CARIDAD Y ORACIÓN Por Ángel Gómez Escorial La semana pasada me refería al problema de la sabana corta y estrecha. Es decir, que hace, a los que duermen, estar tirando continuamente de ella para cubrirse. Realmente si es muy corta y muy estrecha también incomoda a los que duermen solos. Y, en fin, hago esta puntualización por un correo recibido de un lector… y que puede verse en la sección de “Testimonios” Pero no es de ese lector de quien quiero hablar. Es volver a lo mismo de la semana pasada, aunque no ya con pecados tal como se aludía en mi anterior carta, sino con aptitudes y actitudes dentro de la vida cristiana que pueden no ser razonables, aunque lo parezcan. Se dan dos figuras de católicos con un cierto extremismo que en nada ayudan a la expansión del Reino de Dios. Están los que se desviven por los demás, que trabajan en los despachos parroquiales de Cáritas y que su trabajo e impronta es fundamental dentro de la doctrina que Cristo nos mostró, pero que luego olvidan la oración, o no frecuentan los sacramentos o, incluso, llevados de una cierta tendencia al análisis histórico en exclusiva, niegan, o no creen, en muchas cuestiones que son fundamentales en el catolicismo y que se basan en la Tradición. Hay otros católicos que, inmersos en un pietismo exagerado, no hacen más que ejercitar sus devociones sin límite. Pero que no piensan en los demás, sólo en ellos. Ciertamente, se lo pasan bien con sus presencias en el templo y con sus largos rezos ante el Santísimo, pero, como los fariseos, dejan de morir de hambre al débil, al que no ha podido defenderse de la vida o, también, al que tiene una conducta reprobable, según la moral general. Ninguno de los dos supuestos es bueno, aunque en ambos se contengan cosas adecuadas. Por un lado hay que decir que Jesús de Nazaret atendía a los hermanos enfermos y excluidos hasta la extenuación, pero sacaba tiempo para subirse en alto y rezar a su Padre, a nuestro Padre. Esos bienaventurados –y los llamo así con entusiasmo—que gastan su tiempo en ayudar a los demás, deberían incrementar en el tiempo y el espíritu su cercanía a los sacramentos e, incluso, a algunas sencillas devociones –como pasar un rato ante el Sagrario—que nos ayudan a mejorar nuestra oración. Es decir, nuestra relación con Dios Los otros, los más “devocionales”, los que sólo piensan en ellos cuando rezan, y apenas miran a su entorno, deberían saber que ese no es un camino cristiano. La fórmula es muy sabida: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo…”, incluso amar al prójimo más que uno mismo, porque, por ejemplo, la frase de “la caridad comienza con uno mismo”, esconde para muchos una desatención permanente a los hermanos. No es cuestión de estar tirando de la sábana de un lado a otro constantemente. Es mejor buscarse una sábana de tamaño adecuado o, incluso, dormir sin ella, porque a veces el frío es más soportable que la tensión por encontrar nuestra ración adecuada de sábana.
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