FE, OBJETIVIDAD, LIBERTAD Y VERDAD Por Ángel Gómez Escorial El mundo de la fe, de la relación con Dios, también puede verse afectado por la verdad, por la mentira, por al tristeza, por los engaños, por las malas jugadas de la subjetividad. Y si hay alguien que mejor ha definido esa cuestión es Ignacio de Loyola con la experiencia personal de su conversión y que luego vertió en el libro de los “Ejercicios Espirituales”. Y él mismo lo describe en su Autobiografía cuando se da cuenta que pensar en sus viejas correrías galantes le producía tristeza y, sin embargo, cuando pensaba en la vida de los santos y en lo que él podría hacer como ellos, una gran alegría le llenaba en ese momento. El sufrió, asimismo, de grandes escrúpulos que le dañaron considerablemente, hasta tener tentaciones de quitarse la vida. Los términos “consolación y “desolación” fueron, asimismo, descritos por San Ignacio. Habla, por supuesto, Ignacio del alma agitada por los varios espíritus. Y ante eso crea el sistema del discernimiento, del análisis objetivo –con ayuda de Dios—para encontrar el mejor camino posible. SENTIDO TOTAL DE LA VERDAD Una de las sorpresas mayores que me llevé cuando iniciaba mi camino de fe, mi conversión, fue un sentido de la objetividad que se alojaba en mi y que, desde luego, con anterioridad no era muy frecuente. Yo era muy subjetivo en mis análisis y además en exceso imaginativo y “mentiroso”. Lo primero que uno se da cuenta es que, por supuesto, no se puede engañar a Dios, pero también que es absurdo engañarse a uno mismo. Hasta entonces yo buscaba autoengaños para no asumir mi verdad, ni mi responsabilidad. Y ello hace que, en el fondo, se viva un mundo irreal que en nada responde a la realidad que nos circunda. La mentira y la comodidad se apoderan de nuestra vida interior y de nuestra vida exterior, la que se relaciona con los demás. Jesús de Nazaret aplicó a toda su enseñanza una gran objetividad, un sentido total de la verdad todo ello muy alejado de lo subjetivo o de las falsas verdades que creamos en nuestro interior. Cuando dice que “cada día tiene su afán” está, sobre todo, eliminando el efecto perverso –y subjetivo—del miedo al futuro. Hay gentes que pasan la vida temiendo lo que les puede llegar al día siguiente sin reparar en la belleza del día presente. Es verdad que todo subjetivismo supone un encerrarse en sí mismo, una especie de golpe de soberbia en lo que todo se mide según la vara de medir propia, sin tener en cuanta nada más. EL ENGAÑO DEL ENEMIGO La otra frase impresionante de Jesús es aquella que dice: “Y la verdad os hará libres”. Realmente, estamos ante uno de los pensamientos de Jesús más grandes y de mayor provecho para la vida interior. Si somos capaces de encontrar la verdad. Y la verdad no es otra cosa que un hecho de nuestra vida, o un conocimiento de nuestro intelecto, debidamente analizado con la máxima objetividad que nos trae que es cierto, recto, de una sola cara y, en general, común a muchos. A partir de encontrar esa verdad seremos libres, porque es la mentira lo que más esclaviza. La mayor parte de las tentaciones promovidas por el Enemigo no responden, simplemente, a la sugestión para hacer algo que está contraindicado, que no es bueno para nosotros y que responde, según nuestra fe, a conductas que Dios no aprueba. No. El enemigo sólo ofrece engaños, complicadas cuestiones que llevan a ofender a Dios sin conexión con la realidad. Ataca dentro de un mundo de fantasías y mentiras. Ese es el chasco. Engañados –incluso dicho aquí con un cierto cinismo objetivo—por algo inexistente e imposible. De ahí que merezca la pena seguir el consejo de Ignacio de Loyola de discernir sobre los espíritus que conforman nuestros actos y hasta nuestras opiniones. Puestos en la presencia de Dios, y pidiéndole que, en ese ejercicio de decisión que vamos a acometer, no haya nada contrario a su voluntad, examinemos lo que más nos ocupa o nos preocupa y encontremos una respuesta. Es seguro que encontraremos la verdad que nos ayude a mejor actuar.
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