EL DOLOR DE LOS INOCENTES Por Ángel Gómez Escorial Uno de los aspectos más espinosos de la vida humana es contemplar el dolor de los inocentes, la muerte de los niños, la crueldad sobre los indefensos. Alguna madre ha mantenido su inconformismo –hasta su rencor-- por la larga enfermedad de su pequeño o por la malformación del mismo. Es obvio que puede meterse en el mismo saco el tema de la muerte de los seres queridos y otros infortunios parecidos. Si consideramos a Dios como el más poderoso tendemos a suponer que los grandes males ocurren por que Él los tolera. Pero no puede construirse el razonamiento así. El mal está cerca de nosotros y el mal trae muchos deterioros. Una frase del Libro de la Sabiduría lo dice. "Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes". La pervivencia del mal es otro de los grandes asuntos muy misteriosos y polémicos. Sin embargo, el mal existe y sus transmisores y ejecutores son los hombres y las mujeres. Igual ocurre con el bien. Los humanos hacen el bien y lo acometen hasta el heroísmo. Infringen al mal y llegan hasta lo "absoluto", hasta lo puramente diabólico. Sin embargo, Dios puede cambiar la marcha de los hechos malos. De todas formas, no podemos frivolizar los sentimientos difíciles y encontrados de aquellos que sufren el dolor de los pequeños y los inocentes. Se dice también que "Dios escribe derecho con renglones torcidos". Es difícil ahondar en el significado final de algo mientras que no ha se ha llegado al epílogo. Puestos en la presencia de Dios hemos de intentar entender lo paradójico de nuestra existencia.
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