Y NACIÓ LA IGLESIA

Por David Llena

“Entonces Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, (...) de la costilla que Dios había tomado del hombre formó una mujer. Entonces el hombre exclamó: «Ésta, sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2, 21-23)”

Del mismo modo Dios tomó del costado de su propio Hijo, mientras éste estuvo yacente, su propia sangre para formar la Esposa de Cristo: La Iglesia. La Iglesia lleva en su esencia la propia vida de Cristo. Es, siguiendo el relato del Génesis, “Carne de su Carne”. Llegará Pentecostés y volveremos a recordar como Dios, tras crear al hombre, le insufló su espíritu. El Espíritu que vivifica está también en la misma naturaleza de la Iglesia.

Y Cristo es fiel, fiel como Dios, fiel según Dios, fiel según el Amor infinito que Él es. Amor que todo lo perdona, amor que todo espera, amor que todo soporta.

Y a esa fidelidad estamos llamados también nosotros pero… ¿cómo lo haremos? Debemos seguir el plan de Dios Padre, el camino trazado por Dios Padre, el proyecto de Dios Padre, la voluntad de Dios Padre.

Si nos paramos un momento en los acontecimientos que acabamos de vivir en esta Semana Santa, podemos ver cómo Cristo no dejó por un instante de seguir el plan de su Padre, no huyó se mantuvo fiel, sufrió, perdió según el mundo y acabó en un sepulcro. Y ahí acabó su acción, fue entonces cuando el Padre lo levantó, como bellamente lo expresa Filipenses 2, dándole el Nombre-sobre-Todo-Nombre. Ese es el camino, humillarse, perder según el mundo que el Padre se encargará del resto.

María ya lo intuyó en los primeros momentos de su vocación maternal cuando lo expresó en el Magnificat: “Ensalza a los que se humillan…” Esta es la nueva vida a la que nos hemos apuntado con esto de la resurrección, a esto nos llama nuestra Fe en Dios, este es el camino de la cruz, pero no hay otro camino.

La Iglesia, nuestra Madre, nos acompaña, nos anima, nos guía y nos cura en este caminar; es pues, un buen momento para dar gracias a Dios por la Iglesia, salida del costado del Redentor.

 

RESURRECCIÓN, ETERNIDAD

Por Pedrojosé Ynaraja

De pequeño nos decían que en el Cielo, el cuerpo que tienen los que allí van, no es como el que tenían al morir. Si era un niño, allí sería como el de un joven de 24 años. Si un anciano, gozaba de juventud. Los del infierno, esos no cambiaban, era lo que mostraban las pinturas de museos e iglesias. De todas las edades, prostitutas y avaros, algún que otro obispo y en un rincón hasta un papa con su tiara. Algo semejante ocurría con la felicidad. Recuerdo un maravilloso párrafo del recientemente fallecido Delibes. Describe como un cura prepara a un moribundo, cazador empedernido como lo era el escritor. Tiene mucha gracia, le cuenta como Dios le preparará las perdices y sus perros le conducirán liebres. El feligrés convencido de lo que le espera, se confiesa.

Acabo de seguir por TV el encuentro del Papa con jóvenes romanos, preparando la jornada de la juventud, el Domingo de Ramos. Un chico le ha preguntado: si se trata de aspirar a la vida eterna, ¿Cómo es, para que nos resulte deseable? El Papa, buen intelectual, mas que poeta, no se ha salido por la tangente. Ha reconocido el misterio que se esconde en la cuestión. Pero ha hablado del gozo que uno siente, al acercarse al Señor. Ha hablado de experiencia de Dios, en la situación histórica, para evidenciar lo que será en la realidad eterna. La lectura evangélica había sido la del que pregunta qué es preciso para ganar la vida eterna. Con seguridad aquel buen hombre, no tenía la cantidad de cosas que nosotros poseemos. A fuer de sinceros: nosotros no aspiramos, nosotros tememos perder lo que almacenamos.

Resurrección del cuerpo, pero ¿de qué se trata? Una corta descripción ocuparía mucho más de lo que me permite la columna. Nuestro cuerpo esta formado por átomos. Se dice que uno de hidrogeno, semejaría a una plaza de toros, en la que en el ruedo hubiera una pelota de futbol y en lo mas alto del tendido, una de ping pon. La plaza, diríamos, que está vacía. Nuestro cuerpo es un saco de agujeros. Añádase, que los componentes, están en un continuo entrar y salir. El agua que ahora bebo, la expulsaré en la respiración, traspiración o micción. A los otros componentes les pasa lo mismo. El calcio anidado en mis huesos, el que se incorporó ayer y huirá mañana, tal vez estuvo, fue, cuerpo del personaje que queramos imaginar, sin excluir el mismo Jesús. ¿Qué y como es mi cuerpo?

No puede ser un inmenso montón de agujeros pasajeros, tal vez deberíamos creer que existe algo permanente, invisible e inaprensible. Quizá debamos acudir, provisionalmente, a imaginar algo semejante al éter, que supusieron los físicos de inicios del siglo XX, para explicarse la transmisión de las ondas electromagnéticas. Queda el misterio, no la decepción.

Jesús, en dos apariciones, para demostrar que es Él, come. Ocurrió en Jerusalén donde, a petición suya, le dan pescado asado. La segunda es más simpática, pertenece al final del evangelio de Juan. Jesús tiene brasas y, encima de ellas pescado y pan, les pide a los discípulos algunos peces de los que ellos han pescado. Y juntos almuerzan.

Se me ocurrió el año pasado. Fuimos, en tiempo pascual, a una ermita, adultos y jóvenes. Después de la misa compartimos “comida de resucitados”. Panes y peces a la brasa. Lo pasamos bien, algo aprendimos.

Deberemos recordar lo que dice Pablo, se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual. (I Cor 15,43)