TALLER DE ORACIÓN

EL AMOR REGALADO

Por Julia Merodio

Cuando me disponía a compartir con vosotros lo que para mí significa recibir cada día el Cuerpo y la Sangre de Cristo, mi mente se bloqueó y mis manos se paralizaron, sin que pudiese seguir adelante. Dos eran los interrogantes que me sondeaban ¿Qué puesto doy en mi vida a tan singular generosidad? ¿Qué implica todo ello para mi manera de vivir? Mirando a Jesús, a mi mente venía la Mesa de la Cena, el lavatorio de pies y el ofrecimiento de dones. ¡Tomad: comed y bebed todos!

El mensaje no podía estar más claro. Se trataba de dar. Y, aunque el hecho en cuento tal, les causaba sorpresa todos estaban acostumbrados a la generosidad de Jesús; sin embargo aquello era distinto, nunca pudieron imaginar lo que más tarde comprobarían; Jesús, no sólo estaba compartiendo lo que tenía, no sólo estaba amando a los suyos… estaba dándose, entregándose, regalándose…

Y darse a sí mismo supone: Un desgarro por dentro; una brecha por donde los otros puedan entrar a coger lo que necesiten; una sensación única, capaz de quedar grabada en el alma de los que la contemplan.

Es la llegada a la verdadera comunión donde la correlación entre el dar y el recibir son capaces de sellar el compartir la vida.

Es el momento en que se toma conciencia de que, estar ante el Dios de la vida, es callar y admirar, es adorar, es reverenciar al absoluto… Mirarle fijamente y dejarse interrogar por Él.

EN LA FESTIVIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

El día de Corpus Christi es un día realmente especial. Es un día de encuentro con el Señor, un Día en el que, el mismo Dios sale a la calle para hallarse con sus hijos. Por tanto el encuentro con Jesús, especialmente en este día, pero también siempre, no puede ser un encuentro casual, no puede ser un encuentro más, no puede ser una imposición, ni surgir de una tradición; el encuentro con Jesús ha de ser un encuentro por amor, por el amor que recibo y por el que quiero dar; el encuentro con Jesús ha de ser puro don, surgido de la gratuidad que encierra el amor regalado.

Ya que cuando nos ponemos ante el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no estamos recordando una historia. Dios sigue actuando hoy, aquí y ahora; y esta historia de amor no es sólo suya, esta historia es tuya y mía, es nuestra. Estamos implicados en ella. Nos afecta directamente.

Cuando recibo a Cristo me hago uno con Él en mi carne, en mi sangre, y me estoy comprometiendo con el Señor en la historia de salvación que Él había proyectado para el ser humano desde siempre.

Me siento apenada cuando observo en las eucaristías a la gente paralizada. No están abiertos a lo nuevo. Les resulta embarazoso tener que ayudar en lecturas, moniciones, hacer la colecta....Sin embargo la Eucaristía tiene que ser abierta, transformadora, que te haga renovarte, comprometerte... Ya sabemos, que a veces, las cosas no saldrán como esperábamos, pero el amor no puede prescindir de la debilidad, el amor siempre se manifiesta en el más pequeño, en el más pobre.

ANTE UNA GRAN CELEBRACIÓN

¡Cuántas Eucaristías compartidas a lo largo de nuestra vida! ¡Cuántas comuniones! Sin embargo cuánto nos cuesta entrar en la celebración. Porque celebrar la Eucaristía no es solamente una práctica en silencio y recogimiento. Se trata de ser unos enamorados de Cristo. Se trata de vivir el amor, la entrega a los demás, de trabajar por la fraternidad, de ser uno con el Señor.

Un enamorado de la Eucaristía es capaz de perdonar, de respetar, de solidarizarse, de aceptar a todos en la diversidad.

Un enamorado de la Eucaristía sabe guardar su dignidad. Sabe ver en los hermanos un sacramento, un signo de presencia; pero no sólo en algunos, sino en todos. Y está atento para no profanar nunca ese templo donde habita Dios ni con gestos ni con palabras.

Un enamorado de la Eucaristía no es el que tiene las manos juntas, sino el que las tiene abiertas para dar, tendidas para ayudar, arremangadas para servir.

Un enamorado de la Eucaristía no es el que puede mostrar las durezas de sus rodillas, sino el que es capaz de demostrar que han desaparecido las durezas de su indiferencia, de su indecisión, de su intolerancia, de su egoísmo.

--La Eucaristía tiene que conservar su sabor a pan, a pan recién hecho, a pan partido, a pan que nutre, a pan que da fuerza para seguir.

--La Eucaristía tiene que ser una acción de gracias susurrada en medio de los sufrimientos, los desgarros, las crucifixiones, las contradicciones...

--La Eucaristía tiene que ser una acción de gracias que te haga salir de la noche y te convierta en luz para el mundo.

“El cáliz de nuestra Acción de Gracias ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? Aunque el pan es uno y nosotros muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos el mismo pan” (I Corintios 10, 16 – 17)

ALIMENTADOS POR CRISTO

¿Somos capaces de tomar conciencia, del Don que nos hace Cristo, esperándonos cada día, para alimentar lo más profundo de tu ser?

--Él nos da la vida y por ella nos hace partícipes en el diálogo de amor que le une al Padre.

--Él nos enseña a entregarnos, no sólo en la Eucaristía, sino en los detalles de cada día, siendo presencia suya en el mundo.

--Él nos enseña a presentarnos, ante los hermanos, como portadores de salvación.

Mas si queremos ser, de verdad, presencia de Dios, tendremos que hospedarlo en nuestro corazón; acogiéndolo cada vez que nos acercamos a la mesa, a recibir el pan y el vino consagrados. Tendremos que romper el cerco donde nos protegemos y salir para dejarle sitio a Él.

Tendremos que ser auténticos, superando la suficiencia, la arrogancia, el creernos en posesión de la verdad, el pretender saberlo todo sobre los demás. Y tendremos que tomar conciencia de que cuando despreciamos a los hermanos nos empobrecemos, pues no sólo nos olvidamos del otro, sino del que está dentro de Él: Dios.

De ahí que, para ser portadores de Dios, tendremos que abrir nuestra persona abandonando todas esas defensas que nos protegen, para dejarle entrar. Ya que Dios no necesita que le ofrezcamos cosas, necesita que nosotros seamos capaces de ofrecernos en totalidad.

Lo que pasa es que nos da miedo que el Señor nos pida demasiado; lo acogemos manteniendo las distancias, “por lo que pueda pasar”, y lo dejamos en el umbral de la puerta, por precaución. Pero has de saber que, por mucha cortesía que pongas, aparecerá tu rechazo y tu frialdad.

Porque la acogida se nota en la alegría de estar a su lado, de comunicarle tus sentimientos, de gozarlo en tu interior, de sentir su presencia. No pongas condiciones, acógelo en el silencio de tu corazón. Pronto sentirás cómo llega a ti su palabra silenciosa, cómo empieza a rebosar ese vacío que tienes sin llenar.

Mira hoy de una forma especial el pan y el vino consagrados. Saboréalos en tu corazón, acoge su “misterio” con la superación de tus esquemas, con la disponibilidad de tu persona, con la ruptura de tus condicionamientos.

Y en este silencio, en esta intimidad:

• Déjate interpelar por el Dios de la vida.

• Abandónate en sus designios de salvación.

• Pídele que te ayude a huir de la mediocridad.

• Vive el gozo que proporciona la entrega a los demás.

• Alégrate al descubrir que eres realmente pobre.

• Pregúntate de vez en cuando si lo que haces es lo que Dios quiere de ti.

• Y, sobre todo, pide la gracia de hundirte sin miedo en el inmenso corazón de Cristo. Allí encontraras el amor, la bondad, la misericordia, la luz, la gracia... Allí, encontrarás el absoluto. Allí encontrarás a Dios.