TALLER DE ORACIÓN

MOSTRAR A DIOS ES UNA ACTITUD CRISTIANA

Por Julia Merodio

Dios nos ha dado a todos un encargo: fertilizar la tierra, crear, producir frutos dignos… Somos semillas escondidas en el surco, autores de vida, elaboradores capaces de saciar el hambre de los hermanos.

REPASANDO NUESTRA MANERA DE VIVIR

La liturgia de esta semana, nos brinda una llamada de atención, para que revisemos nuestra manera de buscar al Señor en los acontecimientos de nuestra vida. Y lo hace de forma imperativa, a la que proporciona un gran beneficio: “Buscad al Señor y vivirá vuestro corazón”

Es significativo “buscar al Señor” yo creo que hoy lo que predomina es alejarse de Dios, apartarse de su evangelio, aislarse de todo lo que suene a Cristo.

No necesitamos apuntar razones que lo avalen. Oímos con reiteración ante las encuestas que nos muestran los medios de comunicación: Estoy bautizado pero no practico. Tengo “mi fe”, creo en mi “Dios”, pero no quiero saber nada ni de los curas, ni de la Iglesia. Y la gente que, incluso va a misa los días de “precepto” se lo traga con la mayor facilidad, no necesitan beber un poco de agua para tragarlo.

Ante semejante hecho yo me pregunto:

• ¿Qué forma de vivir tenemos los cristianos para que se produzca esta realidad?

• ¿Buscamos a Dios o solamente nos buscamos a nosotros mismos?

• ¿Vive nuestro corazón, o se va a atrofiando sin remedio?

Me encuentro con, demasiadas, personas que se lamentan de la vida que llevan sus hijos. Si yo voy a misa los domingos –me dicen- ¿Por qué mis hijos no buscan a Dios?

Buen momento para cuestionarnos: ¿Qué actitudes de las que vivimos con normalidad dan pie a esta situación? A mí me parece que lo que, en realidad nos falta es, acercarnos a Dios escucharlo. Dejar que sea Él el que nos hable, el que nos diga, el que nos exhorte... el que vaya aminorando la distancia que nos separa de su Ser.

A DIOS SE LE BUSCA EN LA VIDA

Más, ¿cómo hacerlo? a Dios se le busca en la vida, en los acontecimientos diarios; se le busca en la calle, en el trabajo, en la cocina, en cada miembro de la familia, en los amigos, en los conocidos, en los que no conectan con nosotros… Pero también se le busca en el silencio, dedicando tiempo a dejar que su voz penetre en nuestro ser; porque en los grandes silencios de persona siempre aparece Dios; de ahí que haga tanto énfasis en silenciar la mente para escuchar.

Y Dios, en esa comunicación permanente que quiere tener con el ser humano: le ofrece su don, le regala una nueva oportunidad y le da, un impulso que le lleva a la fuente de la vida y del amor. Sin embargo, la persona de hoy, está lejos de la escucha, no acostumbra a mirar y es tardo en responder. Lo de la gente de hoy son: los “e-mail”, los “móviles”, los “fax”, y pasar horas enteras ante el ordenador “chateando”, algo que parece dar cierto aire de prestigio cuando se cuenta a los compañeros, pero sin ver las caras, sin intuir sentimientos, sin crear compromisos; por eso el hilo directo con el Señor parece no interesar demasiado, ya que, por otra parte, a Dios no se le puede engañar a base de apariencias.

Así, con esta perspectiva, Dios queda apartado de la vida, aunque lo tengamos en la retaguardia, para casos excepcionales. Somos incapaces de reconocer que, lo queramos o no, Dios es el que en realidad nos busca. Él está dentro de cada ser humano, está en lo más profundo de su ser, para salvarlo de tantas miserias y ataduras como lo tienen dominado y oprimido, solamente hay que dejarse hacer por Él, hay que permitir que nos moldee.

“Mi oración se dirige a Ti, Señor, Dios mío; escúchame por tu bondad, respóndeme con la bondad de tu gracia y por tu gran compasión vuélvete hacia mí” (Salmo 68)

LOS EFECTOS QUE PRODUCE EL BUSCAR AL SEÑOR

Aunque el momento actual parece huir de compromisos y no quiere ni oír hablar de la exigencia del evangelio, la Palabra de Dios, no puede quedarse en el olvido, lo quieran o no, siempre se hará referencia a ella.

Sin embargo, nosotros sabemos que, cuando somos capaces de dejarle penetrar, hasta la misma entraña, los efectos no se hacen esperar. Ella: consuela, corrige, serena, interpela, sosiega, reprocha, levanta…

Por eso, hoy, vamos a dejar ahondar en nosotros, la Palabra de Dios. Vamos a dejar que nos interrogue, vamos a dejar que nos sane… ¿Hay en tu vida algo que te daña? Busca al Señor, cobíjate su sombra, acércate a Dios una y otra vez, no te canses de insistir, es el mismo Jesús quien nos lo ha dicho con reiteración.

Nunca creas que la Palabra de Dios es para otros. La Palabra de Dios nos habla hoy a ti y a mí: Y nos habla aquí y ahora. Insiste, no te canses, ora, ten la seguridad de que serás escuchado por el Señor; él te guardará a su sombra y nada te hará daño.

¡Cuántas veces hacemos oídos sordos a esas palabras! Decidamos hoy estar atentos a nuestra sordera, la tuya y la mía; a nuestra incapacidad para escuchar la voz de los pobres, el grito de los oprimidos, la invocación de los que están solos, la impotencia del que sufre la protesta de los hermanos discriminados.

Reza sin desfallecer para vencer la sordera, pero no la sordera de Dios, sino la nuestra. Piensa que nuestro oído se afina gracias a la oración obstinada y se hará más sensible para percibir la petición de ayuda del que padece injusticia.

Cerca de Dios nuestros ojos se fijarán en la tierra y verán con nitidez ese campo de batalla que viene del mal entendimiento: entre los pueblos, entre las familia, entre las personas… y seremos capaces de dejar a un lado nuestros problemas, nuestras preocupaciones, nuestros asuntos personales, para compartir y preocuparnos por los problemas de los demás.

Los sentiremos cerca, nos sensibilizaremos con sus dificultades y haremos, aún sin conocernos, una gran fraternidad. Porque:

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos” (Salmo 18)

EL “SIEMPRE” DE DIOS

Toda esta grandeza con la que estamos orando, no es para un determinado momento, es para siempre y, ¡cómo resuena en mis oídos, lo de “ahora y por siempre”, salido de la Palabra de Dios!

Y es que, la palabra “siempre”, tiene un sonido especial cuando lo escuchamos de la boca de Jesús, y es que solamente Él puede hablar de verdad cuando dice “siempre” Lo nuestro es otra cosa, lo nuestro no es precisamente lo de perseverar, por eso hemos de prestar atención a S. Pablo cuando dice: “Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado sabiendo de quien lo aprendiste.” Se trata, por tanto: de buscar al Señor, de permanecer firmes, de ser fieles, de resistir aunque los impulsos que nos lleguen sean fuertes y de intentar, cómo no, que sea siempre.

Él nos insta con rotundidad: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta con toda comprensión y pedagogía”.

Ya veis, no importa cual sean las circunstancias. Incluso, muchas veces, resulta más fecunda la semilla de la Palabra en situaciones desfavorables, todo depende de nuestra fe.

¡Cómo debían de preocuparle a Jesús estos planteamientos! ¡Cómo lo demuestra su insistente pregunta plasmada en el evangelio! Cuando vuelva el Hijo del Hombre ¿Encontrará gente que, realmente busque a Dios?

Depende de nosotros asegurarle la capacidad de nuestra fe. Es verdad que quizá cuando llegue a nuestra cita no encuentre la fe que Él esperaba, pero al menos le garantizaremos que vamos a intentar el buscarlo sin interrupción, que nos vamos a esforzar, que hay personas que lo han vivido y ellos nos dictan, con su vida que, buscar al Señor, realmente6 merece la pena.

“Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de la ley; conviértete al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma” (Deuteronomio 30, 10 – 11)

MOMENTO DE ORACIÓN

En este momento haremos un silencio más denso del habitual. Nos daremos cuenta de cuántas personas, mirando a Jesús, se han sentido llamados a la perfección y observaremos que, es el mismo Jesús quien nos insta a ello diciéndonos: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”

Nadie nace con la perfección puesta, a nadie le llega de repente. La perfección se adquiere, y se adquiere a base de esfuerzo. Es verdad que a la perfección no se llega nunca, pero hay que caminar hacia ella. La tarea no puede ser más ardua ni costosa, no cuenta el tiempo, siempre se podrá llegar un poco más allá. Dios no nos pide llegar, nos pide que no nos cansemos de caminar en esa dirección.

Y os aseguro que esto no es una utopía, ni una ilusión, esto es posible. Así nos lo demuestra la cantidad de cristianos, comprometidos, que se sienten Iglesia y trabajan en la construcción del Reino. Pero, también, gente buena, que caminan a nuestro lado entregándose a los demás, aunque nosotros ignoremos esa grandeza.

Ya no nos quedaremos callados cuando, una y otra vez, nos pregunten si todavía pensamos que, en este momento de la historia, se puede ser un cristiano de esos que buscan a Dios.

A esa pregunta contestaremos que ser cristiano y, vivir como bautizados buscando a Dios, desde nuestra realidad concreta, es así de sencillo y así de grande:

Un cristiano es el que sonríe a cuantos se le acercan.

Un cristiano es el que mira con paz y reparte su bondad a los demás.

Un cristiano es el que tiene el oído abierto para escuchar los problemas del angustiado.

Un cristiano es el que acaricia de igual modo la cabecita de un niño que la mano de un anciano.

Un cristiano es el que en todo pone en primer lugar la voluntad de Dios.

Un cristiano es el que camina por la tierra junto a Cristo y se deja crucificar con Él.

Para terminar, escuchad esta palabra de Dios, tomada de Corintios y recibidla como si os la estuviesen diciendo en este momento y personalmente a cada uno de vosotros:

“A vosotros que habéis sido llamados para ser pueblo de Dios en unión de todos los que invocan el nombre de Jesucristo en cualquier lugar, a vosotros la gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo el Señor” (1Cor. 1, 2 – 4)