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TALLER DE ORACIÓN DIOS: PROFUNDIDAD ÚNICA DEL SER Por Julia Merodio Cuando somos capaces de entrar, sin miedo, en la noche de la fe; cuando rompemos los esquemas y damos el salto en el vacío, libres de seguridades... entonces es, cuando se realiza la verdadera unión con Cristo. Si hay un momento en que se nos invite, de una manera especial, a recorrer las maravillas de Dios para con el ser humano es el día de la Santísima Trinidad. Lo que pasa es que nosotros pensamos que creer es tener más cultura, añadir ideas a nuestra vida, coger fórmulas nuevas, discutir sobre los dogmas, estar al día. Mas cuando somos capaces de acercarnos a la Trinidad de Dios descubrimos que tener fe es creer en el amor. Creer en ese amor del Padre manifestado en el Hijo; creer que, el Espíritu Santo es el que llena de amor toda la tierra. Porque acercarse a la Trinidad es descubrir que en Dios todo es entrega, participación, intercambio, amor desinteresado, cercanía hacia el otro. ¡Qué difícil le resulta entenderlo al hombre moderno tan acostumbrado a moverse en la superficie de las cosas! Cuando las personas seamos capaces de ahondar en nuestras experiencias nos daremos cuenta que todavía hay que ahondar más, pues sólo en esa profundidad infinita, en ese fondo inagotable de nuestro ser, es donde encontraremos lo que significa la palabra Dios. Encontraremos que Dios significa la profundidad última de nuestra vida, la fuente de nuestra esencia, el interés inagotable de lo que de verdad tomamos en serio, sin reservas. No podremos llegar a las alturas de la Trinidad sin descender hasta el misterio para arrodillarnos ante Él, pues sólo de rodillas y adorando podremos llegar a apreciar quién es la Trinidad en nuestra vida. Sólo en el silencio, dejándonos envolver por su luz, seremos capaces de penetrar todo nuestro ser, y podremos ir notando cómo se transfigura poco a poco nuestro interior. Sólo adorando se da cuenta el ser humano de cómo su nada empieza a entrar en contacto con el todo de Dios. “Reconoce, pues, hoy y convéncete de que el Señor es Dios allá arriba en los cielos y aquí abajo en la tierra, y de que no hay otro. El Señor te ha hecho ver todo esto para que sepas que no hay otro Dios fuera de Él.” (Dt. 5, 34 – 39) NUESTRA ACTITUD ANTE LA TRINIDAD Siempre me ha impactado que las lecturas de la misa de La Santísima Trinidad nos muestren la actitud de Moisés manifestada en el libro del Éxodo. Quizá sea, esa actitud de Moisés la que nosotros deberíamos de tener ante la Trinidad de Dios. Ellas nos muestran que cuando Dios se manifiesta a Moisés, él asombrado, se inclina, se echa por tierra y adora. Moisés no puede ver a Dios, su rostro está tapado al inclinar la cabeza sobre la tierra, pero pronuncia el nombre de Dios y encuentra su rostro. El amor siempre está por encima de las palabras, por encima de la inteligencia. Las palabras, a veces, esconden lo esencial de lo que quieres manifestar. Moisés descubre a ese Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; ha descubierto el verdadero rostro de Dios, un rostro paciente, un rostro sereno, un rostro perdón infinito. Moisés, como todos los adoradores que han existido después de él, sabe muy bien que a Dios hay que rendirle honor en silencio, dejando que el misterio cale dentro de nuestro corazón. Pues cuando el misterio cala, el corazón empieza a llenarse las palabras van callando, los pensamientos se van evaporando de nuestra mente y ya sólo queda sitio para la sorpresa, para el asombro, para la adoración a ese Señor que hace maravillas en los corazones disponibles y entregados. Dios, de nuevo, revelando sus secretos a los que han sabido hacerse pequeños, a los que han sabido en el silencio llegar a Dios. Cuántas veces caemos en la curiosidad de saber cosas de Dios, de discutir cosas de Dios, de demostrar cosas de Dios; pero enseguida comprendes que esto no te lleva a nada concreto. Dios no se deja capturar por la mente. A Dios se llega en un eterno descubrimiento, dejando al Espíritu que te conduzca hasta la verdad plena. El lugar donde puedes descubrir el amor de Dios es el corazón. “El amor de Dios ha sido derramado en vuestros corazones por el Espíritu que se os ha dado”. Y ese amor que Dios pone en tu corazón es el que te traerá todos esos frutos salidos del Espíritu: la bondad, la ternura, la benevolencia y verás que todo este derroche de amor es la rúbrica de la Trinidad en tu vida. Notarás que te llega esa esperanza que no defrauda, esa paciencia en medio de las tribulaciones, esa paz cuando las cosas son adversas, y sentirás de nuevo la presencia de la Trinidad, y tu corazón saldrá transformado. Acogerás el Don desde la libertad más plena y comprenderás lo que es la gratuidad de Dios. “Jesús se acercó a ellos y les dijo: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.” (Mateo 28, 16 – 19) EN EL CORAZÓN DE DIOS Pide al Señor que te haga capaz de llegar al corazón de la Trinidad en el silencio de la oración, para que de verdad encuentres que Él es la fuente del amor en el mundo y en la Iglesia. Fíjate, que cuando Jesús nos muestra el mayor mandamiento invitándonos a amar a Dios y a los hermanos, no hace nada más que situarnos en el corazón de la Trinidad. Y, en este silencio que surge de nuestro interior al sentir a la Trinidad dentro de nosotros, nos damos cuenta: • Del vacío que notaríamos si perdiésemos esta experiencia. • Del dolor que nos produciría no haber aprovechado este tiempo que se nos regala para amar a todos los hombres desde la profundidad de Dios. • De la grandeza que se nos brinda de ser felices y regalar felicidad a los demás. • De tomar conciencia de la responsabilidad que tenemos de ser signo para los otros, y haber dejado de serlo porque la imagen que damos no corresponde a la que deberíamos dar. Examinemos las veces que hemos tomado la opción de vivir desde el amor, desde la entrega, desde la ilusión y que el miedo a los condicionamientos, nos ha llevado a decaer siguiendo por otro camino. Ese miedo a que no nos entiendan; ese miedo a vivir desde dentro; ese miedo a volver a sufrir, a volver a la soledad, a la rutina... Dile al Señor con el corazón: Me pongo en tus manos Señor, porque quiero que se cumpla en mí tu voluntad. Sé que tu cercanía me hará crecer, madurar, resucitar... Quiero seguir contigo en silencio, dispuesto a luchar por ir a tu lado, por hacerte un hueco en mi corazón para sentirte y gustarte. Quiero que tu seas el motor que ponga en marcha mi vida, y que me recuerdes que, si el motor se para, la vida empieza a empequeñecerse. Pero, sobre todo, dame la gracia de comprender que todo viene de Ti, porque así me ofreceré cada día al Padre con toda la creación. Dame tu gracia para comprender que me amas; que todo está encerrado en la sublimidad de tu amor; para poder encontrarte en todas las partes: en el trabajo, en el estudio, en la diversión, en la oración... Y así, cuando mi corazón note la abundancia de la Trinidad, de mi boca brotará el júbilo y seré capaz de hacerlo todo: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Empleemos este tiempo, de oración que se nos brinda, en recorrer las maravillas de Dios para con el hombre. Seamos capaces de ir interiorizando tanta grandeza, cada uno personalmente en su interior sabiendo que: --Cuando aprendas a rastrear a través de la creación y de los acontecimientos históricos, las huellas de Dios. --Cuando aprendas que la verdad plena está en el amor profundo y concreto a Dios y al hermano. --Cuando te atrevas sin reservas al tú personal de Dios y al vosotros de la comunidad. --Cuando entiendas que no consiste en elevarte sino en descender hasta el misterio insondable que te haga caer de rodillas para adorar la grandeza absoluta... empezarás a notar que tu vida está presidida por la Trinidad de Dios.
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