LA IGLESIA Y LA CIENCIA (4)

SAN ALBERTO MAGNO

Por David Llena

Este escrito está basado en el libro “Vida de San Alberto Magno doctor de la Iglesia” de Monseñor Fray Albino González Menéndez-Reigada O.P. que fue obispo de Tenerife (1925-1946). El libro fue publicado en 1932 unas fechas posteriores a aquélla en que la Iglesia elevó a los altares a San Alberto y le concedió el título de Doctor Universal, esto ocurrió el 16 de diciembre de 1931 siendo Papa Pío XI.

Nació Alberto hacia fines del siglo XII, en Lauinga de Suavia, en la diócesis de Ausburgo (Alemania), de familia consagrada a la milicia. Con objeto de perfeccionar sus estudios, abandonó su patria y se dirigió a Italia, para dedicarse con ahínco en la Universidad de Padua al estudio de las disciplinas liberales, la medicina y las ciencias de la naturaleza. Abrazó allí la Orden de los Hermanos Predicadores y retornó a Colonia donde acabó sus estudios teológicos, a la vez que progresaba en la virtud, la pureza de alma y la formación científica de su espíritu, “cual gigante que se prepara a correr su carrera” (Sal 18, 6). (de la bula de Canonización)

LA ORDEN DE PREDICADORES

15 de Agosto de 1217. Santo Domingo se reúne con los 16 compañeros que forman la recién creada Orden de Predicadores. El santo fundador cree que ha llegado el momento de dirigir su obra hacia el magno ideal que perseguía: La salvación del mundo por la verdad y la ciencia. Y encamina a todos sus miembros a Bolonia y Paris centros intelectuales del mundo con sus recién creadas Universidades. En 1222 tras la muerte de su fundador es elegido Jordan de Sajonia como Maestro General de la Orden que siguiendo el espíritu de su fundador se dirige a los ambientes universitarios a fin de dar a conocer la Orden. En 1223 en la Universidad de Bolonia un estudiante se presenta ante Jordan que, según le cuenta, “había leído su corazón”. Alberto, aquel joven estudiante, había hecho promesa de ingresar en la Orden de santo Domingo si era curado de una grave enfermedad, pero una vez curado dudaba en su corazón si él, que tenía afinidad por las ciencias, podría tener un sitio en aquella orden. En éstas estaba, cuando escuchó de Jordan estas palabras: “Hay algunos que forman propósito de dejar el mundo y entrar en la Orden; pero el diablo les hace soñar que entran y luego vuelven a salir, con lo cual se atemorizan pensando que no podrán perseverar”.

NIÑEZ Y JUVENTUD DE SAN ALBERTO

No era el pequeño Alberto amigo de los juegos infantiles y sin sentido con que se divierten los niños. Nuestro Santo prefería dedicar sus días de niñez a observar, aprender y sacar la máxima utilidad de las cosas que se ponían ante él. La naturaleza le atraía sobremanera y ponía un gran interés en observarla y estudiarla, describía con gran minuciosidad y perfección cualquier tipo de planta, tanto en sus características como también sus posibles usos. Pero su trabajo no se dedicaba solo a las plantas, también dedicó su atención a animales, aves y peces. La caza tampoco pasó desapercibida para nuestro Magno Doctor. Gustaba, ya años más tarde cuando las obligaciones le llevaban de un sitio a otro por toda Alemania, de viajar a pie (influía también en esto el espíritu pobreza riguroso que se impuso) para descubrir y catalogar nuevas especies. Era también muy aficionado, en su niñez, a pasar en la iglesia largo tiempo y a cantar con los clérigos himnos y salmos de la Liturgia. Los clérigos por otra parte ejercían como profesores durante los primeros años de San Alberto. Como dijimos al principio, fue a Italia a completar sus estudios con un tío suyo. Allí estudiaría el Trivium (Gramática, Retórica y Dialéctica) y el Quatrivium (Aritmética, Geometría, Astronomía y Música). Estuvo en Padua, Venecia y Bolonia donde conoció a Jordan y desde entonces andaba titubeando, como vimos, a la hora de entrar en la Orden de Predicadores, pues su tío estaba en contra. Pensaba que debería renunciar a sus aficiones científicas pero afortunadamente, la Orden religiosa a la que Dios le llamaba, lejos de contrariar o reprimir su afición científica, de la que tanto bien para la religión y la Iglesia había de seguirse, no hizo sino espolearle en su camino y poner a su servicio condiciones para formar escuela y alcanzar el ideal, que perseguía. Cuentan que oraba una noche nuestro Santo encomendando con fervor a la Santísima Virgen el asunto de su vocación, cuando de pronto sintió que la Reina del Cielo le decía: “Alberto, deja el mundo y abraza sin temor la regla de mi Orden de Predicadores, que he alcanzado de mi Hijo para salvar el mundo, aplícate a sus observancias y al estudio, pues Dios te dotará de tan abundante sabiduría que por ella venga a ser iluminada toda la Iglesia”.

Así pues a los dieciséis años entró en la Orden de Predicadores, corría el año 1222. Un año antes se había fundado un convento de la Orden en Colonia y fue su Prior Enrique de Marburgo, Maestro en Artes y acreditado profesor de la Universidad de París. Fue, Enrique, discípulo y compañero de Jordan que, a su vez, sería profesor de Alberto cuando esté retorno a Colonia.

Unos años más tarde la comunidad dominica contaba con más de un centenar de religiosos, formados en estudios, y muchos de ellos profesores universitarios con larga experiencia y gran prestigio, era pues sin duda, el ambiente más propicio que puede concebirse para la preparación de un espíritu llamado a ascender a las más altas cumbres de la Sabiduría. Así se formó el Doctor Universal San Alberto Magno. Ese ambiente científico de que venimos hablando formaba parte de un ambiente espiritual mucho más intenso todavía. Son conmovedores y edificantes los relatos, que los historiadores de aquel tiempo nos trasmiten. El espíritu de pobreza se mantenía tan vivo, que hasta llegó a prohibirse nombrar para los Capítulos a los que no tuviesen salud y fuerzas bastantes para hacer el camino a pie. Algunas devociones surgida entonces aún se mantienen: La devoción al Nombre de Jesús, la del Santísimo Sacramento, de la Pasión del Señor, la del Sacratísimo Corazón de Jesús y la devoción del Rosario de la Santísima Virgen.

EL MAESTRO Y OBISPO ALBERTO

Para obtener en aquella época el grado de Maestro, era necesario primero haber enseñado y demostrado su competencia. Además, en la facultad de Teología, ese título no se concedía antes de los 35 años de edad y era preciso haber obtenido antes el de Maestro en Artes. Una vez cumplidos los 35 años, es natural que la Orden quisiese para Alberto el título de Maestro, para ello, se escogió mandarlo a la Universidad París por ser la primera del mundo en cuanto a Teología. El éxito de sus lecciones fue tan grande y acudían a ellas tal cantidad de estudiantes que, según la leyenda, no había local en París con tan grande capacidad, viéndose obligado nuestro Santo Doctor a impartir sus lecciones en una plaza pública, que aún hoy lleva el nombre de Maubert, plaza del Maestro Alberto.

Por aquel entonces, conoció Alberto al que sería sin duda su mejor y más querido discípulo: Santo Tomás de Aquino. Enseguida vio San Alberto la perla que se escondía en aquel joven discípulo y trató por todos los medios de encumbrarlo. En 1252, lo propone como Profesor par el Estudio General de París. Tal aprecio tenía por su discípulo, que tras su muerte (Santo Tomás murió en 1274), Alberto no dudó en viajar a París en 1277 para defender la doctrina de Tomás que se había comenzado a poner en duda y contribuyó con su luz a que las tinieblas se disipasen.

En 1248 se decide crear un Estudio General (germen de la Universidad) en Colonia y que fue regentado por Alberto hasta 1254 que fue elegido prior de Alemania y pocos años más tarde en 1260 fue nombrado Obispo de Ratisbona. También en estas dos, ocupaciones su tarea fue enorme, en particular poniendo orden en la diócesis de Ratisbona, arruinada por la mala gestión de su predecesor. Según un antiguo historiador, “Alberto ni encontró dinero en la caja, ni una gota de vino en las bodegas, ni un grano de trigo en los graneros” encontrando en cambio muchas deudas que sobre la Diócesis gravitaban. Poniendo inmediatamente manos a la obra, con prudente administración y grandes economías, fue logrando extinguir las deudas y hacer frente a las necesidades más urgentes. De esta manera, lo que antes no alcanzaba, ahora daba para atender los gastos ordinarios de la Diócesis e incluso para hacer nuevas fundaciones. Así, por ejemplo, consta que aumentó las rentas del Cabildo catedralicio para estimularles mejor al cumplimiento de sus deberes. “Al que mucho se le exige es preciso también darle proporcionalmente de estas cosas temporales sin las cuales ni aún la vida del espíritu se sostiene”. Donó también Hospitales y Monasterios. Pero en cuanto pudo verse libre de estas tareas volvió a encargarse de su querida Cátedra en Colonia que no abandonaría hasta poco antes de su muerte acaecida el 15 de Noviembre de 1280.

LA OBRA DE SAN ALBERTO MAGNO

Para comprender en conjunto la obra de nuestro Doctor Universal, hay que distinguir en ella dos partes: En la primera, San Alberto hace un resumen de toda la ciencia anterior a él en todos los órdenes del saber humano; en la segunda vuelca todas sus aportaciones. Su mirada se dirige al universo entero, por ello las Obras de S. Alberto Magno constituyen la enciclopedia más variada, completa y profunda de cuantas la Edad Media ha producido. Apenas hay ciencia que no haya llamado su atención, como veremos más tarde al relatar sus libros, desde la Sagrada Teología hasta las Matemáticas. San Alberto apareció en la Historia en el momento preciso en que el saber pagano renaciente se encontró con el saber cristiano.

Los pueblos de Europa, ya asentados y más tranquilos en el exterior, sentían ansias de saber. Así se explica aquel espléndido resurgir de Universidades en las principales naciones de Europa durante el siglo XIII. La Iglesia por su parte apenas había tenido tiempo sino para defenderse de los atropellos contra su doctrina e ir elaborando ésta en su interior. En consecuencia, la ciencia antigua era casi toda pagana. En este clima llegó a poner orden el Doctor Universal que revisó todo el patrimonio científico de la humanidad separando la paja del trigo y poniendo cada cosa en su lugar. Y una vez hecho esto, acercarlo a la luz de Cristo para que armonizaran como miembros del mismo cuerpo y resplandores de un mismo sol.

A continuación relatamos la obra de San Alberto, que es la mejor forma de hacerse una idea de la aportación de este Santo Doctor a la ciencia y al saber en general. Lo hacemos siguiendo el Catálogo de Stams, distribuyendo las obras por materias, según la clasificación de Scheeben en la Revue Thomiste.

LOGICA:

1.De Universalibus,

2.De preadicamentis,

3.De sex principiis,

4.De perihermenias,

5.De prioribus,

6.de psoterioribus p. m. Scripti,

7.De elenchis,

8.De posteriorubus p. m. Commenti.

 

FILOSOFIA NATURAL:

9.De physics,

10.De coelo et mundo,

11.De natura locorum,

12.De causis proprietatum elementorum,

13.De generatione et corrptiones,

14.De scientia metheororum,

15.De mineralibus,

16.De anima,

17.De nutrimento et nutribili,

18.De somno et vigilia,

19.De sensu et sensato,

20.De memoria et reminiscentia,

21.De respiratione et inspiratione,

22.De intellectu et intelligibili,

23.De natura et origene animae,

24.De morte et vita,

25.De longitudine et brevitate vitae,

26.De vegetabilibus et plantis,

27.De animabilus,

28.Introductio in libros naturales,

29.Contra Averroístas de uintate intellectus,

30.XV quaestiones contra Averroem,

31.De úntate formae,

32.De potentiis animae,

33.De lapidibus et herbis,

34.De partus hominis,

35.De alchimia,

36.De secretis secretorum.

 

METAFISICA

37.De metaphysics,

38.De causis.

 

ETICA

39.Super libros ethicorum,

40.Super libros politicorum,

41.Super Problemata Arisotelis,

42.Super libros ethicorum quaestiones,

43.De ethica,

 

MATEMÁTICAS Y FISICA

44.Super geometriam Euclidis,

45.Super Almagestum Ptolomaei,

46.Super speculum astrolabicum,

47.Super perspectivam Alacenis,

48.Super apaeram,

49.Contra libros nigromanticorum,

50.Super quosdam alios matemáticos.

 

GRAMATICA

51.Super libros rheticorum,

 

OBRAS EXEGÉTICAS

52.Supe Job,

53.Super cantica,

54.Super Isaiam,

55.Super Jeremiam,

56.Super Ezechielem,

57.Suerp Danielem,

58.Suerp XII prophetas minores,

59.Super Matthaeum,

60.Super Marcum,

61.Super Lucam,

62.Super Johannem,

63.Super epistolas Pauli,

64.De muliere forti,

65.Super Missus est,

 

OBRAS TEOLOGICAS

66.Super IV libros sententiarum,

67.Super Dionysium de caelesti hierarchia,

68.De ecclesiastica hierarchia,

69.De divinis nominibus,

70.De simbólica hierarchia,

71.De IV coaequaevis

72.De homine,

73.De bono et natura bonorum,

74.Summa Theologiae,

75.De corpore Christi,

76.De misterio missae,

77.Multas prosas et sequentias,

78.De perfectione vitae spiritualis,

79.Contra Guillemistas impugnates religiosos,

80.Quaestiones determinatas ad Parisienses.

 

COMO CONCLUSIÓN

Ya Bartolomé de Luca, contemporáneo suyo, Obispo Torcelano, afirmaba, que Alberto se había aventajado entre todos los doctores cual ningún otro, por lo que hace al método de adquirir y enseñar todas las ciencias. Llevado por la aspiración constante de su alma, Alberto Magno, como verdadero doctor católico, no se detiene en la contemplación externa de las cosas de este mundo, como tantas veces ocurre a los modernos investigadores de las ciencias naturales, sino que se levanta a las cosas espirituales y sobrenaturales, estableciendo una coordinación armónica entre todas las ciencias, subordinando las cosas unas a otras según lo exige su naturaleza, los seres inanimados a los vivos, los vivos a las criaturas espirituales, y subiendo maravillosamente de unas a otras y desde los espíritus creados hasta Dios. Es verdad que el mismo Dios, liberalísimo Dador de todos los bienes, había enriquecido a Alberto dotándole del necesario carácter y de todos los precisos auxilios para tan alta empresa. Porque estaba dotado Alberto de una sed insaciable de verdad, una incansable curiosidad para atender y escudriñar cuanto la naturaleza le ofrecía, una imaginación brillante con una memoria tenaz, un gran amor hacia la antigua sabiduría y un espíritu profundamente religioso por el cual percibía la admirable Sabiduría de Dios brillando en las criaturas. De este modo entre todos los doctores medievales, Alberto recogió y trasmitió a las Escuelas de su tiempo las riquezas de la cultura científica de los antiguos en la gran enciclopedia de sus obras, que partiendo de las más ínfimas nociones llega hasta abarcar toda la Sagrada Teología. Es reconocida esta gran labor incluso por sabios no católicos de nuestro tiempo ensalzándole como el máximo investigador de toda la Edad media, precursor de las ciencias naturales en Occidente, el cual incorporó a la religión cristiana aquellos sublimes tesoros de la sabiduría griega. (de la bula de Canonización)