TALLER DE ORACIÓN

MI ALMA ESTÁ SEDIENTA DE TI, SEÑOR, DIOS MÍO

Por Julia Merodio

Puede parecer reiterativo que la liturgia nos presente, una y otra vez, la pregunta de Jesús ¿Quién dice la gente que soy Yo? Y con redundancia, insistiríamos también en lo de siempre, la mayoría de la gente no sabe quien es Jesús, pero paradójicamente todos se creen en el derecho de hablar de Él.

Más, llega la segunda pregunta: y vosotros ¿Quién decís que soy? Esta pregunta, tan manida y vapuleada, no nos pide en realidad una respuesta, sino una aceptación. ¡Qué mal lo entendieron los discípulos y qué mal seguimos entendiéndola nosotros! Posiblemente la realidad consista en que no nos interesa demasiado entenderla, ya que el hecho nos complicaría demasiado la vida. Sin embargo, cuando la persona, no sólo responde a lo que se le pregunta, si no que además reconoce a Cristo como lo esencial de su vida, la contestación deja de emitirse para pasar a la exclamación: “¡mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío!”

LA SED

La sed es lo más elemental en el ser humano, si nos faltase agua moriríamos. Sin embargo, resulta significativo que en el planeta Tierra, donde las tres cuartas partes de su superficie están cubiertas por mares y océanos, dos millones de personas se mueran, cada día, de sed y más de cinco millones mueran, cada año, por enfermedades relacionadas con el agua.

Con frecuencia llegan hasta nosotros llamadas de ayuda para hacer pozos, para potabilizar el agua, para saciar la sed de toda esa gente que no tienen medios para acceder a ella.

También es España se han vivido problemas de agua no hace demasiado tiempo. Cuántos de los que vivimos hoy hemos visto o nos han contado, que nuestras abuelas tenían que ir lejos a buscar el agua en fuentes públicas y llevarla a casa, en recipientes pesados, para que toda la familia pudiese tener cubiertas sus necesidades más básicas. Gracias a Dios ese problema que tanto esfuerzo suponía fue solucionado y así vemos, aunque pocas veces nos detengamos en ello, que con sólo abrir un grifo tenemos todas nuestras apetencias cubiertas.

Sin embargo, sorprende sobre manera que, habiéndose solucionado el problema del agua, no se haya terminado con el inconveniente de la sed. Hoy tenemos otro tipo de sed y otro tipo de agua. Una clase de sed que es difícil de saciar y un tipo de agua que cuanto más se bebe más sed produce y lejos de colmar nuestra necesidad, la aumenta de manera insaciable.

Pero… ¿Dé qué tiene sed la gente de hoy? La gente de hoy tiene sed de poder, de fama, de dinero, de salud, de bienestar, de trabajar lo menos posible cobrando sueldos que impresionen; la gente de hoy tiene sed de influencias, de comisiones abusivas, de conseguir lo que persigue sin importar el precio ni la forma de llegar a conseguirlo…

Y por eso, al tener agua en abundancia, el ser humano se ha olvidado de Dios. Ha tirado el cántaro, le parece ridículo buscar agua en un pozo, ha destruido la soga y se cansa de buscar lugares donde saciar su sed; lugares… en los que, ciertamente le será difícil encontrar a Dios.

COMO TIERRA RESECA

Somos tendentes a no dar demasiada importancia a lo de dentro, y es lógico ¡cómo no se ve! Sabemos que, lo que predomina en el mundo actual, son las apariencias de ahí que no nos importe en absoluto que nuestra alma se seque, se cuartee, se desertice… Mientras no tengamos arrugas, aparentemos unos años menos y las cosas nos vayan lo mejor posible, tampoco vamos a preocuparnos demasiado.

Sin embargo todos hemos comprobado, alguna vez, que cuando a la gente le llegan los apuros recurren a Dios; da igual que sean agnósticos, indiferentes, no practicantes… incluso que se vayan declarando ateos, en los momentos difíciles de la vida pedimos, suplicamos, prometemos… y, muchas de las veces cambiamos de escala de valores y manera de vivir.

NOS BUSCÓ PRIMERO

Acabamos de situarnos en la enseñanza del evangelio de Juan, no es que nosotros busquemos a Dios, es que Dios nos ha buscado primero. No importa que busquemos sin encontrar, algún día encontraremos sin buscar. Ese es nuestro Dios, el que no se queda quietecito metido en el templo para el que quiera ir a verlo; Él sale a la calle, al mundo de la empresa, a la política, al campo de la ciencia, a cualquier rincón de la sociedad… y no puede ser de otra manera, Dios está donde haya un ser humano, ya que lo habita en plenitud y está dentro de él. Y Dios no busca a la persona para presionarla, para coaccionarla, para imponerle una determinada norma de conducta, como muchos quieren hacernos ver, Dios nos busca para ayudarnos, consolarnos, confortarnos… para ofrecernos su compañía aunque ni siquiera nos demos cuenta de ello.

Él es el único que nos da esa clase de agua que quita la sed para siempre, esa con la que ya no tendremos más sed, la que sacia de verdad… porque, en ella, Él nos ofrece su Don.

Cuando elijo para la oración estas palabras, que tanto me apasionan de: “Señor, Tu eres mi Dios, por ti madrugo…” veo a Jesús, como nos lo muestra el evangelio, saliendo de madrugada, al amanecer, muy de mañana… a un lugar solitario para comunicarse con su Padre.

INTERIORIZAR

¡Si fuésemos capaces de tomarnos un tiempo para interiorizarlo! San Agustín lo hizo y de tal manera que, su doctrina en torno a la oración, la cimentó cogiendo versículos del salmo 62 donde aparecen estas palabras.

Pero esto no es lo cotidiano en nuestro caminar. En más o menos medida, todos hemos comprobado como el desamor envuelve la humanidad, la reseca, la agrieta, la marchita… Solamente, si fuésemos capaces de levantar los ojos y el corazón a Dios, volvería a nosotros la sed de lo auténtico.

Pongámonos delante del Señor, hagamos silencio, dejemos que sea Él mismo el que nos pregunte, pidámosle del agua que sacia la sed… y digámosle desde lo profundo de nuestro corazón: “Señor: Haz que bebamos con gozo de las fuentes de la Salvación”