TALLER DE ORACIÓN

EL SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

Por Julia Merodio

Para el Taller de Oración, de esta semana, he elegido este texto ya que creo puede ser oportuno para terminar el Año Sacerdotal, un año que no debiera terminar nunca y del que me seguiré ocupando de vez en cuando: “Aquí está mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me deleito. He puesto en él mi espíritu para que traiga la justicia a las naciones” (Isaías 42, 1 – 2)

Tengo que confesar que me encantó escuchar a nuestro querido Papa Juan Pablo II: “Soy el siervo de los siervos de Dios” Porque me daba cuenta de la conexión que tenía con Jesús al no dudar en presentarse: como El Siervo.

Todos sabemos que, el Papa al emitir estas admirables palabras quería sintonizar con Jesús, en aquella auto presentación de Siervo; porque lo mismo que Él, estaba dispuesto a llevar en sus hombros los dolores de ese mundo que se le había encomendado; pero quería además que, por medio de su testimonio, el sacerdote se capacitase para compartir el sufrimiento de sus hermanos,

El Papa sabía bien que, Jesús pretendía llegar al abatido, al triste, al que sufre… El Papa era conocedor de que Jesús quería alentarlos, decirles que Dios los amaba, que estaba con ellos; que todo lo que les pasaba tenía sentido y también quería, que cada uno de sus sacerdotes siguiera haciendo lo mismo. Por eso los remite al texto del profeta Isaías que lo expresa, con esta singular belleza:

“Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,

para saber decir al abatido una palabra de aliento.

El Señor Dios me ha abierto el oído;

y yo no me he revelado ni me he echado atrás.

Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban,

mi mejilla a los que mesaban mi barba.

No oculté el rostro a insultos ni salivazos.

Mi Señor me ayudaba por eso no quedé confundido”

(Isaías 50, 4 – 7)

Más, ¿cómo insertar la condición de siervo, en un mundo como el nuestro, donde todos queremos ser servidos? Con sólo mirar en derredor, observo que hay demasiada gente pasándolo mal: por la crisis, el paro y las deudas contraídas; sin embargo, abro el periódico y percibo rebosantes los lugares de vacaciones y esparcimiento; dicen que los hoteles se han llenado y no hay billetes para viajar; en medio de todo esto las iglesias se van vaciando y muchos no quieren ni oír hablar de Dios; ¿Tanto se nos ha endurecido el corazón? ¿Ni siquiera quedan gestos que puedan conmovernos? ¿Tan mal lo estamos haciendo los que nos decimos cristianos? ¡Ciertamente, este mundo, se va petrificando!

Creo que, ante esta situación, la presencia del sacerdote es insustituible; pero quedan pocos y la mayoría con bastantes años vividos; por lo que es necesario estar a su lado ayudándoles, ya que su tarea es, cada vez, más ardua y espinosa.

“No creo en los curas” oímos decir a gente que, hasta nos parecía “maja”; no es fácil ser sacerdote en la actualidad y la gente con la que tiene que convivir se ha vuelto despiadada. Por tanto, si quieren seguir la línea que se han trazado, no les quedará más remedio que ofrecer su mejilla a insultos y salivazos; y no sólo la mejilla, sino todo el rostro porque el corazón de las personas y el corazón del mundo se van endureciendo a marchas forzadas, vivimos lejos de Dios y ya no nos avergüenza nada.

Sin embargo, aunque la gente no lo crea, ni esta situación ni ninguna otra, hará que los sacerdotes se escondan, ni se acobarden; al contrario, El Señor les dará fuerza para gritar la enseñanza del evangelio y el coraje suficiente para vivirlo, porque ese Señor es el que los avalará a la hora de hablar: de poner la otra mejilla; de invitar a que abran el oído para escuchar bien; de solicitar que tengan una lengua de iniciado, aunque, ciertamente, la lengua de muchos precise ser desinfectada con detergente y lejía; y de pasar toda la clase de contrariedades por amor a Cristo. Porque el sacerdote sabe bien que: Sólo el que padece puede compadecer.

EN TIEMPOS DIFÍCILES

Cuando nos acercamos a la vida de Jesús, al situarnos en su tiempo, vemos que tampoco era mejor que el nuestro; la gente lo pasaba mal, la injusticia los rodeaba, el dolor se reflejaba en los rostros. No nos faltan imágenes donde se nos muestra la esclavitud, como lo más normal del mundo. Hecho que nos paraliza el cuerpo al ver como eran tratados. Hombres y mujeres comprados y vendidos, jóvenes sometidos a vejaciones, personas destinadas a descargar sobre ellas toda la furia de, aquellos seres “marioneta” que los habían comprado, tan sólo para tener donde satisfacer sus pasiones; es significativo que, el corazón compasivo de Jesús, tomase conciencia de ello y, no solamente lo denunciase o tratara de impedirlo, sino que ante nuestra perplejidad observamos, cómo decide hacerse esclavo y pasar por uno de ellos para identificarse con su dolor, Lo encontramos plasmado en la carta a los Hebreos que se escribiría más tarde “Semejante a sus hermanos” “Humillado hasta someterse a la muerte y una muerte de Cruz…”

¡Ciertamente ante Él hay que doblar la rodilla y el cuerpo y el alma! Esto mismo quiere Jesús que hagan hoy, los sacerdotes con nosotros. Que se pongan a nuestro lado, en medio de tantas esclavitudes como nos acompañan. Esclavitudes internas que no se ven, pero que posiblemente dañen más que las anteriores.

Todos estamos inmersos en ellas y todos sabemos el daño que producen; pero no sólo a nosotros, también rodean al sacerdote, que tendrá que arrodillarse, ante el Señor, para decirle: He conocido y creído en tu amor Señor, pero mirando mí entorno ¿Cómo puedo compaginar todo esto con lo que te prometí?

REFUGIO SEGURO

Solamente Jesucristo es el refugio seguro para el sacerdote, por eso han de permanecer cerca de Él. Cuando es el sacerdote el que se aleja de Jesucristo todo se paraliza, pierde el sentido; es como si la médula hubiera dejado de funcionar, todo se descentra y se desencaja; da la impresión de haber emprendido un camino sin retorno.

Jesús, se hace ya eco de esta situación, al pronunciar la Oración Sacerdotal que todos conocemos: “Cuando estaba con ellos, los guardaba en tu nombre: los guié y los custodié, y ninguno de ellos pereció, salvo el hijo de la perdición”

Parece increíble, que después de tantos años, sigamos imaginándonos a Jesús junto a los doce, nos cuesta trabajo concebir a Jesús sin sus apóstoles.

Siempre hemos escuchado, como en los momentos solemnes, estaban junto al Maestro; en las horas tranquilas, descansaban a su lado; al ir de una aldea a otra, lo hacían en su compañía… y salvo raras excepciones aparecen en comunidad. Cuando Jesús ora, siempre pide por ellos; cuando lo pasan mal, les envía su soplo de vida, para alentarlos; a Él fueron confiados y los ha protegido de cuantos asaltos encontraron por el camino.

Es significativo que solamente uno se perdiese y su causa radique en que quiso poner el corazón lo más lejos posible de Jesús. ¡Cómo se repite la historia! ¡Y, cómo cambiaría todo, si este mundo que desprecia a Cristo y huye de Él, fuese capaz de “re-entonar” el corazón y cambiar de vida!

JESÚS CON TODOS

También hoy Jesús está al lado de cada sacerdote y a él le corresponde mostrarlo y transparentarlo, pues ciertamente si al encontrarnos con un sacerdote no somos capaces de reconocer a Cristo, nos habremos cruzado: con un hombre de ciencia, con un teólogo experimentado, con un sociólogo de prestigio o con una persona con excepcionales cualidades humanas;… pero no nos habremos encontrado, con un siervo de Dios, servidor de las almas y mediador entre Cristo y el ser humano.

No hay que hacer grandes estudios para verlo con claridad. Los que han decidido alejarse de Dios, se han encontrado con toda clase de esclavitudes; pero esta situación no es privativa de ellos; acabamos de comprobar que, los que hemos decidido seguir a Jesús, podemos pasar por la mismas circunstancias cuando menos lo pensemos, por eso el sacerdote tendrá que tener la valentía de hacerse siervo, como Jesús y tener el arrojo suficiente, no sólo para sentir su presencia, sino para comunicarla a los demás.

Ya no nos cabe la menor duda de que, Jesús ha de ser el punto de referencia del sacerdote. Por eso quiso tener los mismos interrogantes y los mismos golpes, con los que el sacerdote se va a encontrar.

No tenemos nada más que acercarnos a la Cruz, para escuchar su grito: “¿Padre por qué me has abandonado?” Silencio de Dios. Jesús se siente abandonado, pero no se calla, al contrario, grita con fe y esperanza ¿Por qué?

Interrogantes y golpes del ser humano. Pero ahí está la respuesta de Jesús: “En tus manos encomiendo mi espíritu” Es en las manos del mismo Cristo donde el sacerdote habrá de depositar, los contratiempos de la vida; y será, en esas mismas manos, donde tendrá que poner tantas adversidades, como llegarán hasta él a través de sus hermanos, a los que sirve.

EL MARCO PERFECTO

Este es el marco perfecto, en este momento en el que se celebra la fiesta del Corazón de Jesús, para que cada sacerdote ponga su vida ante el Señor, para que sea Él mismo, el que las purifique y las fortalezca: y, después esperar pacientemente, hasta decir de corazón:

Ya no tengo quejas ni frustraciones, vivo contento en medio de todos los acontecimientos, porque ahora tengo la seguridad de que, en todo lo que me ha pasado Él estaba allí, nada ha sido inadvertido para su corazón.

Sé que en el mundo, todos tendremos conflictos y trances difíciles, pero no tendremos miedo, porque ¡Él ha vencido al mundo!