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TALLER DE ORACIÓN SEÑOR, TÚ ERES MI BIEN Por Julia Merodio La liturgia del domingo vuelve a situarnos ante la llamada. Nos hemos situado demasiadas veces ante la llamada de Dios, pero quizá no hemos caído en la cuenta de que responder a la llamada significa “renace de nuevo” ya que ser llamado y responder afirmativamente conlleva: • Desprenderse de los fardos que arrastramos. • Dejar los apegos que nos esclavizan. • Decir adiós a las exigencias de la sociedad consumista. • Y entrar sin miedo a la plenitud de la pequeñez, de la inocencia. EL TESTIMONIO SIEMPRE MARCA Me gusta que en la Eucaristía, cuando celebramos la liturgia de la Palabra, aparezca siempre el testimonio de alguien que confió en el Señor. Me gusta que, entre las lecturas, se haga un descanso para orar con un fragmento de los salmos, aunque a veces dudo de que la gente lo vea así; y dudo porque después de escuchar la primera lectura, con más o menos atención, se nos propone una frase para contestar repetidamente entre estrofa y estrofa del salmo, que por tenerla que recordarla no nos deja interiorizar lo que la Palabra nos ofrece. De ahí que haya decidido detenerme, durante un tiempo, para interiorizar la temática de los salmos que tanta riqueza ofrecen a nuestras ceremonias. Todos sabemos que, con la opinión de las personas, a veces estamos de acuerdo y a veces no; pero cuando lo que se nos presenta es un testimonio no valen opiniones la persona lo ha vivido de esa manera y nadie puede entrar a rebatirle su realidad. Así nos introducimos en el testimonio que nos ofrece, la liturgia de esta semana, plasmado en el Salmo 15; es el testimonio de una persona abandonada en el Señor tanto en la dicha como en la dificultad, ya que el abandono en el Señor no nos libra de los momentos duros de la vida. Es ciertamente difícil entrar tanto en el sufrimiento como en el gozo de alguien, pero cuando el que lo experimenta es capaz de refugiarse en el Señor, será bueno llegar a él para aprender lo que tiene de grandeza y valentía tan regia actitud. No hay que ser demasiado sagaz para darse cuenta de que, el canto que se nos presenta corresponde a una persona que ha apostado todo por el Señor. Los estudiosos en la materia parecen coincidir en que era una sacerdote que estaba al servicio del templo y ha llegado a confiar de tal manera en el Señor que, de su corazón inundado de Dios brota este canto de paz y alegría. Son sus palabras las que nos muestran la clave de ese gozo: Ha encontrado el Tesoro escondido del que nos habla el evangelio y ha sido capaz de vender cuanto tenía para adquirirlo. “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano” ¡Qué lección para la gente de nuestro tiempo tan preocupada por las personas que sobresalen en la sociedad: artistas, modelos, cantantes de moda, deportistas…! Sin embargo, la persona que hoy nos irrumpe, solamente se preocupa del Señor y, eso le ha llenado de tal manera el corazón que decide compartirlo con los demás, así nos lo grita el salmo: “Yo tengo siempre presente al Señor…” ¡Que serie de grandezas desprende su vida! La confianza en Dios lo llena de: • Seguridad.- “Con Él a mi derecha no vacilaré” • Alegría.- “Por eso se me alegra el corazón” • Gozo.- “Se gozan mis entrañas” • Serenidad.- “Y mi carne descansa serena…” Por eso, este personaje del salmo, al contrario que nosotros no usa su tiempo para ver las cosas que le faltan, ni a las que ha renunciado; su tiempo lo utiliza para descubrir la belleza que, en todo lo creado le va reglando Dios. Por eso deja plasmadas estas sorprendentes palabras: “Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” MOMENTO DE ORACIÓN Creo que este debe de ser un momento para callar y admirar; para escuchar, para saborear, para plantearnos la vida, cuestionarnos e interrogarnos: - ¿Qué lote me ha tocado a mí? - ¿Me parece hermoso? - ¿De verdad me gusta, o hay cosas que me molestan? - ¿Cómo lo cuido? - ¿Acaso lo he tenido algún tiempo descuidado? - ¿Qué aporto a mi lo te para que sea fecundo? - Es cierto que, en el lote, también encuentro pruebas, dudas, peligros… ¿Los acojo, o no quiero contar con ellos? - Si mi lote no me gusta demasiado ¿Me desanimo? - ¿Cedo a soluciones fáciles, o me dejo instruir por el Señor? PALABRAS DE BENEDICTO XVI Además de mi recomendación para orar, quiero adjuntaros este testo de nuestro querido Papa Benedicto XVI, inspirado en el Salmo 15, para tratar la espiritualidad sacerdotal. Creo que, en un año, donde el sacerdote ha sido nuestro protagonista puede hacer mucho bien y supongo que os gustará tenerlo. El texto dice así: "Me interesa mucho insistir en la unidad de los dos Testamentos, deseo abordar ahora un texto del Antiguo Testamento, el salmo 16 (15 según la numeración griega). Los mayores de entre nosotros pronunciaron el versículo 5 de este salmo en el momento de recibir la tonsura, cuando fueron aceptados al estado clerical, casi como divisa de la misión que entonces asumieron. Cuando vuelvo sobre este salmo (ahora se reza en las Completas del jueves) me viene siempre a la memoria cómo traté entonces, penetrando el sentido de este texto, de hacerme cargo del compromiso que abrazaba, para poder vivirlo desde una comprensión profunda. Y así, este versículo ha venido a ser para mí una luz preciosa, de suerte que lo he tenido siempre como emblema de lo que significa ser sacerdote y de cómo vivirlo en la práctica. Así reza este versículo en la traducción de la Vulgata: «Dominus pars haereditatis meae, et calicis mei. Tu es qui restitues haereditatem meam mihi» («El Señor es la parte de mi heredad y mi cáliz; tú eres quien me garantizas mi lote»). Estas palabras expresan de manera concreta el contenido del versículo 2: «¡No hay dicha para mí fuera de ti!» Lo hacen en un lenguaje realmente profano, en un contexto pragmático y casi me atrevería a decir no teológico, es decir, en el lenguaje del propietario de hacienda y de la distribución de la tierra en Israel, tal como se describe en el Pentateuco y en el libro de Josué. De esta distribución de la tierra entre las tribus de Israel quedó excluida la tribu de Leví, la tribu de los sacerdotes. Esta no recibió territorio alguno. A ella se refieren estas palabras: «Es Yahveh su heredad» (Dt 10,9; Jos 14,4); «Soy yo (Yahveh); tu parte y heredad» (Núm 18,20). Aquí se trata, ante todo, de una ley de conservación simple y concreta: los israelitas viven de la tierra que les es asignada; la tierra es la base física de su existencia. A través de la posesión de la tierra, el israelita recibe la parte de vida que le corresponde, valga la expresión. Sólo los sacerdotes no logran su sustento por medio del trabajo agrícola, al modo de los campesinos, que viven del cultivo de sus campos; el único fundamento de su vida, incluso de su vida física, es el mismo Yahveh. En términos concretos: los sacerdotes viven de su participación en las ofrendas y otras donaciones cultuales, de los bienes que se ofrecen a Dios; de estos bienes reciben ellos una parte, como encargados del servicio divino. Se trata, en primer término, de dos formas de sustento físico; pero, en el contexto general del pensamiento de Israel, estas formas entrañan una significación mucho más profunda. Para un israelita, la tierra no es únicamente garantía de subsistencia; es el modo en que participa de la promesa hecha por Dios a Abraham, es decir, la promesa de su inserción en el contexto vital del futuro pueblo elegido. De este modo, la tierra vino a garantizar, al mismo tiempo, la participación en el poder mismo del Dios vivo. El levita, por el contrario, se caracteriza por no tener parte en la tierra y, en este sentido, es el hombre que no se halla protegido por garantía terrena alguna, que se encuentra excluido de tales garantías. Su vida se proyecta directa y exclusivamente hacia Yahveh, como se afirma en el salmo 22 (v.11). Tal vez pueda parecer, a primera vista, que la tierra viene a sustituir a Dios como garantía de subsistencia, casi como si ofreciera una forma independiente de seguridad; pero es ésta una visión que nada tiene que ver con la concepción levítica de la existencia. Dios es el único que garantiza la vida de una manera directa; en El se funda incluso la vida terrena, la vida física. En el momento en que desapareciera el culto divino, la vida perdería la fuente de su sustento. De esta suerte, la vida del levita es, al tiempo, privilegio y riesgo. La cercanía de Dios es su único y directo medio de vida. Me parece importante introducir aquí una consideración. Resulta evidente que la terminología de los versículos 5 y 6 es la terminología de la apropiación de la tierra y de la diferente atribución a la tribu de Leví de lo necesario para el sustento. Esto significa que este salmo es el canto de un sacerdote que expresa aquello que constituye el centro físico y espiritual de su existencia. Quien en este salmo ora, cumple todo cuanto la Ley ha establecido para él: la privación de posesiones exteriores y una vida sustentada por el culto divino y para el culto divino, de tal manera que este culto no se entiende únicamente en el sentido de una forma determinada de subsistencia, sino que se vive como verdadero fundamento. Este orante espiritualiza la Ley, la transfiere a Cristo, precisamente porque en él no llega a realizarse en plenitud su genuino contenido. Este salmo reviste indudable importancia para nosotros: en primer lugar, porque se trata de una plegaria sacerdotal; en segundo lugar, porque encontramos aquí la autosuperación interna del Antiguo Testamento en movimiento hacia Cristo, el impulso de aproximación por el que el Antiguo Testamento se proyecta hacia el Nuevo, y de este modo podemos admirar la unidad de la historia de la salvación. No vivir en virtud de lo que uno posee, sino del culto, significa para el orante vivir en la presencia de Dios, fundar la propia existencia en un confiarse a El desde lo más íntimo. A este propósito, Hans-Joachim Kraus observa acertadamente que el Antiguo Testamento nos permite entrever aquí una cierta comunión mística con Dios, que se desarrolla a partir de esa singular condición de la prerrogativa levítica. Dios ha venido a ser, por consiguiente, la «Tierra» del orante. En los versículos siguientes aparece con toda claridad qué dimensiones asume concretamente esta realidad en la vida cotidiana. En ellos se dice: «El Señor está siempre a mi diestra». Caminar con Dios, saberlo siempre cercano, tratar con él, mirarle y dejarse examinar por El, he ahí lo que constituye el centro de esta prerrogativa de los levitas. De esta suerte, Dios se hace verdaderamente una tierra, el territorio de nuestra vida. Y así vivimos y «moramos» en su casa. El salmo enlaza aquí con todo lo que hemos encontrado en Juan. En consecuencia, ser sacerdote significa: ir a su casa y de este modo aprender a ver, permanecer en su morada. En los versículos siguientes se aprecia de una manera todavía más intensa cómo esto puede acontecer. El salmista ora a Yahveh, que le «aconseja»; o le da gracias porque de noche le «instruye». Es evidente que, con estas expresiones, los Setenta y la Vulgata piensan en la corrección física, que «educa» al hombre. La «educación» se entiende como un someterse el hombre a su verdadera medida, lo cual no se realiza sin sufrimiento. La palabra «educación», en este caso, quiere expresar en suma la orientación del hombre en el camino de la salvación, el proceso de transformaciones en virtud del cual pasamos de ser barro a ser imagen de Dios, y así nos hacemos capaces de Dios para la eternidad. La vara de aquel que corrige es aquí sustituida por el sufrimiento de la vida, por medio del cual Dios nos conduce y nos lleva a habitar en su morada. Todo esto trae a nuestra memoria el gran salmo de la palabra de Dios, el /sal/119, que recitamos a lo largo de la semana en la Hora intermedia. Este salmo se halla construido en torno a la afirmación fundamental de la existencia del levita: «El Señor es mi porción» (v.57; cf. v.14). Y con esta afirmación se hacen de nuevo presentes, en múltiples variaciones, los motivos mediante los cuales el salmo 16 explica esta realidad: «Tus preceptos (...) son mis consejeros» (v.24). «Bien me ha estado ser humillado para aprender tus estatutos» (v.71). «Conozco, oh Yahveh, que son justos tus juicios y que con razón me afligiste» (v.75). De este modo se comienza a comprender la profundidad de la invocación que recorre todo el salmo, como un ritornello: «¡Enséñame tus preceptos!» (v.12.26.29.33.64). Cuando nuestra vida se halla verdaderamente anclada en la palabra de Dios, el Señor nos «aconseja». La palabra bíblica deja de ser entonces un vocablo cualquiera, genérico y distante, y se convierte en un término que compromete directamente mi vida. Supera la distancia de la historia y se hace para mí palabra personal. «El Señor me aconseja»; mi vida se convierte en una palabra que proviene de El. De esta suerte se hace realidad el dicho: «Tú me enseñarás el sendero de la vida» (Sal 16,11). La vida deja de ser un oscuro enigma. Aprendemos qué significa vivir. La vida se aclara, y, en el centro mismo de ese «ser educado», se transforma en alegría. «Fueron para mí cantos tus estatutos», leemos en el salmo 119 (v.54); no de otro modo se expresa el salmo 16: «Por eso se alegra mi corazón, jubila mi lengua» (v.9); «la hartura de alegría ante ti, las delicias a tu diestra para siempre» (v.11). Cuando estas lecturas del Antiguo Testamento se ponen en práctica y la palabra de Dios es acogida como tierra de la vida, entonces surge espontáneamente el contacto con aquel en quien creemos como Palabra viviente de Dios. No me parece en absoluto casual que este salmo representara para la Iglesia antigua la gran profecía de la Resurrección, la descripción del nuevo David y del Sacerdote definitivo, Jesucristo. Conocer la vida no significa dominar una técnica cualquiera, sino superar los límites de la muerte. El misterio de Jesucristo, su muerte y su resurrección resplandecen allí donde la pasión de la palabra y su indestructible fuerza vital se hacen experiencia viva. Para que esto se haga realidad no es preciso llevar a cabo grandes transposiciones en nuestra propia espiritualidad. Pertenecen a la esencia misma del sacerdocio aspectos tales como el estar expuesto del levita, la carencia de una tierra, el vivir proyectado hacia Dios. El relato de la vocación de Lucas (5,1-11), que consideramos al principio, concluye lógicamente con estas palabras: «Ellos lo dejaron todo y le siguieron» (v.11). Sin ese despojarse de todas nuestras posesiones no hay sacerdocio. La llamada al seguimiento de Cristo no es posible sin ese gesto de libertad y de renuncia ante cualquier compromiso. Creo que, bajo esta luz, adquiere todo su profundo significado el celibato como renuncia a un futuro afincamiento terreno y a un ámbito propio de vida familiar; más aún, se hace indispensable para asegurar el carácter fundamental y la realización concreta de la entrega a Dios. Esto significa, claro está, que el celibato impone sus exigencias respecto a toda forma de plantearse la existencia. No puede alcanzar su pleno significado si nos plegamos a las reglas de la propiedad y del juego de la vida, tal como hoy se aceptan comúnmente. Sobre todo, no puede consolidarse si no hacemos de ese nuestro habitar en la presencia de Dios el centro de nuestra existencia. El salmo 16, como el salmo 119, acentúa vigorosamente la necesidad de una continua familiaridad meditativa con la palabra de Dios; únicamente así puede esta palabra convertirse en morada nuestra. El aspecto comunitario de la piedad litúrgica, que esta plegaria sálmica necesariamente implica, queda de manifiesto cuando el salmo habla del Señor como «mi cáliz» (v.5). Según el lenguaje habitual del Antiguo Testamento, esta alusión se refiere al cáliz festivo que se hacía pasar de mano en mano durante la cena cultual, o al cáliz fatídico, al cáliz de la ira o al de la salvación. El orante sacerdotal del Nuevo Testamento puede encontrar aquí indicado, de un modo particular, aquel cáliz por medio del cual el Señor, en el más profundo de los sentidos, se ha hecho nuestra tierra, el Cáliz eucarístico, en el que él se entrega como vida nuestra. La vida sacerdotal en la presencia de Dios viene de este modo a realizarse de una manera concreta como vida que vive en virtud del misterio eucarístico. La Eucaristía, en su más profunda significación, es la tierra que se ha hecho nuestra heredad y de la que podemos decir: «Cayó para mí la suerte en parajes amenos y es mi heredad muy agradable para mí» (v.6)”
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