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1.- ORACIÓN A CRISTO RESUCITADO

Por Ángel Gómez Escorial

Señor Jesús:

Nuestra alma salta de golpe hacia el espacio cósmico sabiendo que Tú has resucitado y que, algún día, todos nosotros te seguiremos.

No sabemos medir bien el enorme amor del Padre, que nos desea eternos y enteros, cuerpo y alma, gracias a tu Resurrección gloriosa. Pero nuestro Padre común quiere nuestra salvación y nuestra fidelidad.

Hemos tenido sentimientos encontrados –y tal vez algo confusos— con tu sufrimiento en la Pasión. Es inaudito que el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, por quien todo fue hecho, se suma en el castigo total de la Cruz y se vea abandonado por todos.

No es fácil acostumbrarse y no es fácil, asimismo, asumir la –que la tenemos— complicidad en la autoría de ese crimen nefando y nefasto. Como los malos arrendatarios de la viña hemos sido capaces, con nuestros pecados, de matar al Hijo del Dueño de la Viña. Eso nos produce pesar y confusión.

Pero llega la luz pascual, la primera vuelta del Señor Jesús y con ella la promesa fehaciente de nuestra felicidad futura y eterna. Las dudas y los sentimientos contradictorios de van a tornar en alegría desbordante.

Y cada vez que asistimos a la noche santa de la Vigilia Pascual –y seguimos con alegría las celebraciones posteriores— crecemos un poco más en el conocimiento alegre de nuestro destino de Hijos de Dios. ¡Ojalá no lo olvidemos nunca! ¡Ojalá comuniquemos nuestra alegría a un mundo triste por el permanente mal y el continuo pecado!

Te vamos a pedir, Señor Resucitado, por la paz en el mundo, porque no siga ni la guerra, ni el terrorismo. Que el diálogo sustituya a las armas y el amor a la violencia.

Esto, hoy, parece, Señor Jesús, una utopía, pero también a algunos, ahora hace dos mil años, tu Resurrección les pareció una utopía. Y no era otra cosa que una victoria definitiva sobre la muerte que es lo que hoy necesitamos.

La muerte exhibe su aguijón en demasiados lugares y no, precisamente, como final de un ciclo biológico. Es la muerte producida por el desamor, la injusticia y la opresión.

Pero la esperanza de que se cumplan las profecías pacificas de Isaías vive en nosotros. Sabemos que un día será así y que las lanzas serán podaderas y que la serpiente venenosa jugará con el niño pequeño.

Estamos seguros de que la paz, el amor y la felicidad reinarán un día con nosotros. El Reino pude construirse en este tiempo real y ese Reino llegará si nosotros somos capaces de creer que tú, Señor, has resucitado.

Nuestra fragilidad necesita de tu ayuda, de tu fuerza y de tu amor. No nos abandones. Ni permitas que jamás nos separemos de ti. ¡Aleluya! ¡Aleluya!

 

2.- ¿CREEMOS EN LA RESURRECCIÓN?

Por Ángel Gómez Escorial

Nadie puede negar el entusiasmo y la alegría de los fieles católicos en las celebraciones de la Pascua. Tras la tristeza evidente de las fechas del Jueves y Viernes Santos, la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección emergen como algo muy grande. Realmente, tenemos el conocimiento de que la Iglesia comenzó a caminar –ya sin desmayo— desde ese momento, confirmándose la condición divina de Jesús de Nazaret. Y es que si Cristo había resucitado, sus seguidores podían esperar lo mismo. La otra cuestión, además, de la divinidad de Jesús, es que Él era el primogénito de entre los muertos. Hay muchos ejemplos de ello descritos en los Hechos de los Apóstoles y, sobre todo, en las Cartas de Pablo. Incluso, el apóstol de los gentiles llegó a pensar –y así lo escribió— que la Segunda Venida de Jesús –para resucitar a todos y glorificar a vivos y muertos — se produciría aun en vida de sus seguidores. No fue así, claro. Y desde entonces el pueblo fiel espera que se cumpla la promesa del Señor Resucitado.

¿Y nosotros –aquí y ahora— creemos en la Resurrección? Las cuestiones de fe son como son. No se niegan, pero no se interiorizan. Sin duda, la Resurrección del Señor –del Hombre Dios— está ahí y es un argumento de mucho peso dentro de nuestra fe. Comulgamos con Pablo respecto a esa frase de que si Jesús no hubiera resucitado seriamos los más desdichados de la tierra, pero, tal vez, nos falta la valentía de vernos dotados del cuerpo glorioso de Jesús. Y, sin embargo, eso sería un gran consuelo para muchos, para enfermos, para personas maltrechas por culpa de la enfermedad o de los accidentes… Para, asimismo, apreciar más nuestro cuerpo y nuestra alma. Pues la cuestión es que no nos convertiremos en “otra cosa”, en otra persona, sino que nuestra misma persona –cuerpo y alma— serán glorificados y dotados de lo que ya los primeros discípulos vieron en Jesús Resucitado, en el hecho fehaciente que había vencido a la muerte, al tiempo y hasta al espacio, tal como lo conocemos ahora. Y todo ello que no es otra cosa que una promesa de Jesús, nuestro Maestro, nos debería llenar de alegría y convocar nuestra esperanza total en esos momentos o circunstancias en las que vejez o enfermedad nos deterioran o disminuyen.

La otra cuestión notable es que, por tanto, no desaparecemos con la muerte. Tenemos proyección futura hacia un mundo que el Libro de la Apocalipsis define como la bajada de la Jerusalén Celestial, adornada como una novia, un mundo hecho nuevo, lleno de luz. Es una gran esperanza que no debe ser tumbada por nuestro exceso racionalista. Porque, ya se sabe, para Dios todo es posible. Lancémonos con alegría en este tiempo de Pascua a creer en la Resurrección de Cristo, el Señor, y en nuestra misma resurrección, que, sin duda, algún día llegará. Jesús nos lo ha dicho.