LA IGLESIA SIGUE CURANDO

Por Ángel Gómez Escorial

A veces una idea importante fluye de la homilía escuchada en su momento, en la misa dominical. Y ello tiene alguna importancia diferenciadora para todos aquellos que, con una cierta antelación, escribimos homilías. Y el pensamiento que aparece –tal vez tintado de una poca de soberbia—es: “pero como no se ocurrió esto a mi”. En fin que el padre Gabriel González del Estal en la homilía que pronunciaba de la misa de una de la Parroquia de Santa María de la Esperanza, en Madrid, dijo al final una cosa muy llamativa: “Mirad como siempre Jesucristo envía a sus discípulos a predicar al Reino de Dios, pero también a curar las enfermedades.” Ciertamente, el padre Gabriel, para no entrar en fenómenos pseudocientíficos, añadió que la Iglesia, hoy, no cura, pero con su atención –y la de todos nosotros—a los enfermos realiza un modo de curación. La idea quedó en mi mente grabada con fuerza.

LA CARA MULTIFORME DE LA ENFERMEDAD

Una primera idea es que, cuanto menos, los mandatos de Jesús a sus discípulos, en los tiempos lejanos de la Palestina romana, nos obligan a nosotros. Su doctrina es intemporal y su predicación producida en un momento histórico tiene transcendencia total para todos los tiempos. Es verdad, por ejemplo, que las fórmulas agrícolas constantes en sus apoyaturas de argumentos de su predicación, pueden hoy tener menos sentido. Pero la idea del Pastor del Único Rebaño está perfectamente presente en nuestra vida actual. El ejemplo del pastor que entra por la puerta pequeña y que no salta la valla para robar, también es perfectamente comprensible. Pero eso, como decía, son ejemplos, son parte del lenguaje de las parábolas. Cuando dice que prediquemos que el Reino de Dios está cerca y que se cure a los enfermos e, incluso, que se expulse a los demonios no es un ejemplo metafórico. No. Es una afirmación tajante.

La Iglesia continúa con especial diligencia transmitiendo la cercanía del Reino de Dios y de las características de éste: reino de amor y de paz, reino de justicia y de atención a los más débiles y pobres. Su labor final, será más acertada o no, pero ahí está. Pero, ¿por qué no cura? Bueno, esto no es exacto. Desde la más remota antigüedad, desde las primeras comunidades de Jerusalén y Roma, la Iglesia ha contado con asistencia organizada, y gratis, siendo la primera vez que se hacía. La pastoral sanitaria no es cosa de hoy. Los hospitales para enfermos sin medios es una constante de la vida eclesial a lo largo de todos los tiempos. En ese sentido se ha venido cumpliendo ese mandato. Los ejemplos de las Hermanitas de la Caridad o de las mujeres y hombres seguidores de la beata Madre Teresa ilustran esa dedicación con una expresión clara –casi insuperable—de la doctrina del amor predicada por Cristo.

LOS MILAGROS DE LOS SANTOS

La atención diligente, la sanación de enfermería, como puede ser la atención del buen samaritano al viajero asaltado por los ladrones es una forma de curación. Pero, ¿es suficiente? ¿Nos pide Jesús que nos hagamos sanadores, curanderos? Él, y por su delegación, los primeros discípulos, curaban de manera inmediata y de forma portentosa. Y esto sigue. La Iglesia no aparca los milagros en el desván creado por la ciencia moderna. Porque la prueba definitiva para declarar la santidad de los hermanos y hermanas que nos han precedido es la confirmación fehaciente de un hecho milagroso, referidos en su mayoría a curaciones inexplicables desde el punto de vista científico.

Y no olvidemos que la Iglesia mantiene un rito preciso y precioso es la administración de uno de sus sacramentos menos conocidos y, tal vez, menos valorado: el de la Unción de los Enfermos. Antes como exclusivo viático en el viaje hacia la Vida de los moribundos, y hoy presentado como acción sanadora para toda clase de enfermos y enfermedades. La imposición de las manos y el óleo consagrado recuerdan la acción sanadora de Jesús y las prácticas de la antigua medicina.

Pedir un milagro cuando un familiar vive el peso terrible de las grandes enfermedades, sobre todo de las incurables, es un hecho frecuente porque confiamos en la misericordia de Dios y en la donación de remedio dado a esos hermanos de los que la Iglesia necesita reconocimiento canónico de sus méritos y capacidades. Por tanto, esa petición de fe y con fe es muy cercana a aquello que también Jesús repitió con frecuencia: “Tu fe te ha salvado”

ASUMIR MÁS LA SANACIÓN

De todas formas, tal vez la Iglesia y todos los cristianos deberíamos asumir más nuestra capacidad sanadora. No se trata de entrar en cualquier conducta absurda y mentirosa. La angustia de los familiares que se ven golpeados por la enfermedad implacable de un ser querido suelen aceptar cualquier remedio como una posibilidad. Y hay surgen engaños terribles, malintencionados y cobardes que, sin duda, la justicia divina castigará. Pero la capacidad sanadora del contacto cercano y alegre, o de una conservación en el mejor momento o la práctica de la oración constante buscando el remedio son fórmulas que aplicadas con normalidad y alegría pueden ayudar mucho. Además, todo cristiano debe implicarse más en la atención a los enfermos, igual que se implica con gran dedicación a la atención de los más pobres y débiles.

Y es que la misericordia de Dios es infinita. Pero volvamos al argumento del principio. Estoy seguro que también hoy el Señor Jesús no manda a curar enfermos. Lo objetivo, lo verdadero, es patrimonio del mensaje divino, por eso si nuestra voluntad, por cumplir la voluntad de Dios, es curar pues curaremos. Pero no nos neguemos a hacerlo antes de iniciar nuestra acción de ayudar a los que más sufren.