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LOS CUARENTA AÑOS DE AMOR DE FERNANDO

Con frecuencia me reúno a comer con antiguos compañeros de trabajo, para charlar y a veces, recordar nuestra pasada vida laboral en el Laboratorio.

Me encuentro encantado y feliz por pertenecer a un grupo de buenos amigos, que haciendo gala de la buena amistad que nos une, permite poder penetrar y profundizar en algún problema familiar o personal que en ese momento nos preocupa o por el contrario participar de nuestra alegría por algo hermoso y bello que nos haya ocurrido.

En nuestra última reunión, Fernando, persona especialmente optimista y con una sinceridad aplastante, nos comentaba que recientemente había cumplido setenta años; llevaba felizmente casado con Alicia cuarenta y nos confesaba que hoy día, continuaba totalmente enamorado de ella, a pesar de haber tenido como cualquier matrimonio, sus pequeñas o a veces grandes diferencias

Estoy convencido, nos decía Fernando, que todo hombre o mujer lo creamos o no, reunimos una gran cantidad de defectos. Pero también es verdad que nosotros hemos sabido aceptarlos procurando combatirlos y eliminarlos para que de este modo no enturbiaran nuestro amor.

Esta, es una tarea por supuesto nada fácil porque a veces resulta de lo más difícil el reconocer uno mismo sus propios defectos. Sin embargo estamos convencidos que nuestro amor, ante todo y sobre todo, está por encima de nuestras diferencias.

Opina Fernando, que un punto importante en el matrimonio es la fidelidad que hoy en día parece no estar de moda, aunque está convencido que son muchos más los matrimonios fieles que los que presumen de lo contrario.

Mi discreta opinión y así se lo hago saber a mi amigo su matrimonio de como el de tantos otros, no entrarán en la historia de las parejas ilustres, pero yo no cambiaría su amor y fidelidad por todos los brillos del mundo.

Hay una enorme verdad. Quien teme al amor eterno, debe ser sincero consigo mismo y reconocer que su amor es demasiado corto, o que su orgullo es demasiado grande para aceptarlo.

Alguien decía, que basta mirar a un hombre para saber, sin ánimo a equivocarse, si de verdad está o ha estado enamorado. Quizás lo refleje ese brillo de los ojos que miran la vida positivamente, como lo hacen Fernando y Alicia y que se atreven a creer en el amor, habiendo sido fieles a esa decisión.

Es importante elogiar sin rodeos a esas personas que se atreven a seguirse queriendo por encima de todo, uniendo si cabe aún más los lazos del amor que les une. Porque esto lo creamos o no, es una de las cosas que sostienen este mundo nuestro, tan viejo, pero tan nuevo al mismo tiempo.

A mi me parece, que lo que ocurre en algunos matrimonios que por desgracia pierden el amor, es simple y llanamente porque entre otras cosas, ignoran que existe una planta que crece en abundancia en la mayoría de los corazones humanos que es el egoísmo mondo y lirondo.

Recuerdo que cierto día, un viejo amigo mío licenciado en psicología, me comentaba las etapas por las que pasaban un buen número de matrimonios.

La primera y debido a la plena felicidad que ambos disfrutan, su natural enamoramiento no les deja ver los defectos del otro. Una segunda algo distante de la primera, es la etapa en la que esos defectos comienzan a aparecer e incluso a molestar, preguntándose si no se habrán equivocado en la elección de su pareja. Y una tercera, posiblemente muy cercana a la segunda es la etapa en la cual, solo se ven esos defectos y uno piensa si será capaz de aceptarlos.

Por suerte, nos decía nuestro viejo amigo, no siempre es así y uno encuentra matrimonios que han aprendido a ver las virtudes de su pareja y saben disimular sus defectos. Simplemente porque se han dado cuenta que ese camino les conduce por un camino más derecho hacia la felicidad, al sentirse comprendidos en sus fallos y valorados en sus virtudes.

Con un rostro iluminado por el aplastante amor que Fernando profesa a su esposa Alicia, cerró esta hermosa reunión de amigos confesándonos que al final descubrió que había sido más querido de lo que nunca se hubiese atrevido a imaginar.

Terminada la comida brindamos por nuestra vieja amistad convencidos de que al final, el amor verdadero siempre gana.

José Guillermo García Olivas

Madrid, España

NOTA DEL EDITOR.- Estupendo relato de José Guillermo que agradecemos mucho.


UN BUEN EDITORIAL

Aunque no siempre estoy de acuerdo con la línea editorial de Betania, tengo que decir que me ha gustado el comentario de esta semana porque define muy bien dos tipos de creyentes que nos solemos encontrar frecuentemente en nuestras parroquias. Es un buen editorial. Y si se me permite voy a ser más radical que ustedes. Pues sí hay unos hermanos hiperactivos, que hacen un muy bien servicio en la ayuda a los demás, sobre todo, en los despachos de Cáritas, pero que se les olvida rezar y hasta creer. A lo sumo solamente ven en Jesús sus capacidades curativas y asistenciales olvidando las enormes enseñanzas de amor total a Dios y a los hermanos. Y en esa totalidad, no solo están las necesidades –importantísimas—materiales. Los otros, los devocionistas y rituales son aún peores porque apenas sirven para nada la comunidad. Se contentan con ir la iglesia, no saludar a nadie y vivir su soledad en el lugar menos solitario del mundo: la cercanía de un sagrario. Bueno, no es corrección en absoluto a su editorial. Es una ampliación, soy sacerdote de la diócesis de Barcelona.

Alex

Barcelona, España

NOTA DEL EDITOR.- El Padre Alex –que no se llama así—si nos parece un tanto radical en su relato, pero, tal vez, faltaba un poco de radicalidad a nuestro editorial. Le animaos a que nos escriban más.


MÁS SOBRE LOS LAICOS… Y SOBRE LOS CURAS

Quiero referirme hoy, con algo de retraso, a su editorial el Año de los Laicos. Soy laico que trabajo en una parroquia de Madrid. Y estaría de acuerdo con que la Iglesia dedicara un año a los Laicos. A convocar el Año de los Laicos. Y, en general, estoy de acuerdo son sus apreciaciones. Pero no sé si los laicos soportarían el fuerte adoctrinamiento que desde el Vaticano se ha hecho con los sacerdotes. Parecía como si todos los curan fueran un poco malos o necesitaran de revisión o mejora. Los laicos, creo yo, no íbamos a aguantar tanto. Pero yo no me flagelo con que los curas –mi párroco y sus sacerdotes colaboradores—hagan un poco lo que quieren en el interior de la parroquia sin tomar en cuenta, apenas, nuestros criterios. Eso lo sabía yo desde el principio. Se colabora en la parroquia no en busca de agradecimiento si no para ayudar a los demás, incluso a los que no dejan ayudar.

Saludos Cordiales

R. Martín

Madrid, España

NOTA DEL EDITOR.- Sagaz comentario que, en casi todos sus términos, suscribimos.


AGREDECER LA SECCIÓN DE NOTICIAS

Les escribo desde Buenos Aires y hace muchos años que entro en Betania. Últimamente, le estoy dando especial atención al espacio de Noticias, donde me interesan mucho los textos íntegros de discursos y homilías del Santo Padre y algunas entrevistas. Sigan así que hacen un gran bien a la comunidad de creyentes.

Luis Sanz

Buenos Aires, Argentina

NOTA DEL EDITOR.- Pues muchas gracias a nuestro lector ce Buenos Aires. Nos parece que ya nos ha escrito otras veces.


EL MUNDO DE LOS TORTURADOS Y LA CASTA DE TORTURADORES

El mundo de los torturados es un mundo crecido y creciente para desgracia del linaje. Son numerosas las personas, poblaciones enteras, las que continúan sufriendo lo inimaginable. Unas veces por el mero hecho de no convertirse a una religión. Otras veces porque el individuo representa a una raza determinada. También son frecuentes en nuestros días las violaciones de los derechos humanos de los migrantes en manos de traficantes ilícitos. Asimismo, muchos de los niños refugiados han vivido experiencias traumáticas al ser testigos del incendio de sus casas, de las torturas y demás atrocidades que han presenciado contra su gente. Tampoco puede ignorarse, el problema de la represión sistemática o selectiva, que sigue padeciendo una buena parte de vidas humanas. En cualquier caso, frente a esta persistencia de la tortura en el planeta, hay que también reformar posturas y tomar conciencia del problema: la ciudadanía no puede permanecer insensible e inerte, pero mucho menos los gobiernos de los Estados. Por desdicha, en la mayoría de los países que cosechan torturas como quien cosecha trigo, no se debe a vacíos jurídicos, sino más bien a la falta de voluntad política de las naciones en hacer justicia, incumpliendo las obligaciones dimanantes del derecho internacional humanitario y del derecho relativo a los derechos humanos.

Hay una obligación humana de impedir los actos de tortura y hay que ejercerla. Las crueles hazañas de los torturadores y opresores, no sólo tienen que conocerlas el pueblo, hay que actuar contundentemente para que no se repitan y reparar los daños causados. Está demostrado que las víctimas que obtienen cierta forma de reparación y de compensación, de comprensión y ayuda, superan antes los daños sufridos, que suelen ser más de alma que de cuerpo, no en vano la realidad es el espíritu, que es aquello por lo que vivimos, amamos y somos lo que somos. En todos los crímenes contra la paz y la seguridad del globo, la casta de torturadores no descansa, si cabe aún se ensaña más. Por ello, quizás tengamos que ir más allá del espíritu de la ley universal y de su prohibición terminante de la tortura, por cierto incluso en situaciones de excepción o de conflicto armado, y ver la manera de que la conciencia humana se instale en las habitaciones interiores de todo ser humano. La tortura nunca es un fenómeno de un día, que surge por un conflicto, comienza mucho antes, justo donde está ausente el respeto germina el ánimo de los torturadores. Todos tenemos más necesidad de consideración que de admiración. El ser humano necesita ser considerado como tal y el someterse a la tortura, por divertimento o negocio del torturador, es lo más despreciable del planeta. Cuidado con este rumbo, porque un mundo irrespetuoso toma como victoria la arrogancia y el suplicio a los débiles.

Por esa falta de estima hacia toda vida humana, el mundo de los torturados es un mundo intenso, por el que desborda desesperación y venganza, y también un mundo extenso por la cantidad de torturas que abarca. Igual se alzan países contra países, gobiernos contra gobiernos, ejercitando la enemistad como suplicio, que se tortura a líderes políticos que piensan distinto al poder o se chantajea a personas necesitadas para que colaboren, muchas veces forzadamente, contra supuestos enemigos del gobierno de turno. La limpieza étnica es otra persecución que no cesa y que sigue profanando la dignidad de la persona humana. La tortura a los disidentes encarcelados en algunas prisiones es más de lo mismo, fruto de los extremismos más injustos. Son millares las poblaciones que viven a merced de torturadores sin moral. Hace falta, pues, redoblar los esfuerzos de prevención y protección, de justicia y de reparación a las víctimas, y esto ha de ser tarea globalizada, bajo la motivación de las instituciones internacionales, que son las que deben movilizar la voluntad política necesaria, con las reservas de coraje moral que todos poseemos como personas, para reventar la casta de los torturadores, auténtica lacra social.

El azote de la tortura, que devalúa al ser humano e inhumaniza al torturador, es un mal que nos degrada como civilización. Por sus efectos y causas debemos atajarlo cuanto antes, porque se basa en la burla a la persona y es un auténtico bochorno contra la humanidad. No olvidemos jamás que el tormento es, en su naturaleza misma, una guerra psicológica destructiva. Por tanto, no tiene justificación alguna y los torturadores deben rendir cuentas, por el hecho de causar daño físico o psicológico intencionadamente a un ser humano. En el mundo, varias Organizaciones No Gubernamentales (ONG) se movilizan a diario para ejercer una presión sobre los Estados que hacen uso de la tortura o practican tratos degradantes; pero si hay a alguien que debemos felicitar es a los héroes de la libertad y del amor, que desde diversas ONGs de derechos humanos, trabajan a destajo, y muchos de manera altruista, por erradicar el diluvio de violencias que nos torturan, incluso arriesgando su propia vida. Ellos dan luz a tantas detenciones secretas, igual alertan sobre el mantenimiento obligatorio de registros en las cárceles solicitando el acceso de inspectores independientes a todos los centros penitenciarios, que investigan la tortura a los refugiados o las violaciones de los derechos humanos a poblados oprimidos. La justicia internacional, de la que ahora empieza a hablarse y esperemos que también a considerarse, debe prestar atención y juzgar a los torturadores sin distinción alguna, peor será que los corazones se vacíen y el manantial de la vida se desangre por su culpa.

Víctor Corcoba Herrero

Madrid, España

NOTA DEL EDITOR.- Buen artículo de Víctor Corcoba. Ya hemos publicado algún otro.