de tantos momentos vividos en esta peregrinación a Portugal. Conservo en el alma la cordialidad de vuestra acogida afectuosa, el calor y la espontaneidad que han consolidado los vínculos de comunión en los encuentros con los grupos, el esfuerzo que ha supuesto la preparación y realización del programa pastoral previsto.

En este momento de despedida, expreso a todos mi más sincera gratitud: al Señor Presidente de la República, que desde que he llegado me ha honrado con su presencia, a mis hermanos obispos con los que he renovado la profunda unión en el servicio al Reino de Cristo, al Gobierno y a todas las autoridades civiles y militares, que se han prodigado durante todo el viaje con manifiesta dedicación. Os deseo toda clase de bienes. Los medios de comunicación social me han permitido acercarme a muchas personas, a las que no me era posible ver de cerca. También a ellos les estoy muy agradecido.

En el momento de despedirme de vosotros, saludo a todos los portugueses, católicos o no, a los hombres y mujeres que viven aquí, aunque no hayan nacido aquí. Que no deje de crecer entre vosotros la concordia, que es esencial para una sólida cohesión, y camino obligado para afrontar con responsabilidad común los desafíos que tenéis por delante. Que esta gloriosa Nación siga manifestando su grandeza de alma, su profundo sentido de Dios, su apertura solidaria, guiada por principios y valores impregnados por el humanismo cristiano. En Fátima, he rezado por el mundo entero, pidiendo que el porvenir nos depare una mayor fraternidad y solidaridad, un mayor respeto recíproco y una renovada confianza y familiaridad con Dios, nuestro Padre que está en los cielos.

Con gozo he sido testigo de la fe y devoción de la comunidad eclesial portuguesa. He podido ver el entusiasmo de los niños y los jóvenes, la fiel adhesión de los presbíteros, diáconos y religiosos, la dedicación pastoral de los obispos, el deseo de buscar la verdad y la belleza en el mundo de la cultura, la creatividad de los agentes de la pastoral social, la fe vibrante de los fieles en las diócesis que he visitado. Deseo que mi visita sea un incentivo para un renovado ardor espiritual y apostólico. Que el Evangelio sea acogido en su integridad y testimoniado con pasión por cada discípulo de Cristo, para que sea fermento de auténtica renovación de toda la sociedad.

Por la intercesión de Nuestra Señora de Fátima, a la que invocáis con tanta confianza y firme amor, imploro de Dios que mi Bendición Apostólica, portadora de esperanza, paz y ánimo, descienda sobre Portugal y sobre todos sus hijos e hijas. Sigamos caminando en la esperanza. Adiós.

[© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]


HOMILÍA DEL PAPA EN LA MISA MULTITUDINARIA PRESIDIDA EN OPORTO

Se abren nuevos campos a la misión

OPORTO (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la misa al aire libre que presidió en la Avenida de los Aliados de Oporto en la mañana de este viernes.

TEXTO ÍNTEGRO

Queridos hermanos y hermanas:

"En el libro de los Salmos está escrito: [...] 'que su cargo lo ocupe otro'. Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección" (Hechos 1, 20-22). Así habló Pedro, leyendo e interpretando la palabra de Dios en medio de sus hermanos, reunidos en el Cenáculo después de la Ascensión de Jesús a los cielos. El elegido fue Matías, que había sido testigo de la vida pública de Jesús y de su triunfo sobre la muerte, permaneciendo fiel hasta el final, a pesar del abandono de muchos. La "desproporción" de fuerzas en acción, que hoy nos asusta, impresionaba ya hace dos mil años a los que veían y escuchaban a Jesús. Desde las playas del lago de Galilea hasta las plazas de Jerusalén, Jesús se encontraba prácticamente solo en los momentos decisivos; eso sí, en unión con el Padre, guiado por la fuerza del Espíritu. Y con todo, el mismo amor que un día creó el mundo hizo que surgiese la novedad del Reino como una pequeña semilla que brota en la tierra, como un destello de luz que irrumpe en las tinieblas, como aurora de un día sin ocaso: es Cristo resucitado. Y apareció a sus amigos mostrándoles la necesidad de la cruz para llegar a la resurrección.

Aquel día Pedro buscaba un testigo de todas estas cosas. De los dos que presentaron, y el cielo designó a Matías, y "lo asociaron a los once apóstoles" (Hechos 1, 26). Hoy celebramos su gloriosa memoria en esta "Ciudad invicta", que se ha vestido de fiesta para acoger al Sucesor de Pedro. Doy gracias a Dios por haberme traído hasta vosotros, y encontraros en torno al altar. Os saludo cordialmente, hermanos y amigos de la ciudad y diócesis de Oporto, así como a los que habéis venido de la provincia eclesiástica del norte de Portugal y también de la vecina España, y a cuantos se encuentran en comunión física o espiritual con nuestra asamblea litúrgica. Saludo al obispo de Oporto, monseñor Manuel Clemente, que deseaba con mucha solicitud mi visita, y me ha recibido con gran afecto, haciéndose intérprete de vuestros sentimientos al comienzo de esta Eucaristía. Saludo a sus predecesores y a los demás hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, los consagrados y las consagradas, y a los fieles laicos, especialmente a todos aquellos que están comprometidos activamente en la Misión diocesana y, más en concreto, en la preparación de mi visita. Sé que han podido contar con la colaboración efectiva del alcalde de Oporto y de otras autoridades públicas, muchas de las cuales me honran hoy con su presencia; aprovecho este momento para saludarles y asegurarles, a ellos y a cuantos representan y sirven, los mejores éxitos para el bien de todos.

"Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús", decía Pedro. Y su Sucesor actual repite a cada uno de vosotros: Hermanos y hermanas míos, hace falta que os asociéis a mí como testigos de la resurrección de Jesús. En efecto, si vosotros no sois sus testigos en vuestros ambientes, ¿quién lo hará por vosotros? El cristiano es, en la Iglesia y con la Iglesia, un misionero de Cristo enviado al mundo. Ésta es la misión apremiante de toda comunidad eclesial: recibir de Dios a Cristo resucitado y ofrecerlo al mundo, para que todas las situaciones de desfallecimiento y muerte se transformen, por el Espíritu, en ocasiones de crecimiento y vida. Para eso debemos escuchar más atentamente la Palabra de Cristo y saborear asiduamente el Pan de su presencia en las celebraciones eucarísticas. Esto nos convertirá en testigos y, aún más, en portadores de Jesús resucitado en el mundo, haciéndolo presente en los diversos ámbitos de la sociedad y a cuantos viven y trabajan en ellos, difundiendo esa vida "abundante" (cf. Juan 10, 10) que ha ganado con su cruz y resurrección y que sacia las más legítimas aspiraciones del corazón humano.

Sin imponer nada, proponiendo siempre, como Pedro nos recomienda en una de sus cartas: "Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 Pedro 3, 15). Y todos, al final, nos la piden, incluso los que parece que no lo hacen. Por experiencia personal y común, sabemos bien que es a Jesús a quien todos esperan. De hecho, los anhelos más profundos del mundo y las grandes certezas del Evangelio se unen en la inexcusable misión que nos compete, puesto que "sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: ‘Sin mí no podéis hacer nada' (Jn 15, 5). Y nos anima: ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo' (Mateo 28, 20)" (encíclica Caritas in veritate, 78).

Aunque esta certeza nos conforte y nos dé paz, no nos exime de salir al encuentro de los demás. Debemos vencer la tentación de limitarnos a lo que ya tenemos, o creemos tener, como propio y seguro: sería una muerte anunciada, por lo que se refiere a la presencia de la Iglesia en el mundo, que por otra parte, no puede dejar de ser misionera por el dinamismo difusivo del Espíritu. Desde sus orígenes, el pueblo cristiano ha percibido claramente la importancia de comunicar la Buena Noticia de Jesús a cuantos todavía no lo conocen. En estos últimos años, ha cambiado el panorama antropológico, cultural, social y religioso de la humanidad; hoy la Iglesia está llamada a afrontar nuevos retos y está preparada para dialogar con culturas y religiones diversas, intentando construir, con todos los hombres de buena voluntad, la convivencia pacífica de los pueblos. El campo de la misión ad gentes se presenta hoy notablemente dilatado y no definible solamente en base a consideraciones geográficas; efectivamente, nos esperan no solamente los pueblos no cristianos y las tierras lejanas, sino también los ámbitos socio-culturales y sobre todo los corazones que son los verdaderos destinatarios de la acción misionera del Pueblo de Dios.

Se trata de un mandamiento, cuyo fiel cumplimiento "debe caminar, por moción del Espíritu Santo, por el mismo camino que Cristo siguió, es decir, por el camino de la pobreza, de la obediencia, del servicio, y de la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que salió victorioso por su resurrección" (decreto Ad gentes, 5). Sí, estamos llamados a servir a la humanidad de nuestro tiempo, confiando únicamente en Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra: "No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure" (Juan 15, 16). ¡Cuánto tiempo perdido, cuánto trabajo postergado, por inadvertencia en este punto! En cuanto al origen y la eficacia de la misión, todo se define a partir de Cristo: la misión la recibimos siempre de Cristo, que nos ha dado a conocer lo que ha oído a su Padre, y el Espíritu Santo nos capacita en la Iglesia para ella. Como la misma Iglesia, que es obra de Cristo y de su Espíritu, se trata de renovar la faz de la tierra partiendo de Dios, siempre y sólo de Dios.

Queridos hermanos y amigos de Oporto, levantad los ojos a aquella que habéis elegido como patrona de la ciudad, la Inmaculada Concepción. El ángel de la anunciación saludó a María como "llena de gracia", significando con esta expresión que su corazón y su vida estaban totalmente abiertos a Dios y, por eso, completamente desbordados por su gracia. Que ella os ayude a hacer de vosotros mismos un "sí" libre y pleno a la gracia de Dios, para que podáis ser renovados y renovar la humanidad a través de la luz y la alegría del Espíritu Santo.

[© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]


BENEDICTO XVI EN FÁTIMA: “¡QUE NUESTRA ESPERANZA ECHE RAÍCES!”

Homilía en el Santuario de Fátima

FÁTIMA, (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la homilía pronunciada hoy por el Papa en la explanada del Santuario de Fátima, en la celebración del 10° aniversario de la Beatificación de Jacinta y Francisco.

TEXTO ÍNTEGRO

Queridos peregrinos,

“Será conocida en las naciones su raza y sus vástagos entre los pueblos [...] son raza bendita del Señor” (Is 61, 9). Así comenzaba la primera lectura de esta Eucaristía, cuyas palabras encuentran admirable cumplimiento en esta asamblea devotamente reunida a los pies de la Virgen de Fátima. Hermanas y hermanos tan queridos, también yo he venido como peregrino a Fátima, a esta “casa” que María ha elegido para hablarnos en los tiempos modernos. He venido a Fátima para alegrarme de la presencia de María y de su protección maternal. He venido a Fátima, porque hacia este lugar converge hoy la Iglesia peregrina, querida por su Hijo como instrumento suyo de evangelización y sacramento de salvación. He venido a Fátima para rezar, con María y con tantos peregrinos, por nuestra humanidad afligida por miserias y sufrimientos. Finalmente, he venido a Fátima, con los mismos sentimientos de los Beatos Francisco y Jacinta y de la Sierva de Dios Lucía, para confiar a la Virgen la íntima confesión de que “amo”, que la Iglesia, que los sacerdotes “aman a Jesús” y desean tener los ojos fijos en Él, mientras se concluye este Año Sacerdotal, y para confiar a la protección maternal de María a los sacerdotes, los consagrados y las consagradas, los misioneros y a todos los agentes de bien que hacen acogedora y benéfica la Casa de Dios.

Éstos son la estirpe que el Señor ha bendecido... Estirpe que el Señor ha bendecido eres tu, amada diócesis de Leiria-Fátima, con tu Pastor monseñor Antonio Marto, a quien agradezco por el saludo que me dirigió al inicio y por toda la solicitud de la que me ha colmado, también mediante sus colaboradores, en este santuario. Saludo al Señor Presidente de la República y a las demás autoridades al servicio de esta gloriosa Nación. Idealmente abrazo a todas las diócesis de Portugal, representadas aquí por sus obispos, y confío al Cielo a todos los pueblos y naciones de la tierra. En Dios, estrecho en mi corazón a todos aquellos hijos e hijas suyos, particularmente a cuantos viven en la tribulación o abandonados, con el deseo de transmitirles esa esperanza grande que arde en mi corazón y que aquí, en Fátima, se hace encontrar de manera más palpable. Que nuestra gran esperanza eche raíces en la vida de cada uno de vosotros, queridos peregrinos aquí presentes, y a cuantos están con nosotros a través de los medios de comunicación social.

¡Sí! El Señor, nuestra gran esperanza, está con nosotros; en su amor misericordioso, ofrece un futuro a su pueblo: un futuro de comunión con él. Habiendo experimentado la misericordia y el consuelo de Dios que no lo había abandonado a lo largo del fatigoso camino de retorno del exilio de Babilonia, el pueblo de Dios exclama: “Con gozo me gozaré en el Señor, exulta mi alma en mi Dios” (Is 61,10). Hija excelsa de este pueblo es la Virgen Madre de Nazaret, la cual, revestida de gracia y dulcemente sorprendida por la gestación de Dios que se estaba realizando en su seno, hace igualmente propia esta alegría y esta esperanza en el cántico del Magníficat: “Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador”. Al mismo tiempo, Ella no se ve como una privilegiada en medio de un pueblo estéril, al contrario, profetiza para ellos las dulces alegrías de una prodigiosa maternidad de Dios, porque “su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen” (Lc 1, 47.50).

Prueba de ello es este lugar bendito. Dentro de siete años volveréis aquí para celebrar el centenario de la primera visita hecha por la Señora “venida del Cielo”, como Maestra que introduce a los pequeños videntes en el íntimo conocimiento del Amor trinitario y les lleva a saborear a Dios mismo como lo más bello de la existencia humana. Una experiencia de gracia que les hizo convertirse en enamorados de Dios en Jesús, hasta el punto de que Jacinta exclamaba: “¡Me gusta tanto decir a Jesús que le amo! Cuando se lo digo muchas veces, me parece tener un fuego en el pecho, pro no me quemo”. Y Francisco decía: “Lo que más me ha gustado de todo fue ver a Nuestro Señor en esa luz que Nuestra Madre nos puso en el pecho. ¡Quiero tanto a Dios!” (Memorias de Sor Lucía, I, 42 y 126).

Hermanos, al oír estas inocentes y profundas confidencias místicas de los Pastorcillos, alguno podría mirarles con un poco de envidia porque ellos han visto, o quizás con la desilusionada resignación de quien no ha tenido la misma suerte, pero insiste en querer ver. A estas personas, el Papa dice como Jesús: “"¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios?” (Mc 12,24). Las Escrituras nos invitan a creer: “Dichosos los que no han visto y han creído" (Jn 20, 29), pero Dios – más íntimo a mi de lo que soy yo mismo (cfr S. Agustín, Confesiones, III, 6, 11) – tiene el poder de llegar hasta nosotros, en particular mediante los sentidos interiores, de forma que el alma recibe el toque suave de una realidad que se encuentra más allá de lo sensible y la hace capaz de alcanzar lo no sensible, no lo visible a los sentidos. Con este objetivo se requiere una vigilancia interior del corazón que, durante la mayor parte del tiempo, no tenemos a causa de la fuere presión de las realidades externas y de las imágenes y preocupaciones que llenan el alma (cfr Comentario teológico del Mensaje de Fátima, año 2000). ¡Sí! Dios puede alcanzarnos, ofreciéndose a nuestra visión interior.

Aún más, esa Luz en lo íntimo de los Pastorcillos, que proviene del futuro de Dios, es la misma que se ha manifestado en la plenitud de los tiempos y que ha venido para todos: el Hijo de Dios hecho hombre. Que Él tenga el poder de inflamar los corazones más fríos y tristes, lo vemos en los discípulos de Emaús (cfr Lc 24,32). Por ello nuestra esperanza tiene fundamento real, se basa en un acontecimiento que se coloca en la historia y que al mismo tiempo la supera: ¡Es Jesús de Nazaret! Es el entusiasmo suscitado por su sabiduría y por su potencia salvífica en la gente de entonces era tal que una mujer en medio de la multitud – como hemos escuchado en el Evangelio – exclama: "¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!". Y sin embargo Jesús respondió: "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan" (Lc 11, 27.28). Pero ¿quién tiene tiempo para escuchar su palabra y dejarse fascinar por su amor? ¿Quién vela, en la noche de la duda y de la incertidumbre, con el corazón alzado en oración? ¿Quién espera el alba del nuevo día, teniendo encendida la llama de la fe? La fe en Dios abre al hombre el horizonte de una esperanza cierta que no decepciona; indica un sólido fundamento sobre el que apoyar, sin miedo, la propia vida; requiere el abandono, lleno de confianza, en las manos del Amor que sostiene el mundo.

“Será conocida en las naciones su raza y sus vástagos entre los pueblos [...] son raza bendita del Señor” (Is 61, 9) con una esperanza inquebrantable y que fructifica en un amor que se sacrifica por los demás pero que no sacrifica a los demás: al contrario – como hemos escuchado en la segunda lectura – “Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (1Cor 13,7). De ello son ejemplo y estímulo los Pastorcillos, que hicieron de su vida una ofrenda a Dios y un compartir con los demás por amor de Dios. La Virgen les ayudó a abrir el corazón a la universalidad del amor. En particular, la beata Jacinta se mostraba incansable en compartir con los pobres y en el sacrificio por la conversión de los pecadores. Sólo con este amor de fraternidad y de compartir conseguiremos edificar la civilización del Amor y de la Paz.

Se engañaría quien pensase que la misión profética de Fátima haya concluido. Aquí revive ese designio de Dios que interpela a la humanidad desde sus inicios: "¿Dónde está tu hermano Abel? [...] Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo” (Gn 4, 9). El hombre pudo desencadenar un ciclo de muerte y de terror, pero no consigue interrumpirlo... En la Sagrada Escritura aparece con frecuencia que Dios está a la búsqueda de justos para salvar la ciudad de los hombres, y lo mismo hace aquí, en Fátima, cuando la Virgen pregunta: “Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandaros, en acto de reparación por los pecados con los que Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores?” (Memorias de Sor Lucía, I, 162).

Con la familia humana dispuesta a sacrificar sus vínculos más santos en el altar de estrechos egoísmos de nación, raza, ideología, grupo, individuo, vino del Cielo nuestra Madre bendita ofreciéndose para trasplantar en el corazón de cuantos se confían a ella el Amor de Dios que arde en el suyo. En ese tiempo eran solo tres, cuyo ejemplo de vida se ha difundido y multiplicado en grupos innumerables por toda la superficie de la tierra, en particular al paso de la Virgen Peregrina, los cuales se dedican a la causa de la solidaridad fraterna. Que estos siete años que nos separan del centenario de las Apariciones puedan apresurar el preanunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María a gloria de la Santísima Trinidad.

[Traducción del original portugués por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]


FÁTIMA: CONFIDENCIAS DEL PAPA A LOS OBISPOS

En el encuentro con los prelados portugueses en Fátima

FÁTIMA, (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI en su encuentro con los obispos de Portugal en el salón de conferencias de la Casa Nuestra Señora del Carmen, en Fátima, que mantuvo en la tarde de este jueves.

TEXTO ÍNTEGRO

Venerados y queridos hermanos en el episcopado:

Doy gracias a Dios por la oportunidad que me ha concedido de encontrarme con todos vosotros aquí, en el Santuario de Fátima, corazón espiritual de Portugal, donde multitudes de peregrinos, provenientes de los más diversos lugares de la tierra, buscan recuperar o fortalecer en sí mismos la certidumbre del Cielo. Entre ellos, ha venido de Roma el Sucesor de Pedro, acogiendo las reiteradas invitaciones y movido por una deuda de gratitud con la Virgen María, quien precisamente aquí ha transmitido a sus videntes y a los peregrinos un amor intenso por el Santo Padre, que fructifica en una vigorosa muchedumbre que reza con Jesús a la cabeza: Pedro, "yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos" (Lucas 22,32).

Como veis, el Papa necesita abrirse cada vez más al misterio de la Cruz, abrazándola como única esperanza y última vía para ganar y reunir en el Crucificado a todos sus hermanos y hermanas en humanidad. En obediencia a la Palabra de Dios, está llamado a vivir, no para sí mismo, sino para que Dios esté presente en el mundo. Me conforta la determinación con la que también vosotros me seguís de cerca, sin otro temor que el de perder la salvación eterna de vuestro pueblo, como muestran bien las palabras con las que monseñor. Jorge Ortiga ha querido saludar mi llegada entre vosotros, y dar testimonio de la fidelidad incondicional de los Obispos de Portugal al sucesor de Pedro. Os lo agradezco de corazón. Gracias también por todo el cuidado que habéis puesto en la organización de esta visita mía. Que Dios os lo pague derramando abundantemente el Espíritu Santo sobre vosotros y vuestras diócesis, para que, con un solo corazón y una sola alma, podáis llevar a cabo el cometido pastoral que os habéis propuesto de ofrecer a cada fiel una iniciación cristiana exigente y fascinante, que comunique la integridad de la fe y de la espiritualidad, enraizada en el Evangelio y formadora de agentes libres en medio de la vida pública.

Verdaderamente, los tiempos en que vivimos exigen una nueva fuerza misionera en los cristianos, llamados a formar un laicado maduro, identificado con la Iglesia, solidario con la compleja transformación del mundo. Se necesitan auténticos testigos de Jesucristo, especialmente en aquellos ambientes humanos donde el silencio de la fe es más amplio y profundo: entre los políticos, intelectuales, profesionales de los medios de comunicación, que profesan y promueven una propuesta monocultural, desdeñando la dimensión religiosa y contemplativa de la vida. En dichos ámbitos, hay muchos creyentes que se avergüenzan y dan una mano al secularismo, que levanta barreras a la inspiración cristiana. Mientras tanto, queridos hermanos, quienes defienden con valor en estos ambientes un vigoroso pensamiento católico, fiel al Magisterio, han de seguir recibiendo vuestro estímulo y vuestra palabra esclarecedora, para vivir la libertad cristiana como fieles laicos.

Mantened viva en el escenario del mundo de hoy la dimensión profética, sin mordazas, porque "la palabra de Dios no está encadenada" (2 Timoteo 2,9). Las gentes invocan la Buena Nueva de Jesucristo, que da sentido a sus vidas y salvaguarda su dignidad. En cuanto primeros evangelizadores, os será útil conocer y comprender los diversos factores sociales y culturales, sopesar las necesidades espirituales y programar eficazmente los recursos pastorales; pero lo decisivo es llegar a inculcar en todos los agentes de la evangelización un verdadero afán de santidad, sabiendo que el resultado proviene sobre todo de la unión con Cristo y de la acción de su Espíritu.

En efecto, cuando según la opinión de muchos la fe católica ha dejado de ser patrimonio común de la sociedad, y se la ve a menudo como una semilla acechada y ofuscada por "divinidades" y por los señores de este mundo, será muy difícil que la fe llegue a los corazones mediante simples disquisiciones o moralismos, y menos aún a través de genéricas referencias a los valores cristianos. El llamamiento valiente a los principios en su integridad es esencial e indispensable; no obstante, el mero enunciado del mensaje no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida. Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él. Me vienen a la mente aquellas palabras del Papa Juan Pablo II: "La Iglesia tiene necesidad sobre todo de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad entre los 'fieles de Cristo', porque de la santidad nace toda auténtica renovación de la Iglesia, todo enriquecimiento de la inteligencia de la fe y del seguimiento cristiano, una reactualización vital y fecunda del cristianismo en el encuentro con las necesidades de los hombres y una renovada forma de presencia en el corazón de la existencia humana y de la cultura de las naciones" (Discurso en el vigésimo aniversario de la promulgación del decreto conciliar Apostolicam actuositatem, 18 noviembre 1985). Alguno podría decir: "La Iglesia tiene necesidad de grandes corrientes, movimientos y testimonios de santidad..., pero no los hay".

A este respecto, os confieso la agradable sorpresa que he tenido al encontrarme con los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales. Al observarlos, he tenido la alegría y la gracia de ver cómo, en un momento de fatiga de la Iglesia, en un momento en que se hablaba de "invierno de la Iglesia", el Espíritu Santo creaba una nueva primavera, despertando en jóvenes y adultos la alegría de ser cristianos, de vivir en la Iglesia, que es el Cuerpo vivo de Cristo. Gracias a los carismas, la radicalidad del Evangelio, el contenido objetivo de la fe, la corriente viva de su tradición se comunican de manera persuasiva y son acogidos como experiencia personal, como adhesión libre a todo lo que encierra el misterio de Cristo.

Naturalmente, es condición necesaria el que estas nuevas realidades quieran vivir en la Iglesia común, si bien con espacios en cierto modo reservados para su vida, de manera que ésta sea después fecunda para todos los demás. Quienes viven un carisma particular, han de sentirse fundamentalmente responsables de la comunión, de la fe común de la Iglesia, y deben someterse a la guía de los Pastores. Éstos son quienes han de asegurar la eclesialidad de los movimientos. Los pastores no son sólo personas que ocupan un cargo, sino que ellos mismos son portadores de carismas, son responsables de la apertura de la Iglesia a la acción del Espíritu Santo. Nosotros, los obispos, estamos ungidos por el Espíritu Santo en el sacramento y, por tanto, el sacramento nos asegura también la apertura a sus dones. De este modo, por un lado, hemos de sentir la responsabilidad de acoger estos impulsos que son un don para la Iglesia y le dan nueva vitalidad, pero, por otro, hemos de ayudar también a los movimientos a encontrar el camino justo, haciendo correcciones con comprensión, esa comprensión espiritual y humana que sabe aunar la guía, el reconocimiento y una cierta apertura y disponibilidad para aprender.

Decid o reiterad precisamente esto a vuestros presbíteros. En este Año Sacerdotal, que está llegando a su conclusión, descubrid de nuevo, queridos hermanos, la paternidad episcopal sobre todo respecto a vuestro clero. Se ha relegado a un segundo plano durante demasiado tiempo la responsabilidad de la autoridad como servicio para el crecimiento de los demás y, antes que nadie, de los sacerdotes. Ellos están llamados a servir en su ministerio pastoral integrados en una acción pastoral de comunión o de conjunto, como nos recuerda el decreto conciliar Presbyterorum Ordinis: "Ningún presbítero, por tanto, puede realizar bien su misión de manera aislada e individualista, sino únicamente juntando sus fuerzas con otros presbíteros bajo la dirección de los que presiden la Iglesia" (n. 7). Esto no quiere decir volver al pasado, ni un simple retorno a los orígenes, sino recuperar el fervor de los orígenes, la alegría del comienzo de la experiencia cristiana, haciéndose acompañar por Cristo como los "discípulos de Emaús" el día de Pascua, dejando que su palabra nos encienda el corazón, que el "pan partido" abra nuestros ojos a la contemplación de su rostro. Sólo de este modo el fuego de su amor será suficientemente ardiente para impulsar a todo fiel cristiano a convertirse en dispensador de luz y de vida en la Iglesia y entre los hombres.

Antes de concluir, me gustaría pediros, como presidentes y ministros de la caridad en la Iglesia, que deis nuevo vigor en vosotros mismos y en vuestro entorno a sentimientos de misericordia y compasión, capaces de responder a situaciones de graves carencias en la sociedad. Que se instituyan organizaciones y se perfeccionen las ya existentes, para que puedan responder con creatividad a todas las pobrezas, incluida la de la falta de sentido de la vida y la ausencia de esperanza. Es muy loable el esfuerzo que hacéis para ayudar a las diócesis más necesitadas, especialmente en los países de habla portuguesa. Que las dificultades que ahora se hacen sentir mayormente no os debiliten en la lógica del don. Que siga siendo muy vivo en el País vuestro testimonio de profetas de justicia y de paz, defensores de los derechos inalienables de la persona, uniendo vuestra voz a la de los más débiles, a los que sabiamente habéis motivado a que tengan su propia voz, sin temer nunca levantar vuestra voz en favor de los oprimidos, los humillados y maltratados.

la vez que os encomiendo a Nuestra Señora de Fátima, pidiéndole que os sostenga maternalmente en los retos que se os presentan, para que seáis promotores de una cultura y una espiritualidad de caridad y de paz, de esperanza y justicia, de fe y de servicio, os imparto de corazón la Bendición Apostólica, que se extiende a vuestros familiares y a vuestras comunidades diocesanas.

[© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]


ESTADOS UNIDOS: LO QUE LOS OBISPOS APRENDIERON DE LAS VÍCTIMAS DE ABUSOS

A los supervivientes les preocupan las estrategias de prevención

WASHINGTON, (ZENIT.org).- La Comisión Nacional de Revisión de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos ha hecho públicas un conjunto de diez lecciones extraídas del trabajo con las víctimas o supervivientes de abusos infantiles por parte del clero. La lista fue preparada por la presidenta de la Comisión, Diane Knight, y hecha pública el viernes pasado por la Conferencia Episcopal.

“Hemos aprendido que hace falta un gran coraje por parte de una víctima/superviviente para dar un paso adelante y dar a conocer su historia después de años, a veces décadas, de silencio y sentimientos de vergüenza”, afirma el comunicado. “Para la víctima/superviviente al final es muy importante sencillamente ser creído”, añade.

Knight afirma que “a pesar de su propio dolor y sufrimiento, muchas víctimas/supervivientes están preocupadas por que la Iglesia prevenga que este abuso suceda a más niños así como están preocupadas por sí mismas y sus propias necesidades de curación”.

“Mientras que la historia de cada persona es diferente, lo que es común es la violación de la confianza”, señala.

Knight añade que “algunos supervivientes no confían absolutamente en nadie, hasta hoy, mientras que otros han sido capaces de trabajar a través de este dolor con la ayuda y el apoyo de sus seres queridos”.

“Hemos aprendido que en la actualidad existen métodos de terapia que funcionan especialmente bien con y para supervivientes de abuso sexual infantil y que los individuos pueden ser ayudados, incluso después de muchos años de intentar sin éxito simplemente ‘olvidarse de él’”, subraya.

El comunicado de la Comisión afirma además: “Hemos aprendido que el abuso ha robado a alguna víctima/superviviente su fe. Para algunos esto significa la pérdida de su fe católica, pero para otros significa la pérdida total de fe en un Dios”. “Hemos aprendido que todavía tenemos mucho que aprender”, concluye el comunicado.

La Comisión Nacional de Revisión es un grupo consultivo de 13 laicos con experiencia en áreas como derecho, educación, medios de comunicación, y ciencias psicológicas. La Comisión fue creada en 2002, cuando los obispos de Estados Unidos aprobaron la “Carta para la Protección de Niños y Jóvenes”, con el fin de supervisar los esfuerzos de la Oficina de Protección de Niños y Jóvenes. La Comisión Nacional de Revisión está actualmente trabajando en “Causas y Estudio de Contexto”, sobre casos de abuso sexual de menores por sacerdotes, que está siendo llevado a cabo por el Colegio John Jay de Justicia Criminal y que se hará público en 2011.

Para acceder al comunicado original en inglés: www.usccb.org/comm/archives/2010/10-095.shtml

Traducido del inglés por Nieves San Martín


SONDEO EN POLONIA SOBRE EL PONTIFICADO DE JUAN PABLO II

El 65,8% de los encuestados reza por intercesión del papa polaco

CZESTOCHOWA, (ZENIT.org).- Ante el noventa aniversario del nacimiento de Karol Wojtyla (18 de mayo), el semanario católico de mayor difusión en Polonia, Niedziela, con sede en Czestochowa, ha publicado estos días un sondeo sobre las palabras, los gestos y los momentos más significativos del pontificado de Juan Pablo II. El sondeo ha sido realizado por el Instituto de Estadística de la Iglesia católica bajo la dirección del padre Witold Zdaniewicz, por encargo del semanario Niedziela.

El Instituto ha escogido una muestra de 500 personas. Según los resultados del sondeo, para 113 católicos polacos encuestados, las palabras que permanecen más en el recuerdo son “¡Descienda tu Espíritu! Y renueve la faz de la tierra. ¡De esta Tierra!” (2 de junio de 1979).

Para 54 personas, las palabras más recordadas son “Debéis exigíroslo vosotros mismos, aunque los demás no os lo exijan” (18 de junio de 1983).

Y para 34 personas, la frase más memorable es: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!” (22 de octubre de 1978).

En cuanto a los gestos y momentos más significativos del pontificado de Juan Pablo II, 30 personas han dicho recordar bien el primer saludo del Papa polaco desde el balcón de la Basílica de San Pedro (16 de octubre de 1978).

28 personas han dicho recordar en cambio los días de la muerte y de los funerales de Juan Pablo II. 24 personas recuerdan el 27 de marzo de 2005, el día de Pascua en el que el Papa, asomándose desde su estudio para la bendición Urbi et Orbi no logró hablar.

Para 19 de los entrevistados, la escena más impactante fue la de un Juan Pablo II sufriente estrechando hacia sí la cruz en el vía crucis en el Coliseo.

27 de los entrevistados recuerdan finalmente el atentado en la plaza de San Pedro y el encuentro del Santo Padre con Alí Agca.

Según los resultados de la encuesta, el 65,8% de los católicos polacos reza por intercesión de Juan Pablo II; el 21,4% ha participado en dos peregrinaciones del Santo Padre a Polonia; el 17,7% ha participado en tres peregrinaciones del Papa a su tierra natal; y el 1,5% de los católicos ha participado en 8 peregrinaciones.

[Por Mariusz Frukacz, traducción del italiano por Patricia Navas]


BENEDICTO XVI RECIBE EN AUDIENCIA AL PRESIDENTE DE BOLIVIA

Análisis de la colaboración entre Iglesia-Estado en educación, sanidad y políticas sociales

CIUDAD DEL VATICANO, (ZENIT.org).- El Papa recibió este lunes en el Vaticano al presidente de Bolivia, Evo Morales, en una breve audiencia de 25 minutos “en un clima de cordialidad”, informó la Santa Sede. Benedicto XVI dio la bienvenida en español a Evo Morales que, acompañado por una delegación de siete hombres, iba vestido con una chaqueta corta negra con bordados dorados, de estilo andino, con camisa blanca y sin corbata. El presidente boliviano se reunió después con el secretario de Estado vaticano, el cardenal Tarcisio Bertone, y el secretario para las Relaciones con los Estados, monseñor Dominique Mamberti.

En los coloquios, se analizaron “algunos aspectos de la situación del país sudamericano, en particular la colaboración entre la Iglesia y el Estado en materia de educación, sanidad y políticas sociales en defensa de los derechos de los más débiles”, indica el texto. La Santa Sede también destacó “un fructífero intercambio de opiniones sobre temas relativos a la actual coyuntura internacional y regional y sobre la necesidad de fomentar una mayor sensibilidad social para la tutela del ambiente”.


EL LIENZO DE MANOPPELLO: EL ROSTRO MARAVILLOSAMENTE HUMANO DE DIOS

Entrevista a Paul Badde, autor de “L'autre suaire”

ROMA (ZENIT.org).- Además de la Sábana Santa que se exhibe en Turín hasta el 23 de mayo, otro lienzo, más pequeño, que representa el rostro de Cristo, se conserva en el santuario de Manoppello, pequeña localidad italiana de los Abruzzos. El periodista alemán Paul Badde, corresponsal en Roma del periódico Die Welt desde el año 2000, ha investigado durante varios meses sobre el “secreto de Manoppello”. Se ha preguntado de dónde procede este lienzo, cómo se formó esa imagen, si podría ser el velo de la Verónica y sus vínculos con la Sábana Santa.

Y ha publicado el resultado de sus investigaciones en un libro titulado L'autre suaire (El otro lienzo, n.d.t.), publicado en francés por Editions de l'Emmanuel - Editions du Jubilé. El mismo Benedicto XVI peregrinó a Manoppello en septiembre de 2006, realizando la primera visita de un papa a este santuario.

Recientemente, en el editorial dedicado a la visita de Benedicto XVI a Turín para la ostensión de la Sábana Santa, el director de la Oficina de Información de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, SI, evocó estas “imágenes que la tradición acredita como vías preciosas para entrever” el rostro de Cristo, “en Manoppello o en Turín”. ZENIT entrevistó a Paul Badde sobre la investigación que ha llevado a cabo y sobre las conclusiones a las que ha llegado.

- Brevemente, ¿qué es el lienzo de Manoppello?

Paul Badde: Se trata de un velo hecho de un lino extremadamente fino, fabricado con byssus en el que aparece el rostro de Cristo.

Sin embargo, es técnicamente imposible pintar este tipo de tejido, realizado a partir de filamentos de Pinna nobilis.

No se encuentra ningún otro pigmento de pintura en el velo. La aparición del rostro en el velo sigue siendo un misterio que destaca lo inexplicable.

- ¿Por qué merece ser conocido?

Paul Badde: Sobre todo por la majestad del rostro de Cristo en esta tela. Se trata del icono por excelencia de Cristo, la antigua Vera Ikon, el tesoro más precioso de la cristiandad, considerado desaparecido durante siglos y ahora redescubierto: el rostro maravillosamente humano de Dios.

- En su opinión, ¿qué podría probar que se trata del rostro de Cristo?

Paul Badde: Es fácil demostrar que se trata del velo llamado de la Verónica, que fue durante mucho tiempo venerado y mostrado en San Pedro, en Roma.

Como prueba: las muy numerosas mujeres de esa época que aportaron un testimonio convincente.

Sin embargo, lo más sorprendente es la constatación de que este velo debe ser idéntico al soudarion, es decir, la Sábana Santa a la que el apóstol Juan se refiere en el momento en que descubre, con el apóstol Pedro, que Cristo ha resucitado de entre los muertos. Muchos indicios apoyan también esta constatación.

- ¿Se pude imaginar un vínculo con la Sábana Santa?

Paul Badde: Sí, el velo representa la misma cara, la de Jesús de Nazaret. Pero la Sábana Santa lo representa muerto, mientras que el velo lo representa vivo, ¡con las mismas heridas en el rostro pero curadas! Los matemáticos han calculado una probabilidad de 200.000.000.000/1 que el Sudario de Turín provenga del Santo Sepulcro de Jerusalén. En otras palabras, se trata realmente de uno de los “lienzos” encontrados en la tumba y descritos por un testigo, el apóstol Juan.

Pero en este pasaje de extrema importancia, Juan se refiere expresamente a un pequeño velo “a parte” de los otros lienzos, colocado en un lugar particular de la tumba. Éste no puede ser otro que este pequeño velo que se encuentra hoy en Manoppello.

- ¿Qué le ha fascinado tanto de este lienzo como para llevar a cabo una investigación así?

Paul Badde: Este velo ejerce una fascinación única. No hay nada parecido en esta tierra. Como periodista, no me he podido resistir a esta fascinación.

Los periodistas siempre buscan una primicia. Están a la búsqueda de lo increíble. Yo mismo había hecho muchos descubrimientos, en los países más diversos, tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra. Pero nunca había visto nada comparable al velo, ni antes ni después.

- ¿Por qué ha dado forma de thriller a su obra?

Paul Badde: Es exactamente así como realicé mis investigaciones. No me he inventado ninguna frase, no había nada planificado. Los acontecimientos se han producido tal como los he escrito.

- ¿Cómo interpreta la visita de Benedicto XVI a Manoppello ?

Paul Badde: Éste puede ser el último de esta serie de milagros. El Papa leyó mi reportaje y decidió -a pesar de las resistencias en el interior de la Iglesia y del Vaticano- ir a Manoppello.

Fue el primer viaje del Papa dedicido por él mismo. Él conocía, por supuesto, la tradición de la Santa Faz calificada como acheiropoieta (que no ha sido hecha por la mano del hombre). Rezando en silencio ante el velo el 1 de septiembre de 2006, él reintrodujo esta imagen en la historia y hasta los confines del mundo. Y desde ese momento, no deja de hablar del “rostro humano de Dios”. Se trata de la marca de su pontificado.

[Por Marine Soreau, traducción del francés por Patricia Navas]