II Domingo de Pascua
11 de abril de 2010

La Pascua es el tiempo de sentirnos Iglesia, comunidad de hermanos que celebran y viven con gozo la experiencia de un Jesús que está vivo y en medio de nosotros, que acompaña nuestras vidas y las llena de su presencia, que convierte la vida cotidiana en un “kairós”, en un acontecimiento de salvación. Y el día que se convierte en referencial es el domingo, “el primero de la semana”, porque es el día de la resurrección.

5.- Cada domingo nos reunimos como Iglesia, como comunidad cristiana “nueva”, a celebrar nuestra fe en el Señor resucitado. Nos reunimos con la certeza de que Él está en medio de nosotros. Venimos a encontrarnos con Él, a que Él sea el motor de nuestra vida. Y lo hacemos en comunidad. Que esta Pascua dejemos nuestros individualismos a un lado y optemos por ser hombres y mujeres “nuevos”, una humanidad “nueva”, una comunidad cristiana “nueva” a la luz de Cristo Resucitado.


6.- ¿Y NUESTRAS PUERTAS?

Por Javier Leoz

Segundo domingo de Pascua y, el Señor, se aparece. Unos creen porque han visto el sepulcro vacío, porque reconociendo su voz recuerdan aquellas palabras “volveré” y otros, aun con dificultades, porque tienen una inmensa fe en Aquel que vino en el nombre del Señor. Creer, no es tarea fácil.

1.- El recordado Papa Juan Pablo II llegó a afirmar “la mayor prisión en la que viven muchos hombres, es que están con el corazón cerrado”. ¿Cómo están las puertas de nuestras entrañas? ¿Abiertas o reacias a la fe? ¿Dispuestas abrirse a Cristo Resucitado o chirriando porque, hace tiempo, dejaron de ser bañadas por la oración, la esperanza, la fe o la caridad?

Estamos en Pascua. ¡Resucitó el Señor y nos llama a la vida! ¡Señor qué vea! ¡Señor, que viva! ¡Señor, que crea en ti! Deben ser exclamaciones que broten desde lo más hondo de nuestras ganas de celebrar, sentir y vivir a Jesús.

No podemos consentir que diferentes problemas que sacuden a nuestra Iglesia Universal, nos atrincheren. Hoy, más que nunca, como los apóstoles tenemos que decir: “hemos visto al Señor”. Y, aunque algunos –con intereses mezquinos y destructivos- intenten callar o desautorizar la voz de la Iglesia, hemos de responder con la fuerza de nuestra fe, con el entusiasmo activo y efectivo de nuestro testimonio cristiano. No podemos dejarnos llevar, como decía el Papa Benedicto XVI, por murmuraciones que entre otras cosas debilitan, pero no consiguen su propósito: herir y a conciencia. Minar lo que, por cierto, es algo inquebrantable y sólido: CRISTO NOS ACOMPAÑA EN NUESTRA PASION Y MUERTE, PARA LLEVARNOS A UN MAÑANA FELIZ. También, a nuestra Iglesia, le espera.

2.- Hoy, como a Santo Tomás, nos puede ocurrir lo mismo: que nos cueste ver al Señor en el contexto que nos toca vivir. Pero, mira por donde, es en la realidad sufriente, en el costado por donde sangra la Iglesia, donde hemos de incrustar nuestros dedos para comprobar que, Cristo, sigue vive dentro de ella. Que la razón de su ser, el de la Iglesia, es precisamente anunciar –con santidad pero a veces con alguna debilidad- la gran noticia del evangelio: ¡Ha resucitado! ¡Vive entre nosotros!

Hoy, con Santo Tomás, hacemos un acto de fe: “Señor mío y Dios mío”. Creo en tu Iglesia, amo y rezo por la santidad y entrega de sus sacerdotes y, sobre todo, sigo creyendo porque sé que, el paso del Señor por el mundo, no ha sido inútil. Tuvo un objetivo: sacarnos del pecado, curarnos las enfermedades del alma y atraernos, como si de un imán se tratara, al abrazo amoroso de Dios. Y, eso, nadie nos lo puede eclipsar o eliminar.

3.- Qué sugerente la primera lectura de este día. Los primeros cristianos tenían un pensamiento común (Cristo), un ideario de comunión (el de Cristo), compartían de una forma llamativa (como les enseñó Cristo) pero, sobre todo, daban testimonio de la Resurrección de Cristo. Que también nosotros, con esa Iglesia que nació de Cristo, seamos capaces de ir al fondo de nuestra vida cristiana: no nos podemos intoxicar o perder en el humo. Hay que irradiar al mundo el fuego del Espíritu, la alegría de la fe y la presencia de Jesús Resucitado. Tal vez, por ello mismo, a muchos…..les encantaría una Iglesia temerosa, débil o acomplejada. En nosotros, amigos, está la respuesta. ¿Qué decís? ¡MANTENGAMOS NUESTRAS PUERTAS, ABIERTAS!

4.- ¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!

Abriré las puertas, cuando me llamen a tiempos y a deshoras

y, aun con incertidumbres o dudas,

proclamaré que estás vivo y operante

Que, en mis miedos y temores,

me das la valentía de un león

para hacer frente a mis adversarios.

¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!

Ven, Señor, y como a Tomás muéstrame tu costado

no para que crea más o menos

sino para sentir un poco el calor de tu regazo.

Ven, Señor, y como a Tomás, enséñame tus pies

no porque desee verlos taladrados

sino porque, al contemplarlos,

conoceré el precio que se paga

a los que desean andar por tus caminos

Ven, Señor, y como a Tomás, dame tus manos

no para advertir los agujeros que los clavos dejaron

sino para, juntando las mías sobre las tuyas,

comprender que he de ayudar al que está abatido

animar al que se encuentra desconsolado

o servir con generosidad,

a todo hombre que ande necesitado

¡CON MI IGLESIA, CREO EN TI, SEÑOR!

Porque, sé que, los Apóstoles

débiles y santos, con virtudes y defectos,

nos han dejado esta Iglesia que es Madre y sierva

Santa y pecadora, grande y pequeña,

Rica y pobre, pero esplendorosa

por la alegría de tu Pascua Resucitadora

¡ALELUYA, CREO CON TU IGLESIA, EN TI SEÑOR!


7. - SAN JUAN Y LA HISTORIA DE LA IGLESIA

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Dos textos fundamentales, dos fragmentos del Evangelio de Juan y del Libro del Apocalipsis, se entremezclan hoy en nuestra eucaristía marcando un larguísimo periodo de tiempo, si tenemos en cuenta cuando fueron escritos cada uno de ellos. Me refiero al texto evangélico –que se proclama en todos los domingos de los tres ciclos—y esas palabras que identifican al autor del Apocalipsis. Y así entre ese "primer final" de su Evangelio, y el "segundo principio" de su libro del Apocalipsis, el Apóstol San Juan ha vivido un periodo muy importante –y muy largo-- dentro de la vida de la Iglesia. Juan, ya anciano, escribe en Patmos el libro profético de una Iglesia que lucha y triunfa. Y la escena de la aparición del Señor en medio del lugar cerrado "por miedo a los judíos", con el episodio de la "conversión fuerte" de Tomás que se narra en el evangelio, es principio de un periplo prodigioso y muy rápido de la Iglesia de Cristo. Todos hemos de meditar en ese paso del tiempo que vivió San Juan, porque, asimismo, a nosotros, en nuestro tiempo de hoy, también nos afecta el paso de las horas, de los días, de los años…

2.- Iniciamos este Tiempo de Pascua de 2010 inmersos en, por ejemplo, los problemas que la Iglesia tiene –y que el Papa Benedicto ha afrontado con gran valentía—por el afloramiento de casos de pecados repetidos contra el crecimiento cristiano de muchos niños y jóvenes. Son los casos de pederastia en las iglesias de Irlanda, Alemania, Estados Unidos, etc. Es terrible pensar que personas encargadas de la cristianización de cuerpos y almas jóvenes, les hayan querido llevar, y con violencia, por la senda del pecado. Es terrible, en efecto. Pero el tiempo pasará. La Iglesia sabrá salir de este problema y enmendar el mal hecho. También –y como decía—en ese larguísimo periodo de tiempo en el que Juan terminaba su Evangelio e iniciaba sus revelaciones en el Libro del Apocalipsis surgieron muchos problemas que pretendían desvirtuar la esencia del cristianismo. Y todo se fue arreglando. La fragilidad humana, la condición de pecadores de hombres y mujeres, y la presión permanente del Mal, todo ello, suscita el pecado dentro de la Iglesia. Perola Iglesia sabe luchar contra ello. Y como reveló el mismo Jesucristo, en plena Edad Media, a la santa y anacoreta inglesa, Juliana de Norwich, “no temas, todo saldrá bien al final”. Pero es útil, obligatorio, necesario, conveniente no esconder el mal debajo de las alfombras, como si de suciedad mal barrida, se tratase. Hay aflorar el mal y el daño. Reconocerlo, asumirlo y poner remedio. Aunque muchos que exigen vociferando que la Iglesia reconozca sus pecados, mantendrán en silencio sus propios pecados, porque ya la dijo Jesús: “El que no tenga pecado que tire la primera piedra”. Y, asimismo, hay un refrán castellano que define también la cuestión: “en todos los sitios cuecen habas”.

3.- Pero volvamos a nuestro comentario litúrgico de este Segundo Domingo de Pascua. Es verdad que lo acometemos cuando están todavía muy vivos los recuerdos de las celebraciones del Triduo Pascual. Y es normal. Pero este domingo –digámoslo así—centra el efecto de la Resurrección del Señor. La aparición del Señor Resucitado en el cenáculo en el “primer día de la semana” es el origen de la consagración del Domingo –el Día del Señor, que eso significa domingo—frente al sábado ritual de los judíos. La importancia del descubrimiento de la divinidad de Cristo, acrisolada por el hecho inaudito de su Resurrección y de la visible glorificación de su cuerpo, hizo que se modificara la ancestral costumbre judía de reservar el sábado a la oración y al descanso.

Por otro lado, en el relato del Evangelio de Juan aparece como coprotagonista el apóstol Tomás. Primero, es su resistencia a creer que el Señor se ha aparecido a sus compañeros del Cenáculo. Después, cuando ve lo que pidió ver, es agente de una explosión de fe que iba a dejar su indeleble influencia entre los cristianos de todos los tiempos. Tomás va a dejar a la Iglesia un legado importante: la oración eucarística más expresiva: "¡Señor mío y Dios mío!" y de ancestral uso. Millones de fieles cristianos, a lo largo de los últimos 20 siglos, han musitado esas palabras en el momento de recibir al Señor Sacramentado y también en otras ocasiones, pues es la jaculatoria de los momentos difíciles. No es extraño pues que a este domingo se le llame el Domingo de Tomás. Y, casi, a modo de curiosidad señalar que, en general en los domingos de los tiempos fuertes se marca la diferencia de los mismos, por la utilización de los textos de los evangelistas sinópticos que “presiden” cada ciclo litúrgico. En este caso se mantiene el evangelio joánico de la presencia del Resucitado en el cenáculo y cambian los textos de la primera lectura, del salmo y de la segunda lectura

4.- En fin, quiero volver a reiterar que el párrafo del Apocalipsis incluye testimonios de la Resurrección y las apariciones de Jesús a los Apóstoles centran el relato de este Segundo Domingo del Tiempo Pascual, y marcan ese arco histórico de muchos años en la primitiva vida de la Iglesia. Del cenáculo lleno de hombres temerosos iba a salir, gracias a Espíritu, el fermento, fuerte e ilustrado, de una Iglesia pujante, eficaz… y perseguida. La mejor clave para adorar y meditar la Resurrección de Jesús está en el efecto de ese prodigio suscitado en los Apóstoles. Primero --ya, de una vez—creyeron que Él era Dios; y, entonces, se convirtieron en seguidores conscientes de una actitud y de un camino de indudable trascendencia: de la divinidad y humanidad de Cristo y del camino por Él marcado. Antes de la Cruz y de la Resurrección, los Doce y sus acompañantes no eran otra cosa que una banda irregular de seguidores, llenos de dudas. Para que no existan lagunas en el "discurso litúrgico" de esa transformación, bien claro está el contenido del Libro de los Hechos de los Apóstoles y de la velocidad en el crecimiento del número de fieles. Pedro ya está constituido como primado de esa naciente Iglesia y no sólo lo establece su autoridad humana, porque la autoridad divina le llega en su capacidad --y en la de su sombra-- para curar a los enfermos y a los poseídos.

5. - Cuando Juan escribe en la Isla de Patmos, la Iglesia ya está establecida en todo el mundo conocido de entonces. Y tiene problemas de heterodoxia y persecuciones durísimas, con la fuerza terrible del Estado --el romano-- más poderoso de la tierra. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas. Y el episodio --muy importante, muy notable-- que completa el citado "discurso litúrgico", va desde la alegría por la Aparición del cenáculo hasta el testimonio singular y maravilloso de un anciano que nos dice que sigue disfrutando de la misma juventud interior que en los días --ya lejanos-- de la Resurrección gloriosa de Jesús, el Maestro.

6. - Y de esa evolución de los hombres de la primitiva Iglesia es autor el Espíritu Santo. Por tanto no es lícito dudar de la mejora intelectual de los antiguos pescadores de Galilea. Es el Espíritu quien les ha enseñado. Algunos tratadistas, por ello, suelen dudar de la autenticidad de las autorías de los libros de San Juan o de las Cartas de Pedro. No admiten esa evolución. Es posible que existan razones lógicas para pensar eso. Sin embargo, no se cuenta con la fuerza de la acción del Espíritu. Y es lo que nosotros ahora esperamos, en el camino de Pentecostés. Tenemos que pedir y esperar que el Espíritu Santo nos cambie. Y si le dejamos entrar en nosotros, nuestra sabiduría servirá para ayudar y convertir a los hermanos. Sin apenas mérito nuestro, crecerá de manera insospechada. Los apóstoles cambiaron gracias al influjo del Espíritu, pero si nosotros, sin jactancia, con humildad, y descontando nuestros propios méritos, comparamos otros tiempos anteriores a los de ahora, es posible que nos asombremos de lo que hemos mejorado. Si el pecado o la desidia no se hacen fuertes en nosotros, cada día será un paso en esa mejora, gracias al Espíritu, y para el bien de nuestros hermanos.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LEJANÍA O COMPARTIR

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Cristo resucitó decimos, más apropiado sería decir: Cristo existe resucitado. No se trata de un fenómeno pasado, de un hecho a anotar en la agenda de recuerdos. Cristo, vuelvo a repetir, es una Persona resucitada. No es que haya revivido, como fue el caso del hijo de la viuda de Naín o del mismo Lázaro, amigo del Señor. Ellos revivieron y un tiempo después, volvieron a morir y esta vez definitivamente. Resucitar tampoco no es creer que uno puede reencarnarse, es muchísimo mejor.

No seré yo, mis queridos jóvenes lectores, quien pretenda explicaros qué es la resurrección de Cristo, que de saber hacerlo, dejaría de ser un misterio. Ya os he dicho otras veces, que ser consciente del misterio, es una de las características del hombre. Es una de las cosas que nos diferencian de los animales, aspecto muy importante hoy en día, que tanto nos aseguran que nuestro ADN se asemeja al de ciertos mamíferos. Aceptar el misterio, ayuda a no perder el sentido de nuestra identidad humana. Como ni animales ni plantas tienen constancia de ello, viven más tranquilos, empequeñecidos, esclavos de la biología. La grandeza del hombre no hay que buscarla en que supere la velocidad del guepardo, el olfato de un perro o la capacidad de vuelo de un cóndor. Su grandeza reside en este otro plano.

2.- ¡Cuantas disquisiciones, que tal vez os han aburrido, para deciros una cosa tan simple como que Jesús resucitado quiere ser amigo nuestro, quiere conferirnos algunos de sus poderes y quiere compartir con nosotros!. Nadie tiene la partida de nacimiento, ni la de defunción del Señor, ni un acta notarial de haber asistido a su resurrección. ¡Ni falta que nos hace! Si Jesús resucitado existiera arrinconado en el Cielo, adormecido, alejado de nuestra vida, sería un triste ausente compañero. Y nosotros lo que queremos es tener un amigo que nos entienda, que nos ayude y que sea nuestro fiel confidente.

El fragmento del evangelio que leemos este domingo nos envía dos mensajes. Las dos apariciones fueron gozosas, hasta con un cierto humor irónico la segunda. La presencia del Señor siempre nos alegra. Pero el Maestro no quiere que ellos, los Apóstoles, y nosotros los cristianos estén y estemos, enterados de que ha resucitado, nos es necesaria una experiencia sensorial. Nosotros mismos no tenemos suficiente con saber que alguien importante, por quien nos interesamos, vive en un determinado domicilio, deseamos conocerle, verle, contemplar su mirada, escuchar sus palabras con la cadencia de su acento, darle la mano o abrazarle, recibir un regalo, aunque tal vez sea un sueño pensarlo. Jesús es mas listo de lo que pensamos. Conoce bien como somos, porque Él mismo es hombre de verdad. Comparados con Él, nosotros somos pura bisutería. Así que les enseña las señales de su crucifixión, las cicatrices, e inmediatamente vino el regalo: les infundió el Espíritu Santo. Fue algo así como la metáfora que cuenta el Génesis diciendo que Dios había soplado en el muñeco de barro que había amasado previamente y que desde que el aliento se introdujo en su interior, empezó a ser un viviente. Aquí no se trata de un regalo simbólico, es un don auténtico. Y por mucho que parezca enorme, el Señor no lo considera suficiente y ¡ala, más todavía! Les faculta para perdonar los pecados, que es mucho más que dar vista a un ciego, enderezar a una cheposa o curar a un paralítico. ¿Estamos convencidos que el pecado tiene una gran importancia negativa? Será cosa de pensarlo seriamente, mis queridos jóvenes lectores.

3.- Faltaba Tomás. ¡Siempre hay gente que llega tarde y que para colmo son desconfiados! Pero a veces los retrasos tienen consecuencias buenas y este es el caso de la segunda aparición del Señor que se nos cuenta en la segunda parte del evangelio de hoy. Que se le acerque, que toque los agujeros, que meta el puño en el boquete, es el ruego que le hace. El Apóstol-científico tiene suficiente y no precisa experimentos. El Señor se dirige a él con ironía y adelanta un don para nosotros. Añade una bienaventuranza a las que había anunciado en Galilea: felices nosotros los que creemos en Él, sin haberle visto. Pues chicos y chicas, a saltar y bailar, que somos los más afortunados del mundo.


 

La homilía de Betania


1.- LA FE QUE NOS TRANSFORMA Y NOS DA VIDA

Por José María Martín OSA

2.- LLEVEMOS ALEGRÍA Y PAZ A TODOS

Por José María Maruri, SJ

3.- EL MAESTRO, RADIANTE, VIVO, MÁS FASCINANTE AÚN QUE ANTES

Por Antonio García-Moreno

4.- TOMÁS, UN EJEMPLO DE PERSONA CREYENTE

Por Gabriel González del Estal

5.- PERSONAS “NUEVAS”, HUMANIDAD “NUEVA”, COMUNIDAD CRISTIANA “NUEVA”

Por Pedro Juan Díaz

6.- ¿Y NUESTRAS PUERTAS?

Por Javier Leoz

7. - SAN JUAN Y LA HISTORIA DE LA IGLESIA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LEJANÍA O COMPARTIR

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA FE QUE NOS TRANSFORMA Y NOS DA VIDA

Por José María Martín OSA

1.- Iglesia santa pecadora. El recuerdo idealizado de la primera comunidad cristiana en el Libro de los Hechos muestra las cualidades que tiene el grupo de los seguidores de Jesucristo: hacías signos y prodigios, los enfermos eran curados, la gente "se hacía lenguas de ello".....Comparado todo esto con la imagen miedosa de muchos cristianos del siglo XXI, puede parecer que nos encontramos muy lejos de aquel ideal. Parece que en lugar de aumentar, disminuye en algunos lugares el número de los que se adhieren a Jesús. Sin embargo, no es del todo cierto que seamos peores en general, a pesar de los escándalos de algunos cristianos y sacerdotes, presentados en los medios de comunicación con cierta morbosidad interesada. La Iglesia es santa y pecadora al mismo tiempo, santa porque fue fundada por Jesucristo, aspira a la santidad de todos sus miembros y es apoyada siempre por la gracia salvadora de Jesucristo. Pero está compuesta por hombres y mujeres pecadores. Pretender que en ella todo sea santo es no comprender la condición humana.

2.- La experiencia gratificante de la Pascua. También hoy día podemos contemplar raudales de generosidad, entrega y amor en muchos cristianos, que han sentido la experiencia pascual y han dejado que el Espíritu transforme sus vidas. Notemos que el texto de los hechos no dice que se adherían a la comunidad, sino al Señor. La clave, por tanto, es pasar por la experiencia del resucitado, como lo han hecho tantas comunidades rurales y urbanas y tantos jóvenes y adultos que han participado estos días en la celebración de la Pascua cristiana. La explosión gozosa de la Vigilia Pascual lo dice todo. La alegría que brota de la experiencia pascual es singular y no se puede comparar con nada del mundo.

3.- El don de la paz nace de nuestra experiencia de fe. Los apóstoles dudaron. Pedro no se fía de lo que decían las mujeres. Tomás exige ver las señales de los clavos en las manos y de la lanza en el costado. De ello se deduce que la duda es algo connatural al hombre. Pero la duda tiene su aspecto positivo: evita que caigamos en el desatino o en lo irracional. Un creyente no es un crédulo que acepta todo sin pasarlo por el tamiz de la razón. Un creyente de verdad tiene que pasar del fideísmo a la fe adulta, responsable y personalizada, que nos hace gritar: "¡Señor mío y Dios mío!" No creemos porque nos lo han dicho otros, sino porque nosotros mismos hemos experimentado la presencia de Jesús vivo en nuestra vida. Creer es fiarse de Alguien: Jesús de Nazaret, el Resucitado, que ha vencido a la muerte, dando un nuevo sentido a nuestras vidas. El mejor don que nos regala Jesús es la paz, plenitud de todos los dones. Es una paz que produce en nuestro interior una sensación profunda de felicidad y realización personal. Sin embargo, esta paz no puede quedar encerrada en nosotros mismos, sino que tiene que salir hacia afuera, tiene que notarse y ser testimoniada. La construcción de un mundo en paz es una tarea de todo cristiano, partiendo siempre de la justicia y el amor.


2.- LLEVEMOS ALEGRÍA Y PAZ A TODOS

Por José María Maruri, SJ

1.- El jardín está bastante abandonado. Los setos que rodean el camino hasta la casa son altos y sombríos. Es el atardecer. En medio del porche cuelga una bombilla desnuda y vieja, que al soplo del viento se bambolea y se apaga y enciende con mal agüero. Suena el timbre y como no sale nadie se entra en el recibidor, en las mismas medio tinieblas del porche. Cuatro puertas forman las paredes. Unas tras otras se entreabren un poco y se adivinan unos ojos temerosos. Al fin salen una a una las cinco hijas muy entradas en años y solteras, que rodean a la madre que sin estar enferma vive en la cama desde hace años. Esas cinco hijas viven esperando la muerte, o más bien van muriendo poco a poco junto a la madre. Lo único vivo son los innumerables gatos que corren por todas partes. Esta es una visita mía –que no he olvidado a pesar de que han pasado muchos años—a un pueblo grande de Andalucía en 1964.

También los apóstoles encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos daban culto a un muerto y se condenaban a morir y a extinguirse ellos mismos poco a poco. Y aun hoy día los enemigos de la Iglesia saben lo que hacen tratando de condenar a la Iglesia a vivir encerrada en la sacristía. Y nosotros mismos, ¿no tenemos muchas veces nuestra vida espiritual encerrada a cal y canto entre las paredes de la iglesia, y ahí la cogemos y la dejamos los domingos cuando venimos a misa?

2.- El Señor viene a forzarles a que abran puertas y ventanas. Como el Padre me envió yo os envío. Salid de aquí y predicad a todas las gentes… ¿El qué?

--La buena nueva que el Padre ha refrendado resucitando a su hijo

--El que cree en mí no morirá…

--El que come mi carne tiene vida eterna…

--Nos llamamos hijos de Dios y lo somos…

-- El perdón de los pecados…

No son metáforas. Es palabra de Dios por lo tanto no metáfora sino una gran realidad.

3.- Por eso la Paz a Vosotros, no es la paz de los cipreses del cementerio, la paz de los muertos

+no es paz bobalicona, de estar mano sobre mano

+es la paz que da la seguridad de saberse hijo de Dios, saberse en posesión de la verdad y con un mensaje refrendado por Dios para la alegría y paz de todos los hombres.

Alegraos siempre en el Señor, manteneos alegres como cristianos, dice San Pablo. Alegría que no tenemos derecho los cristianos a mantenerla oculta en la penumbra de nuestras iglesias. No basta cantar el aleluya en la misa, hay que llevar esa alegría en el rostro, no con la sonrisa del bobo, ni del que hace publicidad de una pasta dentífrica.

Alegría del que se siente hijo querido de Dios, que siente en sus entrañas la semilla de la eternidad que Jesús ha venido a plantar en nosotros por el Bautismo y por la Eucaristía. Alegría del que se sabe hermano de todos los hombres, poseedor de una Noticia que el mismo Dios ha calificado de Buena Nueva. Y es que Dios quiere a todos y cada uno de los hombres. Fuera caras largas, malos humores, llevemos alegría y paz, a todos los que nos rodean y tratan.


3.- EL MAESTRO, RADIANTE, VIVO, MÁS FASCINANTE AÚN QUE ANTES

Por Antonio García-Moreno

1.- LA SOMBRA DE PEDRO.- Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos. Eso les había prometido el Señor. Por unos momentos, en tres días, habían pensado que todo había sido un sueño, la ilusión de un hombre maravilloso que había terminado sus días en una cruz. Pero aquella pesadilla se acabó y al tercer día Jesús había vuelto de la región tenebrosa de la muerte. Cristo había resucitado. Su promesa se había cumplido.

Por eso caminan seguros por todos los caminos de la tierra, por los intrincados vericuetos de todos los tiempos. Van decididos, hablando con libertad y audacia, con parresía (“la franqueza intrépida de la fe”). Refrendando sus palabras con prodigios, hechos contundentes, indiscutibles. Su mensaje es insólito, una doctrina jamás oída, unas exigencias insospechadas, unas promesas inéditas, unos horizontes infinitos.

La pequeña semilla del grano de mostaza agarró muy bien en la tierra, nació la planta, creció y se hizo árbol frondoso, refugio de miles, millones de almas sedientas de amor y de verdad... Hoy también, a pesar de los pesares, los apóstoles marchan decididos, generosos, intrépidos y audaces. Rematando sus palabras con una vida íntegra. Sí, Cristo sigue vivo, fuerte, influyendo, arrastrando, quemando con el fuego de su amor a este nuestro frío mundo. Y nosotros hemos de estar también encendidos, incandescentes. Ser brasas vivas que siguen expandiendo la contagiosa locura de la fe.

Pedro fue el primero, el cabeza, el vicario de Cristo. Pedro, el pescador de Galilea, el hombre de mar, el del corazón abierto, el de la espontaneidad desbordante. Pedro, la piedra base, el fundamento de la Iglesia. Cristo se había fijado en él, había rogado por él, para que estuviera finalmente firme en la fe, para ser apoyo sólido de los demás.

Pedro asume esa misión con toda la generosidad de su grande y sencillo corazón. Dios está cerca, Dios le acompaña, cumple su palabra, aquella que les había dicho afirmando que harían prodigios, más grandes aunque los que él mismo hiciera. Efectivamente, sólo la sombra de Pedro era suficiente para aliviar a los enfermos.

Pedro, piedra viva que sigue firme e inconmovible. El vicario de Cristo continúa hablando con audacia, proclamando a todos los vientos el mensaje extraordinario, divino, que Cristo trajo a los hombres... Jesús, Señor, vencedor de la muerte, mi Dios vivo, prosigue junto a Pedro, el pobre Pedro que forcejea a brazo partido contra viento y marea, intentando con denuedo llevar la barca, tu Iglesia, a buen puerto.

2.- DICHOSOS LOS QUE CREEN.- Era al anochecer, en esos momentos en los que es más fácil el ataque de los enemigos, cuando la luz comienza a huir y las tinieblas avanzan medrosas, propicias a la emboscada. Los discípulos seguían asustados, reunidos todos en aquella casa, con las puertas cerradas, atentos al menor ruido que pudiera anunciar la proximidad de los que habían crucificado al Maestro. La aventura se había terminado, las locas ilusiones de un reino mesiánico, en el que ellos ocuparan los primeros puestos se habían desvanecido en poco tiempo. Ahora sólo quedaba esperar el momento propicio para iniciar la dispersión, huyendo cada uno por su lado, sin llamar la atención; marcharse como si nunca hubieran tenido nada que ver con aquel Rabí que se llamó Jesús de Nazaret.

Y de pronto el silencio temeroso queda roto. Allí, junto a ellos, estaba el Maestro, radiante, vivo, más fascinante aún que antes. Se quedaron atónitos, sin dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo, pensando en el fondo de sus corazones, sin decir nada, que eran presa de una alucinación. Pero la voz de Jesús resuena con la misma entrañable cordialidad de siempre, les saluda deseándoles la paz. Sin embargo, no acaban de reaccionar, de salir de su asombro. El Señor les enseña la huella de sus heridas, sus manos traspasadas, su costado abierto. Entonces comenzaron a comprender que era verdad, Jesús había vuelto de las regiones tenebrosas del sepulcro, y la gozosa aventura del Reino de Dios no había terminado, todo comenzaba de nuevo con perspectivas inusitadas y gloriosas.

Paz a vosotros –repite el Maestro-. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Sí, era él, eran sus palabras. Les hablaba del Padre y de una misión excelsa, la de marchar por todos los caminos del mundo proclamando las maravillas de un Dios que es Padre de todos los hombres, que ama hasta el perdón sin límites, hasta entregar por amor al Hijo Unigénito. También les habla, como tantas otras veces, del Espíritu Santo, esa fuerza divina que sopla donde quiere y quema y purifica y transforma y eleva y hace renacer de nuevo al hombre con una vida distinta, divina.

Ya es de noche y, sin embargo, en aquellos corazones luce la más esplendente luminosidad. Cuando llega Tomás, todos le cuentan, atropellándose, que el Señor ha resucitado, que está vivo, que lo han visto y oído, que les ha vuelto a decir cosas magníficas e inefables. Pero Tomás no les cree, piensa que están medio locos, poseídos por el deseo de lo imposible. Sólo luego, cuando Jesús vuelve y le toma de la mano, sólo entonces, se rendirá el apóstol incrédulo. Pero gracias a él, Jesús pensó en nosotros y exclamó: Dichosos los que crean sin haber visto.


4.- TOMÁS, UN EJEMPLO DE PERSONA CREYENTE

Por Gabriel González del Estal

1.- Tomás tuvo un mal día, pero luego... No le faltaban razones lógicas a Tomás, el Mellizo, para desconfiar de las palabras de sus compañeros. Sí, todos, incluido él mismo, habían estado convencidos de que el Maestro, antes de morir, iba a restaurar el reino de Israel, todos ellos habían llegado a creer que el Reino de Dios, el Reino de los cielos estaba a punto de llegar. Sin ir más lejos, unos días antes, el domingo de los famosos ramos, la multitud entera, y ellos a la cabeza, habían gritado entusiasmados: bendito el que viene en nombre del Señor, y el Rey de Israel, ¡Hosanna! (Jn. 12). Pero, después... ¡qué tristeza, qué desastre, qué desilusión! Le habían condenado y matado como a un vil asesino e intrigante político, le habían colgado de un madero, le habían dado muerte en una ignominiosa cruz. Es verdad que algunas piadosas mujeres, las que más le habían seguido y las que más le habían amado, habían contado no sé qué visiones, que si se les había aparecido, que estaba vivo, que le esperaran en tal o cuál sitio. Y ahora eran sus mismos compañeros los que se habían atrevido a decirle, con los ojos abiertos como platos: hemos visto al Señor. Ya era casualidad que tuviera que ser precisamente en esa ocasión, cuando él no estaba entre ellos, cuando se hubiera presentado, vivo, exhalando paz y repartiendo bendiciones, el mismo Señor Jesús. Nada, esta vez no le engañaban, si él mismo no veía en las manos del Maestro la señal de los clavos, si no metía el dedo en el agujero de los clavos y no metía la mano en su costado, no lo creía.

2. - Pero, luego, a los ocho días, qué inmensa emoción, qué detalle de ternura y generosidad por parte del Maestro; había sido el mismo Maestro en persona el que se le había acercado, el que le había dicho, sin reprocharle nada, sin querer avergonzarle ante sus compañeros: trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. ¡Creyente!. Sí, era la palabra; él había querido ser lógico, racionalistamente lógico, pero no había sido creyente. No se había fiado de la Palabra del Maestro, había querido verlo todo con los ojos materiales del cuerpo, había pensado, ¡pobre ingenuo!, que sólo los sentidos del cuerpo pueden dar razón suficiente de las verdades del espíritu. Probablemente es porque le había faltado amor, porque no había sabido mirar a su maestro con los ojos del corazón, con los ojos del alma. ¡Ah, las mujeres, siempre nos llevan la delantera porque aman mejor! Pero ahora también él lo tenía muy claro: ¡Señor mío y Dios mío! A partir de ahora también comenzaba para él un tiempo nuevo, un tiempo quizá de muerte, pero seguro que también de resurrección.

3. - En la primera lectura, en el capítulo 5 de los Hechos, se nos dice que los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Entre ellos estaba, evidentemente, Tomás, el Mellizo. La fe y el amor le habían transformado. El pueblo que le oía percibía en sus palabras, veía en sus ojos la chispa y el fuego de la fe y del amor, el sello de la verdad. Ya no hablaba con la lengua del cuerpo, hablaba con las lenguas del Espíritu, ya no miraba a la gente y a las cosas con los ojos materiales, lo miraba todo con los ojos de Dios. Y crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.

4.- Tomás, el apóstol Tomás, puede ser, debe ser hoy para nosotros un ejemplo de persona creyente. Con los ojos del cuerpo miramos a nuestro alrededor y sólo vemos materialismo y ansias de dinero y de poder. Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Vamos a creer, con fe y amor, que Dios, a través de estas pobres criaturas humanas que somos nosotros, es capaz de reconducir este equivocado mundo en el que vivimos. Ahora es tiempo de resurrección y de vida. Seamos nosotros, cada uno de nosotros, instrumentos de Dios para acelerar la venida del Reino, un Reino de justicia, de vida, de paz y de amor. Qué por nosotros no quede.


5.- PERSONAS “NUEVAS”, HUMANIDAD “NUEVA”, COMUNIDAD CRISTIANA “NUEVA”

Por Pedro Juan Díaz

1.- Con las sensaciones aún frescas de las celebraciones de la Semana Santa, en medio de esta Octava de Pascua (que repite durante una semana el acontecimiento de la resurrección que celebramos en la Vigilia Pascual), ahora emprendemos el largo y gozoso camino de la Pascua, el tiempo de la Iglesia, de los sacramentos, de la comunidad, de los Hechos de los Apóstoles, el tiempo del Espíritu Santo. Toda la vida de la Iglesia es Pascua. Toda la vida de un cristiano ha de ser vivida en esta clave pascual y de resurrección. Si no, es que seguimos de luto y no hemos pasado la página del viernes santo.

La fe en Jesús resucitado nos convierte en hombres y mujeres “nuevos”. Esa es la gran experiencia de la Pascua. Los discípulos van viviendo la experiencia de encontrarse con un Jesús al que creían muerto y que esta VIVO. Este acontecimiento va a transformar sus vidas para siempre. Los que antes estaban escondidos, ahora predican públicamente, en la puerta del templo. Los que tenían las puertas cerradas por miedo, ahora salen a la calle y forman una comunidad nueva y misionera. Porque la experiencia de encuentro con Jesús la viven en comunidad. Y transmiten es experiencia invitando a vivir de manera nueva, a formar una humanidad “nueva”, la Iglesia.

2.- Los discípulos dan testimonio de Jesús resucitado y “crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor”. Ese era el milagro de los milagros: CREER. Y eso era posible al descubrir a Jesús resucitado “en medio” de la comunidad. A Tomás le cuesta porque no está con la comunidad. ¿Y a nosotros? A veces nos resulta más fácil el “si no lo veo, no lo creo”, que el “dichosos los que crean sin haber visto”, que propone el evangelio hoy. Cuando Tomás vuelve a la comunidad deja de ser incrédulo, para ser creyente. ¿Cuándo daremos nosotros ese paso? ¡Es Pascua, volvamos a la comunidad! Vivamos nuestra fe junto a nuestros hermanos.

3.- El libro de los Hechos de los Apóstoles (una lectura muy recomendada para este tiempo pascual) nos cuenta como poco a poco se va formando la comunidad cristiana, con la fuerza y el impulso del Espíritu Santo. El lugar sagrado ya no es el templo, sino la propia comunidad, ya que es en ella donde se descubre la presencia del resucitado. Jesús resucitado es el centro de la comunidad, su fuente de vida, su punto de referencia, el factor de unidad, de confianza y seguridad. La comunidad cristiana “nueva” nace a la luz de esta experiencia.

4.- Lo original de la vida y del actuar del cristiano y de la comunidad cristiana es la presencia de la persona de Cristo vivo por la acción del espíritu en el cristiano, en la comunidad y en la vida de los hombres. La comunidad cristiana nace de la experiencia del encuentro con el resucitado, “para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”. Si no partimos de la certeza de que Jesús está “en medio” de nosotros, no podremos construir una comunidad cristiana. Si no creemos que el Espíritu Santo es el que saca adelante todo esto, nos daremos contra la pared una y otra vez. Si no nos convencemos de que la vida cristiana es esencialmente comunitaria, no dejaremos de tropezar con nuestros propios fracasos personales.

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