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TALLER DE ORACIÓN RESPONDER A LA LLAMADA Por Julia Merodio Sé que Betania, esta semana, estará repleta de textos referentes al Apóstol Santiago; pues, además de lo que su figura representa, para la fe de España es un paradigma de incalculable valor. De ahí que, ya en el año 1122, el Papa Calixto II propusiera que cuando su festividad cayese en domingo se considerase Año Santo Jubilar. Justo lo que estamos celebrando este año por darse dicha circunstancia; lo que nos lleva a detenernos en su figura, su mensaje y su testimonio de vida. Las homilías, como cada semana, os llegaran plagadas de su grandiosidad; por lo que, en la oración que os ofrezco, me centraré en la liturgia del domingo correspondiente a su festividad ya que se unifica perfectamente con la Palabra que la celebración presenta para dicha solemnidad.: “Pasando Jesús junto al lago de Galilea vio a Santiago, hijo del Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban repasando las redes y los llamó” SE NOS HA DADO UNA VIDA EN CRISTO Siempre conforta encontrar personas asequibles a las que se puede llegar sin demasiado protocolo. Y reconforta, sobre todo, observar que así de llanamente podemos acercarnos al Apóstol Santiago, nada más y nada menos, que patrono de España. Sin embargo al aproximarme a él varias preguntan golpean mi mente: • ¿Cuántas personas, de las que han nacido entorno al siglo XXI, se interesarán por esta realidad? • Y para la vida de la Iglesia¿Qué supone la figura de Santiago Apóstol? • ¿Qué supone para nuestra vida personal, como seres comprometidos con el evangelio de Jesucristo, el mensaje que se desprende de la existencia del Santo? -¿Nos ayuda a superarnos? -¿Nos ayuda a mejorar? -¿A trabajar por el evangelio? -¿A llevar a otros la Buena Noticia del Reino? -¿A vivir en esperanza? -¿Nos da fortaleza para seguir adelante? Porque todos conocemos que, el apóstol, como cualquiera de nosotros era un trabajador que está precisamente faenando, cuando escucha la llamada. Normalmente las personas estamos muy confundidas si pensamos, que tenemos que estar en la Iglesia y rezando para que Dios nos llame; Dios puede llamarnos como quiera y donde quiera. En la vida humana hay momentos que sirven para tomar conciencia y caer en la cuenta de nuestra realidad y todos hemos pasado por ello. Son esos momentos en los que decidimos regenerarnos y renovarnos; esos instantes significativos de nuestra vida en los que, si somos capaces de ponernos en pie y seguir a Jesús nos harán vivir experiencias capaces de ser celebradas y vividas en fiesta. LA LLAMADA DEL APÓSTOL Esto es lo que el Apóstol experimentó, al oír la llamada. Seguro que en ese preciso momento el desconcierto se apoderó de él ¡dejarlo todo! ¡Seguir a un desconocido al que no se le apreciaba nada especial! Lo único que apreciaba, Santiago, dentro de él, era que ese hombre tenía una fuerza capaz de arrastrarlo sin que lo pudiese evitar. Lo que no podía suponer es que, en ese preciso instante, Dios lo había bendecido de tal manera, que ya no le suponía ningún esfuerzo dar su respuesta personal desde la libertad más absoluta. El apóstol, en su interior intuye que ya es libre para celebrar la bondad de Dios y eso lo lleva a abandonarlo todo, a no temer nada, a despojarse de los sentimientos negativos que le gritaban en su cabeza… y, lentamente se pone en pie y comienza a andar tras Jesús de Nazaret. Estaba claro. Santiago había experimentado, a la perfección, que ser libre conlleva una sabiduría interna capaz de guiar nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestros actos… capaces de tener un verdadero encuentro con el Señor. MOMENTO DE ORACIÓN: Si la oración es el encuentro personal con el Señor, no estamos lejos de lo que le pasó al apóstol; pero si además es la transformación de una experiencia, no nos queda más remedio que levantarnos, dejarlo todo y seguir a Jesús como él lo hizo. Y ¿dónde podremos nosotros lograr esa transformación? Pues en las cosas más sencillas de nuestra vida: • En el trabajo cotidiano. • En nuestra vida de familia. • En nuestra relación con los desfavorecidos. • En el contacto con la naturaleza. • En cada Eucaristía vivida. • En la convivencia con la comunidad. • Y, de manera muy especial, en la entrega de dejarnos amar por el Señor. DEJAMOS UNOS MOMENTOS DE SILENCIO… Vamos a darnos cuenta también, de que nosotros queremos celebrar el año jubilar en oración junto al Apóstol y queremos hacerlo dando gracias porque, como él, hemos sido bendecidos para poder celebrar la bondad de Dios allá donde nos encontremos. Así, con paz y sosiego, tomaremos conciencia de los dones que Dios ha puesto en nuestras manos para que, como el apóstol Santiago llevemos el mensaje de Dios a este mundo que vive de espaldas a Él. Esos dones de: vida, verdad, paz, justicia, amor, gracia… Junto al Apóstol, pondremos ante el Señor todas esas situaciones preocupantes que nos rodean y le pediremos que nos ayude a ser semilla que fructifique y dé frutos dignos. Para terminar aclamaremos las grandezas que hace el Señor con cada persona que se entrega a Él. Para ello tomaremos estos versículos del Salmo 65: “Aclama al Señor tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria” ¡Venid! ¡Mirad el poder del Señor! Vamos a celebrar su grandeza ¡Cantemos! ¡Aclamemos! ¡Demos gracias! Tomémonos tiempo para que estos versículos del salmo se hagan realidad en nosotros. Y se consoliden en nuestra existencia; porque Dios es el Dios de la vida y los salmos no son otra cosa que, esa misma vida hecha oración. Quizá estemos de vacaciones, quizá ya estemos próximos a ellas, sea como sea, estamos ante un tiempo propicio para disfrutar de lo que hacemos y de lo que otros hacen por nosotros. Un momento de saborear con calma lo que nos sugieren las presencias y los detalles. Un momento de contemplar, en silencio, tantas cosas creadas que hacen agradable nuestra vida y que, a veces, ni siquiera somos capaces de percibir. Un momento para gustar: • De la familia, a la que quizás tengamos un poco abandonada por falta de tiempo. • Los amigos. Aquel que no vemos con frecuencia, ese que estuvo a nuestro lado en aquel momento difícil… • La amistad. Esos saludos afectuosos, ese interés por los tuyos, por tus proyectos, por tus actividades… • La donación. Esa mano tendida, esa sonrisa, ese recuerdo traído de lejos. Esos dones con los que hemos orado y que, quizá no terminamos de acoger. Esa simpatía, esa capacidad de trabajo, esa disponibilidad… • Trataremos de descubrir la presencia de Dios en cada ser viviente, especialmente en el ser humano. Y así, lentamente, sin prisa… nos iremos sintiendo, como el apóstol, seres bendecidos en libertad, para acoger al Señor en nuestra vida y salir con valentía a manifestarla a los demás.
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