AYER CONOCÍ A PABLO

Por David Llena

Es uno de los muchos sacerdotes, que de forma oculta siembra el bien a su alrededor. Que se esmera en vivir el Evangelio, en vivir unido a la Vid, en ser puente entre Dios y los hombres, canal por el que circula el Amor desde Dios hacia su criatura, desde el Amor hacia el amado.

Para Pablo, lo principal es Dios. Y por tanto deja su ser, se niega a sí mismo para acoger, para dejarse acoger por Dios. También era, filósofo, teólogo, pero solo eran añadidos a su única vocación: El sacerdocio.

Pablo era normal, destacaban sus cualidades: alegre, buen orador, disponibilidad 100%, pero muchos hay que también destacan en estas cualidades, sin embargo, el gran secreto de Pablo es la oración. Se intuía entre las palabras que sus amigos me contaban. Ese es el gran tesoro a descubrir, esa perla preciosa por la que merece la pena dejar el resto de las perlas. Es la oración el camino para llegar a Dios, y claro está, la principal oración se realiza en la Eucaristía, con la Eucaristía…

A Pablo le gustaba elevar a Cristo sacramentado, bien alto, allí desde donde todo el mundo pudiese verlo. En ese impasse, donde el tiempo se para, donde el instante mira al más allá, el cielo estaba más cerca, la creación se retrotraía, y el ahora tomaba forma de eternidad.

Cristo también subió a una montaña, donde mostró su Gloria a sus discípulos, para luego bajar a abrazar la muerte en una Cruz. Esos son los caminos inescrutables del Padre. ¡Con el bien que hacía este sacerdote!

Pero Cristo refiriéndose a Él mismo dijo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto.

Pablo, al bajar de su encuentro con Dios Eucaristía, cayó en tierra y murió, para retornar a encontrarse con Dios fuera de la redondez del pan ácimo. Cruzó la puerta, como ese niño que empieza a vivir fuera del seno de su madre. Ya no necesita el alimento que le da la Madre Iglesia, ahora vive en la eternidad con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo.

Ahora nos toca a nosotros, seguir esos trazos dejados por Pablo. Vivamos, como él, y alimentémonos como él, siempre dentro de la Iglesia. Si queréis conocerle, no dejéis de ver:

“La última cima”. www.laultimacima.com

 

HISTORIA DE NUESTRA FE (3)

Por Pedrojosé Ynaraja

Se habla frecuentemente de las religiones monoteístas o de las del libro. Yo mismo he venido refiriéndome a la Fe como a un hecho humano histórico y evolutivo, y no reniego de lo escrito. Ahora bien, por muy verdadero que sea, pienso que no es este el camino para llegar y conservar la Fe. Ni Pedro, ni el mismo Juan, sabían tantas cosas como se pretende a veces enseñar a los chiquillos que se preparan para empezar a comulgar.

Suelo decir que no estoy seguro de nada, ni siquiera de la existencia de Dios. Tal afirmación extraña. En mis tiempos de seminario estudiábamos que el acto de fe es esencialmente oscuro. El que no esté seguro, no quiere decir que no esté convencido. En los momentos de duda, de oscuridad, de tentación, no consulto libros. Mi reflexión es de otra índole, la hago abierto a alguien que tal vez existe, que no me será indiferente, si así ocurre, que deberá influir en mi vida, caso de que él subsista. No olvido el espíritu crítico, pero trato de conservar la humildad. No me trago ni el “pienso, luego existo” (pienso, luego existe el pensamiento, sería más correcto afirmar) ni otras pruebas de ámbito filosófico o científico. Un dios creador de los primeros protones y electrones, y nada más, me dejaría frío. Preciso un dios amigo entrañable. A un amigo no se le pide ni el Documento de Identidad, ni la huella dactilar, ni su código genético. Evidentemente, se le pide amor.

Cuenta Juan en su evangelio (1,38) que dos discípulos del Bautista, se interesan por el Maestro y Él les lleva a su casa. Pasan una jornada con Él y sabiendo entonces como vive, vuelven dispuestos a incorporar a otros, al equipo de Jesús. La Fe cristiana es fundamentalmente una experiencia. Y la experiencia más sencilla se vive en la oración.

Una criatura amada por su familia está capacitada para aceptar que el Niño Jesús es su amigo y rezarle con inocencia. Las oraciones infantiles no son ñoñas, si quien las recita es un niño. Un crío que ha aprendido a ayudar, por ínfimo que sea su servicio, iniciado en la generosidad, será capaz de pedir a Jesús por su abuelito que está enfermo o que ayude a salir de la cárcel al tío, padre de sus primitos, que allí está encerrado. Si los padres son conscientes del amor del Señor por los niños, deben tener la suficiente humildad para decirles que intercedan ante Dios por las necesidades familiares. Los ejemplos mencionados no han sido escogidos al tuntún, son vivencias propias.

La oración del niño puede ser ingenua, humilde, sincera. No importa que tenga dosis de egoísmo. Si la madre corta el pastel en trozos desiguales e interiormente dice él: Dios mío, que me toque el grande, será egoísta, pero sincero. Me contaba alguien hace años por la plaza del Pilar de Zaragoza: ¡cuantas veces de pequeña le había pedido a la Virgen que me comprasen una bicicleta! (eran tiempos de guerra civil). Me lo decía avergonzada. Le dije: lo malo no fue tu oración, lo malo es que tu hijo ahora no sabe rezar. Recuerdo que debía dar una charla en un colegio religioso a chiquillas de 11 o 12 años. Me advirtió la profesora: a estas niñas ya les he explicado las tres fuentes que originaron el texto del Pentateuco. No opino que sea este un buen inicio. Con las teorías religiosas, como con las políticas, se puede manipular todo y llevar a extremos desconcertantes, sumiendo a la persona en triste desconsuelo. Y una fe que no haga feliz es una fe pobre.