TALLER DE ORACIÓN

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

Por Julia Merodio

“Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia ¡Aleluya! (Salmo 117, 1 – 2) El segundo Domingo de Pascua está asignado a la Divina Misericordia, auge dado por el papa Juan Pablo II, e incrementado por el Papa actual Benedicto XVI.

Al pensar en ofrecer este tema, me sentía gozosa ya que, la Divina Misericordia, es algo muy querido por mí; sin embargo, al adentrarme en él cada vez me va resultando más dificultoso; ¿cómo hablar de la Divina Misericordia a un mundo inmisericorde y despiadado que sólo piensa en sí mismo dejando marginado todo lo demás? ¿Cómo hablar de misericordia a una sociedad, materialista e individualista, que intenta sumergirnos en nuestro egocentrismo sin importarnos lo que vemos, más allá de nuestra situación? Un mundo, sin embargo que sostiene sobre sus hombros, pesados fardos que, muchas veces, no puede sostener y que lo que necesita es encontrar a personas compasivas y sensibles, capaces de apiadarse de él y dispuestas a ayudar en tan ingente tarea, como lo hizo Jesús de Nazaret.

Pero aquí estoy abordando el tema con admiración y respeto. Tengo que deciros que estoy rodeada de personas amantes del Sagrado Corazón de Jesús y de su divina Misericordia; un grupo entre el que me incluyo, pero del que observo no conectar con el mundo de hoy, un mundo que no está dispuesto a aceptarlo ni a seguirlo. Me pregunto si lo que se ofrece ya no sirve, o si las premisas en que muchos basan esta devoción, los modernos las consideran caducas y trasnochadas. Y ante esta realidad ¿qué hacer?

ADENTRANDONOS EN EL TEMA

Además de lo que conozco sobre la Divina Misericordia, he querido pasarme por Internet para ver lo que otros decían de ella y no he encontrado caminos nuevos, normalmente todo está basado en lo que ya conocemos. Y qué creéis, ¿Acaso voy a ser yo la que diga que lo plasmado no es cierto? ¿Acaso puedo dejar de gritar la importancia que tiene algo tan sublime? Sin embargo si esto, no les sirve a las personas modernas, si no las cuestiona y no las interroga tenemos que buscar, no la manera de cambiarlo, sino la forma de trasmitirlo. Pues no debemos olvidar que, muchas veces discutimos por el contenido de una realidad, cuando el contenido sigue intacto y tan sólo se ha cambiado el envoltorio. Ante algo tan primordial para el ser humano, primero que se nos pide es respeto.

Pensemos como, cada uno, necesitamos nuestros zapatos para caminar, unos zapatos que no sirven al de al lado ni los suyos nos sirven a nosotros, pero todos los necesitamos para no dañarnos los pies y todos son zapatos; ni mejores ni peores unos que otros, simplemente distintos.

Así la sociedad de hoy necesita pilares más sólidos donde apoyar esta magnífica devoción y, en la medida que me sea posible plasmare modestamente, lo que significa para mí.

En 1956 el Papa Pío XII, en su encíclica Haurietis aquas, sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, puso tan de manifiesto la gran Misericordia de Dios, que esta devoción se propagaba de manera insospechada. Más tarde nuestro querido Papa Benedicto XVI, cuya humildad asombra, al cumplirse el 50 aniversario de la encíclica, volvió a ella y escribió, al Prepósito general de la Compañía de Jesús, Peter Hans Kolvenbach, con este mensaje sacado de dicha encíclica: “Estas palabras del profeta Isaías, "sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación" (Is 12, 3), con las que comienza la encíclica, en la que Pío XII recordaba el primer centenario de la extensión a toda la Iglesia de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, no han perdido nada de su significado hoy, cincuenta años después. La encíclica Haurietis aquas, al promover el culto al Corazón de Jesús, exhortaba a los creyentes a abrirse al misterio de Dios y de su amor, dejándose transformar por él. Cincuenta años después, sigue siendo siempre actual la tarea de los cristianos de continuar profundizando en su relación con el Corazón de Jesús para reavivar en sí mismos la fe en el amor salvífico de Dios, acogiéndolo cada vez mejor en su vida. El costado traspasado del Redentor es la fuente a la que nos invita a acudir la encíclica Haurietis aquas: debemos recurrir a esta fuente para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor”

Pero, por si esto, no satisface a todos, el Papa Benedicto XVI, vuelve sobre el mismo tema con su encíclica, Deus Caritas est, de 2005 y es sorprendente que en las dos se reivindique la actualidad profética de la Misericordia brotada del Corazón de Cristo en la Cruz, hecho que acogíamos en lo más íntimo al orar, ante la Cruz el día de Viernes Santo y que poco tiene que ver con ocasionales sensiblerías, como algunos intentan hacernos ver.

Y, en 2006, es el Prepósito general de la Compañía de Jesús, Peter Hans Kolvenbach, hace está afirmación: “La profundización en la relación con el Corazón de Jesús sigue tan actual como siempre. La fe y el amor salvador de Dios tienen que ser acogidos y reavivados en la propia vida”

Creo que aquí está la clave, en la palabra reavivar. Pues es, precisamente esa, la palabra que dará sentido a esta sociedad escéptica y agonizante que, intenta barrer para que no quede rastro, algo tan querido y amado, -en un tiempo tan cercano al nuestro-, como es: La Misericordia de Dios.

UN CORAZÓN TRASPASADO

Fue el Viernes Santo, cuando orábamos con la llaga del costado de Cristo y no parece verosímil que volvamos a ella después de la resurrección. El volver a incidir en ello se debe a que, el corazón atravesado por la lanza nos muestra la salvación de Dios, de la que brota la misericordia. Y, un hecho de tal magnitud, no puede ser algo piadoso pasado de moda.

El acontecimiento, del costado atravesado de Cristo, no es una “sensiblería” de gente insegura que tiene que refugiarse en algo; el Corazón traspasado de Cristo certifica que Dios es amor. Por eso, acercarse a Él, es descubrir su misericordia e implicarnos en una dinámica de servicio y entrega.

Todos sabemos que, cuando nos aproximamos a esta realidad, se habla mucho de las gracias que proporciona la devoción a la Divina Misericordia y es verdad; pero ninguna comparable con la gracia que supone la Gran Misericordia en sí. Un don, regalado por Jesús, por puro amor. Regalado a todos, aunque solamente sea acogido por algunos ¿puede haber mayor gracia?

Conozco a gente que el día de viernes Santo a las 3 en punto de la tarde sube a la iglesia a pedir las tres gracias, parece que así lo marcaba la tradición popular, y no seré yo quien juzgue el hecho --que me parece muy bueno en sí-- pero, y el resto de la mañana ¿se acordaron de que era viernes Santo? ¿Hicieron algún hueco, en su apretada agenda, para acompañar, a Jesús, en un momento tan significativo? ¿Serían capaces luego, de volver para agradecer lo que, la infinita Misericordia de Dios, hizo por ellos? ¿Serían conscientes de que Cristo actuaba en sus vidas aunque las gracias no coincidiesen con las que habían pedido? ¡Qué dados somos a comprar a Dios! ¡Qué proclives a utilizarlo para que se realicen nuestros gustos!

LA MISERICORDIA DEL SEÑOR LLENA LA TIERRA

Sin embargo, al contrario que nosotros, aquí sigue Dios interviniendo en medio de esas actuaciones que nos sobrepasan; Dios siempre acogiendo al pecador, como lo hizo con la adúltera, con la mujer pecadora, con Zaqueo… Jesús, siempre repitiendo ¡Vete y no peques más! Jesús, siempre queriendo salvarnos del pecado y de la muerte. Jesús, siempre esperando con los brazos abiertos, para rodearnos como el Padre bueno, de la parábola. Jesús, siempre saliendo a los caminos, de la vida para esperar, no a todos “en pelotón”, si no a cada hijo en particular.

¡Qué importante recompensa! ¿Acaso, después de su acogida, le puede quedar tiempo a alguien, para pensar en promesas? ¿Es posible que, mientras el Padre me abraza, yo pueda estar pensando en lo que recibiré a cambio? Quizá sea esto lo que necesite saber el mundo de hoy, que lo que importa es Cristo y sólo Cristo, que lo demás es accesorio, que lo realmente importante es: Él como DON, como auténtico DON. Seguro que, si llegamos a entenderlo así, podremos decir con Santa Teresa:

“No me y tienes que dar porque te quiera,

pues aunque, lo que espero no esperase,

lo mismo que te quiero te quisiera”

LA MISERICORDIA Y MARÍA

¡Cómo entendió María la Misericordia de Dios! Ella aprendió a ser hija, madre, esposa, creyente, fiel… junto a la gran Misericordia. Por eso ella, cuando nos muestra a su Hijo, no lo hace por lo que nos va a dar, sino por lo que ES. Jesús, el Hijo de Dios, la Misericordia infinita. Y María aprendió de tal manera a practicar la misericordia, que hoy le seguimos diciendo: “Vuelve a nosotros tus ojos, misericordiosos…”

¡Qué puede decir nadie de la Misericordia de Dios! Ahí está: no hecha tradición, sino demostración. Ahí está, el corazón joven de un inocente traspasado por una lanza, actuando, sintiendo misericordia por todos y, creo que de una manera especial, por los que ni siquiera han incorporado esa palabra a su vocabulario.

Por eso quiero repetir, hoy con fuerza que, Jesús es: La Gran Misericordia de Dios.