Me resulta muy duro verme obligada a tratar justicieramente a un indigente y ayer me vi abocada a hacerlo para defender al voluntariado de Cáritas de mi parroquia. La mayoría de la gente necesitada que se acerca lo hace con sencillez. Muchos apenas se defienden con el español; otros, bien nacionales o hispanohablantes expresan su situación hasta con vergüenza, como si fueran ellos los culpables de su pobreza. Les escucho y les conduzco hasta la puerta de Cáritas. Si con todo el mundo trato de ser cortés lo soy especialmente con ellos, para que su dignidad no quede menoscabada en el tiempo que permanecen en la parroquia. Suelen dar las gracias. En las últimas semanas se acerca una joven, no tan joven, que confunde Cáritas con el Banco de España. Sólo quiere dinero, se niega a ir a los comedores sociales porque la gente que va allí no cumple el perfil del ciudadano medio, que no cumple ella por cierto. En cuanto se la lleva la contraria lanza una cascada de improperios y amenaza a las voluntarias que, como yo, intentamos empatizar con quien nos pide ayuda. Alguna vez que otra, nos rascamos los bolsillos propios y les pagamos un bocadillo, si exclaman con insistencia que ese día no han comido. Pero lo de esta chica es especial. Su capacidad de fabular es superior al mejor literato, sin darse cuenta que en ella se cumple el viejo adagio que dice que antes se coge al mentiroso que al cojo. Mi barrio, de unos 25.000 habitantes, es lo suficientemente pequeño para cruzarte con casi todo el vecindario a lo largo del día. Pues bien, a lo largo de varias semanas contemplamos, que no vigilamos, la vida disipada de esta mujer entre bares, vino, tabaco. Ayer vino a disculparse por una mala contestación que me había dado. Sabía de antemano que su disculpa era fingida y que el motivo de su visita al despacho era rebatirme e insistir en su negativa a ir a comedores sociales. Como sus maneras manifestaban xenofobia racial y social tuve que encararme con ella con un lenguaje duro, al tiempo que defendía a los débiles. No hay situación más triste que un indigente desprecie a otro. No hay cosa más triste que una mujer denigre a otras mujeres que, por la circunstancias se han visto abocadas a prostituirse. No hay actitud más triste que la de pedir a golpe de bayonetazos y de mentiras. Socava su dignidad, paradójicamente, cuando exige con virulencia sus derechos sociales y cuando esgrime un discurso visceralmente xenófobo. La pobreza no es romántica, ni bella, ni bienoliente. La pobreza no nos convierte automáticamente en seres angelicales, indefensos. En ocasiones aflora la parte más mezquina que todo ser humano llevamos dentro. Más de una vez he citado el libro de Viktor Frankl “El hombre en busca de sentido” donde el autor narra su experiencia en un campo de concentración nazi y donde su ojo avizor de psiquiatra le hacía fijarse que muchos de los encarcelados trataban peor a sus compañeros que los propios guardianes de la SS. ¿La pobreza obliga a mentir, a engañar a quien pretende ayudar al indigente? Imagino que es un mecanismo de defensa que llevamos todos incoado, sólo que la mayoría, por nuestra favorable situación económica, no ponemos en acción. Quiero interpretarlo así, después del enfado que me llevé ayer. Al cerrar el despacho, subiendo la cuesta de mi calle, rumiaba mis frases duras. Y para reconciliarme conmigo tuve que lanzarme esa pregunta: ¿Y si fueras tú ella? Feli Alonso Curiel Bilbao, España NOTA DEL EDITOR.- Interesan mucho las experiencias pastorales de Feli. Su descripción de su trabajo en Cáritas da el perfil de muchos hermanos que, en las parroquias, trabajan y luchan para ayudar a los más necesitados.
Hace unos días, tuve la gran suerte de acompañar a un buen amigo mío a la celebración, del Sacramento de la primera comunión de su nieto. La ceremonia resulto brillante y hermosa, tanto por el Celebrante que la presidía como por el recogimiento y devoción de los niños que vivían el acto. Tengo que confesar que la emoción me embargó durante toda la misa especialmente en el momento en el que los niños fueron recibiendo el Cuerpo de Jesús. De igual manera resultó muy bella la homilía que nos regaló el celebrante. Tener presente, comenzó diciéndoles, que Jesús a través de su vida pública, quería y deseaba verse rodeados de niños, porque ellos son el misterio de una vida que empieza llena de esperanza. Les recordó el pasaje de Evangelio de Lucas, cuando algunos presentaban a sus niños para que Jesús les tocara, impidiéndoselo sus discípulos, a lo que Jesús enojado les dijo “Dejar que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Y Jesús los abrazaba y los bendecía. Y recuerdo, la espontánea pregunta llena de inocencia de uno de los niños: Padre, ¿que es el cielo? El cielo le contestó, es todo aquello que uno no puede alcanzar con la mano, sino con el corazón. Es, esa manzana que prende de un árbol y que deseas coger, pero debido a su altura, no puedes lograrlo sin ayuda de alguien. Y el cielo es, el amor y el respeto que debemos a nuestros padres y familiares, a nuestros profesores, a nuestros amigos, en definitiva, a toda persona con la que nos crucemos en nuestra vida. Todo esto en la tierra, es para nosotros el cielo, ese lugar que existe más arriba de las estrellas. Concluida la ceremonia eclesiástica y sin apenas darme cuenta, los recuerdos regresaron a mi mente y me transportaron en el vehículo de la nostalgia, hasta aquel florido y soleado día del mes de Mayo de 1949, en el que yo recibía ese mismo Sacramento. Aquellos tiempos eran distintos a los de ahora. Tiempos difíciles y economías familiares que no dejaban lugar para gastos “especiales”, como muy bien podría ser la celebración de la primera comunión de un hijo. Los recordatorios que con tal motivo se entregaban, eran tan sencillos como los trajes que vestíamos. Trajes que muchas veces, eran heredados de cualquier familiar, amigo o vecino. La modesta invitación que la familia ofrecía por el acontecimiento, solía hacerse en los propios domicilios a donde acudían familiares y amigos muy especiales. Sin embargo, dentro de la sencillez, el ambiente se impregnaba de una radiante felicidad y tanto los niños, como los que les acompañaban, disfrutaban de una paz y una alegría que había deparado, la venida del Niño Jesús al inocente y puro corazón del niño. No sé, pero tengo la impresión de que para aquellos niños el día de su primera comunión, era un día muy especial y enormemente deseado, pues iban a recibir en su corazón por vez primera, al Niño Jesús. Y esto, sencillamente, era suficiente para que la alegría invadiera sus pequeños cuerpecitos. Ahora y por supuesto, no dudando de su magnífica preparación por catequistas y sacerdotes, los niños andan revolucionados, probándose vestidos adquiridos en estupendos comercios. Sometiéndose a duras sesiones fotográficas, para realzar sus recordatorios y esperando impacientes, el día señalado, para después de la celebración eucarística, acudir a un buen restaurante, compartir con sus invitados un reconfortante ágape, y una vez finalizado, recoger infinidad de estupendos regalos. No obstante, lo que no me cabe la menor duda, es que tanto los niños de entonces como los de ahora, habrán pedido al Niño Jesús que llevan dentro con la seguridad de que serán escuchados, que sus mayores, sean más tolerantes, pacificadores y dialogantes. Y que sobre todo, se preocupen de dejarles un mundo mejor, en el que todos estemos unidos y viviendo en paz, cediendo de sus derechos en beneficio de todos. De cualquier forma, todos estos recuerdos han venido así, al asistir a la primera comunión del nieto de mi amigo, reconociendo que esto corresponde a un tiempo pasado, un tiempo que yo casi siempre quiero recordar, no sé si porque fue mejor o peor, pero sobre todo porque existió formando parte de mi vida. En todo caso, estoy convencido de que los tiempos han cambiado, seguramente para bien, pero ve y adivina. José Guillermo García Olivas Madrid, España NOTA DEL EDITOR.- Excelente trabajo de José Guillermo que arroja sabiduría y sensibilidad.
Me ha gustado gusto su Carta sobre la sábana corta y estrecha. Y tiene razón. Cada grupo, yo diría cada persona, hace “más mortales”, unos pecados que otros. Para algunos la cuestiones de sexo son muy graves mientras que apenas tienen en cuenta la falta de amor y de asistencia a los hermanos. Para otros, defienden la ayuda a los más necesitados y, sin embargo, desprecian a los hermanos más piadosos, más cumplidores de las devociones. Bueno, yo creo que Dios que es infinitamente misericordioso sabrá personar a todos y, sobre todo, de hacerse un Dios a la medida. Gracias por Betania, y gracias por sus magníficos colaboradores Pedro Castro México DF, México NOTA DEL EDITOR.- Agradecemos a este lector de México, que ya nos ha escrito otras veces. Tiene toda la razón.
Su carta, Señor Editor, es un disparate. ¡Claro que no todos los pecados son iguales! Y claro que la falta de limpieza de corazón y la suciedad del sexo está destrozando a la sociedad actual. Y en cuanto a su ejemplo de quien tira más de la sábana cuando se duerme, por ser corta o larga, tengo que decirle que yo duermo solo y no tengo ese problema. En fin, Señor Editor, menos bromas Luis Arranz Valladolid, España NOTA DEL EDITOR.- No se lo tome a mal, don Luis, pero usted, evidentemente, confirma perfectamente la teoría expuesta en la Carta del Editor de la semana pasada. Gracias por su aportación.
Agradezco la tranquila ironía del Editorial de Betania. Es verdad que los laicos ni cortamos, ni pinchamos apenas en las decisiones finales de las parroquias, al menos en las que yo conozco. Pero, ¿donde vamos a ir? Ahí servimos a Dios y a los hermanos y ya nos dijo Jesús que no iba a ser tarea fácil. Yo ya estoy curada de espanto y no pretendo que mi párroco me entienda, me contento con que nos llevemos bien y que sea un buen pastor para mi. Sí, sí. Eso del Año de los Laicos estaría muy bien. Saludos cordiales, Carmen Sevilla, España NOTA DEL EDITOR.- Agradecemos a Carmen, lectora habitual desde hace muchos años, su correo. Y gracias por su buen humor y humildad.
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