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TALLER DE ORACIÓN EL ESPÍRITU DE DIOS UNIFICA Por Julia Merodio El día que aprendamos que, no se puede penetrar en el corazón del mundo sin encontrar a Dios; descubriremos que, tampoco se puede penetrar en el corazón de Dios, sin antes haber aceptado al mundo. Estamos en Pentecostés, Pentecostés de 2010; y, resulta sorprendente que, Jesús nos siga mandando lo más preciado que tiene: su Espíritu; Espíritu que nos lleva a lo esencial a la verdad plena a la novedad de Dios. ¡No puedo dejar de preguntarme si las personas de nuestro tiempo estamos dispuestas a acogerlo! En Pentecostés empieza algo nuevo. Se produce un acontecimiento impensable; surge una fuerza que nos lleva a insertarnos, en le mundo de lo imprevisible. Por eso, sería muy importante que hoy, lo mismo que entonces, dejásemos que se realizasen, en nosotros aquellas maravillas, que llevaron a los apóstoles a tener: Un lenguaje común. EN EL MUNDO DE LA COMUNICACIÓN Resulta sorprendente observar que, en este tiempo donde prolifera la traducción simultanea, el conocimiento de varias lenguas, la tecnología más avanzada en traducciones… nos encontremos más cerca de la confusión de lenguas que se produjo en Babel, que en la uniformidad que se produjo en Pentecostés. Somos capaces de entender lo que nos dice un mensaje publicitario y nos es sumamente costoso entender lo que quiere decirnos nuestros “próximos”: marido, mujer, padres, hijos, hermanos, familia, amigos… Hacemos jeroglíficos y no sabemos resolver lo que nos dice la Buena Noticia. Olvidamos que sigue existiendo una lengua común, el lenguaje de los valores evangélicos; el que acreditó a Jesús en su vida y en su muerte y el que tantas veces tenemos la experiencia de seguir oyendo en nuestra “lengua nativa”, la que viene de nuestra opción por Cristo. Y es lógico, después de tantos años todavía, no hemos sido capaces de aceptar que, Pentecostés es una experiencia de amor y que, ese amor es el motor que pone al ser humano en pie y le hace caminar. Sin embargo, no esperemos que ese camino se nos dé hecho; en él se nos irán presentando una serie de alternativas; de las que cada uno, desde su libertad, cogerá unas y dejará otras; pero con la seguridad de que, si lo hacemos bajo la fuerza del Espíritu, nos iremos insertando en la vida de creyentes y, sin pretenderlo, lo mismo que les pasó a los apóstoles, nuestras hazañas pregonarán la grandeza del Señor. No podemos, por tanto, basar nuestra vida en actos, sino en buscar las actitudes. No vale conformarnos con oír homilías, sino desde ellas mirar dónde tenemos puesto el corazón. No vale el “cumpli-miento” de actos religiosos, sino llegar a la grandeza de buscar en ellos a Dios. Esta es la realidad que insertará en nosotros las grandezas que surgieron el primer Pentecostés. La que nos llevará a ansiar que toda la tierra bendiga y proclame la gloria del Señor y de nuestro corazón brotará el agradecimiento para decirle, al Señor, con entusiasmo: • Te alabamos Señor por la inmensidad de tus dones. • Te alabamos por hacer realidad nuestras inquietudes más hondas. • Te alabamos porque la alabanza siempre brota de un corazón agradecido y el nuestro desborda de gratitud. • Te alabamos porque nos has congregado en unidad, a los que participamos de tu mismo Cuerpo y Sangre. • Te alabamos porque al participar de tu Espíritu has hecho posible que comamos de un solo Pan, bebamos de la misma Copa y formemos un solo Cuerpo. • Te alabamos por esta oración en grupo. Pues tenemos la seguridad de que, aquí y ahora, aunque presididos por la distancia, sigue siendo Pentecostés. EL ESPÍRITU LLEGA DONDE QUIERE Si ha habido un momento en la historia en que se le quiere poner freno a Dios es este. Y no es que sea peor que otros, pero quizá sí más obstinado y más minucioso; hoy no se hacen las cosas por ignorancia, todo se calcula con precisión y se manipula de manera descarada, de forma que ante tanto poder pretendemos manipular también a Dios y no nos damos cuenta de lo que quiere advertirnos Pentecostés. Nos dice el libro de Los Hechos de los Apóstoles: “Vino una ráfaga de viento impetuoso” (Hech 2) Un viento que limpió el ambiente: quitando miedos, devolviendo la calma, la libertad, la fuerza de expresar la fe, de vivir como verdaderos apóstoles. Un viento tan fuerte que, también fue capaz de desatrancar las puertas, de hacernos salir de nosotros mismos, de ir por la vida sin poner fronteras, pues uno no puede “asomarse a Dios” y seguir atado a la seguridad y al recelo que nos marca la sociedad. Por eso hoy, os invitaría a que nos preguntásemos: ¿No somos cristianos demasiado fríos y correctos; demasiado formales y normales; demasiado convencionales… como para dar una imagen digna a los demás? ¿Cristianos demasiado estirados incapaces de acoger el riesgo y el vértigo que produce vivir desde la fe? -- ¿No necesitamos muchos más testimonio de hombres y mujeres que lo arriesgan todo sin cálculos ni previsiones? -- ¿No necesitamos poseer de tal manera el Espíritu que rompamos ataduras y condicionamientos para salir a predicar un testimonio de vida? Así año tras año seguimos hablando del Espíritu Santo sin pararnos, ni silenciarnos para que venga a cada uno de nosotros. Seguimos hablando de sus dones pero nos asusta la responsabilidad de recibirlos. Y es que recibir los dones del Espíritu compromete demasiado, “hay que dar frutos dignos” nos dice repetidamente Jesús en el evangelio “por sus frutos los conoceréis” dijo en otra ocasión; dones y frutos no pueden separarse es, por tanto, sorprendente que se hable tan poco de los frutos del Espíritu Santo, pero ahí están; y el catecismo nos los recuerda. Los frutos son: Caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad. Tanto los dones, como los frutos del Espíritu son infinitos y no pueden encasillarse ni abarcarse, aunque la Iglesia nos ofrezca unos determinados tú puedes experimentar muchos más. Pero si es importante conocerlos, lo es muchos más practicarlos por eso en nuestra oración, de esta semana os invito a preguntaros: - ¿Cómo los inserto yo en mi vida? - ¿Conocen los demás que el Espíritu habita en mí porque ofrezco frutos dignos? TRANSFORMADOS POR EL ESPÍRITU DE DIOS Si hemos hablado del sacerdote tantas veces, en este año sacerdotal, ¿cómo olvidarnos de él el día de Pentecostés? Hemos dicho con reiteración que, el que forma y el que envía es Jesús, pero que, el que transforma es el Espíritu de Dios, de ahí que el Espíritu Santo sea el elemento esencial del ser de cada sacerdote. Si nos acercamos al Génesis y nos situamos ante el germen de la vida, aparecen esas admirables palabras, que nunca terminarán de asombrarnos: “Cuando Dios formó al ser humano, del polvo de la tierra, sopló sobre su rostro el aliento de vida” El Espíritu, es por tanto, la fuerza divina que dinamiza y transforma al ser humano, hasta hacerlo capaz de consagrar su vida, al servicio de los demás. Ha sido así desde siempre. Ya en el Antiguo Testamento comprobamos que, el Espíritu Santo, suscita profetas, elegidos entre la gente sencilla. Profetas que, se asustan al ser llamados; profetas que rechazan la misión, pero que, el Espíritu Santo se encarga de irlos guiando lentamente, hasta que llega el momento de ser ungidos, por el Señor, para llevar el mensaje de salvación con valentía. Así vemos, como dice San Pablo: lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo que el Espíritu puede llegar. Al Espíritu no se le puede encerar en un solo término; se nos presenta como: lluvia, viento, vida… elementos esenciales en cada sacerdote para que el pueblo sea sensible a su voz: • Lluvia.- Que lo purifique, lo sane, lo lave, lo refresque… • Viento.- Que lo lleve a donde el Señor quiera. • Y Vida.- Que ayude, auxilie y levante a cuantos Dios ponga en su camino Por eso el sacerdote, al ser ungido, experimenta la gracia del encuentro: en el seguimiento, la imitación, la unión y la configuración con Cristo, capaz de transformar todas esas actitudes en misión. Sin embargo, antes de recibir los apóstoles el Espíritu Santo, antes de recibirlo cada sacerdote, ya lo había recibido una criatura muy especial llamada María. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”, le había dicho el Ángel. Y Así fue. Imposible la efusión del Espíritu sin el SÍ de María. ¡Qué despliegue de realidades encierra el misterio de Dios! Todo esto que comparto me ha llevado a terminar con esta mención muy especial para la Madre, pero ¡qué decir de ella! Creo que lo más sobresaliente en María era: su ser totalmente pobre, pero lleno de las riquezas de Dios, por eso en este final de Mayo os invito a poneros junto a ella con sencillez, sin rodeos, desde la verdad de vuestro corazón para juntos decir al Señor: ¡Henos aquí! • Haz que el Espíritu Santo descienda sobre cada ser humano, lo mismo que descendió sobre María, porque el mundo necesita entrar en el Reino de las Bienaventuranzas, con más urgencia que nunca. • Ayúdanos a ser, como la Madre, disponible para que el Espíritu Santo pueda obrar también en nosotros maravillas. • Y lo mismo que hizo Ella, escuchemos, sin desfallecer, la llamada de Dios, pues el Espíritu, siempre hace su aparición más silenciosa, en los momentos decisivos de nuestra existencia.
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