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LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO Como ya anunciábamos, el padre Antonio Pavía ha terminado sus comentarios sobre el Libro de la Sabiduría y tiene previsto comenzar otra serie referida al Libro del Éxodo. Pero va a descansar un tiempo antes de comenzar su nueva serie. Mientras tanto, iremos dando, de manera aleatoria, algunos de los comentarios que hizo sobre los 150 Salmos. Aquellos comentarios que se convirtieron en un libro que ha editado Ediciones San Pablo. SALMO 114. CONTIGO, NO CONTRA TI Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano Israel alaba a su Señor haciendo memoria histórica de sus maravillas. Proclama, exultante, su salida de Egipto, enumerando los prodigios que Él ha hecho en favor suyo a lo largo de su caminar por el desierto. El himno es toda una liturgia de bendición y alabanza , porque el brazo de su libertador se impuso sobre el Mar Rojo, el río Jordán y demás obstáculos que impedían su peregrinación hacia la tierra prometida: “¡Aleluya¡ Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo bárbaro, hizo de Judá su santuario, de Israel su dominio. Lo vio el mar y huyó, el Jordán retrocedió...” Israel, testigo privilegiado de la omnipotencia amorosa de Yahvé, lanza una exhortación a todos los pueblos de la tierra, les invita a que tiemblen ante la presencia de Yahvé, ante su Rostro: “¡Tiembla tierra ante la faz del dueño, ante la faz del Dios de Jacob, el que cambia la peña en un estanque y el pedernal en una fuente¡”. Nos detenemos ante esta exhortación: “¡Temblad ante el Rostro del Dios de Israel¡” El pueblo conoce este temor en el sentido de miedo aniquilador ante las manifestaciones de Yahvé. Basta señalar su angustiosa reacción en la teofanía del Sinaí: “Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte humeante, y, temblando de miedo, se mantenía a distancia. Dijeron a Moisés: “Habla tú con nosotros, que podamos entenderte, pero que no hable Dios con nosotros, no sea que muramos”(Ex 20,18-19) Con el paso del tiempo, Dios, que no deja de catequizar a su pueblo por medio de los profetas, va acuñando en su corazón un concepto de temor y temblor que nada tiene que ver con el miedo irracional a ser aniquilados por Él. Es más, cada vez se manifiesta con más vehemencia que es el Dios que da la Vida, no la muerte. Veamos la experiencia, a este respecto, del profeta Ezequiel. Israel está en el destierro. Están privados del Templo en el que daban culto a Dios. Por si fuera poco, sus sacerdotes y profetas vagan sin sentido, sin rumbo, sin palabras, en medio de los gentiles donde están dispersos. Yahvé hace ver a Ezequiel esta situación desesperada del pueblo, poniendo ante sus ojos la imagen de un enorme cementerio. Todo son husos dispersos. Pregunta al profeta si cree que esos huesos podrían volver a la vida, es decir, si es que queda aluna esperanza para el pueblo. Ezequiel queda atónito ante la pregunta y se la devuelve a Dios para que sea Él mismo quien responda. Oigamos su respuesta: “Entonces me dijo: profetiza sobre estos huesos. Les dirás: Huesos secos, escuchad la palabra de Yahvé. Así dice el Señor Yahvé a estos huesos: He aquí que Yo voy a hacer entrar el Espíritu en vosotros y viviréis. Os cubriré de nervios, haré crecer sobre vosotros la carne, os cubriré de piel, os infundiré mi Espíritu, y viviréis; y sabréis que Yo Soy Yahvé”(Ez 37,4-6). Con esta promesa, Dios anuncia que en Él esta la Vida, no la muerte; la restauración, no la destrucción. Fiel a su Palabra dada,- como siempre-, Israel es levantado de su destierro y devuelto a la Tierra Prometida. Lo que quiere dar a entendernos Dios en todos los acontecimientos vividos por su pueblo, es que está con el hombre y no contra él. Que está con nosotros, y no contra nosotros. Tan con nosotros, que se hizo Hombre. El mismo Dios anunció a José el Nombre de su Hijo, el que María llevaba en su seno: Emmanuel, que significa: Dios con nosotros(Mt1,20-23) Dios está con el hombre y no contra él.”Dios está contigo”.Éstas fueron las palabras que María escuchó de parte del ángel en la Anunciación. María es imagen de la nueva humanidad engendrada por Jesucristo, el enviado del Padre. En y por Jesucristo, todo hombre-mujer puede pasar del temblor servil, que le deja inerte, al temblor que precede a la adoración. Temblor que nos pone en actitud de búsqueda; es un iniciar un camino que culmina en la comunión con Dios-Amor, el que nos da la Vida Eterna, la Vida que permanece para siempre. Recordemos aquel pasaje del Evangelio que nos cuenta la tempestad sufrida por los apóstoles en medio del mar. Sabemos que su barca estaba siendo violentamente zarandada por las olas; que el viento, al ser contrario, arremetía contra los apóstoles que intentaban llegar a la orilla. Además, se nos dice que estaban en plena noche. Estos fenómenos, adversos a los apóstoles, recuerdan los fenómenos del Sinaí, de los que hemos hablado, que movieron al pueblo a distanciarse de Dios. Aquí, Jesús, traspasando dichos fenómenos, se acerca a los apóstoles y les grita con voz potente: ¡Ánimo¡, no temáis, que Soy Yo (Mt 14,22-27) Desde el pecado de Adán y Eva, todo hombre tiene la tentación de esconderse de Dios. No es que quiera perder la relación con Él, pero cualquier proximidad le asusta. Habrá que valerse de intermediarios y ciertas prácticas religiosas que continúan marcando la distancia. Por eso se tiene tanto miedo al Evangelio tal y como es, y echamos mano de devociones y prácticas similares. Pues bien, el Evangelio es el “¡Ánimo¡ no temáis, que Soy Yo”, que oyeron los apóstoles cuando pensaban que iban a ser engullidos por las aguas. En él, Dios está contigo, no contra ti.
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