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EPISCOPALIANO SOLIDARIO

Pertenezco a la Iglesia episcopaliana –que como saben es la forma que nos llaman a los anglicanos en Estados Unidos—y me ha interesado especialmente el correo del Padre Luis. Soy lector de Betania desde hace algún tiempo. Soy de origen español, de Castilla, pero llevo muchos años en Estados Unidos. Creo que hay muchas similitudes entre los presbíteros católicos, episcopalianos, anglicanos y otros pastores y ministros de otras iglesias. Todos vivimos contradicciones porque los tiempos han cambiado rápido y, desde luego, hay un déficit generalizado de amor cristiano por un lado, y por otro de fe. Queremos abrirnos a unas sociedades que no nos entienden o que no nos quieren entender. Y creo que las Iglesias son más activas y más abiertas que lo que se llama la sociedad civil muy dominada por el lucro y otras cosas. El ejemplo del acercamiento de los anglicanos tradicionales y de la Iglesia Católica es positivo. Y ecuménico. A mi puede no interesarme. Pero comprendo su importancia. Por eso me solidarizo con el Padre Luis.

Reciban todos en Betania un saludo cordial y afectuoso.

Lewis of Florida

USA.

NOTA DEL EDITOR.- Al igual que el padre Luis, el presbítero Lewis of Florida, ni se llama así, ni vive en Florida. Nos pide permiso para firmar con pseudónimo. Y este Editor ha quedado gratamente por su caridad y su sentido ecuménico. Le hemos invitado a que escriba en Betania de lo que quiera.


LA VIDA TE MARCA CAMINOS

He tenido que consultar mi manoseada Biblia de Jerusalén, llena de subrayados de mi tiempo de estudiante, para buscar una cita concreta del Eclesiastés: “ Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo. Su tiempo el nacer y su tiempo el morir; su tiempo el plantar y su tiempo el arrancar lo plantado”. (Qo 3,1.2)

Desde hace una semana mi madre ha decidido venirse a vivir conmigo, con nosotros. Sus casi 92 años le van haciendo entender que aunque su cabeza es perfecta, su cuerpo le va jugando alguna trastada que otra. He entrado en la fase de cuidadora de quien me cuidó. Nunca sentí la tentación de estudiar medicina y para mí es un misterio que pastillas tan chiquitinas produzcan en nuestro cuerpo efectos tan beneficiosos. Me cuesta retener los nombres de los medicamentos y sólo mi responsabilidad me obliga a memorizarlos.

Con la llegada de mi madre a nuestro hogar la convivencia ha dado un giro copernicano. Mi madre, como todos los ancianos, habla más del pasado que del presente. Un presente que no entiende; que lo acepta en vigilancia silenciosa para no intervenir en la vida de los demás. Observo que aunque ella y mi hijo hablan el mismo idioma, muchas veces no se entienden y me toca hacer de intérprete por ser generación intermedia. Mi madre habla el idioma de Delibes, el vallisoletano que inventarió el castellano. Mi hijo habla el idioma urbanita donde lo que no es cosa, es trasto, o aquello-de-allí. Para mi madre el ordenador es una TV pequeña y para mi hijo una fanega es una palabra desconocida.

Se llevan bien nieto y abuela. Le enseñó a andar y a santiguarse y que un orinal que encontró siendo él niño, hace muchos años, en el desván de la casa de Peñafiel no era una taza de desayuno de una raza gigante. Hoy, el nieto, le enseña a la abuela cómo funciona el mando a distancia de la TV y que Australia no es lo mismo que Austria, donde ha ido la prima Olga de vacaciones.

Y entre culebrón y culebrón televisivo nos recuerda por enésima vez su vida. La vida de nuestros mayores en España fue una vida enlutada desde la infancia. A los seis años le pusieron de luto por la muerte del abuelo; a los 15 por la muerte de un hermano; a los 20 por los muertos de la guerra. De casada, de luto en luto por los hijos que iba viendo morir. Siempre de luto. Ella y toda una generación de mujeres.

Vuelvo a escuchar, también por enésima vez, los primeros años de mi vida, siempre amenazándome la “guadañera” con incorporarme al mundo de los angelitos en el cielo. Y por enésima vez le escucho que yo debo la vida a S. Antonio de Padua a los Padrenuestros que le rezó por mí. Cada 23 de agosto, mi cumpleaños, me llevaba con ella al convento de las Clarisas y mientras que ella en soledad rezaba y requerezaba, la pequeña Feli trasteaba entre los bancos y miraba absorta a todos los santos empeanados.

Mi madre me enseñó a rezar cada noche. Me enseñó, a través de historias con moraleja, los principios éticos por los que debía regirme en mi vida. Fue enorme mi sorpresa cuando al estudiar teología me enseñaron que Jesús utilizó la misma pedagogía, las parábolas, para que captasen el mensaje del Reino. El ser humano capta, intuitivamente lo esencial por medio de narraciones.

Escuchar a mi madre hablar de mi infancia me ayuda a recobrar aquellos años y logro rescatar emociones infantiles. El cerebro es un auténtico “disco duro”, el silo de una vida. En mi cerebro permanece vibrante la mirada, penetrante y amante de los ojos de Jesús Nazareno, uno de los pasos de Semana Santa de Peñafiel. Más que en los Evangelios que me mandaban escribir “bonito” en mi “Cuaderno a Limpio”, fue en esa mirada donde yo empecé a degustar ese amor de Jesús de Nazaret hacia todo lo que sus ojos contemplaban. Es difícil saber cuánto debe mi fe en Jesús a esos ojos de escayola de un imaginero desconocido y que a mis 8-10 años lograron intuir que también la calidad y calidez del amor humano se pueden expresar por medio de unos ojos que nos miran. ¿En aquellos ojos de Nazareno, veía los ojos de Dios? No, no lo puedo asegurar. Me educaron que Dios era el Gran Ojo Vigilador de cuanto yo hacía y pensaba; Gran Ojo Vigilador con un lápiz afiladísimo apuntando cada vez que me salía una palabrota o le decía una mentirijilla a mi madre.

Han pasado más de 40 años por la vida de aquella niña. En esos 40 años, despacio, haciendo camino, la misma Iglesia me ha ayudado a descubrir que sólo Dios puede tener esa mirada tan humana como la de aquel Nazareno de mi infancia. Una mirada que me hacia bajar la vista, ruborizada, ante un amor incondicional y abarcante de toda mi persona. Creo, a la luz de mis años y de mi fe adulta, que aquella niña, al necesitar bajar los ojos, ante aquellos Ojos de Amor tenía la experiencia, sin ella imaginárselo, de estar ante algo que apuntaba y simbolizaba lo sagrado, y a su modo, sentía la necesidad de “descalzarse” por ser suelo sagrado, como lo hiciera Moisés en el Sinaí.

Hay tiempo para ser cuidado cuando se es infante, para cuidar a quien te cuidó, para releer aquel niño o niña que fuimos y que era un grano de mostaza de lo que somos ahora, gracias a muchas personas que nos ayudaron. Hay tiempo para todo: para crecer y para agradecer.

Feli Alonso Curiel

Bilbao (Euskadi) España

NOTA DEL EDITOR.- Interesante testimonio de Feli. Suponemos que va a ser de especial aprovechamiento para muchos de nuestros lectores. Y, además, el escrito es de gran belleza.


TESTAMENTO DE AMOR

Cuando llegas a aquel paraje enclavado a cierta altura frente al mar, tienes la impresión de disfrutar plenamente de la naturaleza, la tranquilidad y el sosiego. Los pinos, encinas y demás árboles que le rodean te permiten respirar un aire puro y sano que huele a universo en paz.

Y es en este maravilloso lugar, donde se percibe el ruido del mar y de las olas que chocan con la playa, donde vive desde hace algún tiempo en una residencia para mayores, mi gran amigo de la infancia Alberto.

Nos conocemos hará más de cuarenta años, cuando una vez cumplidas mis obligaciones militares con el Estado accedí a mi primer empleo, ingresando como administrativo en una empresa bancaria. Los primeros consejos y ayudas pertinentes, los recibí de Alberto. Pronto iniciamos una hermosa amistad que se amplió, cuando al poco tiempo contrajo matrimonio con Adela y que ha permanecido constante hasta estos días.

Formaron una excelente pareja, donde el amor y la comprensión brillaban en sus jóvenes rostros. Un amor que se vio premiado con la llegada de dos de hermosos retoños, que aumentó su felicidad.

Por motivos laborales tuvimos que separarnos físicamente, al tener que desplazarme a otra Ciudad. No obstante nos veíamos con bastante frecuencia para no apagar la llama de aquella bonita amistad iniciada en la sucursal de un banco de la ciudad que nos vio nacer a los dos. Han pasado los años y en éste último, cuando se acababa el invierno y nos metíamos de lleno en la primavera, moría Adela.

La muerte se la llevó como a tantas personas inocentes, jóvenes o viejas que solo han cometido el pecado de ser víctimas de esa enfermedad irreversible que a todos nos aterra, llamada accidente de tráfico. Una muerte que le esperaba en una carretera cualquiera, cuando un camión cualquiera arroyó el vehículo de Adela, poniendo fin a una vida llena de ilusiones.

Una muerte que asoló la vida de Alberto y de sus dos hijos, cuando su esposa y madre partía prematuramente hacia ese lugar que existe más allá de las estrellas, donde Jesús de Nazaret al que tanto amaba, la estará esperando para concederle esa Vida Eterna prometida, que todos anhelamos.

Ante esta triste situación, amentada por el principio de enfermedad de parkinson, que comenzaba a padecer mi amigo Alberto, ambos hijos de la pareja que viven en París y con su propio consentimiento, fue ingresado en una residencia para recibir la asistencia debida.

Y efectivamente, la residencia como detallo al principio de mi escrito, reúne extraordinarias condiciones generales destacando un exquisito trato humano y una magnífica asistencia médica, que podrían calificarse como muy aceptables.

Siempre que acudo a visitarle el abrazo fraternal y las lágrimas agradecidas se entre mezclan en un tiempo interminable que a la vez resulta gozoso por el encuentro. Un encuentro que por circunstancias se ve limitado por la distancia geográfica que nos separa.

Para mí, visitarle me resulta un auténtico placer, porque conversando con él me descubre un mundo maravilloso lleno de luz, de paz, de esperanza y de amor.

Paseamos por los bellos jardines que rodean el edificio, apoyado en mi brazo por el castigo que le supone esa enfermedad tan molesta e incurable como es el parkinson que le obliga a mantener movimientos torpes además de que su andar se va haciendo cada día más complicado.

Todos necesitamos compañía y ayuda, me dice, sin embargo existen momentos en que deseas estar solo sin que nadie te diga nada, sin que te ofrezcan consuelo por tu padecimiento; sin que te lleguen noticias de ninguna parte y así en silencio buscar a Jesús de Nazaret para escuchar lo mucho que tiene que grabar en mi corazón para ayudarme a ser feliz en este lugar en el que tan solitario me encuentro sin la compañía de mi amada Adela.

Así las cosas, he de confesar que comprendo perfectamente la aptitud de mi amigo, ya que dentro de la crueldad de la vida, dentro de la forma de vivir doliente que sufre la humanidad, la respuesta que a veces damos a los enfermos, a los que sufren, son casi siempre respuesta teóricas, tranquilizadoras, con las que no tratamos de decir la verdad, sino más bien dejarlos tranquilos y de rebote descargar nuestra conciencia.

En cualquier caso, me entristece la situación por la que pasa Alberto, aún cuando entienda que el dolor es camino de resurrección desde que murió Jesús; en sus manos ningún dolor se pierde cuando se acepta con un corazón rebosante de amor y esperanza. Pero esto sinceramente resulta difícil hacérselo comprender a todos aquellos que lo sufren.

La vida es hermosa, pero no fácil; es apasionante pero no acaramelada; produce alegría vivirla pero dentro del dolor. Jesús supo vivirla con amargura sin amargarse y aceptando el dolor sin dejar de mirar hacia la luz.

Para mi amigo, existen varias posturas ante su soledad familiar y ante el dolor. La primera, la rebeldía que es posiblemente la más común por el desconcierto que significa aceptar la enfermedad, sin tener a tu lado a la persona amada. La segunda, el derrumbamiento que produce amargura, viendo a la enfermedad como un monstruo que nos puede vencer, al faltar la ayuda de alguien a quien quieres. Y la tercera, la que nos sostiene a los cristianos que positivamente ante el dolor, intentamos no derrumbarnos ni resignarnos, sino comprender que si ha llegado el problema a nuestra vida hemos de entregarnos a los deseos de Dios, de ese Dios todopoderoso y a la vez Misericordioso que un buen día se llevó al cielo, a la persona que durante tantos años le colmó de felicidad.

Así es y así lo entendíamos, sentados frente al mar disfrutando de la naturaleza y del aire puro, mientras la nostalgia transportaba nuestra conversación a hermosos recuerdos de un tiempo pasado. Un tiempo que yo de vez en cuando me gusta revivir; no sé si porque fue mejor o peor, pero sobre todo porque existió, formando parte de nuestras vidas.

La tarde va cayendo y el horizonte nos ofrece la hermosa imagen de los rayos del sol proyectándose sobre el mar haciéndonos disfrutar de su bella despedida, en ese atardecer hermoso, dorado y sereno que nos invita a buscar la felicidad a lo largo de nuestro caminar.

Un caminar, señala Alberto, que me devuelve aquellos sueños que eran parte de mi vida, cuando con Adela disfrutaba de una felicidad fruto de un amor cuya llama era incapaz de extinguirse.

Por eso, yo ahora más que nunca me acuerdo y pienso en ella, cuando he de arrastrar la pesada cruz de mi enfermedad y sobre todo de su desaparición y hacer vida casi de la nada para llenar el hueco de la soledad con pensamientos que me llevan a través de Jesús a recoger aquellos recuerdos como un posible camino de luz y de salvación.

No obstante siempre me quedará como un testamento de amor, sus hermosos recuerdos que continuamente regresan a mi mente; sus inolvidables vivencias que me sirven para volver a vivir los días alegres y felices compartidos hermosamente con Adela, y sus hermosas frases de consuelo y esperanza cuando iniciaba en su compañía mi enfermedad…”Cuando todo parezca perdido y la esperanza desaparezca, búscame, estoy siempre a tu lado, aunque no me veas”. “Siempre hay un mañana y la vida nos da la oportunidad de seguir adelante. Lo importante es que tanto en la salud como en el amor, Dios nos dé la oportunidad de estar juntos”… La tarde cae a la vez que nuestra charla va llegando a su final. La despedida se hace confesión:

“A veces pienso que no me importaría irme a ese cielo azul y estrellado que podemos alcanzar con la mirada, porque seguramente en ese lugar estará mi esposa que siempre me quiso y Jesús de Nazaret al que siempre quise. Y los dos, sin saber porque… nos hemos puesto a rezar.

José Guillermo García Olivas

Madrid, España

NOTA DEL EDITOR.- Muchas gracias, una vez más a José Guillermo. Sus artículos son importantes de veras.


ABUSO DE MENORES

Hace ya muchos años, casi 50, estudiaba yo en un colegio religioso de una ciudad española. Y ya sabíamos que se producían abusos por dos profesores. Uno era laico y el otro sacerdote. Yo, entonces, relacionaba todo eso con la homosexualidad. Es decir, los profesores y los niños que se iban con ellos tenían algo de afeminados. O, incluso, mucho. Para nosotros, ya con 14 o 15 años todos ellos, y que me perdone hoy la ingenuidad, hacían eso porque les gustaba y eran mariquitas. Había un cierto cachondeo con todo eso. Un día, según me contaron, uno de los profesores afeminados quiso tocar a uno de mis compañeros más cercanos y, según contaba él, no se “dejó”, aunque el profe insistía y movía las manos como un pulpo. Este amigo, persona inteligente y que luego, ha sido una persona muy importante en la vida, se las ingenió para conseguir confesarse con el director y le contó todo. La realidad es que menos de una semana el sacerdote abusador salió del colegio y no llegó al mes cuando al abusador laico también fue trasladado. Y antes de que terminara el curso también salieron los chicos. La realidad es que la cosa de los abusos se olvidó. Y muchos años después charlando con mi compañero me contó lo de su confesión con el director, quien le hizo, durante la confesión, muchas preguntas. Luego, nadie le molestó y, desde luego, el tema se olvidó. Tal vez tuvimos suerte. Hoy he querido escribir este testimonio en la medida de que sea útil. Dejé ser creyente. Y volví a serlo gracias a la insistencia de mi madre, primero, y del ejemplo de mi mujer. Le pido, naturalmente, guardar mi anonimato. Me puede llamar Pablo. Decirle que veo Betania todas las semanas y que me es muy útil, por ejemplo, la sección de Noticias.

Saludos cordiales,

Pablo

Barcelona, España

NOTA DEL EDITOR.- No queremos apostillar demasiado sobre este correo. Creo que el mismo lo explica todo. De todos modos nuestro comunicante nos ha dicho que ha preferido explicar sus recuerdos infantiles, sin sacar consecuencias de adulto de esta hora.