ENCÍCLICA "CARITAS IN VERITATE"

¿No debería la Iglesia convertir las piedras en pan?

Por Jesús Martí Ballester

“Dí que estas piedras se conviertan en pan”. En un mundo en que mueren de hambre millones de personas ¿no debería la Iglesia convertir las piedras en pan? En un mundo oprimido por tiranos, ¿no debería Cristo y la iglesia convertirse en un centro de poder, de presión, garantía de un mundo de paz? En un mundo que no es capaz de llegar a la verdad, ¿no debería la Iglesia hacer milagros para que todos creyeran, dispensándonos del humilde esfuerzo de la fe de cada día? Pero ¿no es el hombre más que comida? Además, el evangelio sólo nos da cuenta de dos multiplicaciones de pan realizadas por Jesús, en contraposición a un río de Palabras. Alguien dijo que cuando los Papas perdieron los Estados de la Iglesia, inventaron las Encíclicas. Es un poco exagerado, aunque no carece totalmente de razón si se refiere a la cuestión social, pues anteriormente no se había tocado este asunto más que en la “Rerum novarum” de León XIII, que constituyó una innovación exigida también por los nuevos tiempos. Antes de los Pactos de Letrán entre Pío XI y Mussolini, del 11 de febrero de 1929 en que ocurre el reconocimiento mutuo entre el Reino de Italia y la Santa Sede, los Estados Pontificios, gobernados por el papa hasta 1870, habían sido absorbidos en la Reunificación italiana, el Papa y la Santa Sede habían quedado forzosamente bajo la soberanía italiana. Pero tras los acuerdos de 1929, negociados entre el Secretario de Estado Cardenal Gasparri en nombre de la Santa Sede y Benito Mussolini, primer ministro italiano en nombre del rey Víctor Manuel III, se instituía un estado soberano para la Iglesia Católica, la Ciudad del Vaticano.

LA FUERZA DELA PALABRA

En adelante será con mayor claridad la palabra del evangelio la que debe conseguir que los hombres compartan sus bienes y que la humanidad alcance el progreso querido por Dios. El Magisterio de la Iglesia, desarrollando la Palabra de Dios en el momento oportuno y según exijan las circunstancias, nos sugerirá las razones para compartir a través de documentos, hoy Benedicto XVI en la “Caritas in veritate”, antes Pablo VI con la “Populorum progresio”, Juan Pablo II en la “Solicitudo rei socialis”, y la “Centessimus agnus” que tanta relación tienen con el Concilio Vaticano II, con la Constitución pastoral “Gaudium et Spes” y primero la Encíclica “Rerum Novarum” de León XIII, que ya mantiene el fundamental papel de la caridad, cuyo aniversario quiso recordar Juan Pablo II en su “Octogésima adveniens”. Jesús ofrece la obediencia a Dios y la exigencia del servicio fraterno y de la solidaridad para construir su Reino. Dios habita en la fe y no en los poderes terrenos. Jesús en el desierto no sucumbió a la tentación diabólica, como Israel.

EL PROGRESO EN LA “GAUDIUM ET SPES”

La atenta lectura de la “Caritas in veritate” nos deslumbra como un bosque en primavera y una catedral de ideas; es toda la creación la que desfila ante nuestros ojos aturdidos ante la ímproba y laboriosa tarea de este Pontífice alemán, que escribe como un mediterráneo. Benedicto XVI tiene la habilidad de hacerse entender. Sus escritos no son ladrillos. En sus discursos y homilías es muy fácil comprender las claves de lo que ocurre ahora y en todos los ámbitos, y apuntar soluciones: desde la economía al medio ambiente, la creación, pasando por la legitimidad del Estado, la ecología humana, la verdad, la dignidad de la persona, la alegría, etc. El embrión de la Encíclica “Caritas in veritate” lo hallamos en el Concilio Vaticano II que enseña que “La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso altamente beneficioso para el hombre también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está amenazando con destruir al propio género humano.

A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.

Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la vez que reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: No queráis vivir conforme a este mundo (Rom 12,2); es decir, al espíritu de vanidad y de malicia que transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al servicio de Dios y de los hombres. Tan deplorable miseria, hay que purificarla por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro. El hombre, redimido por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Le da gracias por ellas y las usa y las goza en pobreza y con libertad de espíritu para tomar posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo: Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (I Cor 3,2223).

PERFECCIÓN DE LA ACTIVIDAD HUMANA EN EL MISTERIO PASCUAL

El Verbo de Dios, encarnado, habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo. El es quien nos revela que Dios es amor (1 Jn 4,8), y nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, es el mandamiento nuevo del amor. Y a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no es inútil. Esta caridad no hay que buscarla sólo en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria. Cristo, sufriendo, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que el mundo echa sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia. Constituido Señor por su resurrección, Cristo, obra ya por su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo con ese deseo los generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin.

INFORTUNIO OPUESTO AL DESARROLLO

El pecado es la causa principal de la infelicidad de los hombres, el rechazo de Dios, ¡no Dios! Ese rechazo encierra a la criatura humana en la “mentira” y en la “injusticia” (Rm 1,18; 3,23), condena al mismo cosmos material a la “vanidad” y a la “corrupción” (Rm 8,1) y también es la causa última de los males sociales que afligen a la humanidad. Se analiza la crisis económica que atraviesa el mundo y sus causas, pero ¿quién se atreve a meter el hacha en la raíz y a hablar de pecado? San Pablo define la avaricia insaciable como una “idolatría” (Col 3,5) e indica en la desenfrenada codicia de dinero “la raíz de todos los males” (1 Tm 6,10). ¿Por qué tantas familias reducidas a la miseria, masas de obreros sin trabajo, más que por la sed insaciable de provecho por parte de algunos? La élite financiera y económica mundial se ha convertido en la locomotora enloquecida que avanza desenfrenadamente, sin preocuparse del resto del tren, que se ha detenido distante en las vías. Con su muerte, Cristo no sólo ha denunciado y ha vencido el pecado; ha dado también un sentido nuevo al sufrimiento. Ha hecho del sufrimiento un instrumento de salvación, un camino a la resurrección y a la vida. Su sacrificio ejerce sus efectos no a través de la muerte, sino gracias a la superación de la muerte, a la resurrección. “Murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (Rm 4,25): los dos acontecimientos son inseparables. Es una experiencia humana universal: en esta vida placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que, al elevarse una ola del mar, le sigue un hundimiento y un vacío que absorbe al náufrago hacia atrás. “Un no sé qué de amargo, escribió el poeta Lucrecio, surge de la intimidad misma de todo placer y nos angustia en medio de las delicias”.

El consumo de drogas, el abuso del sexo, la violencia homicida, suscitan en el momento la ebriedad del placer, pero conducen a la disolución moral y frecuentemente también física de la persona. Cristo, con su pasión y muerte, ha dado un vuelco a la relación entre placer y dolor. Él “en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz” (Hb 12,2). No se trata ya de un placer que termina en sufrimiento, sino de un sufrimiento que lleva a la vida y al gozo. No se trata sólo de una sucesión distinta de las dos cosas; es la alegría, en este modo, la que tiene la última palabra, no el sufrimiento; y una alegría que durará eternamente. “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y la muerte ya no tiene dominio sobre él” (Rm 6,9). Ni lo tendrá sobre nosotros. Esta nueva relación entre sufrimiento y placer se refleja en el modo de marcar el tiempo en la Biblia. Para nosotros el día empieza con la mañana y concluye con la noche; para la Biblia, comienza con la noche y termina con el día: “Y atardeció y amaneció: día primero”, dice el relato de la creación (Gn 1,5). Jesús murió por la tarde y resucitó por la mañana. Sin Dios, la vida es un día que termina en la noche; con Dios, es una noche que termina en el día, y un día sin ocaso.

CUARENTA AÑOS DE LA POPULORUM PROGRESIO

En armonía con este origen, la tercera encíclica de Benedicto XVI “Caritas in Veritate”, tiene además carácter social, para conmemorar los cuarenta años de la “Populorum Progressio” de Pablo VI de1967. Comienza afirmando que "La caridad en la verdad, de la que Jesús se ha hecho testigo, es una fuerza extraordinaria, que tiene su origen en Dios y es la principal fuerza propulsora para el verdadero desarrollo de cada persona y de la humanidad entera". Por ello, en los momentos más difíciles y complejos, además de actuar con sensatez, hemos de volvernos ante todo a su amor. El desarrollo conlleva atención a la vida espiritual, tener en cuenta seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de amor y perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz. Todo esto es indispensable para transformar los «corazones de piedra» en «corazones de carne» (Ez 36,26), y hacer así la vida terrena más «divina» y por tanto más digna del hombre.

LA ECONOMÍA NECESITA LA ÉTICA

Afirma la Encíclica que la economía necesita la ética para su correcto desarrollo, pues el mercado "no es el lugar de atropello del fuerte sobre el débil". El Pontífice aboga por un progreso, que respete la dignidad humana, asegura que la actual crisis muestra que los tradicionales principios de la ética social, la transparencia, la honestidad y la responsabilidad, "no pueden ser descuidados". Señala que la economía no elimina el papel de los Estados ni la necesidad de "leyes justas". Exige que las "finanzas, después de su mal uso, que han dañado la economía real" se conviertan en un instrumento orientado al desarrollo. Benedicto XVI pide una "urgente" reforma de la ONU y de la arquitectura económica y financiera internacional. "Urge la presencia de una verdadera autoridad política mundial que se atenga de manera coherente a los principios de subsidiariedad y de solidaridad".

TEMAS TRATADOS

Insiste en temas tratados en “Populorum progressio” y “Solicitudo rei socialis” Trata el tema del medio ambiente y afirma que las sociedades tecnológicamente avanzadas "pueden y deben disminuir" sus propias necesidades energéticas y debe avanzar la investigación sobre energías alternativas. El nuevo documento del Papa insiste en los temas sociales contenidos en las encíclicas “Populorum progressio” de Pablo VI en 1967 y “Sollicitudo rei socialis” de Juan Pablo II en 1988. Aborda temas económicos: el aumento de rique­za mundial y las desigualdades crecien­tes, la corrupción ante las ayudas internacionales, los sindicatos, en España callados ante el paro escandalosamente creciente y renuentes y silentes con las reformas necesarias, la movilidad laboral, el hambre, el mercado, la globalización, la subsidiaridad fiscal, las migraciones, el trabajo digno, las finanzas, las asociaciones de consumidores, los poderes públicos, la correlación entre deberes y derechos, el crecimiento demográfico, la gestión de los flujos migratorios, la deslocalización empresarial, la autoridad mundial. Y aspectos culturales, eclecticismo cultural, la protección excesiva del derecho de propiedad intelectual en el ámbito sanitario, el saber humano y la investigación, la bioética, los medios de comunicación social, la educación, la educación sexual, los temas sociales: el respeto a la vida desde su comienzo hasta su final, la ecología y la energía, la familia y el matrimonio entre hombre y mujer, la solidaridad y subsidiariedad. Y como tema central, la filosofía sobre el sentido de la vida, la soledad humana, la libertad religiosa. La clave de lectura y el núcleo básico es un humanismo abierto a Dios, que es el garante del verdadero desarrollo humano.

DIOS TRINITARIO

A la luz del Dios Trinitario que es Amor y Comunión, se iluminan las relaciones humanas y la actitud ante el desarrollo. La Santísima Trinidad revela que la verdadera apertura no significa dispersión centrífuga, sino compene­tración profunda. La Trinidad es absoluta unidad en cuanto las Tres Personas divinas son relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las Tres Divinas Personas es plena y el vínculo entre ellas total, porque constituyen una absoluta unidad y unicidad, que las hace más transparentes entre sí y más unidas en su diversidad. El tema del desarrollo coincide con el de la inclusión relacional de todas las personas y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia humana, que se construye en la solidaridad, la justicia y la paz. Esta perspectiva se ve iluminada por la relación entre las Personas de la Trinidad en la única Sustancia divina.

DIOS QUIERE ASOCIAR A LOS HOMBRES A SU FAMILIA

Dios nos quiere asociar a esa realidad de comunión: «para que sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22). La Iglesia es signo e instrumento de esta unidad. También las relaciones entre los hombres a lo largo de la historia se han beneficiado de la referencia a este Modelo divino. A la luz del misterio de la Trinidad, se comprende que la verdadera apertura no significa dispersión centrífuga, sino compenetración profunda. ”Esto se manifiesta tam­bién en las experiencias humanas del amor y de la verdad. Es evidente que el amor-caridad es la vía maestra de la Doctrina Social. No un amor cualquiera, sino el abierto a la verdad y a la dignidad de cada hombre, que se basa en la solidaridad con todos los hombres y en la subsidiariedad el desarrollo integral del hombre. La solidaridad le abre a los problemas de los otros y condena el individualismo. Y la subsidiariedad le hace ser sujeto activo del cambio social, al reducir las competencias del Estado y condenar la abstención y el desinterés ante los asuntos públicos. Este amor que está abierto a la verdad, no es un mero sentimiento, sino que se concreta en reconocer la dignidad de todo ser humano. El humanismo nuevo que propone el Papa excluye el individualismo capitalista y el totalitarismo colectivista. Benedicto XVI nos regala un mensaje de esperanza y de aliento porque la humanidad tiene la misión y los medios para transformar el mundo y hacer progresar la justicia y el amor en las relaciones humanas, incluso en el campo social y económico.

CRISTIANOS CON LOS BRAZOS EN ALTO COMO MOISES

Pero como esto es un don, nuestra sociedad necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, “caritas in veritate”, del que procede el auténtico desarrollo que conlleva atención a la vida espiritual, la experiencia de fe en Dios en serio, de fraternidad espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de amor y perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz. La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad, que frecuentemente pasa desapercibida por la visión de la existencia que sólo ve la productividad y la utilidad. El hombre está hecho para el don, que manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente, pues el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede del pecado. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad: Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres.

LA “ÉTICA DE LO SOCIAL” Y LA “ÉTICA DE LA VIDA”

Observa Eugenia Roccella en “Il Reformista” que la encíclica “Caritas in veritate” destruye el maniqueísmo de quien divide la “ética de lo social” y la “ética de la vida”, como dos realidades sin conexión. Así, lo “social” estaría más cómodo en las izquierdas y la defensa de la vida entre las derechas. Pero la encíclica “Caritas in veritate” subraya los vínculos que existen entre ética de la vida y ética social, desarrollando una temática del magisterio de la Iglesia desde la "Humana vitae" (Pablo VI, 1968) hasta la "Evangelium vitae" de Juan Pablo II, en 1995. Es preciso “ampliar el concepto de pobreza y de subdesarrollo a los problemas vinculados con la acogida de la vida”. Entre los pobres, los últimos, los desamparados, los frágiles figuran ahora los embriones, los no nacidos, los enfermos terminales. Sería una contradicción una sociedad que proclama la dignidad de la persona, la justicia y la paz y al mismo tiempo tolera “las más variadas formas de menosprecio y violación de la vida humana, sobre todo si es débil y marginada”. El peligro que está en el horizonte es la desaparición de lo humano por medio de la manipulación, no sólo de la biología humana y del cuerpo sino de las relaciones fundamentales, como las de padres e hijos. Es un riesgo que la política tiene dificultad para ver, pues vive demasiado en el presente. La mirada de la Iglesia va más allá de la contingencia histórica y recuerda que “la cuestión social se ha convertido en cuestión antropológica”. La "Populorum progressio" de Pablo VI insistió en la importancia imprescindible del Evangelio para la construcción de la sociedad según la libertad y la justicia". "La fe cristiana –dice la “Caritas in veritate” se ocupa del desarrollo no apoyándose en privilegios o posiciones de poder sino solo en Cristo". Y evidencia que "las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material". Están ante todo "en la falta de fraternidad entre los hombres y los pueblos".

"EL DESARROLLO HUMANO EN NUESTRO TIEMPO".

"El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, destruye riqueza y crea pobreza" Una actividad financiera " especulativa", los flujos migratorios "a veces provocados y no gestionados adecuadamente o la explotación sin reglas de los recursos de la tierra" originan distorsiones del desarrollo. El Papa invoca "una nueva síntesis humanista", para que no crezca la riqueza mundial y aumenten las desigualdades, de lo que nacen nuevas pobrezas". Culturalmente hay "nuevas perspectivas de diálogo", pero con el riesgo" de "un eclecticismo cultural" y el peligro de "rebajar la cultura y homologar los estilos de vida". Está "el escándalo del hambre" y desea "una ecuánime reforma agraria en los países en desarrollo". El Pontífice evidencia que el respeto por la vida "no puede separarse del desarrollo de los pueblos" y afirma que "cuando una sociedad se encamina hacia el aborto acaba por no encontrar la energía necesaria para servir al verdadero bien del hombre". Otro aspecto ligado al desarrollo es el "derecho a la libertad religiosa y la violencia que frena el desarrollo auténtico", lo que "ocurre especialmente con el terrorismo de inspiración fundamentalista", que se extiende incluso a la inmolación no sólo de hombres, sino también de mujeres.

EL DON: FRATERNIDAD

Elogia la experiencia del don, no reconocida a menudo, "debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. El desarrollo, si quiere ser auténticamente humano, necesita dar espacio al principio de gratuidad", y también la lógica mercantil, debe estar "ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política". Siguiendo la "Centesimus annus" indica "la necesidad de un sistema basado en el mercado, el Estado y la sociedad civil" y espera "una civilización de la economía", que cree "economía solidaria" porque "tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco". Hace falta una nueva valoración del fenómeno de la globalización, que no se debe entender sólo como "un proceso socioeconómico", sino "una orientación cultural personalista y comunitaria abierta a la trascendencia".

EL DESARROLLO DE LOS PUEBLOS

Gobierno y organismos internacionales no pueden olvidar "la objetividad y la indisponibilidad" de los derechos. Se detiene en las "problemas del crecimiento demográfico". Reafirma que la sexualidad no se puede "reducir a un mero hecho hedonístico y lúdico". Los Estados, "están llamados a promover la centralidad de la familia". "La economía tiene necesidad de una ética amiga de la persona". La cooperación internacional debe inspirarse en determinaciones que miren el desarrollo de la persona. Los organismos internacionales deberían interrogarse sobre la real eficacia de sus aparatos burocráticos", "con frecuencia muy costosos". Se refiere a las problemáticas energéticas. "El acaparamiento de los recursos" por parte de Estados y grupos de poder constituyen "un grave impedimento para el desarrollo de los países pobres".

LA FAMILIA HUMANA

Sobre "La colaboración de la familia humana" dice que "el desarrollo de los pueblos depende sobre todo del reconocimiento de ser una sola familia". De ahí que la religión cristiana puede contribuir al desarrollo "sólo si Dios encuentra un puesto también en la esfera pública". El Papa hace referencia al principio de subsidiaridad, que ofrece una ayuda a la persona "a través de la autonomía de los cuerpos intermedios". La subsidiariedad, explica, "es el antídoto más eficaz contra toda forma de asistencialismo paternalista" y es más adecuada para humanizar la globalización".

Benedicto XVI exhorta a los Estados ricos a "destinar mayores cuotas" del Producto Interior Bruto para el desarrollo. Y augura un mayor acceso a la educación y a la "formación completa de la persona" afirmando que, cediendo al relativismo, se convierte en más pobre. Un ejemplo es el del fenómeno perverso del turismo sexual."Es doloroso que se desarrolla con frecuencia con el aval de los gobiernos locales". Afronta el fenómeno "histórico" de las migraciones. "Todo emigrante "es una persona humana" que "posee derechos que deben ser respetados por todos y en toda situación". Sobre el "Desarrollo de los pueblos y la técnica" pone en guardia ante la "pretensión prometeica" según la cual "la humanidad cree poderse recrear valiéndose de los 'prodigios' de la tecnología". La técnica no puede tener una "libertad absoluta". El campo primario "de la lucha cultural entre el absolutismo de la tecnicidad y la responsabilidad moral del hombre es hoy el de la bioética", y "la razón sin la fe está destinada a perderse en la ilusión de la propia omnipotencia".

El desarrollo tecnológico está relacionado con la influencia cada vez mayor de los medios de comunicación social. Es casi imposible imaginar ya la existencia de la familia humana sin su pre­sencia. Se han introducido de tal manera en la vida del mundo, que parece realmente absurdo defen­der su neutralidad. La Iglesia, sin exceptuar a Benedicto XVI, es víctima hoy de informaciones perversas que intentar cubrir de barro su sotana blanca. La cuestión social se convierte en "cuestión antropológica". La investigación con embriones, la clonación, lamenta el Pontífice, "son promovidas por la cultura actual", que "cree haber desvelado todo misterio". El Papa teme "una sistemática planificación eugenésica de los nacimientos".

APOLOGÍA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

La “Caritas in veritate” de Benedicto XVI es una apología de la llamada “doctrina social” de la Iglesia. La distinción entre doctrina socialis y doctrina de societate no es bizantina. La Iglesia enseña que el evangelio ha de repercutir en la sociedad, pero doctrina socialis había adquirido un sentido específico, referido a las encíclicas sociales de León XIII y sucesores y, como explica el P. Chenu, “este sentido genérico sólo es una referencia explícita al evangelio, que se hallaba ausente en el uso doctoral y magisterial de las encíclicas llamadas sociales, vinculadas a referencias ideológicas y a la preocupación por el orden establecido”. (La “doctrine sociale” de l’Église comme idéologie). Toda la Encíclica pivota sobre el binomio “caridad” y “verdad”. Han de ir unidas, pero el Papa recuerda que, si san Pablo habla de la veritas in caritate (Efesios 4,15), hay que dar importancia también al “sentido inverso de caritas in veritate”. Juan XXIII, insistía en lo primero. El usaba unos cuantos textos bíblicos que eran líneas de fuerza tanto de su piedad personal como de su actividad pastoral y los proclamaba convencido del poder de la Palabra para transformar la Iglesia y el mundo. El principal y más fecundo era “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lucas 2,14), pero también repetía (Efesios 4,15,) “practicando la verdad con caridad”.

EL PAPA RONCALLI

Antes del Concilio, Roncalli y otros como él deseaban una renovación de la Iglesia, sostenían que la defensa de la fe nunca puede olvidar la caridad pues el propio joven Roncalli había sido víctima, acusado de modernismo. Benedicto XVI nos hace volver a la ortodoxia: caritas, sí, pero in veritate y, veritas designa la doctrina social de la Iglesia. Enla Encíclica dice: “Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente”. “Sin verdad se cae en una visión empirista y escéptica de la vida. “No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana”. En la conclusión se afirma que “sin Dios el hombre no sabe adónde ir”, y que el hombre solo “no puede fundar un verdadero humanismo”. Por consiguiente, “el humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano”.

Muchas veces Los “hombres de buena voluntad” a los que apelaba Juan XXIII nos dan lecciones de humanidad, y hasta de teología. En 1981, en el 350º aniversario de la muerte de Galileo, Juan Pablo II creó una comisión que revisara el proceso de la condena de Galileo. Juan Pablo II llegó a afirmar que “Galileo, sinceramente creyente, se mostró más perspicaz que sus adversarios teólogos”. Según Fernando García de Cortázar, “Lamentablemente, en una época de exaltación de la pretendida memoria histórica, de continuas exigencias de contrición a Isabel la Católica por descubrir América, al Papado por condenar las tesis de Galileo o a algunos ciudadanos españoles por la guerra civil o el franquismo, ni Zapatero ni su Gobierno han pedido perdón por no aprender las lecciones del pasado e insistir en la negociación con terroristas, convirtiendo a éstos y a sus muñidores en defensores honorables de una causa”.

SEREMOS JUZGADOS POR LA CARIDAD

En el juicio universal (Mateo 25) seremos juzgados por la caridad. Los que dieron pan al hambriento y de beber al sediento, obraban sólo por compasión. No sabían que se lo hacían a Cristo, ni mucho menos que aplicaban las encíclicas. El Papa dice ser «consciente de las desviaciones y de los vacíos de sentido con que se ha encontrado y se encuentra la caridad, con el peligro de ser malentendida, de dejarla fuera de las vivencias éticas y de impedir su valoración correcta en los ámbitos sociales, jurídicos, culturales, políticos, económicos.

Sin la verdad, la caridad, palabra abusada y distorsionada La caridad, se convierte en algo irrelevante y queda excluida de los procesos de construcción de un desarrollo humano de alcance universal, del diálogo entre los saberes y la operatividad. La “caridad en la verdad”, es esencial justo en el momento en que la crisis del modelo de desarrollo global necesita nuevas reglas y nuevos fundamentos. De aquí la contribución de la Iglesia, que ni tiene soluciones técnicas que ofrecer ni pretende interferir en la política de los Estados. Caridad y verdad, Agape y Logos. Este aspecto racional de la caridad es comprensible incluso desde la razón humana y constituye una base universal, global, de diálogo entre todos los hombres, todas las naciones y todas las culturas. Incluso la sorprendente experiencia de la donación» unifica a los hombres porque va más allá de cualquier mérito: su norma no es sólo la justicia, sino el exceso, el excedente, la sobreabundancia, la demasía, el superávit…Desde esta concreta y particular mirada o visión, nacen líneas maestras para el mercado y las empresas, los managers y los sindicatos, las finanzas y la política a los que da carácter típicamente humano del don de sí y de la sobreabundancia. Llama la atención el carácter propositivo, el añadir más que el lamentar o condenar prácticas egoístas.

EL HOMBRE ESTA HECHO PARA EL DON

Sorprende la clarividencia y la nitidez con la que Benedicto XVI pasa a destacar la necesidad de la libre donación personal, más allá del humano añadir libremente al hacer progreso o al mejorar como ciudadano. Los números 34 y 35 merecen la pena ser leídos. “La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo, la productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente. A veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede del pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad. Nuestros días nos ofrecen una prueba evidente de los efectos perniciosos del pecado. Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social.

Además, la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva. Estas posturas han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían.

EL DON SUPERA EL MÉRITO

Nos precede en nuestra propia alma como signo de la presencia de Dios en nosotros. La verdad que como la caridad es don, nos supera, como enseña San Agustín. Incluso nuestra propia verdad, la de nuestra conciencia personal nos ha sido dada. En efecto, en todo proceso cognitivo la verdad no es producida por nosotros, sino que se recibe. Como el amor, «no nace del pensamiento o la voluntad, sino que se impone al ser humano» Al ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que funda la comunidad, unifica a los hombres para que no haya barreras o confines. La comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca podrá ser sólo con nuestras fuerzas una comunidad plenamente fraterna ni aspirar a superar las fronteras, o convertirse en una comunidad universal. La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca. Al afrontar esta cuestión decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la lógica del don no excluye la justicia como un añadido externo y que el desarrollo económico, social y político necesita dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad.

VALOR DE LOS BIENES QUE SE INTERCAMBIAN

Si el mercado se rige únicamente por el principio de la equivalencia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a producir la cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin solidaridad y confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave. En la Introducción el Papa recuerda que la caridad es "la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia". Por otra parte, dado el "riesgo de ser mal entendida o excluida de la ética vivida" advierte que "un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales". "El desarrollo necesita esta verdad", y analiza "dos criterios orientadores de la acción moral: la justicia y el bien común. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la polis.

IMPORTANCIA IMPRESCINDIBLE DEL EVANGELIO

El "Mensaje de la "Populorum progressio" "reafirmó la importancia imprescindible del Evangelio para la construcción de la sociedad según libertad y justicia". "La fe cristiana dice Benedicto XVI, se ocupa del desarrollo no apoyándose en privilegios sino solo en Cristo". El pontífice evidencia que "las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material". Están ante todo en la voluntad, el pensamiento y todavía más "en la falta de fraternidad entre los hombres y los pueblos". Sobre "El desarrollo humano en nuestro tiempo" que es "el objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, destruye riqueza y crea pobreza" Y enumera algunas distorsiones del desarrollo: una actividad financiera "en buena parte especulativa", los flujos migratorios "frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente o la explotación sin reglas de los recursos de la tierra". Frente a esos problemas ligados entre sí, el Papa invoca "una nueva síntesis humanista", constatando después que "el cuadro del desarrollo se despliega en múltiples ámbitos: crece la riqueza mundial en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades y nacen nuevas pobrezas".

PERSPECTIVAS DEL DIÁLOGO

"En el plano cultural las posibilidades de interacción" han dado lugar a "nuevas perspectivas de diálogo", pero hay un doble riesgo". "Un eclecticismo cultural" donde las culturas se consideran "sustancialmente equivalentes", y el peligro opuesto es el de "rebajar la cultura y homologar los estilos de vida". Recuerda "el escándalo del hambre" y auspicia "una ecuánime reforma agraria en los países en desarrollo". Asimismo, el pontífice evidencia que el respeto por la vida "en modo alguno puede separarse de las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los pueblos" y afirma que "cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida acaba por no encontrar la motivación y la energía necesarias para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre". Ligado al desarrollo está el "derecho a la libertad religiosa. La violencia frena el desarrollo auténtico" y esto "ocurre especialmente con el terrorismo de inspiración fundamentalista".

"FRATERNIDAD, DESARROLLO ECONÓMICO Y SOCIEDAD CIVIL"

Hace un elogio de la experiencia del don, no reconocida a menudo, "debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. El desarrollo, si quiere ser auténticamente humano, necesita dar espacio al principio de gratuidad", y la lógica mercantil debe estar "ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política"."Retomando la encíclica "Centesimus annus" indica "la necesidad de un sistema basado en el mercado, el Estado y la sociedad civil" y espera en "una civilización de la economía". Hacen falta "formas de economía solidaria" y "tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco". Es una nueva valoración del fenómeno de la globalización, que no se debe entender solo como "un proceso socioeconómico". La globalización necesita "una orientación cultural personalista y comunitaria abierta a la trascendencia y capaz de corregir sus disfunciones".

LA FAMILIA

La Encíclica trata el tema del "Desarrollo de los pueblos, derechos y deberes, ambiente". "Gobierno y organismos internacionales no pueden olvidar "la objetividad y la indisponibilidad" de los derechos y apunta las "problemáticas relacionadas con el crecimiento demográfico". Reafirma que la sexualidad no se puede "reducir a un mero hecho hedonístico y lúdico". Los Estados, escribe, "están llamados a realizar políticas que promuevan la centralidad de la familia". "La economía tiene necesidad de la ética amiga de la persona". La misma centralidad de la persona, debe ser el principio guía "en las intervenciones para el desarrollo" de la cooperación internacional. Los organismos internacionales deberían interrogarse sobre la eficacia de sus aparatos burocráticos", "con frecuencia muy costosos".Las problemáticas energéticas."El acaparamiento de los recursos" por parte de Estados y grupos de poder constituyen "un grave impedimento para el desarrollo de los países pobres". "Las sociedades tecnológicamente avanzadas pueden y deben disminuir la propia necesidad energética", mientras debe "avanzar la investigación sobre energías alternativas". "La colaboración de la familia humana" es imprescindible pues "el desarrollo de los pueblos depende sobre todo del reconocimiento de ser una sola familia". De ahí que la religión cristiana puede contribuir al desarrollo "solo si Dios encuentra un puesto también en la esfera pública".

El principio de subsidiaridad ofrece una ayuda a la persona "a través de la autonomía de los cuerpos intermedios". La subsidiariedad, "es el antídoto más eficaz contra toda forma de asistencialismo paternalista" y humaniza la globalización". Sobre el fenómeno "histórico" de las migraciones afirma que "todo emigrante, "es una persona humana" que "posee derechos que deben ser respetados por todos y en toda situación".

CONCLUSIÓN

Está aterrizando la Encíclica “Caritas in veritate” y Benedicto XVI puntualiza: “Sin Dios el hombre no sabe dónde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos dice: «Sin mí no podéis hacer nada» (Juan 15,5). Y nos anima: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia. Pablo VI nos ha recordado en la Populorum progressio que el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo. Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero.

ENVIO A BENEDICTO XVI

Santo Padre:

Nos ha puesto el listón tan alto y con tanta claridad y perspicacia para conseguir ese humanismo íntegro y verdadero, y el auténtico progreso, que es el soñado por Dios para este mundo, que es suyo, que evidentemente sólo nos puede llegar como don de su Mano. Por lo tanto, los que trabajamos con humildad en nuestra tarea diaria no hemos de ser menos que verdaderos hombres de Dios, abrasados en su amor, confiados en su Infinita Misericordia y acogidos al regazo de la Madre de la Iglesia. (JMB)