TALLER DE ORACIÓN

ABUNDANCIA DE PAZ

Por Julia Merodio

La cercanía de Dios se caracteriza por la abundancia de paz. Por tanto:

• Si lo que persigues, te quita la paz, no viene de Dios.

• Si lo que amas, no te deja en paz, no viene de Dios.

• Si tus esfuerzos por vivir, de esa manera que tú mismo has elegido, te ahogan la paz no surgen de Dios. Dios es paz y donde Él habita la vida se condensa en una gran abundancia de Paz.

NOS UNIMOS PARA ORAR

El salmo con el que vamos a orar esta semana nos invita a la oración colectiva y eso es precisamente, lo que hacemos cada semana. La oración personal propuesta, se convierte en colectiva al hacer realidad las palabras del salmo: “Aclamamos al Señor con toda la tierra” Cada uno desde su realidad, su destino, su misión, su lugar de residencia… pero todos aclamando al mismo y único Señor.

No hace falta recordar que los Salmos pertenecen al Antiguo Testamento, sin embargo su actualidad es evidente, ha sido así en todos los tiempos; el mismo Jesús los tomó como referencia. Oró con ellos en el templo de Jerusalén, los recitó con sus padres en casa, los cantaría junto a su madre reiteradamente y los interiorizó de tal manera que, en los momentos amargos de su vida surgieron de su boca porque abundaban en su corazón y lo hizo de tal forma que, todos recordamos como los fue desgranando, en el momento amargo de su pasión, para perplejidad de cuantos lo contemplaban y escuchaban.

A mí me parece que, con este salmo 65, perteneciente a la liturgia del próximo domingo, Jesús por medio del salmista recordaría las maravillas del éxodo, el paso del mar Rojo e intuiría los pasos liberadores que Dios fue haciendo en la historia de Israel; detectaría todas esas situaciones de prueba por las que el pueblo tuvo que pasar y se daría cuenta de que Dios es siempre el mismo. Un Dios que salva, que protege, que escucha, que acoge, que libera…

Jesús, desde esta realidad, iba aprendiendo el valor de la prueba y del sufrimiento, quedando tan admirado de ello que decide hacerlo su norma de vida.

** ¡Venid! Dice a sus discípulos, voy a enseñaros todo lo que os ha regalado mi Padre.

** ¡Venid! Celebrad conmigo sus maravillas.

** ¡Aclamad con toda la tierra tanta grandeza…!

Sorprende ver, como ellos, lo mimo que nosotros, eran tardos en entender y se quedaron ahí, sin más a ver si había suerte y se hacían realidad sus planes que tanto diferían de los de Jesús.

NECESITAMOS GRITAR A DIOS

Lo primero, de lo que tenemos que darnos cuenta, es que nosotros recitamos el salmo en un momento privilegiado de la historia, ya no tenemos que creer lo que sucedió sin saber si fue realidad o no, ahora conocemos la situación; sabemos lo que testigos presénciales vieron y oyeron; y son, ellos mismos los que afirman que, fue el mismo Jesús el que decía: “Cuando grité al Padre, escuchó el grito de mi oración”

Y esto no es retórica, todos hemos gritado a Dios en multitud de ocasiones y todos hemos comprobado que esos gritos han subido al cielo y han sido respondidos por el Señor, aunque algunas veces sus respuestas no coincidieran con las nuestras, porque Dios siempre escucha. Somos nosotros los que al contrario que Él, cerramos los oídos a esos gritos que, tantas veces hieren la sensibilidad de nuestros “cultos” oídos; son esos gritos que tratamos de ahogar para que no denuncien nuestra indiferencia

De ahí que nuestra oración de esta semana sea para pedir a Dios la gracia de saber gritar y saber escuchar los gritos de los hermanos.

MOMENTO DE ORACIÓN

Tomamos conciencia de que estamos en la presencia del Señor. Acallamos esas voces internas que tanto interfieren nuestro silencio. Dejamos de lado las ocupaciones y preocupaciones y nos preguntamos con sinceridad:

-¿Qué querría gritarle, hoy, al Señor?

-¿De qué necesito que me socorra?

-¿Qué peligros tengo que atravesar?

-¿De qué esclavitudes quiero liberarme?

Después seguiremos en silencio hasta que seamos capaces de oír las voces de esos que tienen hambre de pan y también hambre de Dios; el grito de los oprimidos, de los que no cuentan, de los que no interesa que cuenten, de los parados, de los que han perdido la esperanza… El grito de los enfermos, de los que sufren, de los agonizantes…

No tengamos miedo de escuchar a todos, de hacerles desfilar por nuestra mente; hagámoslo con lentitud, sin prisa… Hagámoslo junto al Señor del tiempo y cuando hayamos sido capaces de acogerlo en nuestro corazón, repitamos con el salmista:

“Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo”